Un mero cubo

Siendo mi cuerpo un mero cubo

Así abre Téster de violencia (1988), con Lejísimo. El camino del Flaco en la década renovadora va más allá del rock, del pop, de las nuevas olas. Aquí un repaso por todos sus discos: solo, con Jade y ese espíritu siempre en constante cambio.

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Por Mauro Basiuk*
Érase una vez los ochenta. La década que puso a prueba a los músicos y a las bandas de la vieja guardia. Entre el boom de la música disco, el videoclip y esos raros sonidos nuevos, la opción podría resumirse en procesar las novedades o sucumbir con un dejo de dignidad, aún sintiendo la zozobra de un tiempo que dejaría marcas por doquier. Lejos de amilanarse, Luis Alberto Spinetta publicó trece discos entre 1980 y 1989.

Sólo en el ’80 fueron cuatro (con la salvedad del very soft Only love can sustain y el vivo Almendra en Obras, grabados en 1979, quedan Alma de diamante, debut de Jade y El valle interior, grabado en Hollywood, que marcó la vuelta de Almendra,) es decir: la década recién comenzaba y él ya desplegaba las alas como un pavo real sabio y seguro. Lo cierto es que si Almendra seguía, con sus composiciones nuevas, anclado en el pasado, como símbolo también de aquellos jóvenes que ya no estaban, la apuesta contemporánea se llamó Spinetta Jade. Una agrupación dinámica que incluyó a más de diez músicos a lo largo de cinco años de carrera y con la que editó cuatro discos.

Desde el primero, aún con influencias del jazz rock, pasando por cierto aire pop de Los niños que escriben en el cielo (1981), el sonido fresco de Bajo Belgrano (1983), hasta el último Madre en años luz (1984). Este fue el primero en grabarse en cinta master digital en nuestro país y contó con la asesoría de Pedro Aznar, casi en un reemplazo virtual de Pomo, baterista histórico que sólo aparece tocando platos en los créditos.

Toda intención de situarse en un presente inmediato se hace añicos con la síntesis perfecta que resulta Kamikaze (1982). Se trata de una obra editada en plena Guerra de Malvinas, donde El Flaco no sólo apela a once canciones viejas (las más: Barro Tal vez y Ella También: la primera compuesta a los 15 años; la segunda, parte de la ópera rock de Almendra que no fue) sino que se refugia netamente en lo acústico.

Con el acompañamiento clave del tecladista Diego Rapoport y siguiendo los pasos de su pulsión artística, esta colección íntima no tiene fisuras y es, de modo unánime, de las cumbres de su carrera solista.

Grabado en parte en su casaquinta de Castelar, donde buscó refugiarse por un tiempo del mundanal ruido con Patricia, su mujer y sus tres hijos, Mondo di cromo (1983) es un testimonio de época. En el sobre, Luis agradece “el aporte de Charly García con la Ruchi Roland”, máquina de ritmos a la que el bicolor le sacaría lustre en Clics Modernos. Comparados, lo que en uno es pop directo con cierta sorna alegre, en otro suena a pop nostálgico (a la manera de un Tango cromado, tema que despide un LP cuya perla fue reunir en dos temas nuevamente a la formación de Invisible).

Sin dudas, el disco que mejor capta el aire democrático es Bajo Belgrano, que aparece en noviembre de 1983 (con dedicatoria a las Madres de Plaza de Mayo en Maribel se durmió, incluida). La unión en las composiciones con el tecladista Leo Sujatovich arroja momentos inmensos como Era de uranio y el radiable e irresistible Mapa de tu amor, con Osvaldo Fattorusso, invitado en percusión. Como solista, la sintonía ochentosa de Spinetta hay que encontrarla en Privé (1986), donde, coros femeninos y máquinas mediante, vuelven a aflorar letras y fotos costumbristas: un cassette de Duran Duran, el Plan Austral y hasta la voz sampleada de José María Muñoz gritando un gol.

En 1985, por primera vez en quince años, no hay en las bateas discos nuevos de García ni de Spinetta. La causa: una unión frustrada para realizar una placa en común. De allí quedaron temas sueltos: Una sola cosa, Hablando a tu corazón, La pelícana y el androide y el himno Rezo por vos. Luego publicados en respectivos discos solistas, el nexo sólo se materializó en colaboraciones para Piano Bar (en Total Interferencia, tema que cierra el disco), Vida cruel (segundo opus solista de Andrés Calamaro, grabado en sesiones “históricas y histéricas”) y Detectives (debut solista de Fabiana Cantilo, que incluye El monstruo en la laguna), un par de shows donde intercambiaron presencia y una presentación televisiva en Cable a tierra, programa de Pepe Eliaschev en ATC.

De este intento fallido, una constante: el acercamiento a músicos jóvenes, en este caso: Fito Páez. Así se originó a mediados de 1986, La la la, un disco doble de 20 temas: 10 compuestos por Spinetta, 7 por el rosarino, más una orquestación de Carlos Franzetti, una versión de Grisel (tango de Mariano Mores y José María Contursi) y un único tema compuesto palmo a palmo por los dos: Hay otra canción.

Las limitaciones de las empresas discográficas de cada músico no impidieron que el resultado sea más que digno, opacado por la poca repercusión en su momento y con tragedias familiares en la vida de Páez en plena gira (Spinetta habría de sentir algo de culpa en diálogo con Eduardo Berti por la violencia de algunas imágenes usadas en letras como Tengo un mono).

La década, que además contiene desde el encuentro con el músico brasileño Ivan Lins hasta un jingle para la Rock and Pop, cierra con un disco conceptual. Con el cuerpo como centro, en Téster de violencia, aparecen ideas de filósofos estructuralistas como Michael Foucault, Jacques Derrida y, otra vez, como en el comienzo de la década, Carlos Castaneda (en Alma de diamante, en aliados y guerreros, aquí de modo inconsciente, quizás, en pasajes como “la mujer que sabe el devenir porque ve con el ojo que mira al magma, que no es ni más ni menos que la vagina”, como explicó el propio Luis en una entrevista para El monitor argentino, en 1988).

Como un adverso, en noviembre de 1989 es el turno de Don Lucero. Este LP cuyo título original iba a ser SEGBA (compañía de luz del Estado por aquel entonces) remite a las presencias que habitan el aire. Al oírlo parece que fue grabado en una nave espacial repleta de teclados y encierra una de las síntesis más perfectas en referencia al deseo: “Si cruzaras la puerta, yo me muero” (en Wendolin. Ni hablar de Fina Ropa Blanca, elegido mejor tema del año en diversas encuestas). Ya lo acompañan para quedarse enormes músicos como el bajista Javier Malosetti y el tecladista Mono Fontana (quién lo secundó desde el último disco de Jade y a quien, en breve, acompañaría Claudio Cardone).

Tocando en teatros y espacios al aire libre (el show gratuito que da en Barrancas de Belgrano en enero de 1986, sólo con su guitarra, conmueve de veras. Basta ver algunos temas en Youtube), por si fuera poco el Flaco también estuvo en pantalla: en 1986 aparece Spinetta el video, realizado por Pablo Perel durante la grabación de Privé. Además, un año después, en el mediometraje Balada para un Kaiser carabela, junto a Sofia Viruboff y Claudio Ginepro, filmado en Villa Gesell con dirección de Fernando Spiner y la actuación de Sofia Viruboff y Claudio Ginepro. Sin dudas, lo que caracteriza a un artista es la constante inquietud.

Describir en detalle a alguien como Luis Alberto Spinetta resulta imposible y hasta atenta contra las propias virtudes de su cosmogonía: una expansión en perfecto orden. Como consuelo, nos queda el análisis detallado de su obra, al modo de las plumas de ese pavo real o de esa estrella de varias puntas o aquella figura de múltiples formas que sólo reconoce su propia geometría personal: armónica y duradera, como un mero cubo.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, columnista radial, coleccionista.

(de la edición Nº 16 Todo Spinetta, febrero 2013)

16-Casa de visitas

Casa de visitas

Por Félix Mansilla

Entre humo y luces, no pude evitar atormentarme viendo cómo esas mujeres dejaban la vida en ese antro de sexo maquinal, sucio y ruin. Las paredes eran rojas o celestes o grises, que se mezclaban con distintas clases de humo y perfumes sin estilo definido. Cuando entramos ellas se pusieron en fila con una seducción en pose de cansancio. Eran las 1.15 y el día se les veía en las caras. Ojerosas, sin siesta. Mis amigos decidieron entrar. Eligieron dos chicas que de no estar allí, serían buenas novias, excelentes universitarias o madres bonitas de shopping o maestras o guías de turismo, hijas, hermanas, tías.

Volví a pensar en eso que siempre pienso de estos lugares para hombres, machos, toros, vitales y cagones: que las noches ahí dentro serían como una diaria misa de aromas a carne fregada y toallas mal secadas en tenderos oxidados. Como una tarea propia de la noche, mal remunerada y con las uñas en los costados de la cama, por adelantado, sin elección, vigiladas. Lo mismo un joven precoz que un viejo con olor a vinagre y colonia Old Space roja o bolas viejas, vencidas. Todo para un solo lugar. Mucho para la segunda quincena de febrero.

Entraron abrazados con ellas a las puertas de esas cajas de uno por uno y medio. Sentí asco. Desee que el turno de cada uno de mis amigos se pase rápido. Decidí fumar y esperar. Una chica con acento paraguayo se me sentó en la falda y comenzó con el cuento. Era rellena, tenía un escote presuroso, ajustado y mal apretado. Me llevó la mano izquierda a su gordo pecho derecho y lo revolvió como para que revise la fruta. Debajo del jumper, algunos rollos se le vieron morenos y no sentí nada, pero nada. Tenía una pollera roja, brillante, como las de la Bomba tucumana. Se acomodó el pelo, sonrió con gemidos de gato mimoso mientras un abrazo falso le salió como parte de la estrategia. Le dije que me disculpe, que no tenía guita. No me creyó. Tenía la mirada rara, extrañaba.

—¿Estás seguro, mi amor?
—En serio —dije con un cagazo inexplicable. La ceniza de mi pucho cayó sobre el sillón, pero a nadie le importó. Me llevó la otra mano a su cintura y se movió como para quedar sentada de espaldas. Cada cinco segundos, se hamacaba como una nena contenta en una plaza con un globo.
—¿No me vas a tocar nada? sos re lindo, bebé —canturreó a mi oído, y nada.

Se abrió la puerta, era el taxista. Quiso convencerme. Enumeró todos y cada uno de los servicios que prestaba la casa. Ella se alejó, hizo diez pasos y se le sentó a un viejo con la frente descascarada. Prendí otro pucho, miré el reloj y el taxista seguía hablando con ese léxico tan anunciado y fácil de descifrar en cada emisión. Tipos que no saben nada y lo saben todo, en lo discursivo, no en la vida. O son solteros o separados o agobiados, ex empleados de, nada y todo en una vida. No paraba de hablar aunque nadie le prestara la mínima atención. La falsedad de ese relato cafiyo me exacerbó y con respeto le pregunté si le correspondía una parte. Dijo “y bueno”, poniendo cara de “no está fácil la cosa”. Repetí lo mismo que a ella: —Cero billete, maestro.

Saqué la cuenta y ya iban poco más de diez minutos. Después de que el tachero cerró la puerta volví a observar el ambiente, mientras me preguntaba qué carajo iba a hacer en ese lugar de deseos cortos y largos. Pensé en pedir algo para tomar y acortar la espera. Hice un relojeo general. Vi que la cerveza la servían en lata y recordé lo que nunca quiero. Hace unos años, un amigo de esos un poco delicados, obsesivos y detectives de pelos en la sopa, me contó que un conocido que atendió docena de años una barra en un boliche le dijo que cada vez que en un bar le dieran una lata de lo que sea, limpie bien los lados donde hacemos contacto con la boca debido a que en la semana, las lauchas viven entre los packs de la ganancia de cada dueño.

Desde el día que escuché esa historia, no puedo dejar de imaginarme a los roedores tratando de abrir las latas, cagando y meando alrededor. En ese instante pasó la anécdota, mi amigo, el bar y las ratas como tirados por un avión remontando vuelo. Decidí no pedir nada. Los viejos seguían a las chicas, las chicas con sus risas y los aplausos con cotillón. La música sonaba a una cumbia noventosa, con ecos de amor barato, calles con calor y veredas perdidas en la siesta de un suburbio no aceptado, arrasado.

Al rato uno de mis amigos salió contento y saludando a todo el mundo, como un boxeador en bata. Hizo unos pasos al son de los timbales y enseguida miró a la barra, se miró al espejo, se acomodó la raya y me miró para invitarme. Pensé en lo malo de decir no. Era como no hacerme eco de su triunfo en las sábanas del amor rodante, fugaz. Con el pulgar le di el OK e hice señas de que venga para el sillón donde el tiempo no acaba. Mi otro amigo, más frígido, no venía más. Imaginé el interrogatorio post uso del servicio y la mina respondiendo con el cassette. ¿Cuánto hace que laburás en esto?, ¿se gana bien?, ¿por qué lo hacés, entonces?

Cuando llegó la mesera, la cara de agotamiento se le notó en la forma de servir. Tiró las tres latas sobre una mesa que era agua por todos lados. Tomamos cada uno la suya. Refregué el pico después de abrirla. Ratas, barra, amigo, anécdota, semana. En los sillones parecíamos auténticos decadentes. La noche acababa de empezar y mis dos amigos no dirían otras palabras que casino, bar, minas y noche. Derroche. Me saqué el mala onda de encima y dije sí a todo, menos repetir.

Dieron el último sorbo a sus latas y pidieron otra ronda de chicas. Mi noche decayó a full. Otra vez la espera. No me entraban los argumentos de cómo tanto derroche de glamur mal pago, aburrido, sediento, procaz, sin sentido, depurador de bolsillos y vaginas gastadas de tanto lavar, sin ventanas al mar, les podía atraer sobremanera.

Se fueron tan llenos como recién llegados. La ceremonia pre acto se desarrolló en normales condiciones, salvo que uno de ellos eligió la misma. Seguro se enamoró esa noche o deseaba seguir el interrogatorio. O sería el servicio. Otra vez solo, me quedé sin más. Necesitaba fumar, pero nadie lo estaba haciendo y los ojos no eran rojos, sino ojerosos. Me comí las uñas, a esperar. Las luces estaban rojas y en los espejos de las ventanas no se veían los reflejos del ambiente. Me encontré paranoico en pensamientos, pero supe que pasaría. Se abrió la puerta y dos clientes de la casa fueron hasta la barra y pidieron whisky.

Cuando no esperaba nada de ese lugar, mis amigos regresaron. Uno comentó que iba a haber quilombo en el quilombo. No le creí, pero me llamó mucho que acomoden sus ropas como apurados. No entendí nada. Se alejaron. Quedé solo, dando la última mirada al lugar. Cuando estaba a dos metros de la puerta, la chica más bonita de la noche frente al mar miró con ojos deseosos, asustados. Puse cara de me tengo que ir, pero insistió. Nunca voy a olvidar esos ojos y las tres palabras. Un seguridad se me vino encima. A ella la tiró contra la pared. Antes de que me cierre la puerta en la espalda, ella lo dijo otra vez.

—Sacame de acá.

(de la edición Nº 15, enero 2013)