Seis tiros

Seis tiros

Por Félix Mansilla

Entré despacio como un ladrón al acecho. En el medio de la oscuridad me reproché haberme metido solo, sin que nadie cuide mi espalda. Con la linterna del celular iluminé el living: dos sillones individuales, un portalámparas alto, cortinas bordó pesadas y un zapato de mujer en el rincón más conocido de la casa. Entonces, pensé que lo mejor sería ver en una de las habitaciones —la que está pegada al baño—.

La escena se presentaba continua al desorden suscrito y sellado. Avancé tres pasos, la puerta estaba abierta y vi gotas de sangre que conducían a la habitación de ella. Supuse que en ese momento ya nada volvería sobre sus cursos normales. Entré. Hice un repaso de abajo hacia arriba formando un ocho invisible en la tiniebla gris. Temblé. La sangre sobre el filo del lavatorio me hizo recordar el asesinato de la esposa del abogado de la empresa de seguros. Engaño, noticia y consumación del acto carnal en vivo. Huida del amante y pelos por la nuca.

Escuché ruidos que venían del camino de cemento del garaje y en el reflejo del espejo del botiquín, vi el reflejo de algo que apagó luces. Me aseguré de que mi 45 estuviese frío, con ganas de tirar. Oí pasos que se acercaban en cuenta regresiva. Eran dos y hablaban cómo buscando algo.

—Acá tiene que estar. No se nos puede escapar ese traidor —escuché que el líder le decía de mí a su secuaz—. Entró por acá —dijo voz de mando.

Venían por mí y sabían de mi historia con ella. Tomé aire. Estaban en el pasillo, tan sigilosos como acostumbrados. Sentí el primer paso a la altura de la puerta del baño, tiré dos fogonazos —uno en línea recta y otro que se me desvió hacia la derecha, no más de cinco centímetros—. Acerté.

—Ah, me quemó. Está ahí ¡En la ducha! —gritó el secuaz, dando señales de muerte.
—Tirale, te digo, tirale —mandó el sicario principal.

Escuché pasos que se alejaban cobardes. Prendí la linterna del celular y giré a la derecha sacudiendo otro balazo que iluminó todo el pasillo y parte del living. El tipo estaba ahí, no se me podía escapar. Él era el asesino, el hombre que la mató y dejó mi camino en el medio de la nada, pensé, sin saber ni siquiera un pedazo de la historia. Fue por pedido del ex marido, que le dijo que el trabajo implicaba liquidarnos a los dos. En tanto mareo obscuro mental y la bronca de alguien que ya no puede jugarse ni un real envido, encaré ciego, como encandilado. Observé nervioso. Vi que le había dado en una pierna y desde el piso gritaba desesperado. Su Magnun .357 estaba más lejos que las islas de Kracatoa al este de Java. Lo iba a hacer pedazos. Soltó un insulto elocuente. Prendí las luces del living. Quería verlo.

—¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Eh? —dije con los dientes apretados y el índice caliente.

—Esperá, esperá. A mi me mandaron. Esperá —gritó con miedo y tapándose la cabeza con las manos en un vade retro histérico de muerte.

En ese instante sonó el teléfono de la casa. Puso cara de alivio. Atendí. Era el ex, desde un celular que se oía cortado. Él herido intentó acomodarse con la espalda en la pared. Queriendo escuchar al entregador y con la imagen de un hombre derrotado, no dudé y monté el gatillo. Por favor no, dijo y dijo nunca más. El tiro entró sobre el parietal izquierdo, agujereando la palma de su mano derecha.

—Ahora vení vos, pedazo de cagón. Por eso te abandonó, por cagón —dije con bronca de perro rabioso y del otro lado de la línea se oyó otro tiro. A los dos segundos, el ruido del aparato en el piso.

Supe que me quedaría con tres balas. Corté. Fui hasta el cuarto, encendí la luz y la vi. Estaba atada de manos en el respaldar de la cama, desnuda, toda ensangrentada. Uno en la pierna izquierda y otro en el estómago. Tenía machucado el cuello y una foto de nuestro viaje a Colón tirada a un costado de la almohada. La contemplé en silencio, sin nada para hacer, cuando noté que su panza se movía con leves señales de vida. Respiré. Me acerqué temeroso, despacio y le di una especie de abrazo y le dije que ya éramos libres.

Ella sonrió como hacen los enfermos que desconocen y fue ahí cuando decidí llamar a un médico amigo que todavía me debía un favor. Abrí la puerta del baño, arrastré al secuaz y lo dejé como abrazado al inodoro. El sicario costó un poco más y cayó doblado en la bañera como tomando agua en esos ríos de los deseos. Mi amigo llegó y enseguida la cargó en su auto. Me tranquilicé. Prometió informarme el diagnóstico. Le di las gracias y me ocupé de llenar un balde de agua, fregar el trapo y retornar a la tarea doméstica. Pronto este sería mi hogar.

(de la edición Nº 11, septiembre 2012)

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Florencio

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Por Nacho Babino*

Florencio vive pocos metros antes de La Higuera. Florencio vive en un rancho de barro, húmedo, oscuro. Florencio es dueño del campo donde capturaron a Ernesto “Che” Guevara. No tiene papeles ni escritura ni nada de esa mierda que certifique que él es dueño de ese lugar, de la Quebrada del Yuro, porque en esta historia esa miseria burocrática no tiene ni mierda de importancia. Es el dueño porque lo dice, porque lo siente y porque al decirlo, lo hace sentir. Florencio lleva un sombrero viejo, chomba y buzo descoloridos, pantalón negro y flacos los dedos, raídos los dedos que un par de viejísimas sandalias dejan al descubierto. Florencio masca coca, mucha coca. Florencio tiene los dientes ennegrecidos y empequeñecidos de mascar coca. Antes de guiar a través de la Quebrada del Yuro, agarra un palo que le llega a la cintura y una larga cuchilla, Florencio.

Florencio camina rápido, el mismo y persistente ritmo a la ida y a la vuelta, a través de empinadísimas bajadas y subidas. Los dedos flacos, los dedos raídos de Florencio rozan la tierra los cascotes las piedras rojizas los húmedos yuyos las húmedas ramas, tocan la tierra los dedos sucios y raídos de Florencio y se siente el desgaste en medio el silencio de la Quebrada del Yuro. Rozan la tierra los dedos de Florencio. La rozan. Florencio no tiene celular, no lleva reloj, no tiene internet, no tiene Facebook, no tiene auto, ni siquiera bicicleta. Tiene un perro y un par de gatitos. Florencio dice que jamás salió de esa, su casa, la que lleva por patio la Quebrada del Yuro. Florencio habla poco, apenas cuando se le pregunta. Pero lo hace simpáticamente, ríe, dice “sí” muchas veces.

Cada vez que habla, sus palabras parecen un perfecto haiku enhebrado en el aire en medio de la humedad persistente de la Quebrada del Yuro, Bolivia. Florencio dice que el Che, era “alto, alto, más alto que los otros”, Florencio dice que el Che y sus hombres se comieron un chivito cuando anduvieron por ahí, Florencio dice que “malos los militares, pegaban mucho”.

Dice Florencio que no fue a ver el cadáver del Che cuando lo exhibieron allá en Vallegrande. Florencio dice “sí” muchas veces y ríe. Florencio más que nada ríe. Y masca coca, mucha coca. Florencio dice que tiene varios hijos, algunos viviendo en Argentina y dice Florencio que unas de sus hijas trabaja en un “mercado limpito, allá en Argentina”. Florencio dice que hace mucho que no los ve. Pero ríe Florencio y sigue sonriendo al saludar con un apretón de manos. Y mascan coca sus ennegrecidos dientes del lado derecho, hinchado el cachete diestro.

***
“Sus ojos estaban abandonados a todo lo que reclamaba su atención; eran pequeños y estaban penosamente rodeados de las primeras arrugas, como dos semillas oscuras de las que brotaran las primeras raíces. Por ellos hablaba el cansancio con más elocuencia que por su cuerpo; era una mirada de animal resignado. Sin embargo, la fuerza con que juntaba los maxilares formaba un pliegue grueso entre la nariz y la comisura de los labios, donde parecía agazapada la decisión de resistir…” 

(“Los deshabitados”, Marcelo Quiroga Santa Cruz. Escritor boliviano desaparecido durante el Golpe de Estado de Luis García Meza, el 17 de julio de 1980).

Quebrada del Yuro, Bolivia.

*Lobense, Licenciado en Periodismo y Comunicación de FP y CC de la UNLP. Autor del libro de Crónicas Bardo, junto a Facundo Arroyo. Editorial Independiente (2012).

(de la edición Nº 11, septiembre 2012)