Segundo compilado del sello Mandioca (1970).

Todos rockeros ¿triunfaremos?

En marzo de 1973, un odontólogo radicado en la localidad bonaerense de San Andrés de Giles y posterior delegado personal de Juan Domingo Perón apodado El tío, ganaba las elecciones nacionales, representando al líder proscripto. Es historia conocida, pero vale el recuerdo.

Por Mauro Basiuk*

En ese entonces, la consigna Cámpora al Gobierno, Perón al Poder podía verse en paredes u oírse al ser cantada por jóvenes y no tan jóvenes. Era el momento en que se entusiasmaban con el regreso de la Democracia, la idea de un camino al socialismo y/o de un país cuyo Estado recuperase los niveles de bienestar de finales de la década del cuarenta. La victoria de la fórmula del FREJULI, Héctor J. Cámpora- Vicente Solano Lima con el 49,76% de los votos fue festejada, entre otros actos, a través del llamado Festival del triunfo peronista. Con la invitación de la Brigada Juventud Peronista, en el programa aparecían reunidos “conjuntos de Música Moderna” como Billy Bond y la Pesada, Pappo’s Blues, Pescado Rabioso, Sui Generis, Vivencia, La Banda del Oeste y otros.

Además de intérpretes como Lito Nebbia (sic), León Gieccco (sic), Ruben Porchieto (sic), Pajarito Zaguri y un tal “Juan Domingo”. “Joven argentino te esperamos en el estadio de Argentinos Juniors” convocaba el afiche con día, 31 de marzo, y fecha, 16:30. Semejante propuesta, sin embargo, quedó trunca por múltiples problemas técnicos sumados a una lluvia torrencial. Sesenta minutos después de la hora prevista, luego de leer un sin fin de adhesiones, La Pesada hizo dos temas (la formación: Kubero Díaz, Alejandro Medina, Jorge Pinchevsky, Isa Portugheis y Charly García en piano).
Seguido, La Banda del Oeste pidió un minuto de silencio en memoria de Eva Perón.

Al momento de iniciar su set, llegó el vice Solano Lima quien cantó el himno y arengó a la juventud. Después la banda, cuyo punto cardinal remitía a sus sitios de ensayo (una fábrica de aluminio en Villa del Parque y el garaje de Fletes Once), se dispuso a tocar pero los desperfectos lo impidieron. “Antes de que subiera La Pesada, unos monos me empujaron y tomaron el escenario para que el vice de la fórmula diera un discurso sobre la reforma agraria mientras nuestro público, que eran villeros, firestones, estrellas e intelectuales del rock, lo silbaba. Ese día se murió La Banda”, rememoró al periodista Pablo Schanton del suplemento Sí, Diego Villanueva, baterista del grupo.

El nexo para el accidentado festival había sido Jorge Álvarez, histórico editor de libros (Manuel Puig, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, apenas tres autores que publicó su sello en los 60’s) y creador del Sello Mandioca (La madre de los chicos, como decían). Miguel Grinberg contó a Federico Scigliano y Diego Sánchez del suplemento joven de Tiempo Argentino, que “se formó entre nosotros un consenso de que esa era una buena oportunidad para que, en cierta medida, el rock argentino sacara carta de ciudadanía en un momento donde, según mi interpretación, más que el triunfo peronista se celebraba el cierre de un ciclo militar”.

Otro nombre clave de aquel encuentro, Billy Bond, consigna otra frase de aquel momento histórico: “Éramos todos peronistas y Jorge Álvarez especialmente. Por eso la tapa de Pidamos peras a Mandioca es una gran pera… es un Perón”. En No Toquen. Músicos Populares, Gobierno y Sociedad/ Utopías, Persecución y Listas Negras en la Argentina 1960-1983, de Dario Marchini, se describe una escena ilustrativa con el propio Bond: “‘Antes de cantar tenés que hacer alguna mención a Evita’, fue la primera recomendación. ‘Tenés que decir algo de Isabel’, le sugirió otro. ‘Ni se te ocurra hablar de Isabelita, sólo de Perón y el Tío Cámpora’, le previno un tercero. ‘Únicamente podés hablar de Perón’ fue la última directiva, ya en tono de orden. ‘Pónganse de acuerdo muchachos, esto así va a terminar mal!’ protestó el cantante, quien a esa altura seguramente ignoraba el carácter profético que terminaría cobrando su queja…”

Esa misma tarde y fiel a la costumbre, la policía se encargó de detener a “hombres de cabello largo y barba”. Una moneda corriente desde los tiempos de Juan Carlos Onganía que se intensificaría de modo trágico a la vuelta de la esquina.

A cuarenta años de aquel intento de acercamiento entre la flamante música de rock y la política en clave organizada dejamos las reflexiones sesudas de lado. Aquellas que siguen y seguirán hablando, discutiendo sobre el valor de la obra de un artista cuando está influido por la coyuntura política. Sin darle más vueltas, nos aventuramos a situarlo, provisoriamente, dentro de un mal romance, necesario, con sus desengaños e histerias, aunque no exento de pasión.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCC de la UNLP, columnista radial, coleccionista.

(de la edición Nº 17, marzo 2013)

Gente sin swing

Gente sin swing

Por René Catto

Cagones S.A

Odio a las personas que no esperan nada. Cuando voy por la calle muchos me preguntan: “¿Cuándo volvés a publicar tus reflexiones, René?”. Mis respuestas son del tipo: ‘volveré’ o ‘ya falta poco’ —o una que dice poco y mucho—: ‘Vamos a ver’, cuando en realidad el viejo Catto piensa (sin decir): “Cuando se me cante”. Igual, cuando las preguntas vienen de buena leche, se nota. Quizá les guste, porque no se animan o no saben o no intentan o la van de espectadores. Pero, lo peor de todo, es que esta clase de gente que siempre espera el tren, cuando les llega dejan pasar al que le sigue en la cola. Les da miedo embarcarse. Me pasó con una mina: no se animaba, le daba cosa, se pensaba incapaz. Le dije: “Hacelo y después criticate, flaca”. Por eso, me agarro el izquierdo cuando me cruzo gente sin swing, porque no dicen lo que piensan ni siquiera con un filtro. Entonces, pienso (aunque no se los digo, que se caguen): “Salí, hermano, animate, dejá de llorar la baby y a la gorra de su perro viejo”.

Piloto automático

No sirve. Antes de apretar el botón, pegate un tiro. No sirve hacer las cosas como por costumbre. No se puede garchar en automático, amar en automático, vivir en automático. Otro de los especímenes que me sacan son los viejos chotos a los que le falta imaginación y clavan el automatic. Hace poco, en una clase para formar docentes se hablaba en cómo encarar una clase ante pibes que están llenos de problemas, con problemas en la casa y en la escuela. Su nombre, no podía ser otro: Roberto. Gordo, alto, pelado, barba candado y… abogado (NdR.: se fue hace poco, es posta). Ante la presencia de más de ochenta personas —potenciales profesores— el tipo dijo: “Yo puedo entender que los pibes tengan problemas, que se los debe incluir y demás. Pero yo soy un abogado devenido en profesor, no un cura”. Menos mal, querido Roberto. Los pibes no necesitan un cura, eso está más que cantado, pero sí alguien que sea contenedor, que puede hacer caso a ese mensaje que transmiten con su cara, sus pelos y sus granos. Si vas a dar clase para comprarte una heladera nueva o cambiar el auto, dedicate a hacer cosas de abogator, maestro. Además, un aire acondicionado en doce cuotas, tampoco es una locura. No gastes el tiempo tuyo y el de los pibes.

Otra de Robertito (de manual). El tipo comenzó a decir por qué hoy el mundo estaba como estaba. Saltó que en los sesenta los hippies y el rock. Y ahí sí, se me subió la mostaza y me dio ganas de darle un chute en el orto a la voz de: “Dedicate a otra cosa y dejá de leer las columnas de Enrique Pinti en La Nación, pelado sorete”. Para Dr. Robert todo el bardo de ahora es culpa de los hippies y el rock. Una cosa son los documentales, maestro, y otra muy distante es tu lectura cabeza de la cultura. Tenés la misma edad que Ozzy Osbourne pero la tirás como Juan José Sebrelli (“Sebrelli, vos andá al arco”). Me jodió que la resumiera tanto. Además, no se puede vivir con tanto veneno inculto y decir pelotudeces —reales pelotudeces— en un espacio donde la idea es sumar y no levantar la mano (o la garra, en el caso de Roberto) para pronunciar cosas como: “Esto no lo vamos a cambiar nosotros (los futuros profesores)”. Claro que no, pero podemos dejar algo. Mejor no le digas nada a los pibes, porque si se lo decís como un cura volvemos a las cavernas, padre. Falta que tiren un avioncito con una Rivadavia rayada y le hagas rezar dos padrenuestro y dieciocho avemarías (por el capuchón en la punta y la leyenda “Roberto, viejo choto” en el fuselaje).

Por ahí estoy siendo muy duro con el difunto, pero qué ganas de hacer catarsis delante de setenta y cinco minas y doce flacos, encima, con los que nunca cruzaste ni un buen día. Qué mal, porque les miraste el orto a todas, eh. Claro, ¿qué penitencia te cabe? Ninguna. No soy botón, pero ni un buen día dijiste. Otra. Te condenó decir con honestidad bruta que hacías el curso para dar clases y tener una ‘entradita más’ a fin de mes. QEPD.

Chicaneros y simplistas

Una cosa es criticar cuando analizaste todo el producto, ya sea un libro, una obra, un disco, un programa, una revista, una situación, un hecho, un cumpleaños. La cuestión reside en los tipos que a falta del diario del lunes, comentan sobre breves lapsos de revisión. Es decir, sin análisis no se puede llegar a buenos caminos, maestro, pero sí caer en los mismos lugares comunes. A ver, así como Roberto recortó la historia posmoderna de hippies a alumnos sin ganas, puedo decir que esta clase de gente —la que critica, habla y habla y no hace— se diseminó lo mismo que semillas sembradas desde un avión. Si me vas a boicotear mis columnas, ponele, preparate una lista de al menos tres razones. Porqué: si venís con términos como “es malo”, “no se entiende” o peor aún, “es un maleducado”, te la doy con una bombucha en la oreja. La historia de la humanidad está repleta de críticos de lo que otros hacen —bien, mal, más o menos pero hacen— y quedan. La onda sería que dejes el camino corto que tomó Caperucita para que sientas que para llegar se necesita patear y mover las tetis. Antes de decir para perjudicar, callá para no pudrirla y venite con argumentos y si cobraste el aguinaldo, pagate una birra por lo menos. Si te digo rock, no me digas ‘cosa de faloperos’, porque sería lo mismo que repetir que los que escribían letras de tango son todos alcohólicos y cornudos. Si vas a criticar, ponele onda.

Sé vos, nomás

Si estás leyendo Historias duras sin ganas o con las cejas en señal de duda, ponete a hacer otra cosa porque me senté con el culo prendido fuego. Basta con comentarios con la escoba, de excusas de papel, de frases gastadas y toda la mierda que tira para atrás. Es el momento de empezar y dejar de decir no como una niña virgen. Mejor que blablablá como una vieja viuda o un viudo frente al vino, es dejar hacer y asistir —ver/acompañar/estar/ser— para que esto no sea una fiesta suspendida, que iba a ser y apagaron los freezers. No necesitamos mala onda, necesitamos gente que piense y que antes de quedarse mirando Fantino salga a disfrutar. Ah, otra cosa. No me vengan con esa de “me dijeron que estuvo flojo” o esa película es mala.

—¿Qué, fuiste al cine?”.
—No, me contaron.
Así no. Ponele onda, viejo.

Trazo grueso

Afuera llueve. Desde la ventana de la habitación puedo percibir que el día está empapado y las hojas de los árboles flacos lloran y se caen. No es un día más. Es lunes, triste. Nada de lo que no haya pasado alguna vez: lluvia, desamor, silencio, luz cortada. Hay que encontrarle el lado positivo y, si la memoria no me falla, todo se parece a esos cuentos en los que la invasión del temor se asocia a un clima hostil, plagados de nubes grises y rayos que cortan el cielo y las transmisiones. Qué hacer. Bueno, lo lógico indica dejar volar la imaginación y postrarse en la cama a leer algún libro, pero no. Es imposible no leer y sentir la humedad. Encima con la luz cortada y el cielo negro, no se lee un sorete a la vela, como diría mi madre en tales ocasiones. No es lo mismo escribir con lapicera que tipear párrafos prontos a ser borrados en la pantalla del ordenador. Ordenar: libros, papeles, recibos, facturas. Para qué. Eso me pregunto: para qué mierda guardo tanto papel pintado.

Para qué carajo ese pase de subte, para qué. Si ni para anotar números al voleo sirven. Hoy, la fantasía se resume en pixeles, las agendas encuadernadas son un estorbo en las mochilas y las lapiceras nunca andan. Cuánto hace que alguien no presta su espalda para que otro anote en letra trazo grueso la consigna del tepé para entregar vía mail. Eso. Nada más hipócrita que el cumplimiento vía red. “No me llegó el mensaje” o el típico: “por ahí fue a parar al spam”. No jodan, viejo. Los correos electrónicos llegan, los sms también. No repitas y gastes frases con eso de “no me llegó nada”. Hacete cargo, cagón. Si te colgaste en responder o sólo te chupó un huevo poner ‘recibido’, decílo. Nadie te va a mandar en cana. Pero no, sigue esa puta costumbre de “se me complicó responderte, no me mates”.

Nadie te va a matar, enfermo. Te matás solo, si no tenés huevos para decirle a un amigo: “Te fallé, vieja”. Entonces a la mierda con la tecnología y la comunicación. Qué comunicación, si cuando necesitamos el servicio PRESTA al 773, la línea está congestionada o no hay señal y la minita de trampa no tenía saldo. Dejame de joder. Lindo sería antes esperar una carta, oler la tinta en el papel, adivinar los tachones y ese tipo de cosas que nos cuentan los viejos. Qué quilombo y qué ansiedad, pero qué documento de la vida. Hoy, la propia tecnología obliga a estar “conectados”. Conectados de qué, ¿me pueden explicar?. Si el uso de la tecnología se percibe como un acortar los caminos que luego se vuelven intransitables por nosotros mismos. Dale, mensaje de mierda entregate que necesito una respuesta.

No tendrá señal, la puta que me re parió. Bueno, ya fue. Mejor me quedo con esa foto. Qué foto. No existe más esa foto. Hay miles de fotos y ni un solo aura. Claro, el aura se pierde a la segunda imagen, si reproducen toda la secuencia: En la playa. Pareja abrazada con fondo de mar y cuatro viejos arrugados como pasas que juegan al tejo con un viento que les despeina hasta el ojete. En la otra imagen, gatilla ella –siempre apretados porque ya no existe más pedir ese favor de que te saquen una foto- y la onda es sacarse solos. Así, desapareció el rol del fotógrafo de turno y ya nadie reclama: “Che, yo no salí en la foto”.

Venía con eso del aura. Cada foto es única si se tiene en cuenta que el retrato no se parece a ningún otro, siempre y cuando se dé que la secuencia no es la continuación de la continuación de la continuación, cuando el partido de tejo de viejos chotos ya se terminó y el que mide las jugadas es el que perdió el partido y la marea está dos centímetros (en la décimo cuarta foto) más arriba que hace…siete minutos atrás.

Hablando de tiempo. Qué choto es hacer colas: en la cancha, en los recitales, en la heladería, entre otros. Y más cuando se trata de pagar alguna cuota del seguro del auto o la factura de luz atrasada. Con esto de la tecnología se acabó eso de decirle al de al lado: “Esto viene para rato” y así comenzar una amistad impositiva. Claro, si en el mp3 tenés tus discos preferidos o con la fresa negra podés publicar: “Alta cola para pagar”. Dejame de joder. Qué manera de escribir el tiempo y de hacer creer que la vida es eso que decimos en la pantalla y que leen miles de boludos como uno. Nadie está triste en las redes.

Las fotos desbordan de sonrisas y están los mensajes subliminales hacia ciertas personas. Así los mensajes se reconfiguran y significan. Una vez me re calenté. Una canción de moda que cuenta la revancha de una mina a un tipo al que ahora lo señalan como cornudo, continuó lo escrito, reproduciendo: “Ahora vas a saber lo que es ir por ahí y que te hagan la seña con los dedos así (cuernitos)”. Para qué los paréntesis, si el que la escuchó sabe bien que la mina que lo que cagó seguramente lo hizo en son de revancha. Qué renegado que estoy. Es por darle peso a las miles de pelotudeces que hacen al momento de mostrar un sentimiento en la red. Dejenmé de joder.

Me quedo con lo de antes, eso de andar con los pitucones con un verde que hacía putear a las viejas con el cepillo gastado o con el temor de contar jugando a las escondidas porque era el más chico y no alcanzaba ni al que volvía de una lesión con la pata enyesada y las muletas a la rastra. Antes, si te cortabas el pelo esperabas que alguno de tus amigos o amigas o maestra, te dijera “qué lindo te quedó”. Ahora, vuelven de la peluquería, se sacan una foto, la suben al muro y ponen (como si fuéramos ciegos): “Nuevo corte. Espero opiniones”. La cosa es así: si los comentarios exceden las expectativas, sos un capo y con new look. Ni hablar si recibiste muchos Me gusta. No me gusta nada.

(de la edición Nº 14, diciembre 2012)

GORDO 1

Gordo con orto: gol

Por René Catto

La cosa fue que los grandulones desafiaron al trío Gordo-Corto-Mayco a un picado en el área grande del arco, ese que daba a la casa de la vecina que siempre alcanzaba las pelotas con una sonrisa de oreja a oreja y —cuando no— se cruzaba a patear unos penales en los entrenamientos de las inferiores. Junto a Poyo, estaban Croto y Burge, que retaron así como de pesados. El trío aceptó sin dudas ni mariconadas. Eran no más de las seis de la tarde y las luces de la noche como que comenzaban a caer para la gestación de jugadas con infrarrojo total. Armaron los arcos con buzos y gorras, corrieron sus ciclomotores: una Juki 50 y dos Zanellas del mismo calce. A la del Poyo le decían La Harley y hasta en eso querían parecer pesados. Pero el trío les hizo tomar la sopa. Con la pelota amasada con la derecha, Poyo ofició de organizador.

—Jugamos a diez. Por la cerveza.
—Dale, joya. Empezá —apuró el Corto que ya empezaba a dar saltitos para renovar el oxígeno.
—Daselás, Poyo. Empiecen ustedes —agitó el Burge con las manos en pose taza y pecas de muñeca pepona.

El encuentro empezó y el equipo del Gordo tuvo que soportar dos goles perreados de los tres que hizo Croto por arriba de los buzos. El Gordo, pensó: “Este muerto, siempre se chocó los tobillos. Burge, tiene menos trote que un gusano. El Poyo, aunque bruto y todo, siempre demostró más actitud que juego y más esmero que talento, pero no nos pueden ganar”, se convenció y metió un centro llovido sobre lo que en una cancha rayada sería el área chica. Mayco le dio de puntín —un especialista para el sorteo de ejecuciones redondas— pero Burge se la chocó y dio rebote.

El Corto la paró en seco y dio un pase al vacío para la llegada del Gordo, que frenó, la pisó tranquilizando y apuntó a la olla para que Mayco distraiga la marca de Poyo y vaya el Corto a ponerla despacito como robando de una heladera en la noche. Tres a uno y se les vino el cagaso a los grandotes. Croto desoxigenado y los ojos grandes como luz alta, Burge con más sed que antes del almuerzo en año nuevo y el Poyo con una pasta blanca en las comisuras que se secaba con el palo derecho, un buzo de Croto.

Juego en el medio de la cancha, pases nulos, un contragolpe del Corto para poner las cosas tres a dos. Los grandotes hicieron el cuarto, pero sin merecer nada con tanta irrespetuosidad deportiva. Vino el cuatro a tres después de un penal grande como el chichón tatuado en la canilla de Mayco, que le dejó la pena máxima a el Corto. Iguales en cuatro y el asunto se puso espeso con la caída de la noche.

—Burge, largala —retaba el Poyo con dos grados menos para el punto hervor.
—Decíle a este inútil también —atacó muñeca pepona señalando a Croto que tenía los ojos como sartenazo en la nuca.

Descuidos de Mayco en la defensa, el Gordo que no le daba la nafta para bajar y el Corto que meaba tres horas sin parar, hicieron que el partido vaya caducando en un ocho a cinco peleadísimo. Pero el trámite no acabó ahí: nueve a siete y no había forma de hacer que la Tango rasposa entrara en ese arco que cada vez era más chico. Nadie dijo nada, pero era cantado que había sido Burge el que lo redujo como a uno de cricket, un mulero de aquellos. Poyo ya no quería lola y la reventó casi hasta el otro arco, sin saber que había cometido el mayor error de sus últimos treinta minutos de vida. El trío Gordo-Corto-Mayco, se juntó a resolver la ecuación.

—Juguemos al piso, si están muertos —dijo el Gordo abrazando al Corto.
—Desbordo y tiro el centro bajo —anunció el petiso mirando a Mayco.
—Ok, ok —tranquilizó el urso espigado con un gesto de “no hay drama”.

Fue así que se le terminó la caminata eterna y confiada al Poyo de América, que retó a Pedro y a Burge como por obligación diciendo “vamos”, queriendo decir “vamos que ya ganamos”. Nada de eso, señores: el trío G-C-M se puso nueve a ocho y las papas quemaban del lado de los grandotes. Burge mostró de nuevo el cagaso con un cobarde “gol gana”. Fue ahí donde vino la magia del Corto que tiró el centro bajo para que Mayco ponga el marcador en un luchado nueve a nueve. Los grandotes continuaban llegando y llorando, pero no se hablaban ni miraban, como con vergüenza.

Pelota afuera y sacó Mayco shoteando en la que sería la última jugada, para darle un pase al Gordo que estaba en el medio y le puso un pase en lo alto al Corto que tiró como venía a una altura como para desnucar un víbora asomada en la cueva. Dio nuevamente en Burge y se fue al córner. No daban más del cagaso y la bronca en el momento que el petiso tiró el centro que Mayco acompañó haciendo que el esférico retrase su velocidad aérea.

Dos cabezazos en el área es gol y fue así nomás, como en una palomita eterna el Gordo frenteó la Tango que entró como viboreando en el aire de un arco desvirgado en seco. Mini avioncitos en la noche victoriosa y los grandotes supieron de la justicia con ese magistral punto final de una historia que hoy se recuerda gloriosa. Prendieron sus motos de morondanga y se escaparon como rabiosos perdedores, marcando toda la cancha con huellas de huida en la derrota. Al día de hoy, Poyo no puede creer y reconocer su fracaso ante el trío imbatible. Y siempre dice lo mismo, en presente:

—No puede tener tanto ojete este Gordo.

(de la edición Nº 1o, agosto 2012)

NUBES 11

El título es secreto

Le ofrezco a usted lector una pista, un enigma que quizás atrape su atención y lo retenga por solo unas líneas, en esto que llamaremos: La dualidad del ser, la condena del geminiano. Por Mujer Montaña

En el día de hoy, Fernando Pessoa. “Solo esta libertad nos conceden los dioses: someternos a su dominio por voluntad nuestra. Más vale que así lo hagamos porque solo en la ilusión de la libertad, la libertad existe”. Más, agrega: “Primero sé libre; después pide la libertad”.

Hay algo de sinónimo entre la libertad y el geminiano, entre la libertad y cualquier espíritu inquieto como Pessoa. Esos mandatos, preceptos y demás cuestiones ya incorporadas como humanidad nos tienden a hacer creer que cualquier dualidad y cuestión que altere el curso normal de las cosas está mal, es dañino, es algo a arreglar.

Tomo el desafío de, para variar, contrariar eso: libre es quien se pregunta, quien mira más allá del mantel, quien tiene ese dejo de desconfianza en la punta de las pestañas, quien ya no quiere definirse. Es cierto que esto acarrea más de un dolor de cabeza hasta que se comprende, poniendo curitas en los porrazos de la vida, que el ser libre es correr (aparentes) riesgos. Que uno, aunque se quisiera, no podría ser de otra manera. No podríamos levantarnos todas las mañanas como robot sin mirar por la ventana antes, no podríamos dejar de hacerle culto a cosas tan chiquitas (para nosotros fundamentales) como hacer pan o pispiar con admiración cómo duerme el gato.

Pensar en la libertad como un estado supremo al cual solo algunos hombres pueden llegar, es quizás uno de los engaños más instaurados por nuestras mentes, la liberación parte de un estado mental, de comprender que decidir es liberarse. Herman Hesse, nos advierte en “Pequeñas Alegrías”, nos alerta contra la hiperactividad y el frenesí de la prisa, como principales enemigos de la felicidad. Como nos han instaurado la ansiedad en el logro y consecución de cosas ajenas a nuestro ser, alejándonos de nosotros mismos hasta volvernos completos extraños, y así homogeneizarnos en segmentos de mercado y catalogarnos como un producto más.

Con todo esto quiero decirles, amables amigos, que como buenos porfiados hay que empezar a buscarle la vuelta al asunto, que ya no nos pese tener múltiples personalidades dentro sino saber y hacerse cargo que somos uno con ellas y uno con los que viven afuera nuestro también. Que la libertad está ahí, cerquita, esperando que dejemos de dormir en una vida de rutina que sabemos ajena. Que encontremos felicidad en cada cosa que hacemos, dedicándole el tiempo que merece, contemplación de los sucesos que nos rodean, de la maravilla que implica un amanecer, el nacimiento del día, y como todo cobra vida. Respiremos hondo, que cuantos más mejor.

Libre es quien cuestiona; cuestiona el insatisfecho, el incómodo, el que no acepta un mandato. Así se establece un nuevo orden, un nuevo paradigma. Y quien lo hace se libera a sí mismo y libera al resto, los eleva.
Es curioso pensar que las líneas son todas rectas, eso sólo sucede en el infinito. La recta, o línea recta, es la sucesión continua e indefinida de puntos en una sola dimensión; está compuesta de infinitos segmentos. Así como también podemos afirmar que todas las líneas paralelas se cortan en el infinito, generando un punto de unión.

He aquí la cuestión, por más separados que corran nuestros caminos, y que parezcan muy disimiles entre sí, en el infinito somos uno. Todos somos el mar, el mar de algún lugar. No pierda el tiempo en buscar entender al otro, entiéndase usted mismo y así logrará aceptar como tal al prójimo, a su hermano.
Pessoa logró congraciarse con todos sus yo, y logró ser uno y todos a la vez. Algunas personas viven la vida con tanta intensidad que no se puede leerlos sin parpadear, y quien se atreva, es seguro que se enciende. “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

(de la edición Nº 10, agosto 2012)

UNA GOMA

Alguien tiene que decirlo

Pegamos una vuelta por el blog Una goma, donde transitan frases y reflexiones picantes para gustos diversos. De paseo por ásperos comentarios de la red podés descubrirte. 

“Si Dios nos hizo a su imagen y semejanza, ¿por qué no somos invisibles?”.

“Cuando dos mujeres se saludan por primera vez es uno de los actos de hipocresía más grandes del mundo”.

“La velocidad a la que una novia dice ‘nada’ cuando le preguntás ‘¿te pasa algo?’, es inversamente proporcional al tamaño de la cagada que te mandaste”.

“El ateísmo es un lujo que pocos pueden darse”.

“Los mensajes de voz del celular se revisan sólo para hacer desaparecer el loguito molesto que aparece en la pantalla”.

Usos del “etc.”
1-Cuando hay que resumir una larga lista de ejemplos a enumerar.
2-Cuando no se te ocurre que más poner como ejemplo.

“Siempre hay que masturbarse antes de tomar cualquier decisión importante dentro de una relación de pareja”.

“Un pesimista es como un optimista, pero con la información adecuada”.

“El Twitter sirve para que aquellos que no tienen nada que decir, lo digan de inmediato”.

“Siempre que una persona se encuentre con poder sobre otra, se va a aprovechar”.

“El Blackberry ha llegado para hundir en la idiotez a las mentes ya idiotizadas”.

“Cada vez que le doy click a la opción Me gusta de Facebook, me siento un poco menos inteligente”.

“Pobre de inteligencia es aquella mujer que te mira con mala cara cuando la ‘apoyás’ ante una frenada repentina del colectivo”.

“No importa que tengas una lastimadura en lo más recóndito de tu cuerpo, siempre va a haber alguien que te pegue justo ahí”.

“Enamorarse significa perder objetividad”.

“La maldad es algo nato en el ser humano. Entonces, si crees que sos una buena persona, preguntate a vos mismo por qué te sentiste tan bien aquella vez que le embocaste un gargajo mocoso a un pelado que pasaba por debajo de tu balcón”.

“Desconfío de aquel que estornuda y puede mantener los ojos abiertos”.

“La foto de perfil de facebook MIENTE”.

La divina proporción

En un pebete de jamón y queso: dos fetas de jamón por cada una de queso. Esto no se aplica en caso de que la feta de jamón se doble a la mitad”.
“Cuando estás viendo un programa de concursos en el que el participante está a punto de hacer una mala elección, le hablás a la pantalla ‘indicándole’” a la persona cual es la decisión correcta.

Más en: www.unagoma.blogspot.com.ar

Los onda verde 2

Los onda verde

Por René Catto

—Jane, bajo de las lianas, pienso en esta selva de cemento y vuelvo.

Si lo cuento es porque me sentí una víctima más de la dichosa y comerciante onda verde. Todo verde y si es verde, seguro que no daña la salud. Si es verde, consumí el Vidacol que se encarga de reorganizarte el sistema digestivo y si después lo dejás y ves que querés ir de cuerpo pero no lo lográs ni meditando como un monje tibetano, es porque te olvidaste de llamar al 0800-CACA, y ahí sí, te atiende una cordobesa que tiene voz de estar buena, es flaca y con flequillo hot. Muy amable le decís: “Señorita, tome a bien mi pedido. Le ruego que sea lo más pronto posible”. A lo que ella seguramente pregunte: “¿En qué puedo aiuuudarlo?”. En ese momento te alejás del tubo y gritás suave, pero contundente: “Quiero volver a cagar, señorita. Desactive el chip Vidacol, hágame el favor, señorita”.Toca tres botones, te deriva al reintegro sistémico del usuario Catto René, 43 años, soltero, bonaerense bien puesto, y una voz de un sex simbol con gel te anuncia y hace de cuenta que en un minuto parte el Apollo XV: “Señor, Catto René. Aguarde que en dos horas podrá defecar por sus propios medios”. Hasta ese momento nunca había extrañado tanto hacer fuerza sentado, leyendo el compuesto del Colgate fresh o borrando gente de la agenda del celular.

Jebusistas light. Es también porque la onda verde hace gente de mala vida a los que a punto de ser fusilados pediríamos una milane a caballo con fritas y una Coca en vaso de vidrio con tres rolos medianos y después un pucho. Imaginate la cara de los sicarios: “Señores, deseo comer un yogurt descremado con sémola y semillas del prado”. Literalmente, te mandan a la mierda y vuelven a descargarte tres tiros más cada uno (esto fue un furcio, porque disparan todos a la vez, pero sólo uno está cargado con balas o cartuchos posta). Por ahí no es tan así, pero los de la onda verde son un tanto —si no más— hipócritas que los peregrinos gebusistas o los altruistas. Creen que por contener un símbolo “adecuado” de modo de vida, todos debemos subirnos a esa marea de nuevos loquitos sanos y rezadores. Pero claro, uno es un animalito que no piensa en el futuro. ¿Cómo que no pienso en el futuro? Si cuando aplauden la caída de los glaciares puteo frente a la pantalla al grito de “nos van a venir a apurar con el agua”.

Los paz verde. Estos son otros que no me los fumo: los de la onda verde de Greenpeace y cualquier ONG que la junta con pala. Mucha persecuta a los balleneros, a los que hacen tala indiscriminadas de bosques y toda la onda hippie, cuando están bancados y sustentados —concretamente— por empresarios interesados en el queso de reserva. Todo bien con los de la paz verde, pero no me vengan con esa calesita del “patrimonio de la humanidad” porque eso quiere decir que si nuestro agua es patrimonio internacional ya no es más de los argentinos, ni de los brasileros la amazonia y así. Lo mismo hacen tipos como el dueño de la CNN, Ted Turner, quien tiene más de 80 mil hectáreas en suelo nacional y reproduce en cadena el bien para el mundo de que partes de esta tierra sean tomadas como una torta global. Cuando les gotee la canilla, no va a haber Jebús que nos salve el tanque. Por ahí uno puede pensar ¿qué tendrán que ver los onda verde con lo de la paz verde? y tienen razón. Pero que te vienen con esa de que lo liviano es mejor. Después no me estacionen un naftero, banquensé un auto eléctrico como hacen los japoneses, no se perfumen con aerosoles ni salgan con que comemos carne de un animal muerto. Eso es la reproducción de la mentira. Esa es la ola que abanican para demostrar que se puede vivir mejor subido a una bicicleta fija, con yogures, vidacoles, cereales del tigre, lactobacillus gg, Pancho Ibañez y esos parques de casa privadas y otras yerbitas putas. Nada del aura interior ni del conocimiento del cuerpo, no. Tenés que hacer media hora de cinta para estar bien. Dejenmé de joder con la gimnasia. Salgo a caminar, a ver gente, a ver el verde natural.

Mi amigo vegeta. El otro día me encontré con un viejo amigo al que cuando le nombré la palabra “asado” casi se me descompensa ahí en medio de la parada del colectivo. Medio minuto después me dijo que hacía ya años que no probaba bocado cárnico. Imaginate, dijo, “no sabés lo que me cambió la vida”. Y siguió: “René, por qué no lo intentás”, y ahí al toque le frené el carro: “Mirá, Marito, vos si querés comele el fardo al burro, pero a mí dejame con la carne y el Uvasal sabor naranja”. Después saltó con que estaba de empleado en no sé qué parroquia de la zona y de puro mala leche que soy, pensé si no sería un comepibe, pero dejé que no me invada la ira, el flash y los prejuicios. Marito siempre fue un buen tipo. La mujer es una yankee medio rubia, regordeta. Está bien, lo emparejó un poco con el tema del colesterol, sin pastillas, comiendo rúcula y esas cosas.

Voy al grano, señores: me las tienen al plato la buena gente que piensa que enseña, que nutre, que te dice lo que tenés que hacer para ser un tipo feliz. Que si no te resuelven lo del huevo y la gallina con un barbudo, te dicen que el capitalismo no va más, que esto no puede ser, que el socialismo, que el comunismo. A mi dejame con lo que me gusta y no me avises lo que tengo que hacer, porque acá nadie te avisa nada. Predicen que todo se va al carajo y vemos al carajo en cualquier parte y salen con las cacerolas por una cadena nacional. Poné Sony Entertainment y mírate un poco la vida desde una torre en Nueva York. Somos muy colonizables, no hay caso. Ahora vienen con que el país del Norte, “no, porque allá los yankees” tal cosa…ah, vayansé allá, a ver cómo los tratan.

—Me fui por la ramas, Jane, perdoname. No es fácil ser Tarzán. Mozo, otro de lechuga con doble berenjena a la sal. Sin sodio.

sexo

La cara de Dios

Por Juan Barberis*

A mediados de los años ’50, Elvis revoleaba su pelvis a niveles desconocidos y miles de adolescentes lo admiraban con fascinación, deseo y calentura. En esos movimientos todavía algo ingenuos, el Rey de Memphis empezaba a traducir la histeria sexual contenida tras siglos de hipocresía, doble moral e ignorancia. El sexo, por primera vez, encontraba en el rock un aliado batallador; un conducto llamativamente similar por el cual se podía llegar a compartir, expresar y cuestionar lo establecido.

En diciembre de 1953, un tipo como Hugh Hefner lanzaba el primer número de Playboy –¡con Marilyn Monroe en tapa!– y abría un nuevo espacio de ruptura y provocación ante el espanto de viejas y mojigatos. En 1960 se aprobaba el uso de la píldora anticonceptiva y Helen Gurley Brown le daba forma a Cosmopolitan, un manifiesto feminista de divulgación e información sexual. El sexo ya no parecía sólo reducirse a un mero acto de reproducción: ahora era también el destape contenido de varias generaciones.

Con la Guerra Fría en ebullición, el movimiento pacifista hizo del hippismo su carta más visible, llevando la revolución a un segundo nivel. El mundo que habían enseñado, descripto y delimitado los adultos, se ahogaba en charcos de sangre y el sexo libre se transformaba no sólo en una forma de satisfacer el deseo sino también en un modo joven de expresión, rebeldía y transgresión. Woodstock, la congregación más memorable de la historia del rock, fue el lugar perfecto para llevarlo a los ojos del mundo: chicos y chicas hicieron el amor y no la guerra, intercambiando fluidos con naturalidad animal.

Mientras tanto, en la Argentina de 1970, Moris apostaba a la diversidad. “Ustedes dicen macho, varón y qué sé yo, me meten en un molde como si fuera un flan”, cantaba en Escuchame entre el ruido y planteaba un debate prematuro. Entre raptos de culto al cuerpo, pornografía casera y las habituales culpas cristianas, el fin del mundo nos encuentra todavía intentando demoler paredes (la última victoria fue en julio de 2010, con la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario).

Ya sin ser parte de una minoría que batalla (y con la tríada de “sexo, drogas y rock and roll” que parece algo sacada de contexto), hoy el sexo es mercancía con espacio de prime-time en la TV y brota con fuerza desmedida desde la PC con sólo un golpe de mouse. Suficiente como para observar, por ejemplo, a la adorable de Silvina Luna acariciarse en HD y tirar cachonda: “La tengo peludita, ¿ves?”.

*Director del diario de rock DeGarage, de la ciudad de La Plata, cronista de Rolling Stone y amigo de revista el viaje. Nota publicada en el suplemento NO de Página/12 el 29 de diciembre de 2011.

(de la edición Nº 3, enero 2012)

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“La primera vez que regalé un retrato, lloré”

María Magdalena Adanczyk tiene más de veinte cuadros pintados. A sus 17 años asegura que jamás vendería una creación y que el paso del tiempo hizo que ahora tenga una mirada más crítica de las pinturas de otros artistas.

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Ilad, por M. M. Adanczyk.

María comenzó a tutearse con el arte desde chica, en el jardín y siempre le gustó dibujar. Empezó a disfrutar más de la pintura en quinto grado cuando participó en el concurso de pintura “Agua fuente de vida”, representando a la escuela Manuel Belgrano de Salvador María. Superó la etapa local, el dibujo viajó a Buenos Aires donde participó junto a 25.312 pinturas y entre esos, obtuvo una mención. Eso la impulsó: “Fue el detonante”, explica. Ganó una beca de pintura y tomó clases durante dos años. Hoy asegura que hacer un cuadro “es un ochenta por ciento de trabajo y veinte de placer”.

¿Cómo fueron tus primeras creaciones artísticas?

Al principio era pasar a un plano todo lo que veía. Así empecé a perfeccionarme un poco, a regalarlos, porque vender nunca voy a vender. También dibujaba rostros de personas importantes en mi vida. Siempre me interesó que a la persona le signifique algo ver ese cuadro, que lo mueva.

¿Te acordás del primero que hiciste?

Recuerdo que la dibujé a mi madrina Ophelia, de cuando era bebé. El primer rostro que hice fue el de mi abuela Frida, en el año 2007 y fue la primera vez que me animé y plasmé en grande una imagen de ella cuando era joven. Se lo regalé en un cumpleaños. Ese día lloré, fue muy emocionante. Ella también, se vio joven. Hoy lo veo y le encuentro errores en el trazo y las sombras, pero el recuerdo es ése.

¿Revisás las obras de otros artístas?

Sí. Me interesa saber la persona que lo hizo y el por qué lo hizo. No tanto el significado sino el por qué. Desde chica me enseñaron que a partir del conocimiento iba a mirar una obra y algo le iba a encontrar que no me gustara o que se notaran los trazos del pincel o el lápiz. Es como que el ojo se va adaptando y vas viendo cómo se armó. Hay obras que son re importantes, que más allá de que midan un centímetro impresionan.

¿Qué artistas de la pintura te interesan?

Tengo muchas colecciones de pintura de suplementos de diarios y los aprovecho para inspirarme. Me gusta saber mucho de pintores y artistas argentinos; con qué te podés encontrar de obras realizadas de gente de nuestro país.

¿Cuáles son los que te ayudan a crear e inventar?

Los que más me inspiran son Salvador Dalí, por la fuerza que tiene, más allá de su ego, porque era así. Me conmueve el amor y la fuerza que tiene por el arte. El otro es Pablo Piccaso, que tiene la humildad que le falta a Dalí. La fuerza y el impacto son lo que me gusta de ellos.

A la hora de pararte frente al inicio de una obra: ¿qué cuestiones tenés en cuenta?

Que hacer un cuadro es un ochenta por ciento de trabajo y veinte de placer. No hay que hacerlo forzado, la idea no es estar toda una tarde dibujando, sino empezar a bocetar, hacer una raya y que de la raya te salga un árbol, y de ese árbol salga un paisaje y así. Por ahí, no queda como lo pensaste, pero se va formando un buen producto y te convence.

¿Cuántos cuadros tenés firmados?

Contando aquellos que quedaron en los concursos en los que participé, serán unos veinte entre retratos y pinturas. Allí, la firma no puede molestar, entonces uno la hace en donde no distraiga la mirada. Es la manera de sellar tu impronta. Es tuya y tiene que estar.

(de la edición Nº 2, diciembre 2011)

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Esperando el impacto

Hace un año, el más excéntrico de los Pink Floyd brindó nueve shows en River con el espectáculo mundial The Wall Live. Aquí, crónica e impresiones de una noche de estrellas, vuelos y estallidos sonoros.

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Por Félix Mansilla

The Wall Live no es un concierto de rock, es una ópera rock y un amplio conjunto de construcciones simbólicas de la historia reciente. Más allá de las posteriores dudas acerca de los detalles que hacen al show en su conjunto (sonido nítido, imágenes en alta definición, agregados varios y hasta leves sospechas de playback) cada momento es único e irrepetible por su magnitud abarcadora de sentidos a lo largo de más de dos horas de una función dedicada a las Madres de Plaza de Mayo.

La tarde de ese domingo 18 en River se presentó calurosa, pesada. Faltaban más de cuatro horas y la espera en las colas a cuatro cuadras del Monumental sobre la avenida Udaondo, residían impacientes pero a la vez con una tranquilidad con sabor a llegada. Sin cacheos policiales de por medio ni láser a las entradas, el ingreso hizo transpirar a los ansiosos. Dos horas y media después, con la noche entre las cabezas, el show The Wall se veía ahí, cercano. A los diez minutos de show, ya estaba cubierto el precio de cada entrada, tanto para los de las más baratas ($160) como para la de las plateas más caras que ascendían los $ 2 mil.

Al momento del hit “Another brick in the Wall” todo el público ya había visto y sentido la banda sonora de una contienda, la caída de un avión estrellado contra el muro, fuegos de artificio y la penetración sonora espacial con una sincronización envolvente que deja una sensación de aturdimiento gustoso, interiorización de una ejecución con audio de otros lares.

En la puesta en escena desplegada en la pared, que abarca de un costado a otro el arco que da a Figueroa Alcorta y que a lo largo del show se va construyendo sin que los espectadores puedan percibirlo de manera consciente, transcurren un sinfín de proyecciones que se desarrollan sin respiro.

El espectáculo está basado en los conceptos del disco The Wall del año 1979, con pasajes de la película que se estrenó en 1982 bajo la dirección de Alan Parker y ciertas percepciones de esta época, como las imágenes del conflicto de Medio Oriente, los hostigamientos hacia la mujer y la injusticia social. Si bien el efecto visual y sonoro hacen de The Wall un retrato pasajero de la vida de Waters, hijo de un soldado caído en la Segunda Guerra, se puede apreciar el deseo medio de cualquier persona que añora la paz y un mundo un poco mejor, “desenmascarando” a los siempre culpables.

Las imágenes de la segunda guerra se mezclan con gritos y ruido chillante de aviones y bombas que trasladan —al menos a la distancia— a un paisaje hostil de balas y sangre derramada. El acierto en cada tramo del show, reside en las metáforas que se deslizan contra la guerra, el poder político, la violencia policial y la educación como eje central de dominación. Así, cada interpretación de Waters va tomando forma al momento de emanar mensajes —“no queremos más” o “el miedo construye muros”—.

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La temática planteada para la gira 2011, que ya estuvo en Chile, Argentina, Brasil y continuará en Asia, también recoge pinceladas de padecimientos mundiales como la paranoia generada a través de las cámaras de seguridad (símil el Gran Hermano de George Orwell en la novela 1984) o las luces de faros que buscan gente en campos de concentración o espacios preparados para la guerra.

Por eso, entre otros de los guiños de sometimiento capitalista actual, aparecen símbolos en los que se representan diferentes tipos de marcas comerciales (Shell, Mercedes Benz) y políticas, como el haz y el martillo comunista, arrojados desde un avión de guerra sobre ríos de lava, como para dar idea de fin a tanta simulación comercial. Ese parece ser el constante mensaje del bajista, que se reparte entre voz principal y líder de una parodia real de la vida de todos los días, pero muy alejado de ser sólo un concierto de rock.

Tras la finalización del disco uno, la obra cuenta con un descanso de poco más de diez minutos y en la pared se proyectan retratos de personas fallecidas por diferentes motivos relacionados a la búsqueda de la paz. Con “Hey you” abre la segunda etapa de la obra, un poco más relajada que la primera, y así, con el muro casi finalizado, el espectáculo mantiene una delgada línea de contacto con el público debido a lo íntimo de cada uno de los temas. El golpe más bajo, después de muchos golpes bajos (como la inspiración al miedo, la paranoia y la persecución) se da cuando Roger Waters, ya convertido en el Pink más delirante y con alegorías de un líder fascista, arremete a la platea con una ametralladora. No hacía falta tanta realidad, si bien la parodia se transforma por momentos en una contexto muy parecido a episodios que día a día se relatan y construyen en la TV.

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A modo de cierre y tocando la trompeta en Outside The Wall, Waters se despide con todas las luces del estadio prendidas y en una clima de respiro tras tanta imaginería musical y teatral. El final, fue la experiencia de haber vivido una banda de rock interpretando un disco conceptual y rupturista del siglo XX y un auto homenaje que Waters desarrolla dejando literalmente detrás de la pared la historia que conformaron los otros músicos de la banda: David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright.

Después de una larga estadía en la Argentina, con coqueteos políticos con Cristina Fernández —dónde no omitió opiniones sobre el conflicto Malvinas— y con Mauricio Macri, a quien lo felicitó por “sus aportes a la educación”, el ex Pink Floyd se despidió ante más de 400 mil personas que vieron lo que alguna vez soñaron y descansaron luego de tanta realidad asumida.

(de la edición Nº 6, abril 2012)

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El arte de la mentira

“Las historias tienen que ser buenas. Si son verdaderas, mejor”. Siguiendo este precepto, la anécdota a continuación dejará ver posibles verdades gastadas o los cuentos encantados. Todo ocurrió en Grecia. Tomaron nota al escuchar las palabras del profesor.

Cada historia esconde datos imperfectos, lugares inexistentes, personajes inventados. Todas dejan algo para pensar.
—¿En qué parte del cementerio están las lápidas? —le preguntó el turista una tarde antes de que abriera la taberna.
—Por ahí, al fondo las va a encontrar. Todo el mundo las visita —repitió Giorgio, el tabernero, con el rostro serio.
—Ya lo recorrí todo y nos la encontré —se ofuscó el turista.

Quien contó la anécdota estuvo en la isla Corfú, al norte de Grecia, a principios de la década del ´80, cuando todavía no había desembarcado la industria turística y la diversión no se vendía en paquetes con fotos en la Web. Los nativos le contaron que Ulises, en la Odisea de Homero, naufragó sobre sus playas, y que durante la segunda guerra, esta parte del mapa fue un refugio alemán, estratégico en la invasión nazi a los países del sur de Europa.

En medio de la guerra fría fue el escenario de enfrentamientos entre facciones comunistas. Desde fines de los ´70, los lugareños comenzaron a vivir de la cosecha de olivares, venta de piedras y troncos de pino. En 1982, Corfú era una bahía de no más de tres kilómetros con una montaña en el extremo, de donde se veían las costas al otro lado del mar. Sobre los acantilados estaba el pueblo, de no más de doscientos habitantes, casas de piedra, un cementerio, calles sin entrada para autos y la taberna Giorgio´s. Por las noches, cuando el contingente concurría a escuchar las historias del viejo Giorgio Bardís, el propietario, muchas barcas contrabandeaban perfumes y jabones que luego vendían en la costa de Albania, a sólo 15 kilómetros mar mediante, para obtener queso y tabaco. Por ese entonces, en Corfú no había hoteles ni campings. Los turistas afortunados, podían conseguir hospedaje en la casa de algún pueblerino que por pocas monedas retiraba a su familia a la casa de un pariente para obtener mínimas ganancias. La mayoría acampaba sobre los montes cercanos a las playas o en sus camionetas 4×4, sin más.

La taberna Giorgio´s estaba cien metros sobre el nivel de la playa. Su construcción era rústica, típica del lugar: paredes de piedra, vigas con troncos de olivo, techo de cañas y algunas tejas grises por la sal del mar. El interior, de no más de seis metros de largo, contenía lo esencial en un local de estas latitudes: barra y mesas de piedra, butacas altas, y un ventanal con vista a la bahía.

Según el número de concurrentes, Giorgio junto a su esposa María, trabajaban de jueves a sábados, desde la partida del sol hasta que se retiraba el último turista en las madrugadas estrelladas. La oferta para cenar no era muy variada: mousaka (una mezcla de berenjenas con queso), algunas ensaladas y pulpo griego (untado con mucha sal y aceite), y para beber: vino blanco de patras, houyo, redsina (vino añejado en barriles de madera de pino), Coca-Cola y café griego (igual a cualquier café, pero servido en Grecia).

A media noche comenzaba el espectáculo de la isla Corfú. Giorgio tocaba un par de temas suaves con su guitarra española, acompañado de su voz ronca y gastada. Mientras, su esposa María despachaba las bebidas y apagaba las luces hasta dejar el local en sombras. Comenzaba el cuento: “Les voy a contar la triste historia de Mikis y Ebridike. Yo los conocí. Los vi nacer y correr entre la playa y los olivares. Desde pequeños se amaron siempre. Yo sabía que iban a morir juntos. Hace pocos días se cumplió un aniversario más de la tragedia”. El sonido de las olas que entraba desde la ventana, hacía de escenario perfecto mientras Giorgio narraba que los enamorados habían crecido en dos familias queridas y humildes del pueblo. Cuando Mikis cumplió dieciocho, decidió “hacer la América” en los Estados Unidos y poder, tres años después, regresar con dinero y casarse con su amada Ebridike. Antes de partir, le dijo: “Prepara el vestido. A la vuelta nos casaremos”.

En los primeros seis meses llegaban a la isla las cartas de Mikis que Ebridike respondía llena de ternura, recuerdos y amor. A los nueve, no recibía tantas como al principio y al año de la partida ya no llegaban. Ebridike estuvo más de un año y medio escribiéndole a su amado lejano sin recibir respuestas. Todos los sobres volvían con el sello NO ENTREGADO. Un año y medio después, a veinte días de que se cumplieran los tres años prometidos, Ebridike decidió arrojarse al mar con el vestido de novia que nunca estrenó. Las olas devolvieron el cuerpo y sus padres y parientes la enterraron en el cementerio del pueblo, donde todos los vecinos fueron a despedirla con pequeños ramos de flores recogidos en los bosques de la isla. A esta altura del relato, Giorgio apagaba su voz y más de un turista se secaba las lágrimas de tantas tristezas de amor y empinaba su vaso de redsina tibia. María servía los tragos con el rostro fatigado y amargado sin dejar de oír la historia. Miki regresó, se enteró la penosa noticia y explicó que tras trabajar de lavacopas en bares de Estados Unidos, decidió cruzar a Canadá para obtener una mejor paga en la tala de bosques.

Desde allí, le fue imposible enviar cartas a su futura esposa. Quince días después del regreso, entristecido, pasó las noches emborrachándose y llorando sus penas. Al igual que Ebridike, decidió terminar con su vida arrojándose al mar. En la lápida, junto a la de su novia, grabaron: “Novios en la vida, esposos en la muerte”. Al finalizar la historia, Giorgio comentaba que los pescadores los veían caminando por la arena, abrazados en las noches. Al pronunciar estas palabras giraba su mirada al ventanal que daba en la bahía. Los turistas miraban curiosos. “Por estos días se cumplen un aniversario más de lo que sucedió”, repetía a cada momento. Terminada la historia, proponía un brindis en memoria de Mikis y Ebridike.

Quien contó la historia de Giorgio, pasó unas largas vacaciones en la isla. Llegó a tener una relación amistosa e intima con el tabernero. Tras escuchar muchas veces la historia, comenzó con las preguntas para desentramar los episodios que no le cerraban. Cada tarde bebían juntos tirados en la playa. Antes de su partida, Giorgio confesó la verdad de la mentira.

(de la edición Nº2, diciembre 2011)