El abogado de los sobrevivientes

El abogado de los sobrevivientes

Por Félix Mansilla

En los últimos años de la década del ´80 Al Zío era el único café de El Cairo en donde se podía disfrutar de la lectura, jugar un partido de dominó y leer el diario. No había más locales de ese estilo. Estaba ubicado a dos cuadras del Mercado de las Flores, cerca del cruce de las avenidas Talat Harb y 26 de julio. Era un lugar tranquilo, con mesas de lata, paredes con cuadros de clásicos de la pintura, aromas dulces y largas partidas de dominó. El anís, el té con menta y la “shisha” (narguila: pipa de agua), eran productos especiales de Al Zío. Por esos años, no acudían tantos turistas.

Un argentino hacía más de dos semanas que esperaba allí. Los parroquianos del Al Zío le habían contado que Naguib Mahfuz, el único egipcio premio Nobel de literatura, acudía allí a beber café y a leer. Por eso, este turista iba todas las mañanas a Al Zío para encontrarlo. Un día descubrió que un hombre de edad avanzada, con aspecto de occidental —chaleco, corbata y traje marrón— leía el ejemplar de un diario inglés mientras tomaba café egipcio. Era el tercer día que lo veía. El argentino esperó a que terminase la lectura y le pidió prestado el ejemplar. El hombre accedió. Tras aclarar que no era musulmán, sino un cristiano menonita. Comenzaron a charlar.

—¿De dónde viene, usted? —su tono amable hizo que el argentino se sintiera más cómodo.
—De Argentina —respondió elevando la pera como desesperado por saber si conocía a su país.
—Argentina, Buenos Aires —hizo un silencio. -¿Cree en dios? –el argentino asintió. El hombre hizo señas al mozo. Luego comentó que era un abogado jubilado que actualmente vivía en El Cairo. Era viudo y padre de dos hijas. El argentino comentó que estaba de viaje por Egipto y que hacía algunas semanas que recorría este lugar. Anteriormente explicó que había estado en Marsa Matruh. En ese momento el hombre se sorprendió. Sus facciones se iluminaron.
—Marsa Matruh, ¿Por qué fue a Marsa Matruh? No hay demasiado para disfrutar de ese lugar. Es pequeño —dijo y una sonrisa triste se desplazó en su rostro marrón. El argentino comentó que era la segunda vuelta que daba por el país y que su objetivo era fotografiar cada lugar.
—¿Usted, cree en el destino? Permítame que le cuente una historia —se acomodó en su silla y tosió. El argentino se acodó en la mesa y prendió un cigarrillo. –Yo era un abogado en Alejandría. En el año 1962, volví de un viaje por toda Europa y decidí abrir un estudio jurídico en el pueblo vecino Marsu Matruh. No había allí mucho trabajo para un abogado, así que en las primeras semanas sólo leía el diario por la mañana y esperaba a que llegue algún cliente. Después de unos días tocaron el timbre. Me puse nervioso. Era el dueño de una cadena de hoteles de Alejandría junto a dos hombres vestidos de cura. El hombre me dijo que “no entiendiá lo que decían” y que me pagaría por ayudarlos. Acepté.
—¿De dónde eran? —dijo el argentino con una expresión de ojos bien abiertos.
—Eran alemanes y hablaban bien el inglés. Uno de ellos comentó su problema. Estuvieron en la segunda batalla de El Alamein en 1942. En el bombardeo de los Aliados se encontraban en una trinchera. Allí juraron hacerse franciscanos en caso de salvarse —el hombre hizo una pausa. —Tenían diecinueve años, el noventa por ciento de sus compañeros murieron allí y ellos quedaron prisioneros. Pronto los devolvieron. En Italia cuando estaban formándose, prometieron que veinticinco años después del día de esa batalla, regresarían al cementerio para saludar a sus compañeros. Necesitaban que les indique dónde quedaba ese lugar —suspiró.
—Toda una historia —pronunció el argentino con tono leve.
—¿Usted cree en el destino? —interrogó nuevamente. El argentino asintió. —Les indiqué como llegar —sus ojos parpadearon lento. —Al otro día, a veinticinco años de aquella batalla, fueron al lugar en donde habían luchado —su rostro entristeció. —Pisaron un mina que los mató a los dos —hizo una larga pausa. —Fíjese lo que es el destino. Todos juntos otra vez.

(de la edición Nº 3, enero 2012)