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Parte de La Tribu

Juan Manuel Badaloni es productor general de Tercer Trópico, programa que desde hace más de 3 años suena en FM La Tribu (88.7), operador, co-condutor y musicalizador. Hoy, se enorgullece de tener un lugar en la comunicación alternativa e independiente.

Juan Manuel (28), vive desde hace 12 años en Capital, de cuando comenzó a jugar en las inferiores de River y Racing. Terminó el secundario allá, después dejó de jugar “profesionalmente” e inició Comunicación en la UBA. Hoy, es Técnico en Comunicación e Imagen y todo lo vincula a desprender mensajes. Desde hace tres años, trabaja como operador técnico en la emisora que desde hace más de 20 años es un claro ejemplo de la comunicación alternativa, independiente y libre sobretodo. Él la define así: “Un proyecto emblemático, referencia de la comunicación alternativa a nivel mundial, con mucho recorrido para un medio de sus características”.

¿Cómo descubriste FM La Tribu?

Hace ya varios años con Lautaro, un amigo de Lobos que también vivía en Buenos Aires, comprábamos muchas revistas, entre ellas, algunas alternativas como Sudestada o La Otra. Allí, salían publicidades de La Tribu, y alguna vez la escuchamos. También sabía por la facultad, porque la radio está a pocas cuadras de donde cursaba.

¿Cómo conseguiste trabajar ahí?

Yo trabajé hasta finales de 2010, en Sur Activo, un sello discográfico independiente. Trabajábamos con artistas como Dancing Mood, Resistencia Suburbana, Pampa Yakuza, Chala Rasta, Palo Pandolfo, Francisco Bochatón y muchos otros. A partir de eso tenía algo de contacto. Un día, el dueño de Sur Activo, me propuso que arme un programa con la idea de difundir los artistas del sello. Después el sello se abrió y lo seguimos nosotros.

Sos parte de otras formas de comunicar y desarrollar comunicación…

Son poco más de 4 años los que llevamos en el programa Tercer Trópico (va todos los jueves a las 0 hs.), y si, La Tribu es una radio muy particular. Para los que venimos de la carrera de Comunicación, La Tribu es un proyecto emblemático, una referencia de la comunicación alternativa, diría que a nivel mundial.

¿Que podés decirle a quien no confía en los productos que emana La Tribu?

La Tribu tenía un spot que decía: “La Tribu, apagala y hacé tu radio”. Un poco irónicamente y otro poco en serio. Porque justamente, medios como éste buscan crear nuevas voces, nuevos relatos, otras miradas sobre eso que llamamos realidad. No les diría que confíen, sino que escuchen, que se acerquen y que vean qué les pasa, qué les provoca abrirse a esas otras miradas.

Muchos de los periodistas de rock conocidos pasaron por la emisora.

Sí. Varios de los que escribían en revista La Mano pasaron por La Tribu: Pipo Lernoud, Martín Pérez y otros. Esa es otra cosa importante de La Tribu, es un semillero de periodistas, productores, operadores técnicos, y es muy valorada por los músicos. Es una radio mas conocida que escuchada.

¿Cómo encasillás o definís a Tercer Trópico?

No somos un programa que maneje teorías, ni muy político. Es bastante relajado, cultural, musical y le damos difusión a temáticas que no están tan presentes en los medios tradicionales. No tenemos igual idea cuánta gente la escucha, pero desde que también sale por Internet ha crecido mucho.

(de la edición Nº 4, febrero 2012)

136th Running of the Preakness Stakes

Los pingos de Yanel

Por FPM

—Me cogieron la vida, me cogieron a mi mujer y me cogieron la plata ¡Vamos Sexteto Tango, carajo!

La voz del borracho despidió dolor y causó algunas risas en los que lo conocían de apuestas en el hipódromo de La Plata. Se paseó a los tumbos por todo el salón rumbo a la doble puerta de salida. Se limpió la boca con los puños de su bremer rojo diablo y emitió un relinchar de caballo viejo, carrasposo. Llevaba un jean negro con la bocamanga prolijamente acortada y unos mocasines negros lustrados. Su aspecto estaba marcado por un buen pasado. Lucía bien peinado, con raya al costado, pero daba la impresión de haber perdido todo y toda cordura con un poco de alcohol. Arrastró sus pasos y se dispuso a hablar con los que lo escuchaban y con los que no.

Se mostró como resignado, gritando y tratando de ser escuchado. El grito que sonó y rebotó en todo el playón y las tribunas, llegó adonde más de una centena de hombres se apilaron al cerco perimetral a la pista para ver los caballos y apostar. Los jockeys hicieron relucir el andar de los caballos con trotes cortos y cruzados. El cielo amenazaba con nubes cada vez más oscuras, la garua mojaba la punta de los diarios debajo del brazo y la tierra marrón de la pista se empastaba de furia de martes. La exposición duró menos de tres minutos y todos se encaminaron al hall.

Allí, cuatro televisores amarrados a fierros negros colgados del techo, llenos de telarañas más viejas que el más viejo de los apostadores, hacían un marco eufórico pero marrón. Con mirada ajena, en las pantallas se podían ver caballos y rincones llenos de tierra fina y vieja. Las pantallas están distribuidas por todo el salón. Informan el número de carreras, el nombre de los jockeys, el promedio de carreras ganadas, el hándicap de cada animal y el estado de la pista. Las paredes del lugar mostraban una pintura de un color que antes fue beige. Hay marcas de humedad y huellas de zapatos a medio metro del piso.

En total, son diez las ventanillas para apostar, pero solo seis estaban habilitadas ese martes por la tarde. Minutos antes del comienzo de cada carrera las colas se movieron nerviosas y todos pensaban su caballo ganador y la apuesta certera. Un hombre petiso de pelo castaño y saco marrón desprendido puso cincuenta pesos al ganador. Su caballo era el número 4.

Detrás de los vidrios los empleados escuchaban y tipeaban las apuestas en un teclado viejo y percudido. Apretaban enter e imprimían un simple papel fino con bordes verdes y fondo blanco: apuesta, fecha y carrera. En el piso sobraban papeles, colillas y bollos de diarios viejos por todo el lugar. El aroma se formaba a cada respiración: una mezcla de humo de tabaco, alcohol y transpiración nerviosa. Una mujer veterana de pantalones ajustados pasó con tacos ruidosos y caminata de modelo fingida. Parte de los televidentes concentrados giraron sus cabezas para mirarla. Todos le hablaron, pero ella supo escoger. Se dirigió hacia un grupo de tres veteranos de sacos hasta las rodillas. Saludó a dos con un beso-mano-en hombro y le repartió boletos. Saludó con la mano al aire y se retiró. El desfile de vuelta fue acompañado por chiflidos y un mamita al pasar. En otro de los televisores se agolparon más de cuarenta apostadores. El pronóstico de los medios arrojó favorito al 12 y al 14. Varios corrieron a hacer sus apuestas en la fila. Faltaban cinco minutos.

En un momento creció un abucheo general en todo el salón: el caballo 12 se retiró de la partida y la fila comenzó a reacomodarse para cambiar las jugadas. Al instante, se inició la carrera y todas las cabezas apuntaron a la pantalla más grande. Largaron seis caballos que se agolparon en la primera curva. Cuatrocientos metros. Los gritos por el 14 aumentaron como uno eco en forma de bonete acostado, pero el 9, que no había aparecido en ninguno de los pronósticos, acortó la distancia.

—Dale, 9 carajo. Cabeceá, cabeceá —alentó un señor con ropas gastadas y barba rala. Se sacó el gorro de visera roja y comenzó a agitarlo.
—Aguantá, 14 —gritó otro de casi dos metros de altura, gorro de lana y cola tipo caballo, canoso.

El bullicio copó el ambiente y se oyó un tronar de tacos en el piso, gritos desaforados, puteadas llenas de bronca. También se notó el silencio de los resignados. El 9 rompió con las expectativas y no se oyó demasiado alboroto al cruzar el disco. El 14 quedó tercero y más de uno lamentó su apuesta.

—Viste que lo tenía. Cómo amainó el hijo de puta. Me largó flojo. La combinada no me sirvió ni mierda —se quejó un petiso de manos curtidas y voz fina.
—No lo marcó nadie —comentó el otro, mientras se rascaba el remolino despeinado—. ¿Quién lo montaba?

La noche tapó el cielo gris de negro y se encendieron las luces del hipódromo. Otra vez los jockeys mostraron el andar prolijo de sus caballos, muchos miraron y volvieron al hall. Desde la cantina, el borracho seguía con sus gritos. Todos parecían conocerlo. Se paró, conversó con alguno que le siguió el tren y se fue hacia la punta del mostrador. Allí permaneció callado un par de minutos, terminó su vaso de vino tinto y se acercó a los televisores. Rompió con la concentración de los que examinaban la previa de la nueva competencia. Se sentó en un percudido banco de plaza blanco y apuntó con el índice.

—Sexteto Tango va a ganar. Me lo dijo mi papá. Me quería mucho mi papá —dijo y se recostó en el respaldar hablándole al aire.
Un chico de gorra levantada a la mitad de la cabeza, campera rompe viento rojo y blanco y pantalones abultados, le tiró un bollo de papel que acertó en la nuca. El borracho se dio vuelta. Todos miraban el televisor. El chico se escondió a unos pasos del banco y cuando el desorbitado giró, lo volvió a interceptar con un bollo más grande en el hombro izquierdo. Sus amigos le festejaron la viveza y él se rio canchero. Un hombre mayor lo retó y el pendejo hizo un gesto con la mano y se fue arrastrando los pies, caminando como sin ganas. El borracho olvidó lo sucedido.

Mejor no hablar de ciertas cosas

En la cantina también se encontraba un hombre morocho, bajo, con el rostro curtido y los ojos llorosos. Estaba recostado sobre el mostrador mirando hacia la multitud. Llevaba una campera azul gastada y un gorro de lana negro que le tapaba las orejas del frío y la lluvia. Junto a él, un muchacho flaco, de buzo verde de un poco más de veinte años, conversaba, hacía señas y se reía a cada tanto.

—Hay que tener cuidado con esta pista. Con la lluvia se pone fangosa, pero no es un barro espeso. Esto hace que el caballo patine y busque un lugar firme —explicó el hombre que se presentó como Chito Domínguez.

Al volver al hall de las apuestas, miró atento los televisores con la información de los caballos y los jockeys que los pilotearían. Corroboró con su revista de estadísticas e hizo un gesto de “éste es” con el índice tembloroso. No apostó. Sólo arrimó un resultado y se consoló con saber que su elección y corazonada fueran certeras.

—Yo fui jockey cuando era joven. Ahora los chicos aprenden en una escuela y tienen un seguro —su voz tomó fuerza y continuó—. Yo gané más de un par de carreras, pero lo gasté —su tono era triste y su reflexión arrepentida—. Lo gasté en mujeres y joda. No es así como se hacen las cosas.

Su tono fue apagado, de hombre tranquilo que se resignó pero sigue. Dijo que trabajaba en el stud de “El Mago” Yanel. “Uno de los preparadores de caballos más famoso de La Plata”, aseguró. Dijo estar conforme con lo que ganaba, pero dio a entender que no es lo que hubiese preferido.

—Pasa que sos joven, tenés guita, te va bien y te crees Gardel dijo y sus ojos se fueron más arriba que la pantalla—. Yo le digo a los pibes que trabajan conmigo que laburen, que ahorren y no se la gasten. Yo corría, ganaba algo y me terminaba acostando a las tres. Dormía tres horas por día, a las seis arrancaba. Ahora también. Un día me quebré la pierna —señaló su rodilla derecha y se calló.

Mientras contaba su victorioso pero mal gastado pasado, observaba de reojo la pantalla y comentaba. El joven afirmaba lo que contaba como si no fuera la primera vez que lo escuchaba.

—¿Viste? Se metió el diez nomás. Te lo canté —miró fijo al joven que hacía señas de afirmación con la cabeza.

El muchacho, de apellido Moyano, era entrenador de caballos. También trabajaba para Yanel.
—Chito, contate esa de cuando ganaste en Palermo con el pingo que entrenabas.
—No. En San Isidro. Fue hermoso. Gané con el caballo que yo mismo entrenaba. Tres carreras en unos grandes premios en Capital. Lo lindo de esas pistas es que parecen una ruta. Cuando hacía un día como hoy no recibías cascotazos en la cara ni nada. Llovía y no era como acá —aseguró señalando para el lado de la pista.

—Allá en el stud vivimos con pibes que están en la escuela de jockeys. A algunos les está yendo bien —expresó Moyano mirando a Domínguez.

—Hay más de un par que tienen futuro. Ojalá que lo aprovechen.

Desde la puerta lateral del salón, donde se ubicaba la cantina, el frío se asomó otra vez. En la entrada, el piso estaba mezclado entre colillas de cigarrillos y barro recién pisado. Desde esa puerta se podía tener el panorama de todos los hombres y algunas mujeres, que jugaban su dinero en la esperanza de un caballo y un hombre, y a veces ganaban algo. Protestan, gritan, se consuelan, repiten y siempre gastan plata. Es difícil acertar en un día lluvioso. La pista, como anunció Domínguez, era una incertidumbre.

—Yo nunca juego. Ya pasé la época en que me gastaba todo el sueldo. Hoy paso, tomo un trago con algún conocido y me voy.

Vamos que nos vamos

La masa de gente se acercó nuevamente a las boleterías. Tres filas de veinte apostadores cada una se agolpó para jugar un boleto que deje algo de ganancias en la anteúltima competencia del día. La carrera número once de la jornada correría con la pista iluminada. Todos miraron el televisor. Cuatrocientos metros y un aliento al caballo número dos. Desde la pantalla se proyectaba un tumulto de caballos y jinetes de todos los colores. El verde, que llevaba el 5, se cortó solo a más de cinco cuerpos del pelotón. Cerca de los seiscientos se le pegaron al 15, de color rojo furia y el 8, de chaqueta verde y blanca a rayas. Un señor mayor, con barba larga canosa y nariz de gancho apuntando al techo, bajó la cabeza fijando la vista en su boleto. El 15 cruzó los ochocientos cabeza a cabeza con el 5. Tiró puños al aire pero no gritó. Codeó al que tenía al lado que no hizo caso a su posible triunfo. Quedaban menos de cien metros y la esperanza lo llevó a sacarse el gorro de lana con los colores de Estudiantes de La Plata.

Terminó la carrera, verificó nuevamente su boleto, acarició su barba y se dirigió a cobrar con pasos apurados. Quedó satisfecho, pero volvió al televisor y observó los nuevos caballos. Tomó un diario abollado del piso, inspeccionó con la vista a pocos centímetros del papel y lo arrojó nuevamente al suelo. Pasaron dos minutos y volvió a apostar. Se perdió en la multitud que ya se preparaba para seguir con los últimos envites de esperanza.

Afuera la oscuridad del cielo no se vio más. Las luces que rodeaban todo el predio se mezclaron con el agua fina que daba vueltas antes de caer y mojar el cemento del playón. En las tribunas tres jóvenes estaban sentados, pegados unos a otros. Un policía paseaba aburrido entre las butacas y le hacía señas a los relatores que estaban apostados en la cabina de transmisión. Lo saludaron. Caminó hacia un lado, volvió sobre sus pasos, le dijo algo a los friolentos.

Ellos se fueron bajando los escalones jugando una carrera hasta el playón. En el cerco, unos diez ansiosos observaron a los caballos que paseaban con un desfile programado para la seducción y el triunfo. Se retiraron. La carrera doce empezó y todos se dirigieron a las boleterías. Un comportamiento sistemático.

El borracho se acercó a la ventanilla, pero un policía grandote dentro de un traje de lluvia lo detuvo antes de que llegue al vidrio. El borracho hizo señas, lo abrazó, le explicó. El oficial meneó la cabeza con negación y habló con la empleada que siempre cobra y a veces paga. El hombre se retiró, esperó que el policía se pierda y volvió.

—Está bien en pedo, pero con guita —comentó uno de lentes y pelada brillosa mirando el televisor.
—Perdió todo. Antes apostaba en el sector vip. Era un bacán —contestó otro que hablaba y también miraba la pantalla.

De pronto quedaron menos apostadores que cuando caía la noche. Los boletos tirados en el piso se paseaban por la entrada del viento que venía desde la puerta pegada a la cantina y tres chicos de menos de diez años jugaban a ver quién juntaba más. Se enredaban en el piso, se empujaban y pateaban. Se reían y salían corriendo hacia el playón. El borracho desapareció.

De los cuatro televisores quedaron prendidos dos, por eso los gritos retumbaron más que cuando estaba lleno de apostadores y triunfos. Chito Domínguez pagó la segunda cerveza y se retiró. A las seis del miércoles, y como siempre, tenía que varear los caballos de Yanel.

(de la edición Nº 15, enero 2013)

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Un boleto a la rutina

Un viaje en tren puede ser placentero o un peso de todos los días. Se trata de un medio que millones de personas utilizan día a día para llegar a sus trabajos, a sus casas, y dónde decenas de vendedores se ganan la vida arriba, en los pasillos. 

Por Félix Mansilla

—Es un pendejo de gorra y chomba roja, está en los primeros vagones— avisó unos de los policías a minutos de que el tren La Plata-Constitución se pusiera en marcha. Allí, más de tres agentes morochos, grandotes, rapados y con pecheras fosforescentes, subieron en el último vagón para encontrarlo. Tenían ganas de trabajar y subieron como si se tratara de un asesino serial y se perdieron entre la gente y los pasillos.

Faltaban menos de quince minutos para el arranque y todo el mundo estaba como en silencio y sólo se escuchaban las caricias a las hojas finas de los matutinos. El incomodo silencio social de a ratos, marcó una especie de impaciencia. A esa hora de la media mañana, el sol indicaba que el frío se alejaría al menos hasta el final del día. La vestimenta de la mayoría de los pasajeros indicaba la llegada de una nueva estación.

Una mujer de no más de cuarenta, subió cuando faltaba poco para que el tren se pusiera en movimiento. Estaba arropada con una campera de corderoy bordó y una bufanda gruesa multicolor enroscada hasta la boca. Buscó asiento a las apuradas y se sentó junto a un joven que hacía más de diez minutos que tenía los ojos cerrados y la cabeza pegada al vidrio.

Una vez en marcha, comenzó el ir y venir de los vendedores. Un hombre cuarentón, acento provinciano y morocho de bigote fino, con el pelo renegrido, pasó a los gritos:

—Chipá, chipá a dos peess…sos— nadie compró, pero el aroma a recién sacado del horno dejó el en el camino aires de panadería por la madrugada.

Un joven arropado con campera rompevientos, pantalones holgados, zapatillas espaciales percudidas y voz gastada, ofreció a gritos dos paquetes de Club Social a dos pesos:

—Son finas, ricas, deliciosas. La fecha de vencimiento la encontrará al dorso, señora, señor— dijo como asegurando que su producto no engaña a nadie.

Las paradas y el recambio

Algunos se acomodaron en el ancho pasillo y el tráfico entre los sin asiento y vendedores se hizo más complicado. El guarda desde abajo agitó una franela, sopló el silbato y el tac tac de los cortes de vías comenzó nuevamente a ser continuo.

El paisaje, cada vez con menos casas y más campo, se veía fuera de foco como un cuadro impresionista. Una pareja de viejitos, sonreía mirando los títulos de una revista de chimentos. Ella, coqueta, arropada con una bufanda tejida a mano y los pelos tirantes hacia atrás, codeó a su marido como diciendo, “qué vida la de esta gente”. Él, grandote con anteojos de marcos anchos, risitas entrecortadas y arrugas en barba rala, miró por la ventanilla ante el codazo cómplice.

Entre parada y parada los cambios entre los que se bajan y los que suben, duró menos que medio minuto. Un chico ciego, hizo lugar en el pasillo, saludó cortésmente y puso play a su grabador a batería con las pistas de “Flaca”. Una vez terminada la letra, entonada estilo de programa de TV rumbo al éxito, quedó la música y anunció que todo el que quiera puede colaborar con alguna “monedita”. Pidió disculpas (¿?) y siguió al próximo vagón.

Disculpen las molestias

—Mirá, el Rumano, ¿qué hace´, Rumano? —arrojó a los gritos el guarda; pelo corto carpincho, ojos saltones y todo de azul.

El niño rió abrazando su acordeón pequeño y gastado. Hizo un ademán a su hermana para que empiece a bailar. Tocó tres compases, paró y anunció: -Mi hermanita les va a bailar. Los de los asientos de espalda al show a punto de arrancar, se dieron vuelta, e inició a destiempo la melodía de “Los caminos de la vida”.

La niña, pelo colorado y sonrisa preparada, se movió diez segundos y comenzó. Miró a cada pasajero a los ojos, les estrechó la mano y dejó un panfleto con la imagen de un niño vendado y lleno de quemaduras. A Los caminos…, enganchó “La cumparsita”. Con tanta preparatoria, compró hasta el más duro con un cocodrilo en el bolsillo, y la media a cuadros rotosa que hizo de gorra, fue llenándose de monedas. Buena cosecha.

(de la edición Nº 1, noviembre 2011)