comparsa 1

Flash carioca

Por René Catto*

La cosa es que cuando uno anda con suerte, nada ni nadie puede decirle a uno “che, loco pará un toque, no limés”. Nada que en fin, todo lo contrario. Esa noche me sentí un tocado por la vara de esa para algunos pocos, los privilegiados. El corso había empezado hacía no más de media hora, estaba solo, con un amigo cobrando las entradas, y quedamos en que iba a ver la salida de la comparsa que había traído la comisión organizadora. Hasta dónde sabía por los comentarios de los entendidos en el tema, se trataba de una cotizada comparsa del interior de la provincia, con más kilómetros en las patas que kung Fu, las más bellas bailarinas y varios premios otorgados en la fiesta del salamín o algo así.

Entonces, el canje con mi compañero comenzó a llevarse a cabo, un rato yo y después él. De atrás ya se veía que las minas más buenas de la comparsa estaban adelante. En una de esas, pasó un pendejo y me llenó de espuma la remera. Lo putié así como para seguirle el juego, hacer de piola, porque me considero un tipo que todavía no perdió los códigos. Al toque volvió, me hizo unas embestidas ágiles tipo Pájaro Caniggia y cuando lo tuve a medio metro pensé en darle un chute en el orto así como en tren de joda, pero sentí que estaba siendo observado y decidí hacerme el sota.

Los borregos continuaron con sus gambetas entre la gente que se iba acercando al escenario, foco principal del evento, donde se cocinaba la diversión, digamos, el núcleo mismo de una costumbre anual muy familiera. Las carrozas ya estaban por dar una vuelta y escucho al capanga de la comparsa que pega unos gritos así medio como un cacique bien cojudo y en un abrir y cerrar de ojos todos quedaron acomodados, moviendo las plumas a modo de ensayo de salida, como hacen los boxeadores cuando están cagados y dan vueltitas sin despegarse del rincón.

En eso, siento que me golpean de atrás. Para mis adentros pensé que era alguno de la carroza de la casa embrujada o una mascarita o alguno de los caballitos de bolsa. Me hice el boludo y seguí pispiando a las expertas en esa especie de muévelo muélvelo goloso. No puedo describir la sensación de esa energía que despedía y esa marcha emplumada. En un momento pensé que estaba muy cerca de un fuego rojo que me iba a encender en una especie de infierno gustoso, lujurioso, todo aceitoso, bien vicioso. La misma mano otra vez. No reparé en ese chiste que se extinguía en dos segundos, el impostor se iba a dar a conocer.

Cuando por fin dije a ver, era ella. Que quería saber cómo venía con el tema de las entradas y que a una de sus amigas la había perdido después de ir al baño. Que estaba tomando Coca porque la Sprite estaba caliente y que la hamburguesa tenía mucho picante. Creo que por el ajo dijo, pero la verdad es que estaba como recién vuelto del calor aceitoso y ya todo empezaba a chuparme literalmente un huevo. Cero ganas de tomarme el trabajo de contestar reclamos. Es un corso, viejo, hay que poner la mejor, hacerse el picante, sumar al espectáculo todo. Entonces ya la cosa se puso así medio piedra.

—Tenés olor a alcohol, René. Esto empezó hace veinte minutos y ya estás en pedo —afirmó sin las pruebas fehacientes del caso.
—No, amor si tomamos dos fernet y recién nos armamos un whiscola medio neeenita —dije con acento de Córdoba Capital, como para que la flaca le empiece a poner un poco de onda.
—Bueno, bueno —dijo y pareció convencida. —Recién vi a tus primos de Zapiola.
—Ah, mirá —esbocé de acostumbrado nomás. Mi interés estaba en frente y sentía como que un láser de luz caliente me cocinaba enterito, como una papa frita.

Era la mirada de la morocha que comandaba la comparsa. No tenía más de veinte años, una sonrisa brillante y una pose que por lo que calculé así medio on fire no me pasaba por más de doce centímetros, nada. El marrón de sus curvas hacían contraste con el blanco brilloso de las plumas y movía los pechos con un crepitar lento y espeso. Así fue que sentí que dejaba todo y que me iba bien a la mierda: con un par de mudas, la Helatodo, la carpa, un mazo de cuarenta, velas y que me vayan a buscar. Sí, en un momento me vi al lado de una laguna a la tardecita, mirando el andar del agua calma, con la caña a un costado, como para darle un poco más de calor a la garganta en un verano interminable. Ella que me pide que le cuente cómo sería mi cielo ideal o algunas anécdotas de mi época de promesa asociada al gol.

—La verdad, qué lindo plan el nuestro. ¿Qué decís?
—Si, no conocía la laguna de Monte.
—La puta si no vale la pena estar vivo.
—Ay, sos un amor, René.

A la noche, alguna musiquita tranca, dos fernet y el fuego ahí quemando las brasas para cocinar un pedazo de vacío for export. Un brindis con un tinto etiqueta nacional, así como un para un jueves a la noche, ponele y el fuego en los rostros cargados de un día agitado. Una caminata contemplando el espejo de agua y a no renegar de tanta vida silvestre que para eso llevamos un colchón inflable. Un espiral por si los mosquitos, el cielo estrellado y a noniar cucharita después del pecado. Ahí el pecado fue temperamental y de pronto volvió el calor, pero se mezcló con el frío y el corso. La morocha me estaba penetrando con la mirada y miré a los costados: nada. Y a atrás: nada. Era para mí. Sí, para mí. Después de esa noche empezaría nuestra historia de pasión a primera vista. Y me seguía el calor en los cachetes y sentí el codazo en las costillas.

—Ah, pero sos un pajero, René. Dejá de hacerle caras a esa mina, boludo.

(de la edición Nº 7, mayo 2012).

*Escribe la sección Historias diras en el viaje desde mayo 2012.

futbol literatura chillan

Fútbol y literatura en la Argentina

Mediante un repaso por las letras que reflejaron el deporte en sus interiores, el periodista deportivo Walter Vargas abre el juego para demostrar que la literatura de fútbol necesita un reconocimiento en los altares de las letras. 

Por Walter Vargas*
La relación entre fútbol e intelectuales y fútbol y literatura, viceversa, no es cosa de hace un año, ni de cinco, ni de diez. Ya en Rey Lear, de Shakespeare, hay una referencia futbolera en boca de Kent: ¡ni que te echen la zancadilla, mal jugador de fútbol! Francois Rebelais, en Gargantúa, alude a quien jugaba el balón con las manos como con los pies. Martin Heidegger, una suerte de revolucionario de la filosofía, se abstraía de Ser y Tiempo en apasionadas tardes de Bundesliga (era hincha del Hamburgo) y un significativo número de escritores célebres regalaron hermosas páginas futboleras en tiempos en los que los bienpensantes veían el fútbol con sorna, con franco desdén o en todo caso con menor valoración que al boxeo, más salvaje, sí, pero también, según encontraban, más estético y más, como decirlo, más ético.

Antonio Machado y León Felipe gestaron sendos poemas tributados al balompié, pero sin dudas dos de los más célebres pertenecen a Rafael Alberti y Miguel Hernández. Oda a Platklo, de Alberti, es un texto de cuño antológico: Porque volviste el pulso a la pelea/en el arco contrario el viento abrió una brecha. A su vez, Hernández contribuyó con su Elegía al guardameta, dedicada a Lolo, “sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela”, cuyo acto supremo y definitivo fue salvar su arco al precio de dar la cabeza contra un poste. Como un sexo femenino, abrió la ligereza del golpe una granada de tristeza/ aplaudieron tu fin por tu jugada/ Tu gorra, sin visera, de tu manida testa fue lanzada, como oreja tercera, al área que a tus pasos fue frontera/ Te arrancaron, cogido por la punta, el cabello del guante, si inofensiva garra, ya difunta.

En este confín del planeta abrevaron en la poética de la número 5 luminarias como Catulo Castillo, Julián Centeya, Manuel Mujica Lainez, Héctor Negro, César Fernández Moreno, Baldomero Fernández Moreno, Enrique González Tuñón, Humberto Costantini, entre otros, sin olvidar, desde luego, una verdadera joyita como Literatura de la pelota, ofrenda póstuma de Roberto Jorge Santoro antes de ser desaparecido por la dictadura militar que devastó a la Argentina en el período 1976/1983.
En materia de prosa futbolera han dejado testimonio popes del porte de Camilo José Cela, Horacio Quiroga, Henry de Montherlat, Rubem Fonseca, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Augusto Roa Bastos, Vladimir Nabokov, siguen firmas, pero si de nuestro país hablamos disponemos del excepcional póker que componen, en estricto orden alfabético, Rodolfo Braceli, Roberto Fontanarrosa, Juan Sasturain y Osvaldo Soriano. Nótese que Sasturain nació en 1945, que Braceli nació en 1940, que Fontanarrosa (el inobjetable Maradona del género) y Soriano constan en el infinito cósmico, pero los cuatro ya hacían genuina literatura futbolera cuando lejos estaba de avizorarse una expansión que se esbozó hacia finales del siglo XX y se consumó a comienzos del siglo en curso.

En mucho contribuyó, sería injusto omitirlo, la aparición de Ediciones Al Arco, un sello plenamente dedicado a textos vinculados con los deportes, fundado por los periodistas Julio Boccalatte y Marcos González Cézer. Pero igual de justo es reponer, en todo caso, que Ediciones Al Arco surgió y se consolidó como un vigoroso correlato de un viento de cola que interpeló prejuicios, estimuló a los indiferentes y liberó a quienes se sentían en posición de contar sus propias historias. Dicho de otro modo, el sello editorial autorizó a todo el mundo, aun cuando no todos publicaran en Al Arco. De esos años provienen el portentoso Eduardo Sacheri y unos cuantos autores más que, en última instancia, no hacen otra cosa que corresponder a la quintaesencia de su cultura. ¿Cuántos pilares identitarios gozarán, como el fútbol, de una savia de tan rozagante argentinidad?

Quedará por establecer el origen del viento de cola, y sus razones primigenias, si tales hubieran (¿el abierto reconocimiento del fútbol como un suceso de impregnación extraordinaria y su legitimación como fuente de divisas copiosas?), pero mientras elucidamos el asunto, lo justo y debido es disfrutar del existente. ¿Así que fútbol y literatura se han vuelto tan armónicos como madera y carpintería? Enhorabuena. Lo verdaderamente raro, y difícil de explicar, es por qué en nuestras tierras los libros de historia ignoran olímpicamente (valga el futbolismo) la influencia de un quehacer tan difundido, tan descomunal y tan fundante. Pero no vayan a creer. Ese día no debe de estar muy lejos**.

*Platense, trabaja en ESPN, agencia Télam, Diario Olé. Es autor de Regreso del llanto (Poesía, junto a J.L.Cutello, 1988), Perchas flojas (1991), Diccionario de equívocos (con Patricia Mercado, 2004), Noches de sal (2005) y Marchar hacia la espera (2007), Fútbol: opiniones y merodeos (Jugados, 1999), Del diario íntimo de un chico rubio (2004) y Fútbol Delivery (2007).

**Nota escrita para la revista de literatura de fútbol Centrofóbal  de Félix Mansilla y Francisco Clavenzani. Octubre 2012.

 

 

Fabian casas

Casas con diez pinos

Desde un despliegue concreto enfocado en las perspectivas contextuales, Fabián Casas se mueve dentro de las letras y desarrolla una personal manera de narrar episodios desde las calles de Boedo. Por Nacho Babino y Facundo Arroyo*

Casas, G. Ferro y P. Marchetti están en Bardo.

Casas, G. Ferro y P. Marchetti están en Bardo.

“Veo y entiendo la literatura como una forma colectiva”. Borcegos oscuros, jeans, remera de la Velvet Underground y sus mismos anteojos de siempre, marco negro y cristales claros que dejan ver bien grande el marrón de sus ojos. Fabián habla pausado, aunque por momentos intensifica o atenúa el volumen de la voz dependiendo de los gritos fritos de las siete señoras que unos metros más allá, contra la vidriera del café, hablan de todo sin decirse nada.

Casas se hace, se inventa -qué otra cosa saben hacer mejor los poetas sino oficiar de inventores- una pausa en medio de su rutina laboral. “Encima estamos de cierre”, dice. Cada encuentro con él es un hervidero de nombres, de información, de cosas nuevas viejas o de viejas cosas nuevas. Como en sus Ensayos Bonsai, pone sobre la mesa, muestra, hace conocer, mil nombres y mil maneras de entenderlos y relacionarlos. Desde Heidegger hasta Cucurto pasando por Vallejo; desde Manal hasta Minimal pasando por Los Redondos. Pero no es una paja a su saber, una masturbación a su conocimiento; Fabián se copa y da nombres, cita autores, canciones. No obliga, eso sí que no. Sólo si uno quiere, estira las manos, agarra eso y lo lleva.

“José Luis Mangieri me hizo ver cosas muy centrales que son las que conservo. Tenía que ver primero con trabajar, luego escribir y finalmente, si se da, publicar (…) Es mejor que conozcan los libros a que te conozcan a vos” dice Casas que es, aunque cueste creerlo, un tanto holgazán. Porque sino cómo se entiende que para terminar alguno de los cuentos que integran Los Lemmings haya tardado casi diez años. Quizás, casi sin saber, los distribuidores en Alemania de la película Ocio, basada en su novela corta homónima, hayan definido un poco esta rara manera de producción del autor, al traducir el título como Elogio de la pereza. Casas escribe buscando o busca escribiendo.

“La lógica capitalista es definición: te gustan las mujeres o te gustan los hombres, el capitalismo te define, todo el tiempo. Esa enfermedad muchas veces la tienen los artistas y los críticos. Nadie tiene que buscar la definición, lo que tienen que buscar es la incertidumbre. Y aprender a vivir con la incertidumbre o con preguntas paradójicas. El pensamiento oriental está más curtido en poder pensar más de dos cosas a la vez, nosotros no. Menotti o Bilardo, la dicotomía eterna del esto o esto” dice Casas, que después cita dos veces a Heiddegger y vuelve a decir: “Donde está el peligro, está la salvación”. Cuando habla, Fabián te mira. Y cuando calla también.

El poeta demuestra todo el tiempo atención, hace saber que escucha lo que su interlocutor le dice, le pregunta. Por momentos parece un cazador en estado de vigía. Salvaje. Cuando habla te mira. Y mira mucho desde esos dos grandes ojos marrones siempre bien abiertos, siempre con ese par de anteojos de marco negro delante.

“Cuando me entrego me siento más vivo. Con mis amigos, la familia, los escucho. Momentos de abandono del yo, es súper sanador. Me pasa mucho con mi hija, estoy todo el día encima de ella: la cambio, la baño, cuido que no meta los dedos en el enchufe. Me olvidé de mí, estoy pasando los mejores momentos de mi vida cuando me pasa eso. Me pasé tanto tiempo pensando sobre mí, hablando con gente que no tenía que hablar, perdiendo tiempo en actitudes estúpidas del yo, mías, egoístas. Cuando vos te olvidás de vos sos feliz”, dice. Ya es papá. Guadalupe, su compañera, aquella a la que le dedicó Los Lemmings -Todo para Guadalupe-, fue mamá de Ana. La paternidad lo hace feliz. Se le nota.

“Es más bien una necesidad de crear nuevos canales, porque con los viejos no salíamos, no teníamos chance. Y no es cuestión de ponerte a llorar si no te publica Ñ. Producir la forma en que vos querés contar y producir. No ser llorón. Hacerlo, como nos parece, pero hacerlo. No quería quedarme en el crítico que termina insultando al otro…” y de golpe, gesto de disculpa mediante, trunca lo que estaba diciendo y atiende el llamado de su teléfono celular: “Hola, Cuqui, ¿hola?… Te escucho re lejos… ahí voy sí…”. Corta el llamado, se acerca a la barra, paga, saluda, abraza y se va. No sin antes mirar con esos dos ojos grandes y marrones, desde la vereda y del otro lado del vidrio, a las siete señoras que siguen ahí. En este pequeño bar, Casas escribió parte del sermón de su montaña.

(de la edición Nº 14, diciembre 2012).

*Licenciados en Periodismo y Comunicación, UNLP. Autores del libro de crónicas “Bardo. Nuevas formas de hacer comunicación”, con prólogo de Juan Bautista Duizeide, editorial Independiente. Primera edición: 13 de noviembre de 2012.