E V PJ 2011

Qué mermelada, papá

El 3 de abril vuelve Pearl Jam. Luego de una despedida corta en 2011, la banda de Vedder & cía. se presentará en Costanera Sur. Aquí, crónica del paso por el Estadio Ciudad de La Plata, donde sonaron decenas de hits y las ganas de tocar para ese público tan adorable que somos.

Por Félix Mansilla*
Ver y escuchar a Pearl Jam es estar frente a una banda de rock madura, con tipos grandes que siguen disfrutando eso que planearon con veinte años, allá en los comienzos de los años 90. La tarde del 13 de noviembre en el Estadio Ciudad de La Plata, comenzó con una tranquila entrada por las decenas de ordenados accesos al lugar. Dos cacheos y toda la emoción de ir en busca de esa pequeña cosa que se dice y presenta como el show de una banda de rock. Convertido ya en género, el grunge de Pearl Jam aterrizó por segunda vez en el país, tras dos fogosos shows en Ferro y la sensación de que el back se haría realidad seis años más tarde, desde Seattle a Silver City.

Nada pareció casualidad y la banda telonera hizo que los pelos de punta comiencen a moverse entre una mezcla de ansias pregastadas y una cuenta regresiva interminable. X dejó un set cargado de pequeñas grandes canciones, derivadas de un postpunk con puntualidad inglesa. Como estaba anunciado, la formación a cargo de John Doe, inició el show 19:45. Luego de puro punk rock yankee sin escalas, la fruta fue el gesto de Vedder de subir a cantar el anteúltimo tema. A esta altura, con el Único casi lleno, las miles de almas supieron que lo bueno se venía sin prisa.

Volviendo a las cavernas ya

21:09 Pearl Jam estaba arriba de un austero escenario de luces perfectas, pantalla con las iniciales entre sombras y un sonido traído de otros lares. En las butacas y cabeceras, los ojos se fundían en mirar a cinco tipitos moviéndose a puro rock y con un campo que ardía como puñados de lombrices que se mueven al ritmo de un terremoto veloz.

Con un instrumental que se fundió entre aplausos y sombras, “Reléase” dio comienzo a un show interminable, cargado de hits y partes en las que la emoción se hizo carne entre los fanáticos. Siguieron “Go”, “Corduroy”, “Hail Hail”, “Given To Fly”, “The Fixer” y “Amongst The Waves”, como para ir afinando todo lo que luego vendría.

Con el mismo apuro que tiene alguien que no se quiere ir de la fiesta, Vedder comenzó con trabados diálogos y halagos para los seguidores argentinos y todos los que se acercaron al deleite. En las tribunas se agitaron banderas de todo el continente: Uruguay, Perú, Colombia y Venezuela. Eso, hizo sentir que la globalidad del mensaje musical no necesita traducciones, sino el sentir necesario para disfrutar el concepto claro de Pearl Jam. Un par de hits de la banda, se desplegaron, pero nada terminó ahí. “Immortality”, “Even Flow”, “You Are”, “Elderly Woman Behind the Counter in a Small Town”, “Lukin” y “Unthought Known”, hicieron que el temple se muestre finiquitado. Pero no fue así y los tracks de todos los discos de PJ, sonaron sin gastarse: Ten, VS, Yield, Vitalogy, No code, Backspacer, etc., etc.

La última semilla

Para la mayor alegría de los que comenzaron a escuchar Pearl Jam a partir del combate a través de sus letras, la inmortal “Do the Evolution”, hizo eco en las paredes del estadio, en la catedral y en la Autopista Bs. As La Plata. Entrelazaron grandes canciones que se ajustaron a la lista que compone la gira Twenty, gran producción audiovisual que intenta resumir dos décadas de creaciones inoxidables. “Wasted”, “Life Wasted”, “Jeremy”, “Porch”. En el medium del espectáculo, pareció un final. Los músicos descansaron apenas un pucho, pero la mermelada, comenzó otra vez: Just Breathe, Garden, Last Kiss (cover de Wayne Cochran), Supersonic, “I Believe In Miracles” de los Ramones, “State Of Love And Trust”, “Blood”. A esta altura, si todo terminaba allí, nadie se quejaría. Iban más de dos horas de show. Transpirados, emocionados y sacados, los PJ no pararon: “Smile”, “Mother” de Pink Floyd, bajó sobre el suelo y estadio fue un solo silencio.

Pasaron “Black”, “Better Man”, “Why Go”. Otra versión tomada fue “Alive” compactada con “Rockin’ in the Free World del legendario Neil Young. Todo un gran final: Vedder fumando sentado a pie del escenario y McCready terminando “Yellow Ledbetter”, mezclado y engachado a “Little Wing” de un tal Jimi Hendrix.

Con unas pocas palabras mal pronunciadas, Vedder nombró a cada músico de la banda y dejó claros guiños de ternura, amor y satisfacción. Desde el campo a todo el aro de gente, el aplauso se mezcló con gritos desgarradores de unas infinitas ¡Gracias, Pearl Jam!

(Crónica escrita para el diario de rock Degarage de la ciudad de La Plata. Publicada en diciembre de 2011)

*Lic. en Periodismo y Comunicación de la FPyCS de la UNLP.

 

2

Los ojos bien grandes

Cierre a la tríada de Bardo, esta vez, con un músico que vive como escribe y canta como siente. Gabo Ferro ocupa la escena desde sendas aristas: poesía, historia y canciones. Encuentro con la voz que llora sin queja.

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Por Nacho Babino y Facundo Arroyo*
“¿Para qué voy a explicar mis canciones si ustedes, seguramente, tengan mucha más imaginación que yo?”. Gabo está metido en el Centro Cultural Daniel Omar Favero: una casa vieja, recuperada, turbia, acogedora y en paz. Desde el centro de La Plata hay varias líneas de colectivos que pasan a dos cuadras o si elegís tus propios medios llegás por diagonal 80 y te metés a contramano algunos metros. Queda en 117 y 40, apenas a cuatro cuadras de la estación de trenes de La Plata.

Lo curioso del camino es que se ve el “progreso” de la ciudad. Ni bien cruzás la estación de trenes, las construcciones comienzan a mezclarse y hasta existen paradojas sobre los mismos edificios; hay en las bases comercios de construcción colonial y sobre éstos enormes edificios que pisotean el tradicionalismo: modernas construcciones que estampan la visual del límite del barrio Hipódromo con el casco urbano de la ciudad.

Gabo los mira, ojos achinados (“tiene los ojos bien grandes como los mío”, chistea en Sobre el camino) y se sonríe. Espera para ver la reacción del público. Algunos se ríen, otros parecen animales muertos, de cemento. 

Pusieron sillas blancas de plástico en el Favero. Nunca lo hacen, la fecha la maneja un grupo que se llaman Suena!, no van con el lugar. Quizás no hayan entendido la esencia.

Llega gente a la puerta sin pre-venta y no puede pasar. “Preparamos el espectáculo para determinado número de personas, la capacidad es limitada”. Y se van los “sin entrada”, desanimados, sin música.

Daniel Omar Favero mira a los del ciclo desde la primera pared, a la derecha, ni bien entrás al lugar. Con la imagen de los desaparecidos, en miniatura, se forma la cara de Daniel, un cuadro de nuestro daño. Él fue, también, víctima del terrorismo de estado. Era poeta, músico y estudiante de Letras. Lo chuparon el 24 de junio de 1977. Yo no quise salvarme sino del egoísmo, es la frase de Daniel que llevan como bandera los que defienden y dan vida al Centro Cultural.

“Ajjj”, dice Gabo y se acuerda de una nota. Está enojado y su lengua hoy se mueve bastante por fuera de las canciones. “No iba a decir nada, pero la crítica me tiene harto”, dice y sigue cantando. Sus interpretaciones, por sobre todo, alcanzan un punto sublime y convierten al recital en algo hermoso.

Luego, Gabo explica: “Eso pasó con el suplemento Sí, yo estaba en la escuela cuando salió, y no envejeció conmigo. Yo creo que se tuvo que haber creado un suplemento para los adolescentes, pero el Sí tendría que haber crecido conmigo. Por supuesto uno es libre para elegir”. La nota que lo rebalsó fue publicada por el suplemento joven del Diario Clarín.

“Yo busco la crítica en un ser querido, un amigo. La crítica existe, ¡vamos!, la palabra “Crítica” es alguien que tiene una perspectiva, un conocimiento y ciertos saberes, que puede decir algo sobre una obra. No es darle aire para que el disco se venda. La crítica de esos medios tiene un único fin: el comercial, ¿qué aportan las estrellitas, las manitos?”, sentencia Ferro en relación al modo de calificar que tienen los medios especializados.

Las sillas no alcanzaron y hay quince personas que se sientan en el suelo, adelante, apenas dos almohadones de distancia del músico. Termina El cuadro de mi daño y una chica, con ojos achinados y rulos largos, se levanta del suelo y se va, parece que al baño. “Mirá que estoy con doctores, contenido, no te voy a hacer nada”, le chistea Gabo y la muchacha sale colorada por la puerta que la dirige al otro cuarto, donde al fondo (a la derecha, por supuesto) está el baño.

Gabo, luego, sigue reflexionando sobre los medios: “Cuando criticaron un disco poniendo a Bourdieu dije uff. Yo tengo claro dónde meo, dónde cago, dónde como, dónde duermo y dónde me rasco el orto. Entonces no voy a hacer un disco pensando en Bourdieu. Hago canciones, lo más simple que pueda como para que lo pueda disfrutar todo el mundo. Desde el jardín de infantes hasta el geriátrico. Por eso el 2007 fue un año de quiebre, con Mañana no debe seguir siendo esto yo escribía pequeños parrafitos en los discos para ayudar un poco a la escucha, y ahí claro hablé del Romanticismo, pero no como romántico a lo Arjona, sino el Romanticismo de la muerte, lo sublime, lo bello”.

Y de arrebato en el Favero suena Para traerte a casa, el primer track de ese disco que para Gabo fue un quiebre. Sus últimos dos discos no los llevó a los medios. Se cansó, ya no lo siente productivo, “si alguien quiere comprar un disco no lo va a hacer por una de esas críticas”, va renegando con esos medios en los cuales, a veces, también aparecen algunos cuentos y notas suyas. “Una paloma toma el aire y el cazador siente celos”, entra la estrofa en su garganta y al Favero se le pone la piel de gallina. Suena su voz, suena Gabo. Grita “Un cazador y una paloma no podrían enamorarse. El cazador es de tierra y la paloma es del aire”, y otro chico que lo mira desde el suelo llora.

Cuando el recital termina la gente se levanta de esas sillas blancas y se amontona en un puesto, armado con dos mesas y un mantel bordó, allí se vende toda la producción de Gabo Ferro (discos, el más visible Amar temer partir; libros, siempre los dos derechos y juntos; y su dvd con su etiqueta de pirata que se advierte orgulloso). Celia, su manager, hace la tarea de vendedora nunca sin abandonar esa (su) sonrisa de miles de dientes blancos y grandes.
Una vez vacío el Centro Cultural, Gabo se va, pero antes se queda parado frente al cuadro de Daniel. Lo mira, lo siente y lo escucha; Daniel le recita: ¡Diles que estás meciendo sobre una cuna enjoyada y que aun tú puedes verlos desde una mansión dorada!, última estrofa de su poema Llanto para un niño muerto. Gabo mueve levemente la cabeza en señal de afirmación y sale. Sobre la calle adoquinada piensa: Tiene los ojos (bien) grandes como los míos.

*Licenciados en Periodismo y Comunicación, UNLP. Autores del libro de crónicas Bardo, editorial Independiente, 2012.

(de la edición Nº 15, enero de 2013)

THUNDERCATS

Una que miramos todos

Una de las señas generacionales que suele salvar una reunión es la recurrencia a un pasado televisivo común. En momentos donde el anfitrión luce cansado y sus invitados miran el vacío, no falta algún osado que encienda la llama  de un recuerdo compartido.

Por Mauro Basiuk*
Así, por ejemplo, la mención a formaciones de equipos de fútbol o a viejos dibujos animados se convierte en la contraseña para un divague melancólico. Puede haber quien no haya sido hincha particular de ese club o no haya sido seguidor de las series mencionadas, pero no podrá permanecer ajeno a la charla, más no sea asintiendo con risas ante esas menciones que supieron jalonar la infancia.

Extiendo el ejercicio a ustedes, lectores, improvisando un espacio compartido donde me toca ser por hoy el didacta que los retrotrae a tiempos no tan lejanos, cuando la precaria programación de America TeVé comenzaba a armarse hace nada más que veinte años (en programas como Dibujuegos, conducido por Manuel Wirtz). Con ayuda del blog Retrotoons, haremos un poco de historia con series extranjeras como Thundercats, Halcones Galácticos o Heman.

Cronológicamente, nos remontamos a principios de los ochenta, cuando en el reino de Eternia sucedía Masters of the Universe. Los Masters estaban formados por He-Man, personaje que terminó acaparando la serie. Él se las arregló para pelear contra “El Consejo del Mal”, liderado por Skeletor. Además la historia cuenta que era el hombre más poderoso del Universo, siempre luchando para proteger el reino y así salvaguardar los secretos del Castillo de Grayskull.

Los Felinos Cósmicos fue una serie que mezcló la tradición del comic de Estados Unidos con el animé japonés. Tuvo cuatro temporadas entre 1985 y finales de 1987. Escapando del planeta Thundera, estos cinco felinos-humanos cruzan el espacio buscando un nuevo lugar para vivir y encuentran una Tierra en un periodo espacio-tiempo desconocido. Ahí empiezan las peripecias emitidas durante cuatro temporadas donde se enfrentan los Thundercats (a ellos nos referimos, claro) contra MummRa.

Para cerrar este breve racconto o instructivo para salvar juntadas que caen en el silencio, traemos a colación a Los Halcones Galácticos (Gavilanes de Plata, según la traducción literal: Silverhawks). Realizada por los mismos que Thundercats en 1986, esta vez el sitio elegido era Halconia. Allí el líder Rayo de Plata, su compañero Halcón Vigía, los gemelos invencibles Acerino y Acerina, entre otros fueron reclutados por el Capitán Telescopio para combatir a Monstruón, un extraterrestre que puede transformarse en armadura metálica con la ayuda de la Estrella Lunar de Limbo en la cámara de Transformación.

Listo, final de esta evocación llena de efectos, fantasía e imaginería interespacial. Mientras quitamos el mantel de la mesa, los despedimos con la certeza que hay recuerdos que seguirán acompañando, más no sea para mantener viva una reunión social.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCC de la UNLP, columnista radial, coleccionista.