FOTO MEMORIAS DE LAS LÁGRIMAS

Memorias de las lágrimas

Por Nicolás Bernal

Primer hoja de una agenda gastada 

El fantasma sigue en pie, por más que intente esquivarlo, él sigue ahí. No puedo escapar, intento reírme con amigos, tomo unos tragos pero haga lo que haga sigue firme mirándome de espaldas. Escucho los consejos comerciales de algunos extraños que vaya a saber uno porqué acude a ellos esperando una solución. Será la desesperación, será que los verdaderos están perdidos, será que ya escucharon los lamentos de perros y les soltaron las cadenas que privaban su propio accionar, será que los juegos de victima ya no son creíbles o será que nunca vieron correr la sangre. Me agoto. Intento olvidar pero no puedo. No meten la pata  los recuerdos que provocan el susurro de una situación incómoda, todo el tiempo están presentes. Llega la noche. Pensé que estaba en la misma soledad que esta desmarca acostumbrada a mis casos. ¿Cómo hicieron los poetas para librarse de ella? ¿Cuánto hace que no duermo? Me di cuenta que hace mucho que no me miro al espejo. Cuántas preguntas y tan pocas respuesta ¿Era esto alejarse de vos?

Al margen

No doy mas, necesito dormir.

Relato de un amigo santafecino

Siempre es bueno conversar con los amigos, sobre todo si uno se puede soltar y puede tocar cualquier tema sin sentirse un idiota. Eso me pasaba a mí con Juan, lo conocí aproximadamente  diez años atrás un día de lluvia en una charla sobre discapacidad motora, inmediatamente intercambiamos opiniones sobre la problemática del seminario y fuimos a tomar un café. Con el correr del tiempo nos hicimos amigos y cada momento que teníamos hablábamos  de cosas de la vida, sobre todo de las mujeres, el amor y el futbol. Él estaba de novio, nunca andaba bien con ella pero repetidas veces aclaraba que ya iba a solucionar los problemas. Una tarde de diciembre, esas que las cotorritas hacen turismo y la nostalgia de fin de año ronda por la cabeza de todos, lo cruce en una plaza, andaba descalzo con una jean cortado hecho bermuda, una musculosa y una cerveza en la mano. Me senté en el banco junto a él, me miró, me dijo que no quería charlar conmigo, me pido que me vaya pero antes me recordó una frase “si de un invento te declaran culpable, por supuesto que lo vas hacer, el tema es que es un invento”. Me fui. No lo volví a ver en un año.

Anotaciones de un cuaderno de la facultad

Jueves 8/4 primer parcial. Maca! Alvear  numero833. ¡Manu Chau! ¡Ponele onda profe! Y morirme contigo si te matas. Cualquiera es cualquiera y encima lo niega. Pedir fotocopias a Maxi. Asado y vino. Espirales. ¡Manu avísame que hacés a la noche, chao! Fotocopias. Cel. Carla 345897609. Fiesta Salón de patín ¡¡¡Fotocopias!!! ¡Extraño!

Algunas observaciones

Juan tiene el aspecto de un bohemio sin fe, tiene estado de alegrías y estados de tristezas, tiene la desventaja que toda emoción se la trasmite a su cara, lo que los conocen bien saben cuando él está bien, saben cuando él está mal. Nació en un pueblito cerca de 9 de Julio, criado por sus abuelos al fallecer sus padres en un accidente automovilístico, tiene dos hermanas, Claudia y la recientemente casada María. Estudia Educación física en Buenos Aires y trabaja en algunas obras de teatro. Vive solo en un departamento cerca de la cancha de Boca y le gusta jugar al básquet. Le gusta el rock nacional, los asados y es amante ahora que puede del buen vino. Es soltero y hasta hace poco estuvo saliendo con una chica llamada Magdalena.

Por las noches

Entre tanto sueño perdido hoy me fijo en el destino que no es lo mismo pensar un futuro sin vos. Y pensando en el pasado no hay presente sin mañana no hay luz resplandeciente no existe futuro sin vos. Con mi falta de voluntad ya perdí las esperanzas del futuro compartido si hoy estoy sin vos.

Relato de Magdalena

A Juan lo conocía ya desde algunos años, en un pueblo es fácil conocerse todos. Nunca supe si lo entendí del todo, lo entendí a medias o no lo entendí nunca. Siempre él me decía que las locuras que él anunciaba algún día se harían realidad, por supuesto que las cosas que pasaron después de la separación nada tiene que ver con lo que el promulgaba como loco o es mera coincidencia. No sé. Tuvimos una relación de cuatro años con una separación en el medio, donde yo conocí a una persona, persona con la que no pasó nada, eso nunca supo cerrarse para él. Siempre en los cuatros años fue una relación llena de conflictos, discusiones que armaban grandes peleas pero todo pasaba cuando simplemente nos abrazábamos y nos besábamos, eso, al menos un rato, hacia la relación que cualquier chica haya soñado alguna vez. Los últimos momentos nuestros fueron de desgano y forcejeo, una noche de primavera a las cuatros de la mañana, nos miramos con los ojos llenos de lágrimas, nos abrazamos y supimos que esa noche era la última que estaríamos juntos. No lo volví a ver más. Seis meses antes de su internación me llegó una carta.

Las últimas palabras

Hay historias que no se cuentan y aunque parezcan cortas son eternas. Los errores cuestan caros, suceden sin darnos cuenta, hay heridas sin pensarse que solo el tiempo cicatriza. Las hojas que se caen en esta plaza extraña, los autos giran alrededor de mí como el mundo que tuviste alguna vez. La voz interior se cansó de gritar y esos gritos en silencio retumban en los ecos de una avenida que no me ve pasar. Espero con aires buenos los días que se van pasando y en ese galope dejan la esperanza de un futuro mejor. Ya no te veo como antes por los mismos lugares en que solías pasear y lo contrario de cruzarnos es que siempre nos pensamos. Días enteros planifiqué una confesión, armando mentiras para poder vendértelas y esa noche que te crucé me di cuenta que las últimas palabras quedan en las miradas. Ahora que paso la tormenta en los días que fueron nuestros, dejo muertas las almas enamoradas y el sol salió para uno de los dos. Deseo de todo corazón que si algún día mirás al pasado, puedas sostener una sonrisa, al menos por los momentos de los abrazos donde éramos dos en uno, te pido perdón por todo lo que hice mal, siempre vas a ser mi angelito, te quiere como siempre…    Juan.

Memorias de las lágrimas

Pasaron los pelotones suicidas Pasaron los veranos de transpiración Pasaron los cruces declarando la realidad Pasaron las acrobacias para robar continuidad Pasaron las cosquillas para tirarnos pedos Pasaron las preguntas delirantes de una persecución Pasaron consejos de mala voluntad Pasaron los pedazos de mi destrucción Pasaron como quien pasa por la vida en un segundo, las cosas que creías se deterioran y nace la herida del sentimiento que mañana habrá sanado, las promesas regaladas con un mito en el pasado y una estafa que no es mía. Pasaron los días de una guerra interminable Pasaron los inviernos congelados de abandono Pasaron las miradas de un adiós de mala gana Pasaron los desfiles de risas eternas Pasaron las creencias de tanto reventar Pasaron las palabras que decían los demás Pasaron los pedazos de mi corazón Pasaron como el agua que fluye por el río turbulento, el amor que sentís desaparece y buscas algún consejo en amigos ejemplares que te dan la razón, sin pensarlo demasiado: “Dejá el dolor en el pasado que la estafa no fue tuya”.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)

 

LA SOMBRA 1

La sombra

Por Luciana Cáncer

Recuerdo muy bien ese día porque fue cuando decidí dejar aquel infierno. Me desperté temprano, mucho más temprano que de costumbre; por esa época vivía de noche, salía cada día con una banda de amigotes a tomar cerveza y a meterme basura en el cuerpo, nuestro punto de encuentro era alguno de los bancos de piedra de Plaza Miserere. No usaba despertador, y aunque lo hubiera usado tampoco me habría despertado.
Abrí los ojos, me dolían con un dolor intenso, potente, sentía pinchazos en el medio de las pupilas, como si me estuvieran clavando miles de alfileres de punta muy fina. Me costó acostumbrarme a la luz del día, reconocer el empapelado, parecía más viejo y gastado de lo que recordaba, como si durante la noche lo hubieran sometido a un efecto sepia, pero sepia manchado, viejo, con lamparones de mugre, como de aceite, o sangre de mosquitos estrellados contra la pared, o bolitas de moco aplastadas.
La pieza estaba tan fría que apenas podía asomar la cara, entraba un silbido de viento por la única ventana ubicada justo sobre el respaldo de la cama. La frazada que me tapaba estaba sucia como la pared, o más, tanto que me vinieron arcadas y mis mandíbulas endurecidas gesticularon asco en cámara lenta.
Intenté recordar qué había hecho la noche anterior pero no pude. La noche anterior a la anterior, pero tampoco pude. Lo único que relampagueaba en mi cerebro vacío eran flashes de la plaza, inconexos. Intenté hacer memoria pero no fui capaz de ubicar las escenas en una noche específica, en un tiempo cierto. Traté de enfocar las otras caras pero eran rostros duros, sin rasgos personales, sin facciones.
Me senté en la cama, mareado; después de un buen rato pude fijar la vista en el televisor que tenía enfrente y disparaba una luz blanca manchada de gris con ruido a interferencia; sentí como si las mil alfileres de punta finita se hubiesen convertido en un millón de clavos de hierro calentados sobre una hornalla. Desvié los ojos al piso, como buscando calmar los pinchazos con la simple visión de las baldosas heladas. Vi mi gamulán tirado a medio camino entre la pantalla y la cama, estaba sucio, con rastros de vómito seco, el corderito del lado de adentro se había vuelto gris verdoso. Al lado, en una montaña de harapos, se amontonaba la única ropa de invierno que tenía, al verla me di cuenta de que estaba desnudo, completamente desnudo.
Seguí mirando a mi alrededor, la cómoda de fórmica barata que para mí siempre había sido de color beige era blanca pero sucia; la cortinita floreada que dividía la kichinet del otro ambiente no tenía flores sino lunares y manchas de humedad; en cada rajadura de cualquiera de las superficies que miraba se acumulaban costras de mugre. Era como ver la pieza por primera vez, como si me hubieran operado de la miopía crónica durante el sueño, porque todo lo veía como a través de lentes de aumento, mucho aumento, con una nitidez que me lastimaba.
Fui pasando revista de cada detalle nuevo que observaba hasta que me vi en el espejo de la puerta del ropero, y me horroricé, me asusté de mí mismo, de mi cara dura sin rasgos personales ni facciones, de mi cuerpo grisáceo de piel sobre huesos, de mis ojos vacíos de mirada; pero había algo más, tardé varios minutos en darme cuenta. Para asegurarme de que no alucinaba cerré los ojos un par de minutos, volví a mirar, cerré los ojos otra vez, volví a mirar. Me giré y vi a través de la ventanita sin persiana por la que nunca antes había entrado el sol.
El sol no entraba porque mi pieza daba a un contrafrente oscuro rodeado de edificios muy altos de paredes negras de hollín. Un aire espeso no me dejaba distinguir la imagen, sólo captaba luz, humo y aullidos de sirenas.
Así desperté el 18 de julio de 1994, en mi pieza de la calle Paso, en el barrio de Once.

(de la edición Nº12, octubre 2012)

VOTO F2

Cosa de mujeres

La lucha por la igualdad. En noviembre de 1951 las mujeres argentinas accedían, por primera vez, al derecho a elegir a sus representantes a nivel nacional. Por Mauricio Villafañe*

La lucha por la efectiva igualdad de derechos es un proceso histórico dilatado en el tiempo y marcado por vaivenes que consisten en avances y retrocesos; democracia y golpismo se debaten en el escenario de nuestra historia nacional a lo largo de sus 200 años. En esta ocasión, un capítulo especial de esta lucha: la obtención, por parte de las mujeres, del derecho al voto a partir de la ley 13.010, que establece en su primer artículo: “Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”. El 11 de noviembre de 1951 las mujeres argentinas accedían, por primera vez, al derecho a elegir a sus representantes a nivel nacional. Una pista para saber dónde estábamos entonces: el mismísimo Congreso no contaba con baños de damas. ¡Vaya avance en lo que respecta a la ampliación de derechos en un país que ya tenía, desde 1912, su Ley de voto secreto, obligatorio y “universal” (masculino)! Es el peronismo en el gobierno, desde su popular y revolucionaria irrupción en el escenario público y en la historia el 17 de octubre de 1945,  quien viene a poner en discusión todo un estado de cosas heredado de la llamada “Primer Década Infame”. En este devenir y a través de la figura protagónica de Evita, la mujer adquiere una visibilidad inédita instalando, de forma efectiva y concreta, la lucha por la igualdad y el reconocimiento institucional de su nueva situación.

Es en esa lucha realizada por el peronismo que se conquista la ley que consagra los derechos políticos de las mujeres. Evita la entenderá como una “victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional”**. Ella será, en 1951, una de las más de 3.800.000 mujeres que votarán; lo hará, por primera y última vez, por la reelección de Perón y aportando a la elección de las primeras 23 diputadas y 6 senadoras de la historia. Lo extraño viene a suceder luego: las llamadas “dirigentes feministas”, entre ellas la socialista Alicia Moreau de Justo, opositoras al peronismo y resentidas por la incomprensión de esta época de transformaciones profundas, renegarán por lo que consideraban el “arrebato de la demagogia peronista” a una “bandera histórica de lucha”.  La doctora Justo, que tanto bregó por el voto femenino, no votó en 1951. La mezquindad y el absurdo político en su máxima expresión.

Es necesario agregar, como se destacó el rol histórico decisivo que le cabió al peronismo y a Evita, que este avance no se hizo en el aire o de la nada (ni por las conveniencias electorales que denunciaba la doctora Justo) sino con el precedente de figuras que hicieron a este proceso de lucha desde los comienzos del siglo XX. En el año 1900 se funda el Consejo de Mujeres por Cecilia Grierson, militante por los derechos de las mujeres y primera mujer en graduarse como médica en nuestro país. Eso sucedió en 1889, lo cual muestra la cerrada mentalidad conservadora que relegaba a las mujeres, “incapaces” según el Código Civil y bajo la tutela de padres primero y esposos luego. Su rol era el de ser madre, esposa, “ama de casa”, sin relevancia pública y, por lo tanto, ajena a la participación política. Otra figura fue Julieta Lanteri, que tras un juicio logró ser la primera mujer sudamericana en votar en las elecciones municipales de 1911. Fue candidata a diputada nacional por la Unión Feminista Nacional.

En este viaje que la historia es, no hay apuro por llegar. Mes a mes se proponen diferentes recorridos. En esta contribución exclusiva, las mujeres son protagonistas. Pero no desde la empalagosa perspectiva arjoniana sino desde su concreta realidad: madres, esposas, hijas, hermanas, tías, abuelas, novias, compañeras, amigas, viajeras. Y también ciudadanas portadoras de derechos y trabajadoras que reclaman trato digno e igual salario a igual trabajo respecto al hombre. La historia de esa lucha y la profundización de una sociedad democrática que madura tras casi 30 años de vida constitucional ininterrumpida (pese a nubarrones destituyentes), que continúa ampliando derechos son buenos motivos para reflexionar y para seguir viajando. Es ardua, llena de obstáculos y de pesadas herencias culturales la lucha contra la discriminación y la violencia contra las mujeres en todas sus formas, pero bien vale la pena darla desde lo cotidiano y desde la apuesta a una construcción colectiva. *Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP. **Diario Democracia, Buenos Aires, septiembre de 1947.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)

 

EL GORDO INABRAZABLE

El Gordo inabrazable

Por René Catto

Hijo de un pasado atado con alambre, el Gordo nació gordo y se hizo en el camino, con sueños de achuras y recreos de alfajores prestados. Ancho y tranquilo, abrió la heladera y atacó tres fetas de queso y con pan, le puso un techo y aplastó los cimientos. Después, se mandó tres porciones de pizza fría con mayonesa y un alfajor de postre. En media hora, salía el bus para visitar al puntero. Siempre lo mandaron al arco aunque el tipo creció y se promulgó defensor. Al paso de ágiles delanteros, arruinó embates de gol con paralíticas marciales y voladoras al pecho. Tiro libre, amarilla y a “vos te parto, forrito”, en todas las jugadas. También tenía un cañón en la derecha, lo que le daba un poco más de respeto ante sus compañeros. Iban veinte minutos del primero, cuando un delantero desde el piso lo increpó.

—¿Qué hacés, Gordo boludo? Tomá, comé, comé —sentenció el derribado, mientras tiraba pasto al aire como golfista midiendo el viento.
—Hacete hombre, boludín —gritó el Gordo, mientras el Poyo sacaba pecho defendiendo a su colega de línea de cuatro. La pelota dio en el poste.

El score se mantenía en cero y el equipo del Gordo no lograba superar el medio campo. Miró al Poyo que respiraba tabacoso y le pidió que no habilite. El primero, siguió en cero. Hasta los cuarenta del segundo, el marcador le daba un punto que los dejaba dos puntos arriba a dos fechas del final.

—Gordo, quedate que voy a cabecear el córner.
—Andá, Poyo, pero volvé —tranquilizó y volvió a gritar—. Volvé, eh.

La pelota sobrevoló el área, el Poyo se sacó la marca de encima y cabeceó con el parietal izquierdo dándole un pique viboreado. Dio en uno de los defensores que despatarrado la reventó como sacándose una chinche de encima. Un nuevo ataque contrario dejó al Gordo mano a mano con el nueve que caño incluido se escapó al gol. Llegando a la medialuna, con el arquero a la altura del punto penal, ejecutó un globito. En ese instante, el visitante se desplomó como un puñado de arena. El Poyo volvía, los laterales se tomaban la cabeza y el Gordo vio todo en cámara lenta.

—¡Arquero! —vociferó y la globa pegó en el alambrado después de un roce del golero.

—¿Qué decís, Gordo? —interrogó el delantero rabioso.
—Qué lindas tetas tiene tu novia, eso dije. Qué rico —camorreó y pareció que pateó un hormiguero. El árbitro paró el partido y los llamó aparte.
—No para de pegar, juez.
—Callate y jugá.
—Bueno, bueno. A ver: se me quedan piolas o los echo.
—Está bien, señor —convenció el Gordo mientras el delantero se ataba los botines—. Qué linda tetas tiene tu novia.

Faltaban tres minutos para el cierre y el Gordo ya pensaba en el chori con Fanta y la siesta que se iba a dormir al llegar arruinado a su casa. Federico el arquero la plantó y el Gordo se la puso a Guido, el siete que venía con más sequía que la provincia, en una corrida a lo liebre escapando al perro. El enano la frenó sobre la línea contigua al córner, gambeteó al lateral —con caño y todo— avanzó sobre el vértice del área y de atrás, el grandote contrario, le juntó los quesos. El juez pitó penal y la hinchada de atrás del arco supo que el Gordo iba a ejecutar el pase a la punta. Los locales protestaron y en el medio el Gordo se adueñó de la pelota. Tres nubes inesperadas explotaron en la altura y un chaparrón improvisado hizo que en un minuto y medio la cancha sea lo más parecido a un chiquero rebalsado de charcos y pequeñas lagunas. El Gordo la acomodó, se secó el rostro mojado entre agua y transpiración rabiosa y miró al arquero, que puso cara de malo.

El pitazo lo sorprendió y corrió sereno para acariciarla al palo más lejano. Gol, golazo. Sus compañeros corrieron detrás, mientras el Gordo hacía un avioncito tremendo entre barro y pasto. Terminó el recorrido y todos se unieron en una montaña rusa verde. Desde abajo, el Gordo pedía salir. Cuando el último se tiró encima, el Gordo explotó y a modo de grito desgarrado vomitó el desayuno entre amarillo queso de máquina, pizza fermentada y alfajores de maicena café con leche. No paraba y el aroma a cuajo vencido se expandió en todo el campo. Contento y revolcado se levantó con las manos como alabando al cielo, mientras daba pequeños escupitajos como lanzando semillas. Nadie se le acercó después de la devolución divina. Con barro, pasto y bilis, el Gordo no supo que su camiseta había cambiado de color verde y blanco a marrón con pintas de amarillo queso estomacal, inabrazable.

(de la edición Nº 9, julio 2012)

FAVIO 2

Nuestro Leonardo

El 5 de noviembre por la tarde el mundo se enteró de la muerte de Leonardo Favio. Vale aquí nuestro homenaje — en forma de ensayo—  a partir de un análisis sobre su mirada de autor y las estructuras utilizadas en el relato del film Gatica, El Mono. 

  Por Félix Mansilla
El film de Leonardo Favio (1938-2012) se abre desde amplios aspectos culturales/históricos mediante un repaso retrospectivo de la vida política y social de Argentina a partir de la década del ´40 con la aparición de la figura de Juan Domingo Perón. La excusa es una biografía fina del boxeador, quien transcurre por ella como epopeya del repaso contextual a partir de una ordenada estructura de elementos y recursos utilizados por el autor. En tanto, puente analítico, la crítica a una obra cultural desde un canal atrayente como el cine, resulta importante si se trata de un elemento que en el tiempo ha logrado cobrar valor y puede así repensarse sobre aquello que significó en el pasaje epocal determinado.

El recuerdo colectivo como valor contiene una definición de Roland Barthes (filósofo, escritor, ensayista y semiólogo francés) quien en “Crítica y verdad” (1966) señala que “nada tiene de asombroso que un país retome periódicamente los objetos de su pasado y los describa de nuevo para saber qué puede hacer con ellos: esos son, esos deberían ser, los procedimientos regulares de valoración”. En su libro “Atrapa el pez dorado” (Mondadori, 2008) David Lynch narra: “No sé por qué, pero entrar en un cine y que se apaguen las luces es mágico (…), entras en otro mundo. Es bonito cuando se comparte la experiencia. También es bonito cuando estás en casa con la pantalla delante, pero no tanto. Es mejor en pantalla grande. Así te adentras en otro mundo”. En ese marco simbólico, Leonardo Favio sobrevive como punto esencial de la cultura nacional. Al explicar su forma de procesar y reconstruir los personajes, Favio argumentó alguna vez que “a mi me gusta que sea muy claro el guion. Me interesa mucho ver qué le sucede al personaje, pero especialmente, todo lo que ocurre sobre su rostro, porque el rostro cuenta tu vida, es el que te narra a través de los ojos y la mirada”.

Juan el botellero, Leonardo el cineasta
Quizá la reconstrucción de la vida de Gatica en manos de Leonardo Favio, se desplace desde aquella niñez devenida en privaciones, rupturas y cambios, atravesados en parte por la marginalidad: Favio pasó parte de su niñez en hogares y reformatorios. En el Mono, el personaje de Edgardo Nieva se bate en la marginalidad, sin padre, con una madre desesperada por la dejadez de malos tiempos, los platos de sopa y el humo de tabaco para armar. En una entrevista para la revista Hecho en Buenos Aires Nº 10, de septiembre de 2009, el cineasta definió su visión del mundo en sus obras: “Mis películas hablan de Poesía y naturaleza; de eso está plagada mi filmografía. (…) Realmente, yo no concibo la vida de otra manera”. El film retrata la vida del boxeador argentino de peso ligero, proeza del deporte popular, espejo y reflejo claro de un período de cambios en el proceso político, social, cultural y económico del país durante el surgimiento del peronismo en los primeros años de la década del ´40. Favio pauta los dotes del personaje subrayados en toda la producción: ropas extravagantes, derroche de dinero en putas y propinas abultadas, donaciones a hogares de niños con capacidades diferentes y sus fotos con Perón y Evita. De forma paralela, cada paso en la vida del boxeador se amplifica y modifica al ritmo de aquellas circunstancias por las que atravesó parte de la Argentina. La infancia de Gatica se ve cruzada por aquel ajetreo de modificaciones de orden social, obtención de derechos y la salida de las clases populares a las calles. En el principio de la historia, el director anuncia: “Salvo los datos históricos, en los que algunos nombres han sido cambiados, los hechos narrados en esta película fueron recogidos de la mitología popular y recreados libremente por los autores”.
Los resultados estadísticos —recurso constante a lo largo de 136 minutos— arrojan los logros deportivos del Tigre puntano, quien obtuvo sendos títulos en una carrera “desprolija” y casi característica de lo que podemos llamar el prototipo de boxeador argentino: de clase baja, vago, putañero y arrogante, vida desordenada, y más conceptos (o prejuicios comunes). Parte de la carrera de otros púgiles tienen el mismo tinte que la de Gatica: Ringo Bonavena (asesinado en dudosas circunstancias en Nevada, U.S.A, en 1976), Carlos Monzón (preso por homicidio, fallecido en un accidente de tránsito en 1995), Rodrigo la Hiena Barrios (condenado a cuatro años de prisión por homicidio culposo en accidente en vía pública) y los ejemplos podrían seguir. Los números destacados en cada tramo de la película, hacen a la parte biográfica del personaje, por eso, el resultado de la obra de Favio también indaga sobre aquellos detalles que reconstruyen a la representación del camino del púgil, los cuales no resultan incómodos y están específicamente ubicados. Es decir, sus diálogos con el Rusito, amigo/hermano de la infancia, suceden una y otra vez para demostrar las características del personaje: “No puedo andar solo”, pronuncia Gatica en un abrazo fundido con su amigo; símil Bernardo del Zorro, Picaporte de Phileas Fox en “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne, Robin fiel o el incondicional Sancho. Mientras, los encadenados en la pantalla generan la sensación constante de paso del tiempo, las imágenes de las portadas de diarios y revistas dan a conocer el derrotero de Gatica, que finalizó con 95 combates ganados, 85 obtenidos, de los cuales 72 fueron por knock out.

Política y deporte
Sobre el paralelo Gatica y su relación con Perón y el movimiento peronista (antes de los combates repetía “Quiero dedicarle este triunfo al General”) o su visita a Eva Perón antes del deceso, son las claras muestras del codeo entre la política y el deporte popular en aquellos años. Sorprende el sendero del relato: en todo el tramo de la película se lo ve al “campeón” atravesando largos pasillos de los clubes donde peleaba, en el hospital donde se entera que su segunda esposa perdió el embarazo de su hijo varón, en los callejones por dónde camina solo, borracho y aturdido, entre gritos de “Mono y Perón, un solo corazón”. En referencia al costado social del film, es dable citar a Omar Rincón (periodista y ensayista colombiano) quien explica que “el cine prueba los formatos, las temáticas y las historias que la sociedad está dispuesta a comprender y asumir una vez que el cine demuestra que una idea, un formato o un estilo son posibles”.

Favio al mentón
El carácter de la luz utilizado por Leonardo Favio se aprecia a través de lentos planos generales que apenas repasan la escena con movimientos leves que acompañan cada acción. Así, el desarrollo de la imagen se proyecta como un puente que entrelaza la gloria (Nieva brazos en alto: su rostro sangrando, la sonrisa de un llanto glorioso, un ocaso, lluvias, rumores de multitud, la bandera argentina, el pasado y el presente). Lynch, lo explica mejor: “A menudo, en una escena, la habitación y la luz juntas significan un estado de ánimo. Por tanto, incluso aunque la habitación no sea perfecta, puedes trabajar la iluminación hasta que transmita la sensación correcta para que refleje el mismo estado de ánimo que la idea general. La luz puede cambiarlo todo en una película, incluso un personaje. Adoro ver salir a gente de la oscuridad”. La amplitud de los planos —marca de las producciones de Favio— están estructurados a partir de una cámara que ejecuta la captura de manera precisa y en la que el desarrollo se ve desde lejos, hasta terminar regresivamente en un zoom ajustado. Ejemplo de ello, son las tomas de los combates desde el piso en un travelling que recorre todo el cuadrilátero, encadenados con escenas de sexo donde el rostro de Nieva amplia aquello que está fuera de cuadro. Al hacer hincapié en la marca de autor y sus obras en la concepción de un personaje que representa y se desarrolla a modo de reconocimiento, el ruso
Serguéi Eisenstein (director de cine y teatro) expresa en “El mundo de Charles Chaplin” (1980): “La heroica lucha por la vida del no heroico héroe; del azar histórico es la vía de escape del callejón sin salida de la historia”.

Todos los ocasos
Una vez alcanzada la fama —mucho dinero, muchos amigos, muchas mujeres— hacen que aquel joven buscavida de barrios húmedos, marrones y grises de niebla y vapor de sopas, se tornen en un charco de aquel pasado. La figura del púgil revela resentimiento y apura el camino recorrido entre aquella infancia pobre con presente abultado, desfachatado y fanfarrón:
—¿Qué hacés, Mono? Así de blanco parecés Gardel.
—Mono las pelotas, oligarcón. Señor, Gatica. Y no soy Gardel.
Tras el derrocamiento del gobierno de Juan Domingo Perón a manos de la Revolución Libertadora en 1955, la carrera de Gatica se ve amenazada por una de las tantas proscripciones que se suscitaron a partir de ese año: al partido justicialista, el nombre de Perón y Eva Duarte. En la pantalla vuelve la imagen de un hombre revolcado en una gloria que ya no está, con la bandera argentina como símbolo patrio (y peronista), una melodía de ópera que aturde y anuncia una cuenta regresiva sin retorno. Derrota rotunda en el Madison Square Garden de New York, herido sentimentalmente, Gatica comienza a mostrar indicios de un delirio de haberlo perdido todo. “Para hablar con Gatica se pide audiencia”, repite como un colifa fugitivo. Los planos del golpeado campeón se amplían en escenarios que denotan la pobreza. La espera en la entrada de restoranes con la frase “buenas noche’, buen provecho” y su desidia en el final, rengo, vendiendo muñecos en la cancha de Independiente. Su amigo Martín Karadagian narra en off el final del Mono: “Quedó renguito”. Su destino entregado en el estribo y el pecho reventado en el cemento, como cualquier partida después de una vida en la nada. Favio, en cambio, rebatió el origen y dejó la huella.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)

E V PJ 2011

Qué mermelada, papá

El 3 de abril vuelve Pearl Jam. Luego de una despedida corta en 2011, la banda de Vedder & cía. se presentará en Costanera Sur. Aquí, crónica del paso por el Estadio Ciudad de La Plata, donde sonaron decenas de hits y las ganas de tocar para ese público tan adorable que somos.

Por Félix Mansilla*
Ver y escuchar a Pearl Jam es estar frente a una banda de rock madura, con tipos grandes que siguen disfrutando eso que planearon con veinte años, allá en los comienzos de los años 90. La tarde del 13 de noviembre en el Estadio Ciudad de La Plata, comenzó con una tranquila entrada por las decenas de ordenados accesos al lugar. Dos cacheos y toda la emoción de ir en busca de esa pequeña cosa que se dice y presenta como el show de una banda de rock. Convertido ya en género, el grunge de Pearl Jam aterrizó por segunda vez en el país, tras dos fogosos shows en Ferro y la sensación de que el back se haría realidad seis años más tarde, desde Seattle a Silver City.

Nada pareció casualidad y la banda telonera hizo que los pelos de punta comiencen a moverse entre una mezcla de ansias pregastadas y una cuenta regresiva interminable. X dejó un set cargado de pequeñas grandes canciones, derivadas de un postpunk con puntualidad inglesa. Como estaba anunciado, la formación a cargo de John Doe, inició el show 19:45. Luego de puro punk rock yankee sin escalas, la fruta fue el gesto de Vedder de subir a cantar el anteúltimo tema. A esta altura, con el Único casi lleno, las miles de almas supieron que lo bueno se venía sin prisa.

Volviendo a las cavernas ya

21:09 Pearl Jam estaba arriba de un austero escenario de luces perfectas, pantalla con las iniciales entre sombras y un sonido traído de otros lares. En las butacas y cabeceras, los ojos se fundían en mirar a cinco tipitos moviéndose a puro rock y con un campo que ardía como puñados de lombrices que se mueven al ritmo de un terremoto veloz.

Con un instrumental que se fundió entre aplausos y sombras, “Reléase” dio comienzo a un show interminable, cargado de hits y partes en las que la emoción se hizo carne entre los fanáticos. Siguieron “Go”, “Corduroy”, “Hail Hail”, “Given To Fly”, “The Fixer” y “Amongst The Waves”, como para ir afinando todo lo que luego vendría.

Con el mismo apuro que tiene alguien que no se quiere ir de la fiesta, Vedder comenzó con trabados diálogos y halagos para los seguidores argentinos y todos los que se acercaron al deleite. En las tribunas se agitaron banderas de todo el continente: Uruguay, Perú, Colombia y Venezuela. Eso, hizo sentir que la globalidad del mensaje musical no necesita traducciones, sino el sentir necesario para disfrutar el concepto claro de Pearl Jam. Un par de hits de la banda, se desplegaron, pero nada terminó ahí. “Immortality”, “Even Flow”, “You Are”, “Elderly Woman Behind the Counter in a Small Town”, “Lukin” y “Unthought Known”, hicieron que el temple se muestre finiquitado. Pero no fue así y los tracks de todos los discos de PJ, sonaron sin gastarse: Ten, VS, Yield, Vitalogy, No code, Backspacer, etc., etc.

La última semilla

Para la mayor alegría de los que comenzaron a escuchar Pearl Jam a partir del combate a través de sus letras, la inmortal “Do the Evolution”, hizo eco en las paredes del estadio, en la catedral y en la Autopista Bs. As La Plata. Entrelazaron grandes canciones que se ajustaron a la lista que compone la gira Twenty, gran producción audiovisual que intenta resumir dos décadas de creaciones inoxidables. “Wasted”, “Life Wasted”, “Jeremy”, “Porch”. En el medium del espectáculo, pareció un final. Los músicos descansaron apenas un pucho, pero la mermelada, comenzó otra vez: Just Breathe, Garden, Last Kiss (cover de Wayne Cochran), Supersonic, “I Believe In Miracles” de los Ramones, “State Of Love And Trust”, “Blood”. A esta altura, si todo terminaba allí, nadie se quejaría. Iban más de dos horas de show. Transpirados, emocionados y sacados, los PJ no pararon: “Smile”, “Mother” de Pink Floyd, bajó sobre el suelo y estadio fue un solo silencio.

Pasaron “Black”, “Better Man”, “Why Go”. Otra versión tomada fue “Alive” compactada con “Rockin’ in the Free World del legendario Neil Young. Todo un gran final: Vedder fumando sentado a pie del escenario y McCready terminando “Yellow Ledbetter”, mezclado y engachado a “Little Wing” de un tal Jimi Hendrix.

Con unas pocas palabras mal pronunciadas, Vedder nombró a cada músico de la banda y dejó claros guiños de ternura, amor y satisfacción. Desde el campo a todo el aro de gente, el aplauso se mezcló con gritos desgarradores de unas infinitas ¡Gracias, Pearl Jam!

(Crónica escrita para el diario de rock Degarage de la ciudad de La Plata. Publicada en diciembre de 2011)

*Lic. en Periodismo y Comunicación de la FPyCS de la UNLP.

 

2

Los ojos bien grandes

Cierre a la tríada de Bardo, esta vez, con un músico que vive como escribe y canta como siente. Gabo Ferro ocupa la escena desde sendas aristas: poesía, historia y canciones. Encuentro con la voz que llora sin queja.

1

Por Nacho Babino y Facundo Arroyo*
“¿Para qué voy a explicar mis canciones si ustedes, seguramente, tengan mucha más imaginación que yo?”. Gabo está metido en el Centro Cultural Daniel Omar Favero: una casa vieja, recuperada, turbia, acogedora y en paz. Desde el centro de La Plata hay varias líneas de colectivos que pasan a dos cuadras o si elegís tus propios medios llegás por diagonal 80 y te metés a contramano algunos metros. Queda en 117 y 40, apenas a cuatro cuadras de la estación de trenes de La Plata.

Lo curioso del camino es que se ve el “progreso” de la ciudad. Ni bien cruzás la estación de trenes, las construcciones comienzan a mezclarse y hasta existen paradojas sobre los mismos edificios; hay en las bases comercios de construcción colonial y sobre éstos enormes edificios que pisotean el tradicionalismo: modernas construcciones que estampan la visual del límite del barrio Hipódromo con el casco urbano de la ciudad.

Gabo los mira, ojos achinados (“tiene los ojos bien grandes como los mío”, chistea en Sobre el camino) y se sonríe. Espera para ver la reacción del público. Algunos se ríen, otros parecen animales muertos, de cemento. 

Pusieron sillas blancas de plástico en el Favero. Nunca lo hacen, la fecha la maneja un grupo que se llaman Suena!, no van con el lugar. Quizás no hayan entendido la esencia.

Llega gente a la puerta sin pre-venta y no puede pasar. “Preparamos el espectáculo para determinado número de personas, la capacidad es limitada”. Y se van los “sin entrada”, desanimados, sin música.

Daniel Omar Favero mira a los del ciclo desde la primera pared, a la derecha, ni bien entrás al lugar. Con la imagen de los desaparecidos, en miniatura, se forma la cara de Daniel, un cuadro de nuestro daño. Él fue, también, víctima del terrorismo de estado. Era poeta, músico y estudiante de Letras. Lo chuparon el 24 de junio de 1977. Yo no quise salvarme sino del egoísmo, es la frase de Daniel que llevan como bandera los que defienden y dan vida al Centro Cultural.

“Ajjj”, dice Gabo y se acuerda de una nota. Está enojado y su lengua hoy se mueve bastante por fuera de las canciones. “No iba a decir nada, pero la crítica me tiene harto”, dice y sigue cantando. Sus interpretaciones, por sobre todo, alcanzan un punto sublime y convierten al recital en algo hermoso.

Luego, Gabo explica: “Eso pasó con el suplemento Sí, yo estaba en la escuela cuando salió, y no envejeció conmigo. Yo creo que se tuvo que haber creado un suplemento para los adolescentes, pero el Sí tendría que haber crecido conmigo. Por supuesto uno es libre para elegir”. La nota que lo rebalsó fue publicada por el suplemento joven del Diario Clarín.

“Yo busco la crítica en un ser querido, un amigo. La crítica existe, ¡vamos!, la palabra “Crítica” es alguien que tiene una perspectiva, un conocimiento y ciertos saberes, que puede decir algo sobre una obra. No es darle aire para que el disco se venda. La crítica de esos medios tiene un único fin: el comercial, ¿qué aportan las estrellitas, las manitos?”, sentencia Ferro en relación al modo de calificar que tienen los medios especializados.

Las sillas no alcanzaron y hay quince personas que se sientan en el suelo, adelante, apenas dos almohadones de distancia del músico. Termina El cuadro de mi daño y una chica, con ojos achinados y rulos largos, se levanta del suelo y se va, parece que al baño. “Mirá que estoy con doctores, contenido, no te voy a hacer nada”, le chistea Gabo y la muchacha sale colorada por la puerta que la dirige al otro cuarto, donde al fondo (a la derecha, por supuesto) está el baño.

Gabo, luego, sigue reflexionando sobre los medios: “Cuando criticaron un disco poniendo a Bourdieu dije uff. Yo tengo claro dónde meo, dónde cago, dónde como, dónde duermo y dónde me rasco el orto. Entonces no voy a hacer un disco pensando en Bourdieu. Hago canciones, lo más simple que pueda como para que lo pueda disfrutar todo el mundo. Desde el jardín de infantes hasta el geriátrico. Por eso el 2007 fue un año de quiebre, con Mañana no debe seguir siendo esto yo escribía pequeños parrafitos en los discos para ayudar un poco a la escucha, y ahí claro hablé del Romanticismo, pero no como romántico a lo Arjona, sino el Romanticismo de la muerte, lo sublime, lo bello”.

Y de arrebato en el Favero suena Para traerte a casa, el primer track de ese disco que para Gabo fue un quiebre. Sus últimos dos discos no los llevó a los medios. Se cansó, ya no lo siente productivo, “si alguien quiere comprar un disco no lo va a hacer por una de esas críticas”, va renegando con esos medios en los cuales, a veces, también aparecen algunos cuentos y notas suyas. “Una paloma toma el aire y el cazador siente celos”, entra la estrofa en su garganta y al Favero se le pone la piel de gallina. Suena su voz, suena Gabo. Grita “Un cazador y una paloma no podrían enamorarse. El cazador es de tierra y la paloma es del aire”, y otro chico que lo mira desde el suelo llora.

Cuando el recital termina la gente se levanta de esas sillas blancas y se amontona en un puesto, armado con dos mesas y un mantel bordó, allí se vende toda la producción de Gabo Ferro (discos, el más visible Amar temer partir; libros, siempre los dos derechos y juntos; y su dvd con su etiqueta de pirata que se advierte orgulloso). Celia, su manager, hace la tarea de vendedora nunca sin abandonar esa (su) sonrisa de miles de dientes blancos y grandes.
Una vez vacío el Centro Cultural, Gabo se va, pero antes se queda parado frente al cuadro de Daniel. Lo mira, lo siente y lo escucha; Daniel le recita: ¡Diles que estás meciendo sobre una cuna enjoyada y que aun tú puedes verlos desde una mansión dorada!, última estrofa de su poema Llanto para un niño muerto. Gabo mueve levemente la cabeza en señal de afirmación y sale. Sobre la calle adoquinada piensa: Tiene los ojos (bien) grandes como los míos.

*Licenciados en Periodismo y Comunicación, UNLP. Autores del libro de crónicas Bardo, editorial Independiente, 2012.

(de la edición Nº 15, enero de 2013)

THUNDERCATS

Una que miramos todos

Una de las señas generacionales que suele salvar una reunión es la recurrencia a un pasado televisivo común. En momentos donde el anfitrión luce cansado y sus invitados miran el vacío, no falta algún osado que encienda la llama  de un recuerdo compartido.

Por Mauro Basiuk*
Así, por ejemplo, la mención a formaciones de equipos de fútbol o a viejos dibujos animados se convierte en la contraseña para un divague melancólico. Puede haber quien no haya sido hincha particular de ese club o no haya sido seguidor de las series mencionadas, pero no podrá permanecer ajeno a la charla, más no sea asintiendo con risas ante esas menciones que supieron jalonar la infancia.

Extiendo el ejercicio a ustedes, lectores, improvisando un espacio compartido donde me toca ser por hoy el didacta que los retrotrae a tiempos no tan lejanos, cuando la precaria programación de America TeVé comenzaba a armarse hace nada más que veinte años (en programas como Dibujuegos, conducido por Manuel Wirtz). Con ayuda del blog Retrotoons, haremos un poco de historia con series extranjeras como Thundercats, Halcones Galácticos o Heman.

Cronológicamente, nos remontamos a principios de los ochenta, cuando en el reino de Eternia sucedía Masters of the Universe. Los Masters estaban formados por He-Man, personaje que terminó acaparando la serie. Él se las arregló para pelear contra “El Consejo del Mal”, liderado por Skeletor. Además la historia cuenta que era el hombre más poderoso del Universo, siempre luchando para proteger el reino y así salvaguardar los secretos del Castillo de Grayskull.

Los Felinos Cósmicos fue una serie que mezcló la tradición del comic de Estados Unidos con el animé japonés. Tuvo cuatro temporadas entre 1985 y finales de 1987. Escapando del planeta Thundera, estos cinco felinos-humanos cruzan el espacio buscando un nuevo lugar para vivir y encuentran una Tierra en un periodo espacio-tiempo desconocido. Ahí empiezan las peripecias emitidas durante cuatro temporadas donde se enfrentan los Thundercats (a ellos nos referimos, claro) contra MummRa.

Para cerrar este breve racconto o instructivo para salvar juntadas que caen en el silencio, traemos a colación a Los Halcones Galácticos (Gavilanes de Plata, según la traducción literal: Silverhawks). Realizada por los mismos que Thundercats en 1986, esta vez el sitio elegido era Halconia. Allí el líder Rayo de Plata, su compañero Halcón Vigía, los gemelos invencibles Acerino y Acerina, entre otros fueron reclutados por el Capitán Telescopio para combatir a Monstruón, un extraterrestre que puede transformarse en armadura metálica con la ayuda de la Estrella Lunar de Limbo en la cámara de Transformación.

Listo, final de esta evocación llena de efectos, fantasía e imaginería interespacial. Mientras quitamos el mantel de la mesa, los despedimos con la certeza que hay recuerdos que seguirán acompañando, más no sea para mantener viva una reunión social.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCC de la UNLP, columnista radial, coleccionista.

JULIETA 2

“El hockey es parte de mi vida”

Así define Julieta Dupraz (22) su relación con uno de los deportes que en la última década remontó su número de practicantes mujeres en la región lobense. Sobre su camino jugando para el LAC, define: “La institución que me dio la posibilidad de poder practicar este deporte tanto tiempo”.

Hace 17 años, Julieta acompañaba a sus dos hermanas mayores para verlas jugar hockey en las canchas del Lobos Athletic Club. Y siempre se quería quedar. A los cinco, comenzó a practicarlo y hoy cuenta que se trata de una parte de su vida. Jugando para LAC, obtuvo dos subcampeonatos y un campeonato en Primera para el San Catherin´s de Buenos Aires. Ella, agrega que además, convive con una práctica que “es muy buena para despejar la mente y te enseña mucho a aprender a tolerar”.

¿A qué edad comenzaste? , ¿Cuáles fueron las motivaciones?
Empecé a los cinco años y las inclinaciones fueron mis hermanas, que en ese momento también practicaban hockey y cada vez que iban yo me quería quedar con ellas.

¿Cuáles fueron tus logros jugando en L.A.C?
Mientras jugué en primera obtuve varios segundos puestos y en el año en que me fui a jugar a Capital, la primera de Athletic ganó el campeonato, en el cual no participe por haber estado jugando en el club San Catherin’s.

¿Cómo detallarías tu relación con el hockey? ¿Qué es lo que más rescatás de jugarlo?
Lo que más rescato es el grupo humano con el que comparto este deporte. Obviamente que también lo juego por el deporte, que ya es parte de mi vida. Se me haría muy difícil tener que dejarlo porque es algo muy placentero, además es muy bueno para despejar la mente y te enseña mucho a aprender a tolerar, aspecto muy importante que cada vez se está perdiendo más en esta sociedad.

¿Qué significado tiene jugar en LAC para vos?
El LAC para mí: la institución que me dio la posibilidad de poder practicar este deporte tanto tiempo.

¿Crees que la influencia y el ejemplo de Las Leonas hacen que muchas mujeres lo practiquen?
Creo que en los últimos años se dio esto. Sí, Las Leonas son una influencia, porque ya tienen un reconocimiento muy importante en la sociedad. Antes, no era muy común que gente que no practicaba el deporte se sentara frente a un televisor a ver un partido de hockey. Ahora si sucede.

(de la edición Nº 7, mayo 2012)

spinetta introducción

Universo Spinetta

De modo transparente, desnudo o simple, siempre que damos una vuelta por el mundo del Flaco el recorrido no tiene fin. Aquí, introducción al espectro de un músico que flota como canción y revive en la poesía. 

Por Félix Mansilla
Es difícil agregar algo más sobre el legado de Luis Alberto Spinetta (1950/2012). Entonces, los caminos se acortan, ¿se acortan? No; nacen cada vez que lo encontramos en las bellas melodías y en los/sus mensajes. Alguien a quien conocimos por sus canciones y sus palabras. Ese soplo único, explicado en breves frases: “De alguna manera, hay que aprender a ver el aire. Ver lo que contiene. Entonces ahí inventás. El aire es el primer reflejo del contenido de una obra, sea escrita, sea un cuadro o cualquier cosa. Por eso creo que hay que aprender a describir el aire. Es como una forma de mirar, y es algo totalmente practicable (…) Creo que es algo que se ejercita: poder ver lo que no está, para inventarlo de la nada. Cuando lo inventás, le das una forma. Por ahí no es la adecuada, y la corregís, pero básicamente vas a poder esbozar una forma” (Rolling Stone Nº40, julio 2001).

Por eso, ese camino tratado al estilo Luis, lo define en cada término. Hablando de Argentina. “De nosotros depende construir con educación y salud. Soy optimista, en tanto y en cuanto retomemos una mirada clara de lo que significa el respeto por la vida”. Y del rock. “En general, al rockero pelotudo le cuesta imponerse esas visiones, porque como tal no le importa nada de la gente. No es mi caso, nunca me vi así en mi vida. No desarrollé ese costado de ‘rockero inútil’ porque siempre estuve ocupado en servir a quienes amo” (Los Inrockuptibles Nº127, agosto 2008).
A través de esas palabras, y sus canciones, Luis Alberto Spinetta se erige como figura intocable en la senda del rock argentino, como un haz de luz que perpetra y habla por muchas generaciones, aquellas que se ven en el reflejo de sus ecos inconfundibles, lejanos/cercanos entre el hombre y su obra. Alguien con la simpleza de un zapatero y la profundidad de un existencialista atroz.

“Uno tiene que saber priorizar aquello que se ha integrado con uno para crear, no para estupidizar. (…) Existen diferentes planos para poder jugar y estar constantemente creando, de alguna manera. Así es mi vida. Si no creo con la comida o con la computadora, estoy componiendo o grabando” (Revista C, 3 de agosto de 2008).

Desde su comienzo viajero con Almendra, el traslado rockero con Pescado Rabioso, el jazz rock con Invisible, los 80s con Jade, los 90s con Banda Spinetta y luego con Los Socios del Desierto, el siglo XXI contuvo a un Flaco renovador que no puso en abandono ese correr tan propio mediante la canción. Sus últimos discos, dan cuenta de ese esplendor dentro de la finiquitud de un tiempo, de un instante como su obra con casi cuarenta discos puros, spinetteanos. Los años y la tecnología no dejaron que el concepto se explaye diferente y fue el propio Spinetta quien mediante las viejas técnicas de grabación perduró en las formas de hacer música, como un prócer de la canción.

“Quiero aclararles que no he dejado de grabar en cinta ninguno de mis discos, nunca, (…) siempre grabé en cinta. La novedad, en todo caso, es la herramienta digital que va más allá del grabador, que se sincroniza con él y que extiende las posibilidades sonoras. En general, uno suena tal cual suena, y si algo quedó mal, te das cuenta enseguida”. De alguna manera, esas costumbres, dan cuenta exacta de la misión, los conceptos —series de creación compositiva— para los cuales la manera de dar acierta con la idea básica, puntual. “A veces uno quisiera sonar más, pero eso ya está definido en el material musical antes de grabarse”, aclaró sin oscurecer.

Los ojos, el pensador
Por esos orificios que arremete el destino, las noticias —soretas, mala leche— sobre la partida de Luis, fueron recibidas con las mayores de las congojas previas al final. Pero, no es para preocuparse, porque las mentiras hacen pasos cortos. En la entrevista realizada por Santiago Delucchi —devenido en material de colección para los que hacemos el viaje— donde habló sobre la internación de Charly, Spinetta definió a los mercantilizadores del sufrimiento, a la prensa amarrilla, como “el buitre que come del dolor ajeno”. Para terminar el comienzo a un año sin Luis, qué mejor e ideal que su propio autorretrato salidos de su entraña, de su luz, de su boca. “Si un artista no se respeta así mismo, a fondo, se mutila. Y luego no aparecen las alas…Nunca más”.

Para entender a Spinetta tanto interpretador de un género expandido sin fronteras posibles, encasillable, vale recordar unas líneas del ‘manifiesto’ repartido durante los shows de presentación de su disco Artaud, ‘Rock, música dura, la suicidada por la sociedad’. De modo simple pero profundo, ése Flaco del ‘73 escribió: “El rock no es solamente una forma determinada de ritmo o melodía. Es el impulso natural de dilucidar a través de una liberación total de los conocimientos profundos a los cuales, dada la represión, el hombre cualquiera no tiene acceso” (Citado en Spinetta + Artaud: ecuación visionaria, de Miguel Grinberg en revista La Mano de abril de 2006). Un final que no se atreve a ser, nunca jamás. Bienvenidos a el viaje de Luis, parte dos.

(de la edición Nº 16, febrero 2012)