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Un santificado sin memoria

La noticia que se reprodujo en el planeta dejó a un costado el perfil siniestro del nuevo sumo pontífice. Francisco desconoció los crímenes de lesa humanidad durante la dictadura y dijo que se enteró del robo de bebés en democracia. Que sea jesuita, el primer Papa americano, no borra ese pasado que lo condena.

Por Félix Mansilla

Sorprendió sin dudas la elección de Jorge Bergoglio como nuevo Papa. Nadie lo esperaba, no estaba en la lista de los “papables” con posibilidades concretas. Sin dudas, los secretos del Vaticano son innegables una vez más, porque no hubo una sola mención sobre que el argentino pudiese ser el que comande a los fieles de la Iglesia Católica a partir de estos momentos.

Dentro de la buena nueva se pudo observar en las redes sociales las opiniones de quienes profesan (o practican) la religión: orgullo, llantos, alegría. También la palabra habemus, fumata, papa fueron de la circunstancia, dando a entender lo profundo o liviano del caso.

La noticia alejó de la agenda la muerte de Hugo Chávez, la represión del centro cultural San Martín en Capital Federal, a la inflación, a la inseguridad, a la frase fallida de Cristina sobre que “la diabetes es una enfermedad que padecen las clases altas”, la lluvia, el frío y toda la información de la agenda de ayer. Todo giró en torno a la elección del nuevo sumo pontífice.

Si bien los sentimientos de sus fieles se vieron afectados por aquellas opiniones acerca de su participación durante la dictadura, no se puede negar que la noticia del ascenso de Francisco fue mundial, bienvenida. Pero no debemos olvidar. Fue el propio Videla quien en declaraciones periodísticas expresó que la Iglesia Católica (y sus miembros santos) mantuvieron “buenas relaciones” (por su colaboración, claro) con las tres fuerzas.

Parece que la noticia no da espacios a los cuestionamientos. En junio de 2011, Bergoglio —quien durante el proceso más sangriento del país fue superior provincial de la Compañía de Jesús— fue citado a declarar para aportar a la causa sobre el Plan Sistemático de Apropiación de Menores. Pero no se presentó, sino que lo hizo por escrito —atributo que sólo gozan los miembros de las altas cúpulas eclesiásticas—.

La pregunta, entonces, es: ¿Por qué no lo hizo de manera presencial?, ¿por qué declaró que se enteró de la desaparición de bebés en tiempos de democracia? Son cuestionamientos que hoy niegan o callan quienes se sienten cercanos a la causa de Dios padre todopoderoso.

Carlos Pisoni (Integrante de Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio, Hijos), pronunció en 2011 —luego de la negativa del ahora Papa a declarar in situ— que tuvo “motivos para huir y no enfrentarse a la mirada de las familias que buscan a los hijos de desaparecidos que fueron robados al nacer y que hoy podrían tener su verdadera identidad si gente como Bergoglio diera la información que tiene”.

Muchas veces se asimila el reclamo por los crímenes de la dictadura con la cercanía (o simpatía) al desarrollo que sobre esto desanda el Gobierno Nacional a través de la Justicia. Grave error. Esas acusaciones, dan cuenta de que la memoria para algunos no es la misma que para los que deciden recordar en pos de una justicia llegada desde el presente. Ese resumen —chicana fácil— demuestra parte de la ideología conservadora, que prefiere el olvido, que no remarca el pasado para la construcción del presente/futuro.

Una nota firmada por el periodista Horacio Verbitsky de abril de 2010, explica que “dos meses después del golpe militar de 1976 el obispo de Morón, Miguel Raspanti, intentó proteger a los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics (curas tercermundistas, con militancia en barrios pobres) porque temía que fueran secuestrados, pero Bergoglio se opuso. Así lo indica la ex profesora de catequesis en colegios de la diócesis de Morón, Marina Rubino, quien en esa época estudiaba teología en el Colegio Máximo de San Miguel, donde vivía Bergoglio. Por esa circunstancia conocía a ambos. Además había sido alumna de Yorio y Jalics (desaparecidos, torturados, liberados meses más tarde) y sabía del riesgo que corrían”.

Para agregar y contextualizar, se pueden sumar sus opiniones acerca del matrimonio igualitario, antes de la votación en el año 2011, donde pidió “la guerra santa” mediante una carta en la que el por entonces cardenal declaró: “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios”.

Además, agregó que “no se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una ‘movida’ del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios”. Por ello, ¿Qué valor jurídico le caben a las luchas sociales como el matrimonio entre personas del mismo sexo, con palabras provenientes sólo de las creencias religiosas como demonio, dioses, infierno?

No cabe duda (al menos para muchos no católicos) que Bergoglio o Francisco, tiene el perfil (pese a que se lo mencione como calmo, dialoguista, que ayudó a los pobres, que viajaba en subte, que tiene un solo pulmón, etc.) típico: conservador (no se conoce declaración sobre casos de pedofilia por parte de miembros de su iglesia), calculador, hipócrita, silencioso, y sobre todo alguien que maneja bien la doble moral.

La esperanza (o el temor) ahora camina sobre qué importancia política contendrá debajo de la sotana, porque siempre se mostró como un “santo” opositor. Bueno sería que no se olviden (ni el Papa ni sus feligreses) aquello que condena sus labores en la tierra.

FOTO LAS PLAZAS

Las Plazas

Por FPM

Me he tomado como costumbre observar las plazas. Recorrer sus verdes, sentir sus árboles y fotografiar sus gentes. Allí, somos todos muy crudos y desnudos con nuestras formas de actuar, nuestras maneras de mirar y nuestros sinfines de apreciar. Quién jamás no lloró en una plaza, quién no esperó y se arrepintió y se culpó y también se estremeció. Eso es lo que me conmueve. Son todas las historias que se apoyaron sobre sus bancos, las circunstancias que durmieron en su verde, las vidas que se fueron por un rato de boca al cielo e imaginaron y se aliviaron.

En la semana siento a las plazas como el lugar al que quiero llegar para descansar, pensar y quizás reflexionar. Cómo cambian en los domingos sus formas y aspectos. Las familias, los amigos, los solitarios, los amores, se expresan con total libertad. La libertad que se siente como escapatoria a una rutina angustiosa, plena e infinita, sin pensar en el mañana trabajoso y preocupador. Las cosas por decir, las formas de cómo actuar y las maneras de vestir se van.

Cada plaza depende de su ubicación, su fama y su publicidad. Están las que sirven para dejarse llevar; las que se usan para correr, caminar y charlar; en las que la policía denota su labor de “mantener protegida a la sociedad”; las que son parte de un escenario particular para las expresiones artísticas con asentamiento en lugares públicos y que hacen de ellas la banda de sonido de los transeúntes curiosos, los apurados, los que esperan y los que pasan y miran despectivamente. Todo esto y un montón de cosas más significan las plazas. También son mal utilizadas para la propaganda política y su forma de bien llamarlas “espacios verdes”. Qué oportunos.

De vez en cuando y cuando me dejo llevar observo, me pregunto e intento darle un sólo significado. Pero no. Es infinito. Las plazas son muchas cosas y muchas cosas abundan en su espacio interior. La expresión, el sentir, el descansar, el pensar. La entrada es gratuita, la ubicación por orden de llegada y la escena a elección.

Me he tomado como costumbre observar las plazas. Y allí puedo ser yo, acompañado, solitario o esperando. Dejado, angustiado o disfrutando de los paisajes naturales y grises ruidosos y urbanos. Su cielo, su suelo, sus costados y sus finales. Su espacio, sus formas y sus fondos.
Me he tomado como costumbre observar las plazas. Me he habituado a sentirme solo y a esperar, sin tristeza, pero con paciencia y esperanza. Con recuerdos y futuro. Con pasado y presente. Con principio y sin final.

(de la edición Nº 7, mayo 2012)

FOTO LA MEDIA VERDAD

La media verdad

Por FPM

—La vida es eso. Es muy puta, pero como una rueda: a veces estamos arriba y otras abajo— dijo el viejo mientras daba la última pitada a su cigarro filtro blanco antes de subir al colectivo. En la calle reinaba el silencio y una especie de viento frío invernal atravesó la garita donde esperaban.

No era la primera vez que se encontraban y el viejo hablaba de sus andanzas de juventud de allá por los años cuarenta. Facundo se preguntó si esa gente vivió en blanco y negro, porque todas las historias que le contaron siempre se las imaginó contrastadas y también en color sepia. Los hombres con bigotes, las esposas con gastados vestidos blancos y los nenes con pantalones cortos.

Todo un acontecimiento sacarse una foto, pensó. Las cosas mucho no han cambiado desde aquellos años en el pueblo donde vivía el viejo. Por las averiguaciones, Facundo se enteró que el diario seguía en manos de los hijos de los dueños fundadores, siendo la misma vergüenza.

El viejo hablaba de su trabajo, pero jamás dio detalles de por qué tuvo que irse de su casa, dejar a su familia. Facundo se preguntó si las personas de antes trabajaban más. La gente mayor le hizo entender que en el pasado todo era más difícil de conseguir. El viejo dijo ser proveedor en los parajes que rodean el pueblo. Sus días se mezclaban con caminos de tierra y la espera de los almaceneros. Según sus palabras, en esos lugares lo veían como un salvador.

—Un día colgaron un placa con mi nombre en el club Unidos— repitió el viejo y la noche en la ventanilla adornó su contorno difuso. A la siguiente parada se despidió con una palmada en el hombro de Facundo. Sería la última vez.

Tiempo más tarde, Facundo se acercó al pueblo para comprobarlo, pero el club había sido demolido e instalarían oficinas. Nadie recordaba aquella placa. Facundo seguía con la duda de ese destierro inexplicable. Ese hombre por el que preguntó nunca vivió en aquel lugar.

(de la edición Nº 7, mayo 2012)