FOTO MEMORIAS DE LAS LÁGRIMAS

Memorias de las lágrimas

Por Nicolás Bernal

Primer hoja de una agenda gastada 

El fantasma sigue en pie, por más que intente esquivarlo, él sigue ahí. No puedo escapar, intento reírme con amigos, tomo unos tragos pero haga lo que haga sigue firme mirándome de espaldas. Escucho los consejos comerciales de algunos extraños que vaya a saber uno porqué acude a ellos esperando una solución. Será la desesperación, será que los verdaderos están perdidos, será que ya escucharon los lamentos de perros y les soltaron las cadenas que privaban su propio accionar, será que los juegos de victima ya no son creíbles o será que nunca vieron correr la sangre. Me agoto. Intento olvidar pero no puedo. No meten la pata  los recuerdos que provocan el susurro de una situación incómoda, todo el tiempo están presentes. Llega la noche. Pensé que estaba en la misma soledad que esta desmarca acostumbrada a mis casos. ¿Cómo hicieron los poetas para librarse de ella? ¿Cuánto hace que no duermo? Me di cuenta que hace mucho que no me miro al espejo. Cuántas preguntas y tan pocas respuesta ¿Era esto alejarse de vos?

Al margen

No doy mas, necesito dormir.

Relato de un amigo santafecino

Siempre es bueno conversar con los amigos, sobre todo si uno se puede soltar y puede tocar cualquier tema sin sentirse un idiota. Eso me pasaba a mí con Juan, lo conocí aproximadamente  diez años atrás un día de lluvia en una charla sobre discapacidad motora, inmediatamente intercambiamos opiniones sobre la problemática del seminario y fuimos a tomar un café. Con el correr del tiempo nos hicimos amigos y cada momento que teníamos hablábamos  de cosas de la vida, sobre todo de las mujeres, el amor y el futbol. Él estaba de novio, nunca andaba bien con ella pero repetidas veces aclaraba que ya iba a solucionar los problemas. Una tarde de diciembre, esas que las cotorritas hacen turismo y la nostalgia de fin de año ronda por la cabeza de todos, lo cruce en una plaza, andaba descalzo con una jean cortado hecho bermuda, una musculosa y una cerveza en la mano. Me senté en el banco junto a él, me miró, me dijo que no quería charlar conmigo, me pido que me vaya pero antes me recordó una frase “si de un invento te declaran culpable, por supuesto que lo vas hacer, el tema es que es un invento”. Me fui. No lo volví a ver en un año.

Anotaciones de un cuaderno de la facultad

Jueves 8/4 primer parcial. Maca! Alvear  numero833. ¡Manu Chau! ¡Ponele onda profe! Y morirme contigo si te matas. Cualquiera es cualquiera y encima lo niega. Pedir fotocopias a Maxi. Asado y vino. Espirales. ¡Manu avísame que hacés a la noche, chao! Fotocopias. Cel. Carla 345897609. Fiesta Salón de patín ¡¡¡Fotocopias!!! ¡Extraño!

Algunas observaciones

Juan tiene el aspecto de un bohemio sin fe, tiene estado de alegrías y estados de tristezas, tiene la desventaja que toda emoción se la trasmite a su cara, lo que los conocen bien saben cuando él está bien, saben cuando él está mal. Nació en un pueblito cerca de 9 de Julio, criado por sus abuelos al fallecer sus padres en un accidente automovilístico, tiene dos hermanas, Claudia y la recientemente casada María. Estudia Educación física en Buenos Aires y trabaja en algunas obras de teatro. Vive solo en un departamento cerca de la cancha de Boca y le gusta jugar al básquet. Le gusta el rock nacional, los asados y es amante ahora que puede del buen vino. Es soltero y hasta hace poco estuvo saliendo con una chica llamada Magdalena.

Por las noches

Entre tanto sueño perdido hoy me fijo en el destino que no es lo mismo pensar un futuro sin vos. Y pensando en el pasado no hay presente sin mañana no hay luz resplandeciente no existe futuro sin vos. Con mi falta de voluntad ya perdí las esperanzas del futuro compartido si hoy estoy sin vos.

Relato de Magdalena

A Juan lo conocía ya desde algunos años, en un pueblo es fácil conocerse todos. Nunca supe si lo entendí del todo, lo entendí a medias o no lo entendí nunca. Siempre él me decía que las locuras que él anunciaba algún día se harían realidad, por supuesto que las cosas que pasaron después de la separación nada tiene que ver con lo que el promulgaba como loco o es mera coincidencia. No sé. Tuvimos una relación de cuatro años con una separación en el medio, donde yo conocí a una persona, persona con la que no pasó nada, eso nunca supo cerrarse para él. Siempre en los cuatros años fue una relación llena de conflictos, discusiones que armaban grandes peleas pero todo pasaba cuando simplemente nos abrazábamos y nos besábamos, eso, al menos un rato, hacia la relación que cualquier chica haya soñado alguna vez. Los últimos momentos nuestros fueron de desgano y forcejeo, una noche de primavera a las cuatros de la mañana, nos miramos con los ojos llenos de lágrimas, nos abrazamos y supimos que esa noche era la última que estaríamos juntos. No lo volví a ver más. Seis meses antes de su internación me llegó una carta.

Las últimas palabras

Hay historias que no se cuentan y aunque parezcan cortas son eternas. Los errores cuestan caros, suceden sin darnos cuenta, hay heridas sin pensarse que solo el tiempo cicatriza. Las hojas que se caen en esta plaza extraña, los autos giran alrededor de mí como el mundo que tuviste alguna vez. La voz interior se cansó de gritar y esos gritos en silencio retumban en los ecos de una avenida que no me ve pasar. Espero con aires buenos los días que se van pasando y en ese galope dejan la esperanza de un futuro mejor. Ya no te veo como antes por los mismos lugares en que solías pasear y lo contrario de cruzarnos es que siempre nos pensamos. Días enteros planifiqué una confesión, armando mentiras para poder vendértelas y esa noche que te crucé me di cuenta que las últimas palabras quedan en las miradas. Ahora que paso la tormenta en los días que fueron nuestros, dejo muertas las almas enamoradas y el sol salió para uno de los dos. Deseo de todo corazón que si algún día mirás al pasado, puedas sostener una sonrisa, al menos por los momentos de los abrazos donde éramos dos en uno, te pido perdón por todo lo que hice mal, siempre vas a ser mi angelito, te quiere como siempre…    Juan.

Memorias de las lágrimas

Pasaron los pelotones suicidas Pasaron los veranos de transpiración Pasaron los cruces declarando la realidad Pasaron las acrobacias para robar continuidad Pasaron las cosquillas para tirarnos pedos Pasaron las preguntas delirantes de una persecución Pasaron consejos de mala voluntad Pasaron los pedazos de mi destrucción Pasaron como quien pasa por la vida en un segundo, las cosas que creías se deterioran y nace la herida del sentimiento que mañana habrá sanado, las promesas regaladas con un mito en el pasado y una estafa que no es mía. Pasaron los días de una guerra interminable Pasaron los inviernos congelados de abandono Pasaron las miradas de un adiós de mala gana Pasaron los desfiles de risas eternas Pasaron las creencias de tanto reventar Pasaron las palabras que decían los demás Pasaron los pedazos de mi corazón Pasaron como el agua que fluye por el río turbulento, el amor que sentís desaparece y buscas algún consejo en amigos ejemplares que te dan la razón, sin pensarlo demasiado: “Dejá el dolor en el pasado que la estafa no fue tuya”.

(de la edición Aniversario 1, noviembre 2012)

 

LA SOMBRA 1

La sombra

Por Luciana Cáncer

Recuerdo muy bien ese día porque fue cuando decidí dejar aquel infierno. Me desperté temprano, mucho más temprano que de costumbre; por esa época vivía de noche, salía cada día con una banda de amigotes a tomar cerveza y a meterme basura en el cuerpo, nuestro punto de encuentro era alguno de los bancos de piedra de Plaza Miserere. No usaba despertador, y aunque lo hubiera usado tampoco me habría despertado.
Abrí los ojos, me dolían con un dolor intenso, potente, sentía pinchazos en el medio de las pupilas, como si me estuvieran clavando miles de alfileres de punta muy fina. Me costó acostumbrarme a la luz del día, reconocer el empapelado, parecía más viejo y gastado de lo que recordaba, como si durante la noche lo hubieran sometido a un efecto sepia, pero sepia manchado, viejo, con lamparones de mugre, como de aceite, o sangre de mosquitos estrellados contra la pared, o bolitas de moco aplastadas.
La pieza estaba tan fría que apenas podía asomar la cara, entraba un silbido de viento por la única ventana ubicada justo sobre el respaldo de la cama. La frazada que me tapaba estaba sucia como la pared, o más, tanto que me vinieron arcadas y mis mandíbulas endurecidas gesticularon asco en cámara lenta.
Intenté recordar qué había hecho la noche anterior pero no pude. La noche anterior a la anterior, pero tampoco pude. Lo único que relampagueaba en mi cerebro vacío eran flashes de la plaza, inconexos. Intenté hacer memoria pero no fui capaz de ubicar las escenas en una noche específica, en un tiempo cierto. Traté de enfocar las otras caras pero eran rostros duros, sin rasgos personales, sin facciones.
Me senté en la cama, mareado; después de un buen rato pude fijar la vista en el televisor que tenía enfrente y disparaba una luz blanca manchada de gris con ruido a interferencia; sentí como si las mil alfileres de punta finita se hubiesen convertido en un millón de clavos de hierro calentados sobre una hornalla. Desvié los ojos al piso, como buscando calmar los pinchazos con la simple visión de las baldosas heladas. Vi mi gamulán tirado a medio camino entre la pantalla y la cama, estaba sucio, con rastros de vómito seco, el corderito del lado de adentro se había vuelto gris verdoso. Al lado, en una montaña de harapos, se amontonaba la única ropa de invierno que tenía, al verla me di cuenta de que estaba desnudo, completamente desnudo.
Seguí mirando a mi alrededor, la cómoda de fórmica barata que para mí siempre había sido de color beige era blanca pero sucia; la cortinita floreada que dividía la kichinet del otro ambiente no tenía flores sino lunares y manchas de humedad; en cada rajadura de cualquiera de las superficies que miraba se acumulaban costras de mugre. Era como ver la pieza por primera vez, como si me hubieran operado de la miopía crónica durante el sueño, porque todo lo veía como a través de lentes de aumento, mucho aumento, con una nitidez que me lastimaba.
Fui pasando revista de cada detalle nuevo que observaba hasta que me vi en el espejo de la puerta del ropero, y me horroricé, me asusté de mí mismo, de mi cara dura sin rasgos personales ni facciones, de mi cuerpo grisáceo de piel sobre huesos, de mis ojos vacíos de mirada; pero había algo más, tardé varios minutos en darme cuenta. Para asegurarme de que no alucinaba cerré los ojos un par de minutos, volví a mirar, cerré los ojos otra vez, volví a mirar. Me giré y vi a través de la ventanita sin persiana por la que nunca antes había entrado el sol.
El sol no entraba porque mi pieza daba a un contrafrente oscuro rodeado de edificios muy altos de paredes negras de hollín. Un aire espeso no me dejaba distinguir la imagen, sólo captaba luz, humo y aullidos de sirenas.
Así desperté el 18 de julio de 1994, en mi pieza de la calle Paso, en el barrio de Once.

(de la edición Nº12, octubre 2012)