04

Todo en tu madero cabe

Un brevísimo repaso por las tres últimas gemas que Luis Alberto dejó grabadas. Tres discazos que no hacen más que agigantar todavía más la figura de exquisito compositor y letrista único de este cronopio musical.

Para los árboles (2005).

Para los árboles (2005).

Por Juan Ignacio Babino*

Hay cosas que se saben —se conocen, se entienden— como inenarrables. Cosas que, por más tesón que se le ponga, se resisten, esquivan el intento de la palabra fácil. Cosas que no entran en esos parámetros propios de un procesador de texto: 1000 caracteres, 550 palabras, dos hojas A4 en Arial tamaño doce y así. Aún mas, hay personas que resultan, a la distancia, imposibles de contar, de narrar ¿cómo, desde dónde, para qué? Hay personas que calan tan hondo —tan hondo— que ese saudade que generan al intentar explicarlo y narrarlo y contarlo bloquea el lento avance de la palabra sobre la hoja en blanco. A pesar de ello, vaya este porfiado intento.

Los datos, las fechas que del calendario se desprenden sugieren que, exceptuando el triple en vivo Las Bandas Eternas y el EP Camalotus (que entre sus cuatro preciosidades incluye Crisantemo, canción compuesta para el documental Flores de Septiembre), los últimos discos de Spinetta fueron: Para los árboles (2003), Pan (2006) y Un mañana (2008). Tres discos, tres nombres. Hacia esos discos, hacia esos tres instantes últimos y fecundos de música grabada analógicamente es que vamos.

Los tres discos se apoyan en una base musical similar, cierta ornamentación pareja que los abarca: bajo bien grave, marcado, y batería llevando —ambos— un ritmo sostenido, continuado; sobre ello los arreglos de Claudio Cardone, capas de sonido, espesuras de teclados y rellenos musicales.

Y encima de todo eso descansan las rítmicas y la voz de Spinetta. Son tres discos emparentados estéticamente desde esa arista cancionera. Sobre esa base, como un pasadizo, es que van esos tres discos. Acaso, claro, para darle lugar a —como bien definen muchos— una de los mejores guitarras rítmicas del mundo. La de Spinetta, sí. La banda que lo acompañó durante sus últimos años fue bastante estable, más todavía en Pan y Un mañana: la hermosa Nerina Nicotra en bajo, el “Koala” Sergio Verdinelli en baterías y el ya citado Claudio Cardone. En Para los árboles y desde mucho antes, quién se hizo cargo del bajo fue Javier Malosetti. Y alrededor todo una trouppe de familiares, músicos, asistentes y amigos invitados: sus hijos Dante y Valentino, sus hijas Catarina y Vera, el percusionista Nico Cota, los guitarristas Baltasar Comotto, Nico Ibarburu, Sartén Asaresi, Guillermo Vadalá; Rafa Arcaute, Mono Fontana, Grace Cosceri y siguen. En los diseños, el siempre presente Alejandro Ros y asistiendo y demás, Aníbal “La Vieja” Barrios. Los tres discos grabados en La Diosa Salvaje, el propio estudio de Luis Alberto.

Un bello disco del año 2006: Pan.

Un bello disco del año 2006: Pan.

La arista cancionera se dijo, aunque en Para los árboles se deja entrever a un Flaco mas experimental, donde tienen mas lugar los sintetizadores, los “ruiditos”, las baterías electrónicas, partes de cintas corriendo al revés. Es altamente recomendable la corta presentación que de este disco se realizó en los estudios de Much Music (¡sí, de Much Music!) y que se puede encontrar fácilmente en youtube: exquisita, furiosa.

Para los árboles y Pan, conllevan sobre sí —desde el título, desde su arte de tapa— uno de los gestos más plenos de amor de la música de acá, de los últimos años. ¿Por que cómo se entiende, entonces, un disco dedicado a los árboles, en pleno siglo XXI, en plena era de la digitalidad y la virtualidad a un músico se le ocurre titular y dedicar casi una hora de música y canciones a los árboles? ¿Cómo, entonces, se entiende si, mas aún, en la tapa dos manos abiertas, azules, plenas, —como si estuvieran a punto de empuñar el aire— simulan ser las ramas y las estrellas, las hojas? ¿Y cómo no entenderlo así, si el otro disco se llama Pan —acaso el alimento mas primitivo y común a todos— y la tapa simula ser un viejo mantel de hule rojo y blanco? ¿Cómo no entender que eso, acaso, sea un llamado urgente al reencuentro; un pedazo de pan sobre el mantel sobre la mesa y la gente alrededor? En Sinfín, canción que abre este disco, en su primer pasaje dice Luis: “Alguna vez, querida mía te pregunté, por un rayo que viste en la avenida”. Y ese rayo, esa avenida vienen desde aquella canción de 1970, Para ir: “Siéntate a ver el día
mira que gusto da, ver el rayo justo donde empieza la avenida”.

Spinetta mismo ha dicho en más de una entrevista que el tenía una manera media “tanguerosa” de tocar la guitarra, de armar sus solos. Algo de eso hay, claro. Aunque sea mucho mas que apenas esa onda lo que radica en su toque, lo que también es cierto es que desde aquel primer disco de Almendra hasta este último las letras de Luis Alberto siempre llevaron sobre sí cierta “cosa” tanguera, un pulso que no dista de la melancolía porteña tan propia del tango.

Un mañana (2008).

Un mañana (2008).

Así, por ejemplo en ese blues sucio y salvaje Yo miro tu amor escribe: “Violento mediodía gris, la radio pone fuego a la lenta cumbia”. O en Cabecita Calesita (Pan) donde canta: “Hueles a humo, humo de vida. Carne rosa, astro labial. En tu ausencia, ya no hay payasos, solo inútiles”. Su última producción incluye un tema de su padre —Luis Santiago— llamado Hombre de luz.

La letra de este tema viene acompañado de un breve texto que, entre otras cosas, dice: “Era su propia versión de la pentatónica andina con un toque de blues, mas un acentito tanguero que lo distinguía, mas el misticismo típico de su expresión”.

En una de las páginas del booklet de Un Mañana se ve la cara de Luis contra una luz. Una luz blanca, incandescente, que roza, casi, la jeta de Spinetta. La tapa del box set que registra la presentación de Las Bandas Eternas es una especie de muñeco de forma rara, hecho de luz, como un ET pequeño que fosforece. Dentro de uno de los dos libros que incluye la edición, hay una foto similar a aquella: Luis, tres cuarto de perfil, medio cuerpo, con una luz que enceguece desde el fondo.

No se sabe si Spinetta viene de allá o si, efectivamente se dirige hacia allá. En la foto no se sabe, porque está claro que Spinetta venía desde la luz y hacia allá también iba, también fue. Y ese hueco de luz indómita es el que quedó, a su partida, entre nuestros discos.

*Lobense, Licenciado en Periodismo y Comunicación de FP y CC de la UNLP. Autor del libro de Crónicas Bardo, junto a Facundo Arroyo. Editorial Independiente (2012).

(de la edición Nº 16 Todo Spinetta, febrero 2012)

img070

Maybe, esplendor de un tour satelital

Con una hora y media de show la banda de rock local estrenó Esquivando el derroche, un larga duración compacto, con historias de amigos, chicas deseadas y estribillos inolvidables. 

Fabricio, Lucho, Leandro, Miguel & Nelson, Maybe Uhu! 2013

Fabricio, Lucho, Leandro, Miguel & Nelson, Maybe Uhu! 2013.

Por Félix Mansilla

Pasada la medianoche, el público de la banda de los hermanos Luciano y Fabricio Re esperaba la presentación del tercer trabajo discográfico de una banda con años en este ruedo inesperado que es el rock lobense.

La actualidad de un 2013 que promete se cruzó con toda la puesta en escena, con esa manera independiente de surcar el under cultural de acá, sin reparos en las diferencias. En este contexto, los Maybe flotan cómodos, unidos y esparcidos con melodías que narran el andar que se distingue entre “la gran Bariloche” y lo que sigue después: el mundo materializado/capitalizado.

A cada fin de canción, el agradecimiento “a los que lo hacen posible” no decayó en más de una hora y media de show entre las paredes de un Independiente poco acostumbrado a estos sonidos raros de la juventud.

Maybe Uhu! subió al escenario montado para un show en el que sonaron temas del nuevo material, más los clásicos como El loro que silba la marcha peronista, el afiladísimo El 9 que buscan, La hermana de Nelson, el r&r Rock de Bombones y el inoxidable Budín de panc.

Una “banda” de amigos/seguidores “maybeanos” que se hicieron oír fue el marco perfecto para una noche inundada de estribillos, pogo de a ratos, trenes de fiesta entre las gentes, aplausos, pedidos, aguante. Ese acercamiento, viaja en las rutas todas; Cañuelas, José C. Paz, Tandil, con La Momia, con Karadagián, junto a la inmunidad nocturna de redoxones curadores, Speeds, cajeros automáticos, gripe porcina y aeropuertos. Maybe provoca eso que narra —y remarca— mediante canciones que explican la esencia, que se esparcen para quedar en el recuerdo.

Sobre el final, interpretaron —acompañados solo por los arpegios de Reina— una versión de lo que alguna vez susurró Elvis: I Can´t help falling in love with you.

558078_10200805985096563_1556605379_n

Escupiendo la virtud

Después del debut con Maybe Uhu! en 2007 y Viva la amistad (2010), el sucesor de El verano de mi ojota izquierda (2012) suena parejo porque se trata de un trabajo que demuestra el despliegue con el pasar de las estaciones, en las formas de dar.

Las composiciones cuentan con margen amplio en lo auditivo, tienen mucho rock (Como un pez, Redoxón, La Mancha), baladas eternas —la reversionada Dm (pista 8 de Maybe Uhu!)—, arpegios claros y andares con aires por momentos pop (La Momia y Karadagián) que se suman a ese tono mezcla de bizarro demarcado en sus letras: con guiños, lugares conocidos e historias de la ciudad de Juan Moreira que describen recorridos en un retornar entre Lobos, Capital y las playas de cualquier lugar de la Costa Atlántica.

Esquivando el derroche contiene diez tracks en los que se expresa la evolución en cuanto a la ejecución. En la grabación —a cargo de Javier Polidoro de estudios Del Mate— aparecen cánones de voces, claros y perfectos. El andar de sus canciones, hacen un recorrido que a lo largo de casi cincuenta minutos dejan ver eso que se escucha en el sonido de un cuarteto de rock punzante.

La pluma cruda de Lucho converge en pasajes que van de la mano con los arreglos de voces de Miguel Alberghini (batería), los riffs y rasgueos precisos de Leandro Reina (que se luce en Esquivando el derroche), la base rock canción de Nelson Zaniratto en el bajo (Laguna del Diamante, que cierra el disco, tiene groove), más los solos breves pero concretos de Fabricio, como en Hay algo más.

El verano de mi ojota izquierda (2012).

El verano de mi ojota izquierda (2012).

Corte y decisión

Las letras demarcan deseos, sueños de proyección, fútbol (“los dos en la cancha, saltando, alentando al Millo” en “Mi chica soñada”), noches sin fin, con gin en el Chanta, calle Florida y la cotidianeidad en las baldosas de la galería Spinosa esperando un remis en la madrugada de un domingo cualquiera. También lo profundo, el día a día, cuando busca el amor en la playa, en la disco, en la misa, en la facu, en el circo…

En medio de una marea de temas abarcados desde lo conceptual en lo sonoro, Maybe se mueve en el camino de canciones simples, pegadizas, con narraciones de video clip, con frases derivadas del amor, de los códigos callejeros, de una labor que se muestra continua en un andar de años, saltos y progresos.

El comienzo, se denota justo, preciso con Hay algo más, el deseo ensoñado de la balada que le da título al disco, desplaza vuelos de un teclado suave ejecutado por Zaniratto sumado (y dedicado) a “un trago que se hacía hace algunos años en La Porteña”, describiendo ese andar nocturno de “diversión violenta”. Sin pausa, se presentan canciones fluidas como La Momia y Karadagián, Dm (Remaked), y El Negro en Mar de Ajó (camisa y sirena, champaña y arena despierta la noche…).

La mitad de Esquivando… se desplaza más potente con La Mancha, historia que revive veranos en San Bernando, y suena la oscura Como un pez (proeza surcada en la Bristol, en Constitución, sobre la arena: “eso es vivir”).

Ultimando pasan Redoxón, pasaje que describe el cotidiano urbano con un solo de Nicolás Villola (ex La Rejunte Blues Band) en el médium con una ejecución concreta, rockera y estribillo flash: “pero yo no estoy nervioso porque de chiquito tomo Redoxón”. Laguna del Diamante es el cierre perfecto, esperado. El final de una obra realizada y puesta “al servicio de la felicidad”, desanda senderos en el tiempo aunque aún los Maybe no caigan, porque “pasó bocha de tiempo” para llegar a este presente.

Gabriel I

Este pájaro ha volado

En una charla con el músico lobense Gabriel Varela nos enteramos que toda su vida gira en torno al arte desde diversos puntos: tallar madera, pintar cuadros, hacer instrumentos. Cuarenta minutos en la vida bohemia del guitarrista de “María Eugenia”.

Gabriel II

G. Varela por Nico B Mansilla.

“Me la paso improvisando todo el día. Empecé a los trece como un juego y a los dieciocho comencé a tomarlo en serio”. Así define Gabriel (43) su relación con la música. A los veinte, hizo un quiebre: el jazz entró en su vida y fue el gran Luis Alberto Spinetta quien lo fue llevando a escuchar artes vinculadas al jazz rock y otros géneros jóvenes en el suelo argento. Su historia como músico, inició “cuando fui a vivir al interior, en América, cerca de La Pampa. Allí, comencé a tocar folklore y tango. Fue un todo un esfuerzo y aprender tocando, porque necesitaba laburar. Subí a cada escenario (risas). Así aprendí”.

Gabriel reparte sus horas haciendo música, pintando (otro de sus ofrecimientos al arte) y armando el camino junto a su compañera de ruta Eugenia y su hijo Juan Cruz. Su casa tiene mucho de los tres: es grande, con aires bohemios, cuadros propios, un piano en el pasillo, taller de madera en la terraza, sala de ensayo y un patio semitechado, dónde Gabriel fuma alejado del interior.

¿Se puede decir que comenzaste solo con la música?

Solo. Porque empecé a dar clases de guitarra y me pude interiorizar un poco. Luego, descubrí cosas que yo ya las había aprendido solo: seis meses inventando algo que para mí era nuevo. Lo busqué y estaba ahí en los libros. No había nada nuevo.

¿Sos un músico que lee música?

Leer música sí, pero no me gusta, me resulta tedioso tocar leyendo. No tengo paciencia. Lo que sí hago es escribir al momento de componer, para que no se pierda lo que va saliendo. Cuando leo, ya me imagino lo que está escrito y eso me incomoda. Quizá es muy simple lo que dice el papel y prefiero sentirlo más que leerlo y tocarlo.

¿Qué caminos has surcado en el mundo de la música?

He experimentado con todo tipo de música, pero lo que más me atrapó fueron el tango, el jazz y la música brasilera, que es como el jazz latino: los boleros, la música centroamericana. Me gusta toda la música que tenga raíces negras, sobre todo la del Atlántico, porque allí está todo lo que llegó con la esclavitud y todo lo que luego se formó.

Música del mundo, digamos…

En Estados Unidos el jazz, acá el candombe, en el interior la chacarera, es todo muy americano. El tango es más europeo, pero a mi me encanta. Quizá la falta de improvisación fue lo que hizo que no se reinvente tanto. Los que volaron fueron Piazzola y Horacio Salgán: hicieron como un tango lujoso, muy diferente, con rítmica. La estructura de un tango tradicional, pero que adentro pasa de todo. Lo mismo en el rock con Frank Zappa, un diferente. Para mí, el mejor guitarrista de rock, porque fue el más loco. Fue como un Hendrix evolucionado.

¿Cuándo te dijiste ‘ahora sí, soy músico?

Fue una etapa, una transición de dos o tres años, ahí pude decir soy músico. Igual, siempre aparecen cosas que antes tocaba peor y ahora mejor. Actualmente, estoy tocando lo justo, más lento. Antes me mataba por estar todo el tiempo moviendo los dedos. Es como que estoy haciendo una limpieza de todo eso y grabando todo el tiempo.

El arte en tu vida parece una forma de ser y un escape…

La música y la pintura son como un trance. He pasado noches enteras pintando y no recordar al otro día nada de lo que había hecho. Todo sin tomar una gota de alcohol (risas). Lo mismo cuando tocamos en lugares chicos, donde al estar ejecutando siento hasta el ruido de las zapatillas de alguien que en el público va siguiendo el ritmo.

¿En qué proyectos estás incursionando actualmente?

Con el trío de percusión, guitarra y voz, María Eugenia, con el que tocamos muchas veces en bares, fiestas, en la Casa de la Cultura de Lobos. Ahora vamos a probar con teclados. Nuestro formato incluye varios ritmos: bossa nova, temas en portugués a los que les traducimos las letras y los tocamos más aires del soul.

(de la edición Nº 4, febrero 2012)