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Pablo Pierini: Un indio todoterreno

El piloto de Salvador María sabe lo que es largar en un Dakar y cuenta la carrera, los inconvenientes técnicos y mecánicos, y eso de “mirar a los cuatro vientos y no encontrar un alma”.

El "Le Touquet" 2013 se correrá del 25 al 28 de feb. en Villa Gesell, donde competirá Pierini.

Por Félix Mansilla

Pablo comienza en primera persona. Su manera de contar, de hacer sentir apenas algunos tramos de lo que fue su desempeño en el Dakar 2011, hace que la imaginación corra en diversas direcciones. “Yo la pasé bien, porque me gustan los desafíos, las cosas difíciles y no sufrí. Renegué con la moto un par de veces con algunos problemas mecánicos, pero la verdad es que estuvo muy buena”, menciona convencido.

El living de su casa, tiene muchas fotos arriba de su máquina KTM 690 CC, con el número 177 con la que representó al país y a su pueblo, Salvador María. Chacarero, casado con Ana —con quien tiene cinco hijos— siempre repartió su tiempo entre las máquinas de cosechar y la pasión de correr por los caminos de la Argentina de los cuatro climas. Hoy remarca el hecho de haber comenzado “un poco tarde la preparación”, pero da a entender que el camino quiso que se suba a “La Pepa” —en honor a su madre— y quede en su historial haber corrido en la máxima experiencia del mundo motor.

Todo condujo que a fines de agosto de 2010, en un viaje a Córdoba, se encontrara con los hermanos Pascual. “Pablo, amigo mío desde hace varios años, me ofreció su moto que el año anterior largó el Dakar, pero que en la cuarta etapa tuvo que abandonar porque se él quebró la muñeca. Le dije que no, que era muy costoso y me dijo: ‘vos llévatela, corré la carrera y después vemos cómo me la pagás”.

A partir de ahí, Pablo empezó a averiguar la problemática de los gastos: repuestos, inscripción, logística, quién lo iba a acompañar y buscar la forma más barata posible de cubrir todo. Enseguida se prendió su hermano Oscar con la logística, sus allegados organizaron una comida para recaudar fondos y varios auspiciantes sumaron con lo que pudieron. Entre risas pronuncia: “Siempre digo que el más croto de todo el Dakar, debo haber sido yo”. Su equipo, quedó conformado junto a su sobrino Facundo, Marcelo Arguindegui en la mecánica y Jorge Massaccesi en la cocina, manejo del móvil y corresponsalía.

¿Cómo fue el comienzo de la competencia, teniendo en cuenta la comunicación con los demás pilotos?
Cuando empezó la carrera fue todo muy raro para mí porque todos, casi todos, eran pilotos extranjeros y pensé que se me iba a complicar para comunicarme. Y no fue así, porque llega el momento en que todos estamos metidos en la carrera y pensando en lo mismo, que aunque el otro no te entienda, llegás a entenderte igual.

¿Cuál fue el tramo en dónde le diste dimensión a tu capacidad para poder seguir en carrera?
En la etapa de Córdoba, largué en el puesto 177 y llegué 62°. Ahí, varios pilotos argentinos que me conocen me pararon para saludarme y no sabía por qué. Luego, vi los pizarrones donde la organización informa todos los puestos de llegada y empecé a buscarme de abajo para arriba y, aunque sabía que había pasado a varios, vi que estaba 62° y no lo podía creer. Javier Pizzolito, el piloto de Honda argentino, favorito, ese día clasificó 85°. Largué con muchas ganas y la verdad es que iba fuerte.

¿En algún momento pensaste en abandonar debido al cansancio?
No. A muchos pilotos les cuesta el cansancio, la inmensidad, porque están en el medio del desierto con un problema y se ponen locos. Es que mirás para los cuatro vientos y no ves nada, ni un alma. Había compañeros a los que se les notaba la suma de los días. El mío fue un entrenamiento muy rápido, pero siempre he corrido así. Por mi trabajo, no dispongo de tiempo para entrenar. Es como que estoy acostumbrado a competir con poco entrenamiento.

¿Dónde reside tu táctica de resistencia?
Soy bastante positivo y aunque vaya con la moto dejando los pedazos, siempre voy pensando en ir para adelante. Para mí no existe subir a la moto y decir que no puedo hacer tal o cual cosa. Por más que sea todo más lento o a la rastra, sé que llego. Nunca voy para atrás. Es fundamental tener la mente en fresco.

La mitad de la carrera fue crucial para “La Pepa” ¿Cómo fue el golpe?
En el desierto de Atacama, en Chile, rompí el chasis de la moto. Ese terreno es muy traicionero: uno o dos kilómetros de recta plana y de arena, como nuestra Costa Atlántica, de repente pasa a ripio, en otras hay cortadas muy profundas. Va cambiando constantemente y al mínimo descuido comienzan los problemas. Eso me pasó por no seguir los consejos de mi amigo Pascual, que conocía el terreno de Atacama. Iba rápido y me comí una cortada tremenda, torcí el chasis y comenzaron los problemas.

¿Te sorprendió el apoyo de Salvador María al regreso?
Sabía que la gente del pueblo iba a estar expectante, pero jamás imaginé que fuese tanto. Me di cuenta de lo que siguió la gente después, cuando volví. Cuando estás en la carrera es muy poco lo que sabés de los que están acá. Por empezar, la señal del celular que hay es muy poca. Pocas veces pude hablar con Ana mi mujer. A la vuelta, me di cuenta de todo lo que lo siguió la gente.

(de la edición Nº 1, noviembre 2011)

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¡La guerra nunca podrá con los poetas!

En la madrugada del 19 de agosto de 1936 fue fusilado el dramaturgo, poeta y militante republicano Federico García Lorca, de 38 años de edad, en el marco de la Guerra Civil Española (1936-1939). Por Mauricio Villafañe*

Crecimos escuchando a León eso de “que la guerra no me sea indiferente”. Y vaya si así puede considerarse a esta guerra: fue una guerra entre compatriotas. No pudo ser indiferente en nuestro país ya que tuvo una gran repercusión dada nuestra cercanía histórica y cultural con España, disparando intensos debates y posicionamientos.

No pasó de largo para el convulsionado escenario mundial a partir de que la Unión Soviética aportó voluntarios para luchar por el orden republicano contra el cual se había levantado la reacción encabezada por el futuro dictador Francisco Franco mientras que la Alemania nazi bombardeó Guernica en “apoyo” a los sublevados.

A nosotros, hoy, tampoco nos debería dar lo mismo ya que los crímenes perpetrados son de lesa humanidad (e imprescriptibles, por lo cual exigen memoria, verdad y justicia) al tiempo que la herida abierta por la guerra sangra todavía: el gobernante Partido Popular (PP), en la dura actualidad del ajuste, es el heredero político e ideológico del orden franquista.

España, “periferia” del “Primer Mundo”, encara el siglo XX con contrapeso: la presencia de ciertos factores tradicionales de poder (Iglesia Católica y Monarquía; la comunión entre la cruz y la espada que tan bien se lleva con la derecha), más cercanos al Medioevo que a los tiempos y las tareas que se imponían. Así, en 1923, se da un golpe de Estado para “salvar” a España y ponerla en “orden”.

A principios de la década del ‘30 crecen las condiciones para un cambio de época y para proclamar la República. La constelación que la alentaba era muy variada: republicanos, autonomistas catalanes, parte del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y dirigentes sindicales. El primer paso fue la convocatoria a elecciones municipales que le terminarán dando la mayoría a los republicanos, llevando a la caída del rey Alfonso XIII.

La naciente República dictará una nueva Constitución de avanzada, en 1931, que garantizaba derechos y libertades individuales, establecía políticas sociales, la función social de la propiedad y el derecho a la autonomía. El Estado español eliminó el presupuesto estatal para el clero y auspició una incipiente reforma agraria y laboral en el marco de una creciente movilización social. Pero los grandes cambios de época siempre generaron conspiraciones reaccionarias que entendían que la República era un “ataque” a la tradición y que la autonomía “destruía” la unidad de España.

La tensión va a recrudecer por la lucha de quienes no querían volver atrás y la consecuente represión. Tal dramática situación debía saldarse en una salida superadora: la unión de las fuerzas republicanas de izquierda en el Frente Popular y su triunfo en las elecciones de febrero de 1936.
El clima de agitación y de lucha por prontas reformas sociales marca la gestión del Frente Popular al tiempo que la derecha se decide a ir por todo: el derrocamiento de la República. La une el espanto, el criterio ideológico reaccionario y tiene, entre sus filas, a un “as en la manga”: los traidores del Ejército, que con Franco como líder, se alzan en julio de 1936 contra el orden republicano.

La guerra civil estaba ya en marcha. Las divisiones en el bando republicano respecto a cómo hacer la guerra y cuál era su objetivo (derrotar el alzamiento y salvar a la República ó hacer la guerra y la revolución, superando el tiempo reformista) frente a la unidad de la reacción, fueron determinantes para que en 1939 caiga la última resistencia republicana en Barcelona. La larga dictadura de Franco vino a clausurar una etapa inédita de transformaciones y esperanzas populares.

Fue esta guerra incitada por la reacción la que asesinó a Federico García Lorca; su homosexualidad influyó, un hecho “intolerable” para la moralina reaccionaria de todos los tiempos. Pero, sobre todo, se lo fusiló por ser un referente político y cultural. Siendo director de La Barraca, grupo teatral itinerante fundado por la República, difundía el teatro clásico entre el pueblo. Sus asesinos no se interesaban (ni se interesan) por esto: les resultaba más fácil apretar el gatillo.

(de la edición Nº 10, agosto 2012)

*Lobense, estudiante de Profesorado de Historia de la UNLP.

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Travesti equivocado

Por Nicolás Bernal
Con el pelo corto peinadito salí para la gran fiesta. Estaban todos borrachos y me acomodé en un rincón, bien fresco. Vino un tipo con la voz gruesa, me dijo “que querés tomar pibe”, yo le dije agua y el me dio tres piñas. Pendejas en filas enfiestadas mancharon mi camisa con Sprite y vodka. Todo pegoteado pedí bailar con una. Tirando unos pasos, me dice lo peor que le pueden decir a un hombre (ustedes estarán pensado en que era lesbiana y no es lo correcto) la frase fue: “voy al baño”. Nunca más volvió.

Incertidumbre entre tanta espera lo cruzo al de voz gruesa, le pido un tequila, me tomo 20 tequilas. La camisa toda manchada, sal entre todos los dedos, los botones desprendidos y los pelos a cualquier lado. Suenan los auténticos decadentes, me pongo a saltar la de los piratas, vuelvo a ver a la mina que no volvió y la puteo…me responde: “estaba cagando”.

Que tipo desgraciado, mamado, perdido, trato de componer la situación invitándola unos tragos. La chica se acomoda la entre pierna, algo le pica, algo le molesta. Comienzo a observarla detenidamente y fijo su cuello, ¡Que gran nuez! ¡es un tipo! a mi no me cagan. Le dije rápidamente que iba al baño.

Sigo lanzando, sigo lanzando, son los tequilas o el travesti esperando. ¿Donde mierda estoy? ¿A donde mierda voy? Se prenden las luces, la gente ya se marcha, la garcha del travesti, la garcha del travesti.

Voz gruesa que me invita a salir y en la esquina el trava que mira, me apura y yo disimulo… Viene caminando hacia mí, ¡por favor deténgalo! solo una vez me metieron un dedo en el orto y casi lo corto de la fruncida, no quiero, no quiero que me de vuelta, ¿y si no lo hace? ¿qué hago? ¡qué hago!
Llegamos a un acuerdo…

Estaba mal afeitado el hijo de puta cuando lo acaricié, esos pezones de hombre, de gordo adelgazado no me lo olvido más y el culo traspiraba aceite. Que mal recuerdo, lo dejo ahí…

Hay cosas sin planearse que salen mal, algunas no se pueden evitar y son un riesgo que debemos tomar para no correr. Aunque hay sido un desvió por suerte no hubo testigos de mi amor y el hombre que en una noche me obligó a enamorar.

ETIQUETA

Entrevero, un vino

Hace más de cuatro décadas una empresa de acá comercializaba un vino que llegaba a toda la región. Lo transportaban en tren desde San Juan hasta Salvador María, donde la envasadora Uviac finalizaba el etiquetado para llegar a todas las mesas familieras.

Por Félix Mansilla
Uviac fue la envasadora del vino Entrevero, propiedad de Virgilio Gaddi, que a partir del año 1961 comenzó a funcionar en Salvador María para llevar el cáliz a toda la región. Allí, trabajaron alrededor de diez empleados hasta que en 1968 cerró debido a diversas razones de índole económica. Para muchos jóvenes de este lugar, Uviac es sinónimo de audacia, temor y adolescencia.

Por entrar como ladrones a ese galpón abandonado, por ser el lugar donde la rebeldía de romper en pedazos botellas vacías nos hacía un poco más grandes, por ser el sitio prohibido donde pitamos los primeros vicios humeantes, por correr a saltar ese paredón tan inatravesable, por el miedo a las posibles balas de un vecino que despertábamos en las medianoches previas a cualquier navidad con petardos “tumba rancho”, por esos pozos que juntaban ratones y albergaban lagartos (para nosotros cocodrilos de Hollywood), por atravesar el paso de los años y escuchar el estampido de botellas solitarias, abandonadas, inundadas por la humedad del tiempo, por creer que aún existe allí esa especie de mística que surca el paso de las horas de un reloj que se apagó a fines de los sesentas.

Ángela Malvestiti, tenía veinte años cuando comenzó a trabajar en la envasadora de la familia Gaddi. Ella cuenta aquellas labores: “Venían los camiones a cargar casi todas las semanas. Envasábamos en damajuanas, botellas de litro y de tres cuartos. El tren traía el vino y lo descargaban en el vinoducto de la estación de ferrocarril. Lo traían desde la provincia de San Juan. Después, eso lo hacían en camiones de la vinoteca que la familia tenía en esa provincia, donde fabricaban el vino”. Para cerrar, añade que “trabajábamos dos o tres días a la semana y cuando había stock parábamos, para después retomar cuando volvían los envases”.

El misterio del tubo vináceo

La historia la escuchamos de uno de los papás del grupo. Él nos contó que una vez casi lo atravesó desde la salida de la estación hasta la mitad, pero que no pudo seguir por la falta de oxígeno. La anécdota era más o menos así, pero lo que nos importaba, o me importaba en realidad, era el misterio que escondía ese tubo que recorre más de ciento ochenta metros desde uno de los galpones del ferrocarril, hasta la misma planta donde embotellaban la sangre de Cristo.

También hay una anécdota que cuenta que dos afamados “borrachos” del lugar se llevaron el vino viejo de unos barriles abandonados, hirvieron el contenido como para sacarle la picadura y se lo empinaron así a garganta pelada. Una vez, fuimos una tarde de domingo invernal y vimos un croto. En verdad, no lo vimos en persona. Pero por lo ruidos, dedujimos que sin duda ahí vivía un croto.

Hace poco volví a ese lugar tan incógnito, ese tubo transportador. Así como un reflejo paralelo  del desarrollo y caída de la historia del ferrocarril argentino, el pozo fue profanado y robaron el caño donde conectaban las mangueras transportadoras del líquido sanjuanino. Como hace cuarenta y cuatro años, y como hace casi dos décadas, Uviac sigue siempre igual. Con menos vidrios, botellas rotas y engranajes engranados, duros.

(de la edición Nº 7, mayo 2012)