VOTO F2

Cosa de mujeres

La lucha por la igualdad. En noviembre de 1951 las mujeres argentinas accedían, por primera vez, al derecho a elegir a sus representantes a nivel nacional. Por Mauricio Villafañe*

La lucha por la efectiva igualdad de derechos es un proceso histórico dilatado en el tiempo y marcado por vaivenes que consisten en avances y retrocesos; democracia y golpismo se debaten en el escenario de nuestra historia nacional a lo largo de sus 200 años. En esta ocasión, un capítulo especial de esta lucha: la obtención, por parte de las mujeres, del derecho al voto a partir de la ley 13.010, que establece en su primer artículo: “Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”. El 11 de noviembre de 1951 las mujeres argentinas accedían, por primera vez, al derecho a elegir a sus representantes a nivel nacional. Una pista para saber dónde estábamos entonces: el mismísimo Congreso no contaba con baños de damas. ¡Vaya avance en lo que respecta a la ampliación de derechos en un país que ya tenía, desde 1912, su Ley de voto secreto, obligatorio y “universal” (masculino)! Es el peronismo en el gobierno, desde su popular y revolucionaria irrupción en el escenario público y en la historia el 17 de octubre de 1945,  quien viene a poner en discusión todo un estado de cosas heredado de la llamada “Primer Década Infame”. En este devenir y a través de la figura protagónica de Evita, la mujer adquiere una visibilidad inédita instalando, de forma efectiva y concreta, la lucha por la igualdad y el reconocimiento institucional de su nueva situación.

Es en esa lucha realizada por el peronismo que se conquista la ley que consagra los derechos políticos de las mujeres. Evita la entenderá como una “victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional”**. Ella será, en 1951, una de las más de 3.800.000 mujeres que votarán; lo hará, por primera y última vez, por la reelección de Perón y aportando a la elección de las primeras 23 diputadas y 6 senadoras de la historia. Lo extraño viene a suceder luego: las llamadas “dirigentes feministas”, entre ellas la socialista Alicia Moreau de Justo, opositoras al peronismo y resentidas por la incomprensión de esta época de transformaciones profundas, renegarán por lo que consideraban el “arrebato de la demagogia peronista” a una “bandera histórica de lucha”.  La doctora Justo, que tanto bregó por el voto femenino, no votó en 1951. La mezquindad y el absurdo político en su máxima expresión.

Es necesario agregar, como se destacó el rol histórico decisivo que le cabió al peronismo y a Evita, que este avance no se hizo en el aire o de la nada (ni por las conveniencias electorales que denunciaba la doctora Justo) sino con el precedente de figuras que hicieron a este proceso de lucha desde los comienzos del siglo XX. En el año 1900 se funda el Consejo de Mujeres por Cecilia Grierson, militante por los derechos de las mujeres y primera mujer en graduarse como médica en nuestro país. Eso sucedió en 1889, lo cual muestra la cerrada mentalidad conservadora que relegaba a las mujeres, “incapaces” según el Código Civil y bajo la tutela de padres primero y esposos luego. Su rol era el de ser madre, esposa, “ama de casa”, sin relevancia pública y, por lo tanto, ajena a la participación política. Otra figura fue Julieta Lanteri, que tras un juicio logró ser la primera mujer sudamericana en votar en las elecciones municipales de 1911. Fue candidata a diputada nacional por la Unión Feminista Nacional.

En este viaje que la historia es, no hay apuro por llegar. Mes a mes se proponen diferentes recorridos. En esta contribución exclusiva, las mujeres son protagonistas. Pero no desde la empalagosa perspectiva arjoniana sino desde su concreta realidad: madres, esposas, hijas, hermanas, tías, abuelas, novias, compañeras, amigas, viajeras. Y también ciudadanas portadoras de derechos y trabajadoras que reclaman trato digno e igual salario a igual trabajo respecto al hombre. La historia de esa lucha y la profundización de una sociedad democrática que madura tras casi 30 años de vida constitucional ininterrumpida (pese a nubarrones destituyentes), que continúa ampliando derechos son buenos motivos para reflexionar y para seguir viajando. Es ardua, llena de obstáculos y de pesadas herencias culturales la lucha contra la discriminación y la violencia contra las mujeres en todas sus formas, pero bien vale la pena darla desde lo cotidiano y desde la apuesta a una construcción colectiva. *Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP. **Diario Democracia, Buenos Aires, septiembre de 1947.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)