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La vida en flashes

A tres años del arribo en la ciudad, el fotógrafo Fernando Sambade repasa el camino que lo alojó en la fotografía y deseos de conformar en Lobos “colectivos de trabajo, donde cada uno aporte su manera de ver las cosas”.

A las siete de un viernes con frío, el Espacio Mirar! Cultura aloja a los alumnos del taller de fotografía que desde hace un año dirige Fernando (39) en calle Rauch 155. En ese lugar también habitan la danza, la pintura y otras expresiones artísticas. Se fueron los chicos, y la primera sala quedó dispuesta. En las paredes aun cuelgan fotos de una muestra reciente, donde una moto vieja en sepia parece sacada de una escena de Rebelde sin causa.

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Por Fer Sambade.

Con una cerveza helada en el medio, Fernando cuenta que antes de decidir inaugurar Mirar! junto a Ivana Ramonino (su esposa), vivió su infancia en Núñez hasta los doce, después en Palermo y a los diecinueve solo en el Abasto. Y caminó por Parque Chacabuco, fotografió barrio Norte: “Así empezó todo”. Tras algunos años en San Marcos Sierra, eligieron la Laguna como refugio de la ciudad y los cerros. A tres años de ese afincamiento en los pagos lobenses, repasa el camino que hoy revive desarrollando actividades culturales los siete días de la semana.

Viviste en muchos lugares: ¿Cómo llegaste a Lobos?

Mi suegra se vino a vivir a la Laguna hace muchos años. A partir de ahí, no parábamos más en Capital, sino que nuestra visita era siempre acá. Presenté un proyecto en la Sociedad Española, a Sancho, me dijo que todo bien. Duró cerca de tres meses. La gente de Lobos se copó. Cuando volvimos a Córdoba nos dimos cuenta de que queríamos regresar. Lobos nos pareció un buen lugar para generar proyectos. Luego surgió de alquilar esta casa y tener mi propio estudio de fotografía, dando lo que tengo para dar: conocimiento generado desde una mirada para la expresión, la fotografía, el dibujo.

¿Como llegó el arte a vos?

En casa siempre hubo muchos libros de arte de mi vieja, que se copaba y me llevaba a ver muestras. No es artista, pero siempre traía algo. Desde muy chico dibujaba y había una cámara para hacer fotos en cumpleaños y en las vacaciones, y salía por las tardes a hacer retratos. Eso fue a los 13 ó 14. Iba a jugar a algún lado con mi hermano y siempre la llevaba. Nada profesional. Después me descolgué y empecé a dibujar. A los veinte, un amigo fotógrafo, un tipo grande, me empezó a mostrar libros, empecé a interiorizarme y al otro año le compré el equipo (cámara, 4 lentes, flash) y empecé a jugar un poco con eso y vi que me quedaba un poco corto, entonces, decidí estudiar fotografía.

Sentiste que era un espacio proclive a ser indagado…

Tal cual. En esa época no había como ahora, muchas escuelas de fotografía y me anoté en el Foto Club Buenos Aires. Era súper clásico y estuvo bueno ese aprendizaje: hacía mucho hincapié en la luz, la medición, esas cosas. Ahí, me hice un montón de amigos con los que después me juntaba a sacar fotos, aunque laburaba en otras cosas.

¿Empezó a ocupar cada vez más lugares?

La fotografía la usaba como cosa creativa, en los dibujos. Desde ese momento lo comencé a tomar como un lado más artístico, pero también laboral: hice la tapa del disco de unos amigos (el primer disco de la banda surf The Tormentos). Después laburos esporádicos para amigos productores y publicistas, a hacer muestras de colectivos de trabajo y a filmar, que es algo en lo que me gustaría meterme más.

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Por FS.

¿En otros lugares desarrollaste un proyecto como Mirar! en Lobos?

En Buenos Aires hicimos en el Abasto algo parecido a Mirar!, pero más hippie. Hacíamos muestras, fiestas, algo más informal: talleres aislados, esculturas de metal (hornos chilenos), pero la verdad es que costaba mucho contagiar la onda. En ese entonces, la fotografía no ocupaba mi mayor parte del día. No hacer cosas con la cámara, me jodía un poco. Ivana estaba con baile, pero de los que se practican en Córdoba, un poco alejado de lo a ella le apasiona. Nos sentíamos como retirados a los treinta y pico. Vinimos para acá y desde hace un año, más o menos, iniciamos el proyecto Mirar!.

¿Qué objetivos tenés en cuenta al momento de dar clases de fotografía?

El taller me permite transmitir la pasión de lo que hago, y si a alguien le sirve como puerta expresiva, me reconforta. La idea es sumar para formar un colectivo de laburo para que se hagan cosas, y estar abiertos a lo que pueda suceder.

¿Cómo analizás el fenómeno de las cámaras digitales? Todos pueden tener y hacer…

Desde la salida de las camaritas digitales, todo el mundo puede tener una herramienta importantísima para dar su mirada. En cuanto a lo negativo de la masividad, es desde el lado laboral, ya que antes se contrataban a fotógrafos para casamientos y/o cumpleaños. Ahora, es distinto. Igual, creo que ganó como herramienta artística para mucha más gente. Como en todo aspecto de la vida, el que tiene ojo crítico, va a encontrar lo cotidiano, repetitivo, digamos. Lo cierto es que se masificaron las fotos diez millones de veces más que cuando era chico. Podemos encontrar un montón de cosas, dentro de la sensibilidad, hay buenas y malas. Quizá si no fuera por conseguir una cámara por trescientos mangos, mucha gente jamás hubiese sacado una foto en su vida.

¿Hay un mundo dentro de la fotografía que retratados comienzan a ser visibles?

Sí, obvio. Creo que la sensibilidad es desde el que la hace hasta el que la ve, se pueden lograr resultados positivos. Lo contemporáneo del arte, es mostrar lo cotidiano, hoy se usa mucho. Hay quienes con una camarita abrieron una puerta y una forma de decir cosas: algo de eso que a mi me pasaba cuando comenzaba a sacar fotos, poder transmitirlo es fantástico, que logre su propio lenguaje a través de distintas etapas.

Nota por Félix Mansilla. Foto de portada por Nico B Mansilla.

(de la edición Nº 9, julio 2012)