Nico Bernal 2

Breves tiempos raros

En 2012 nos enteramos que un lobense radicado en la ciudad de La Plata, escribía y se daba a conocer a través de la web mediante un blogspot. Dimos una vuelta y miren qué nos encontramos.

El impacto visual de la portada de Breves tiempos raros, invita a dar una pasada y encontrar un mundillo redactado a través de vómitos concientes que dejan temáticas para pensar. Su autor, lo explica mejor: “La idea de publicarlos fue hace casi dos años, por iniciativa de amigos que también publican y por iniciativa de mi cabeza, que los quiso compartir con el mundo”. Sobre la presencia de esta nueva forma de darse a conocer, Nicolás Bernal cree que “todos escribimos y la mayoría lo hacemos de manera terapéutica”, y a los que no se dan a conocer “les diría que lo echen a la luz”. Para esta ocasión, Nicolás recomienda una pieza publicada en agosto de 2011.

Qué bien le hicieron a los días

Qué bien le hicieron a los días el pasado impreso en que volaron los sesos, como eliminaron los restos de buscar en costumbres soluciones erradas. El sol que brilla en la herida cocida por gestos de amigos y fuegos prendidos. Decenas de mesas servidas y un muñeco vudú sin alfileres. Se llevan, se dejan, se entregan y luego se olvida en toda la vida. Es entender esto es así, no es otro cuento ni una promesa.

Cuando te veo me entrego, quedo completo no puedo creerlo. Los sueños no se mastican, ya no se pierden en los deseos. Qué bien le hicieron a los días la chica que no es ideal y es tan palpable, soy vulnerable a tus encantos. Qué cortas se vuelven las cuadras cuando jugamos a conocernos, ya no me encuentro en campos extraños siendo un misterio.

Qué bien le hicieron a los días las cosas sinceras, sin imposibles. Se siente, se juega, se ríe y luego te beso toda la vida. Qué bien le hicieron a los días cuando el sol apareció rompiendo tormentas, algunas piedras se hicieron arena, siempre buscaba sin poder encontrarte. Entre palabras de actos fallidos me acerco y me acostumbro a quererte quedándome.

Qué bien le hicieron a los días los abrazos eternos esperando el regreso, te pienso ida y vuelta con esa sonrisa que me entrega a las ganas de otro “nos vemos”.

Qué bien le hicieron a los días la chica simple que rompe el esquema de lo cotidiano.
Qué bien le hicieron a los días la chica sencilla que contradice su nombre.

Más en: www.brevestiemposraros.blogspot.com

(de la edición Nº 4, febrero 2012)

La historia del Tuti

La historia del Tuti

Por Félix Mansilla

Pedro tenía más de setenta años. Era un domingo y estaba reunido con sus tres nietos en el patio de su casa. Como siempre, ellos le pedían que cuente historias. Eran las tres de la tarde y la sombra del sauce caía sobre unas viejas reposeras y dos troncos con respaldar. A Pedro le gustaba verlos sentados como indios escuchando sus relatos. Decidió empezar con una anécdota que nunca les había contado. Patricio, el mayor, de dieciocho años, comenzó a preparar el ambiente para que su abuelo comenzara.

—Che, abuelo, contate una de las tuyas, de cuando jugabas en Patria Grande —insistió con el tono de un niño insoportable.
—Hace mucho que pasó, yo era joven. Cuánto hará, que su padre no era ni nacido. Estábamos de novio con su abuela.
—Dale, abuelo empezá –insistió María las más pequeña, de no más de diez años.
—Bueno —se recostó en el respaldar, tosió y tomó una rama de sauce a la que comenzó a pelar de a poco. —Cuando yo era chico, más chico que ustedes, jugaba en las inferiores de Patria Grande. Nosotros jugábamos los sábados y esperábamos el domingo para ver jugar a la primera, donde estaban nuestros héroes. En aquellos años, les estoy hablando de la buena época, el pueblo, mí pueblo, era muy chico. Jugar en Patria Grande, era ser un tipo respetado; así eran los jugadores de la primera: respetados —hizo una pausa—. Tenía un equipo que era el mejor de toda la zona norte de La Pampa. Una vez, después de un partido amistoso con Chacarita, nos quisieron comprar un par de jugadores. Ninguno aceptó: era un orgullo vestir la casaca con ese blanco puro y los bastones negros cayendo en el pecho- hizo una nueva pausa. —El club, que estaba en el centro de la ciudad junto a la municipalidad y la iglesia, era un ejemplo, el ejemplo de la ciudad: bien pintado, con buenos dirigentes, limpio, prolijo. Cómo les digo, el ejemplo de toda la localidad. Y así sus jugadores.

—Ah —susurraron los nietos con los ojos clavados en su abuelo.
—Tenía tres jugadores que a mi me volvían loco. La Liebre Pérez, un central impecable. También el Pele Márquez, un enganche de los dioses. Y por último, el mejor, el preferido de todos los chicos de la ciudad que jugábamos en Patria Grande: El Tuti Fernández —hizo una pausa. —El Tuti, me acuerdo y se me cae una lágrima.

—¿Quién era ese Tuti? —preguntó María.
—Ese Tuti, era el mejor. Fui el único chico al que acarició en un desfile del centenario del pueblo. Todos los chicos me preguntaban qué se sentía. Fue único —elevó la mirada como mirando el pasado. —Pero la historia es triste. Cuando terminé la secundaria me fui a La Plata a estudiar y me alejé un poco del pueblo. Pero siempre volvía. Hace unos años, casi veinte, volví y sentí que todo el pasado se había borrado. Fue triste.

—¿Qué pasó, abuelo? —dijo Nico, el del medio.
—Y porque cuando sos grande tu pasado es lo único que te queda, mi´jo. Me acuerdo que yo tenía tres imágenes, tres fotos guardadas en el recuerdo. Tres fotos: la primera era la salida del equipo el día en que salió campeón regional. La segunda, un gol del Pele a Los Naranjas en un clásico jugado en su cancha. Y la tercera: la mejor. La imagen del Tuti Fernández en el medio de la cancha ordenando el equipo, con esa presencia, ese porte de capitán respetado. Pero un día las rompí.

—¿Qué, mató a alguien? —preguntó Nico.

—No, peor. Eran las tres de la mañana cuando una imagen me dejó paralizado. Un hombre alto, de pelo canoso y figura venida abajo se asomó por el ventanal del bar. Me quedé atónito. Pensé y el retrato de la tercera fotografía del Tuti ordenando al equipo se interpuso con lo que acababa de ver. Era el Tuti el que estaba en la vereda y me temblaron las piernas. Por el quinto Gancia, pero también de la emoción. Traté de calmarme y esperar a que ese hombre “parecido” al Tuti entrase. Prendí un cigarrillo con el que estaba por terminar y pedí otro Gancia, pero más cargado.

—¿Estabas borracho, abuelo? —preguntó Patricio.
—No, no, entonado nomás —se rió e hizo una pausa. —Y era el Tuti nomás, con paso arrastrado. Ahí me di cuenta de que algo no andaba bien. Mientras el Tuti se acercaba vi que su rostro estaba mojado. Al pasar entre unas sillas dio un saludo a todos y se secó la cara con un pañuelo arrugado. La Liebre Pérez, recién ahí lo reconocí, estaba acodado en la barra mirando para afuera y se dio vuelta como no queriendo que se le acercara. A medio metro, el Tuti frenó el andar lento y una especie de silencio penetró en todo el salón. Sólo se oyeron los ruidos de la calle. Quedó el sonido de la paleta del ventilador lleno de telarañas girando pausado. El Tuti se acercó a la Liebre y con tono acongojado, pronunció:

—Liebre, no me dejés, yo te quiero —La Liebre, con una mano señalando la calle, contestó:
—Rajá de acá, loco de mierda, ¿quién sos vos? –dijo.
—No me dejés, yo te amo —aulló el Tuti —el rostro del abuelo entristeció. Sus nietos se quedaron mirándolo. Tomó aire.
—La Liebre dejó unos billetes sobre la mesa y salió al trote entre las mesas. El Tuti miró a todos, se secó las lágrimas y salió con pasos de perro viejo –Pedro clavó la vista en el suelo. –Esa noche me quedé hasta las seis de la mañana, un poco borracho y desganado. Así, medio triste, con un pasado en blanco y negro, la caricia en aquel desfile y las señas en la mitad de la cancha. En ese momento, rompí las fotos.

(de la edición Nº 3, enero de 2012)