EL GORDO INABRAZABLE

El Gordo inabrazable

Por René Catto

Hijo de un pasado atado con alambre, el Gordo nació gordo y se hizo en el camino, con sueños de achuras y recreos de alfajores prestados. Ancho y tranquilo, abrió la heladera y atacó tres fetas de queso y con pan, le puso un techo y aplastó los cimientos. Después, se mandó tres porciones de pizza fría con mayonesa y un alfajor de postre. En media hora, salía el bus para visitar al puntero. Siempre lo mandaron al arco aunque el tipo creció y se promulgó defensor. Al paso de ágiles delanteros, arruinó embates de gol con paralíticas marciales y voladoras al pecho. Tiro libre, amarilla y a “vos te parto, forrito”, en todas las jugadas. También tenía un cañón en la derecha, lo que le daba un poco más de respeto ante sus compañeros. Iban veinte minutos del primero, cuando un delantero desde el piso lo increpó.

—¿Qué hacés, Gordo boludo? Tomá, comé, comé —sentenció el derribado, mientras tiraba pasto al aire como golfista midiendo el viento.
—Hacete hombre, boludín —gritó el Gordo, mientras el Poyo sacaba pecho defendiendo a su colega de línea de cuatro. La pelota dio en el poste.

El score se mantenía en cero y el equipo del Gordo no lograba superar el medio campo. Miró al Poyo que respiraba tabacoso y le pidió que no habilite. El primero, siguió en cero. Hasta los cuarenta del segundo, el marcador le daba un punto que los dejaba dos puntos arriba a dos fechas del final.

—Gordo, quedate que voy a cabecear el córner.
—Andá, Poyo, pero volvé —tranquilizó y volvió a gritar—. Volvé, eh.

La pelota sobrevoló el área, el Poyo se sacó la marca de encima y cabeceó con el parietal izquierdo dándole un pique viboreado. Dio en uno de los defensores que despatarrado la reventó como sacándose una chinche de encima. Un nuevo ataque contrario dejó al Gordo mano a mano con el nueve que caño incluido se escapó al gol. Llegando a la medialuna, con el arquero a la altura del punto penal, ejecutó un globito. En ese instante, el visitante se desplomó como un puñado de arena. El Poyo volvía, los laterales se tomaban la cabeza y el Gordo vio todo en cámara lenta.

—¡Arquero! —vociferó y la globa pegó en el alambrado después de un roce del golero.

—¿Qué decís, Gordo? —interrogó el delantero rabioso.
—Qué lindas tetas tiene tu novia, eso dije. Qué rico —camorreó y pareció que pateó un hormiguero. El árbitro paró el partido y los llamó aparte.
—No para de pegar, juez.
—Callate y jugá.
—Bueno, bueno. A ver: se me quedan piolas o los echo.
—Está bien, señor —convenció el Gordo mientras el delantero se ataba los botines—. Qué linda tetas tiene tu novia.

Faltaban tres minutos para el cierre y el Gordo ya pensaba en el chori con Fanta y la siesta que se iba a dormir al llegar arruinado a su casa. Federico el arquero la plantó y el Gordo se la puso a Guido, el siete que venía con más sequía que la provincia, en una corrida a lo liebre escapando al perro. El enano la frenó sobre la línea contigua al córner, gambeteó al lateral —con caño y todo— avanzó sobre el vértice del área y de atrás, el grandote contrario, le juntó los quesos. El juez pitó penal y la hinchada de atrás del arco supo que el Gordo iba a ejecutar el pase a la punta. Los locales protestaron y en el medio el Gordo se adueñó de la pelota. Tres nubes inesperadas explotaron en la altura y un chaparrón improvisado hizo que en un minuto y medio la cancha sea lo más parecido a un chiquero rebalsado de charcos y pequeñas lagunas. El Gordo la acomodó, se secó el rostro mojado entre agua y transpiración rabiosa y miró al arquero, que puso cara de malo.

El pitazo lo sorprendió y corrió sereno para acariciarla al palo más lejano. Gol, golazo. Sus compañeros corrieron detrás, mientras el Gordo hacía un avioncito tremendo entre barro y pasto. Terminó el recorrido y todos se unieron en una montaña rusa verde. Desde abajo, el Gordo pedía salir. Cuando el último se tiró encima, el Gordo explotó y a modo de grito desgarrado vomitó el desayuno entre amarillo queso de máquina, pizza fermentada y alfajores de maicena café con leche. No paraba y el aroma a cuajo vencido se expandió en todo el campo. Contento y revolcado se levantó con las manos como alabando al cielo, mientras daba pequeños escupitajos como lanzando semillas. Nadie se le acercó después de la devolución divina. Con barro, pasto y bilis, el Gordo no supo que su camiseta había cambiado de color verde y blanco a marrón con pintas de amarillo queso estomacal, inabrazable.

(de la edición Nº 9, julio 2012)

FAVIO 2

Nuestro Leonardo

El 5 de noviembre por la tarde el mundo se enteró de la muerte de Leonardo Favio. Vale aquí nuestro homenaje — en forma de ensayo—  a partir de un análisis sobre su mirada de autor y las estructuras utilizadas en el relato del film Gatica, El Mono. 

  Por Félix Mansilla
El film de Leonardo Favio (1938-2012) se abre desde amplios aspectos culturales/históricos mediante un repaso retrospectivo de la vida política y social de Argentina a partir de la década del ´40 con la aparición de la figura de Juan Domingo Perón. La excusa es una biografía fina del boxeador, quien transcurre por ella como epopeya del repaso contextual a partir de una ordenada estructura de elementos y recursos utilizados por el autor. En tanto, puente analítico, la crítica a una obra cultural desde un canal atrayente como el cine, resulta importante si se trata de un elemento que en el tiempo ha logrado cobrar valor y puede así repensarse sobre aquello que significó en el pasaje epocal determinado.

El recuerdo colectivo como valor contiene una definición de Roland Barthes (filósofo, escritor, ensayista y semiólogo francés) quien en “Crítica y verdad” (1966) señala que “nada tiene de asombroso que un país retome periódicamente los objetos de su pasado y los describa de nuevo para saber qué puede hacer con ellos: esos son, esos deberían ser, los procedimientos regulares de valoración”. En su libro “Atrapa el pez dorado” (Mondadori, 2008) David Lynch narra: “No sé por qué, pero entrar en un cine y que se apaguen las luces es mágico (…), entras en otro mundo. Es bonito cuando se comparte la experiencia. También es bonito cuando estás en casa con la pantalla delante, pero no tanto. Es mejor en pantalla grande. Así te adentras en otro mundo”. En ese marco simbólico, Leonardo Favio sobrevive como punto esencial de la cultura nacional. Al explicar su forma de procesar y reconstruir los personajes, Favio argumentó alguna vez que “a mi me gusta que sea muy claro el guion. Me interesa mucho ver qué le sucede al personaje, pero especialmente, todo lo que ocurre sobre su rostro, porque el rostro cuenta tu vida, es el que te narra a través de los ojos y la mirada”.

Juan el botellero, Leonardo el cineasta
Quizá la reconstrucción de la vida de Gatica en manos de Leonardo Favio, se desplace desde aquella niñez devenida en privaciones, rupturas y cambios, atravesados en parte por la marginalidad: Favio pasó parte de su niñez en hogares y reformatorios. En el Mono, el personaje de Edgardo Nieva se bate en la marginalidad, sin padre, con una madre desesperada por la dejadez de malos tiempos, los platos de sopa y el humo de tabaco para armar. En una entrevista para la revista Hecho en Buenos Aires Nº 10, de septiembre de 2009, el cineasta definió su visión del mundo en sus obras: “Mis películas hablan de Poesía y naturaleza; de eso está plagada mi filmografía. (…) Realmente, yo no concibo la vida de otra manera”. El film retrata la vida del boxeador argentino de peso ligero, proeza del deporte popular, espejo y reflejo claro de un período de cambios en el proceso político, social, cultural y económico del país durante el surgimiento del peronismo en los primeros años de la década del ´40. Favio pauta los dotes del personaje subrayados en toda la producción: ropas extravagantes, derroche de dinero en putas y propinas abultadas, donaciones a hogares de niños con capacidades diferentes y sus fotos con Perón y Evita. De forma paralela, cada paso en la vida del boxeador se amplifica y modifica al ritmo de aquellas circunstancias por las que atravesó parte de la Argentina. La infancia de Gatica se ve cruzada por aquel ajetreo de modificaciones de orden social, obtención de derechos y la salida de las clases populares a las calles. En el principio de la historia, el director anuncia: “Salvo los datos históricos, en los que algunos nombres han sido cambiados, los hechos narrados en esta película fueron recogidos de la mitología popular y recreados libremente por los autores”.
Los resultados estadísticos —recurso constante a lo largo de 136 minutos— arrojan los logros deportivos del Tigre puntano, quien obtuvo sendos títulos en una carrera “desprolija” y casi característica de lo que podemos llamar el prototipo de boxeador argentino: de clase baja, vago, putañero y arrogante, vida desordenada, y más conceptos (o prejuicios comunes). Parte de la carrera de otros púgiles tienen el mismo tinte que la de Gatica: Ringo Bonavena (asesinado en dudosas circunstancias en Nevada, U.S.A, en 1976), Carlos Monzón (preso por homicidio, fallecido en un accidente de tránsito en 1995), Rodrigo la Hiena Barrios (condenado a cuatro años de prisión por homicidio culposo en accidente en vía pública) y los ejemplos podrían seguir. Los números destacados en cada tramo de la película, hacen a la parte biográfica del personaje, por eso, el resultado de la obra de Favio también indaga sobre aquellos detalles que reconstruyen a la representación del camino del púgil, los cuales no resultan incómodos y están específicamente ubicados. Es decir, sus diálogos con el Rusito, amigo/hermano de la infancia, suceden una y otra vez para demostrar las características del personaje: “No puedo andar solo”, pronuncia Gatica en un abrazo fundido con su amigo; símil Bernardo del Zorro, Picaporte de Phileas Fox en “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne, Robin fiel o el incondicional Sancho. Mientras, los encadenados en la pantalla generan la sensación constante de paso del tiempo, las imágenes de las portadas de diarios y revistas dan a conocer el derrotero de Gatica, que finalizó con 95 combates ganados, 85 obtenidos, de los cuales 72 fueron por knock out.

Política y deporte
Sobre el paralelo Gatica y su relación con Perón y el movimiento peronista (antes de los combates repetía “Quiero dedicarle este triunfo al General”) o su visita a Eva Perón antes del deceso, son las claras muestras del codeo entre la política y el deporte popular en aquellos años. Sorprende el sendero del relato: en todo el tramo de la película se lo ve al “campeón” atravesando largos pasillos de los clubes donde peleaba, en el hospital donde se entera que su segunda esposa perdió el embarazo de su hijo varón, en los callejones por dónde camina solo, borracho y aturdido, entre gritos de “Mono y Perón, un solo corazón”. En referencia al costado social del film, es dable citar a Omar Rincón (periodista y ensayista colombiano) quien explica que “el cine prueba los formatos, las temáticas y las historias que la sociedad está dispuesta a comprender y asumir una vez que el cine demuestra que una idea, un formato o un estilo son posibles”.

Favio al mentón
El carácter de la luz utilizado por Leonardo Favio se aprecia a través de lentos planos generales que apenas repasan la escena con movimientos leves que acompañan cada acción. Así, el desarrollo de la imagen se proyecta como un puente que entrelaza la gloria (Nieva brazos en alto: su rostro sangrando, la sonrisa de un llanto glorioso, un ocaso, lluvias, rumores de multitud, la bandera argentina, el pasado y el presente). Lynch, lo explica mejor: “A menudo, en una escena, la habitación y la luz juntas significan un estado de ánimo. Por tanto, incluso aunque la habitación no sea perfecta, puedes trabajar la iluminación hasta que transmita la sensación correcta para que refleje el mismo estado de ánimo que la idea general. La luz puede cambiarlo todo en una película, incluso un personaje. Adoro ver salir a gente de la oscuridad”. La amplitud de los planos —marca de las producciones de Favio— están estructurados a partir de una cámara que ejecuta la captura de manera precisa y en la que el desarrollo se ve desde lejos, hasta terminar regresivamente en un zoom ajustado. Ejemplo de ello, son las tomas de los combates desde el piso en un travelling que recorre todo el cuadrilátero, encadenados con escenas de sexo donde el rostro de Nieva amplia aquello que está fuera de cuadro. Al hacer hincapié en la marca de autor y sus obras en la concepción de un personaje que representa y se desarrolla a modo de reconocimiento, el ruso
Serguéi Eisenstein (director de cine y teatro) expresa en “El mundo de Charles Chaplin” (1980): “La heroica lucha por la vida del no heroico héroe; del azar histórico es la vía de escape del callejón sin salida de la historia”.

Todos los ocasos
Una vez alcanzada la fama —mucho dinero, muchos amigos, muchas mujeres— hacen que aquel joven buscavida de barrios húmedos, marrones y grises de niebla y vapor de sopas, se tornen en un charco de aquel pasado. La figura del púgil revela resentimiento y apura el camino recorrido entre aquella infancia pobre con presente abultado, desfachatado y fanfarrón:
—¿Qué hacés, Mono? Así de blanco parecés Gardel.
—Mono las pelotas, oligarcón. Señor, Gatica. Y no soy Gardel.
Tras el derrocamiento del gobierno de Juan Domingo Perón a manos de la Revolución Libertadora en 1955, la carrera de Gatica se ve amenazada por una de las tantas proscripciones que se suscitaron a partir de ese año: al partido justicialista, el nombre de Perón y Eva Duarte. En la pantalla vuelve la imagen de un hombre revolcado en una gloria que ya no está, con la bandera argentina como símbolo patrio (y peronista), una melodía de ópera que aturde y anuncia una cuenta regresiva sin retorno. Derrota rotunda en el Madison Square Garden de New York, herido sentimentalmente, Gatica comienza a mostrar indicios de un delirio de haberlo perdido todo. “Para hablar con Gatica se pide audiencia”, repite como un colifa fugitivo. Los planos del golpeado campeón se amplían en escenarios que denotan la pobreza. La espera en la entrada de restoranes con la frase “buenas noche’, buen provecho” y su desidia en el final, rengo, vendiendo muñecos en la cancha de Independiente. Su amigo Martín Karadagian narra en off el final del Mono: “Quedó renguito”. Su destino entregado en el estribo y el pecho reventado en el cemento, como cualquier partida después de una vida en la nada. Favio, en cambio, rebatió el origen y dejó la huella.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)