La memoria siempre funda el mañana (S.I. Marcos)

Dame un momento más con mi memoria

A través de explicativos conceptos sobre la memoria, el olvido y todos los presentes, este ensayo analítico intenta atravesar esos mares de construcciones de mitos, mentiras y prejuicios para justificar la muerte de todos los que no están. Por Emiliano Maglione*

Estableciendo comunicación

Me surgen algunas preguntas que vienen a dejar bien marcado el campo entre los “reivindicadores” de la última dictadura, y por tanto CÓMPLICES, y las “víctimas” del plan realizado por ésta, basado en el terror y la desinformación. Supongamos que nuestro país se encontraba en “peligro” de sufrir “atentados terroristas” de parte de grupos armados. ¿Puede o debe el Estado de ese país ¨salir a cazarlos”?, ¿Puede o debe salir a “cazar” y, encima, desaparecer civiles?, ¿Sin juicio previo? Digo, Ellos, bajo su punto de vista sobre lo que está bien y lo que está mal, consideran “culpable” a alguien y sin juicio previo se lo ejecuta ¿Tiene eso alguna lógica?, ¿Usted cree que podemos manejarnos así en la vida?, ¿Cree usted que un gobierno, que no lo eligió nadie, debe poder, a su juicio, fusilar personas y desaparecerlas?, ¿Cree usted que la familia de estas personas deben vivir esperando un hijo que de un día para el otro se “fue” y encima no deben hacerse ninguna pregunta?, ¿Cree que estas madres o abuelas deben entregarse al olvido o al perdón?, ¿Realmente usted cree que se puede hacer esto?

Supongamos que los 30.000 desaparecidos fueran culpables de algo ¿Se los debe desaparecer? Supongamos que no son 30.000; supongamos que son 8.000 ó 10 ó 1 ¿Cree usted que la familia de este único desaparecido (por parte del Estado) no debe preguntarse nada, debe enterrar el pasado y entregarse a la no-justicia porque ese gobierno que nadie eligió así lo dispone? Nunca se pudo probar que haya existido ese tan agitado peligro “comunista”; fue la gran excusa para la desaparición forzada de miles de compatriotas. Lo que sí está probado, vale decir, son las más de 100 restituciones (y las 400 que aún faltan) de identidad de nietos por Abuelas de Plaza de Mayo. El gobierno de facto (junto a los medios de comunicación que lo apoyaron) se encargó de inventar “enfrentamientos” para justificar el fusilamiento de las víctimas y de generar estereotipos que “ayudaban” a las personas a identificar a un “subversivo”.

“Yo nunca voy a decir que todo tiempo, por pasado, fue mejor…”

A mediados de la década del ‘70 se impone una dictadura cívico-militar. ¿Por qué “cívico”? A partir del consenso obtenido en importantes pero minoritarios sectores beneficiados por el nuevo orden y sus políticas económicas. Más aún: este apoyo activo se basó en medios masivos de comunicación que lograron su cometido al llevar a cada rincón del país un poco más de desinformación y ocultamiento. Vale la pena también recordar la complicidad de la cúpula de la Iglesia Católica, la misma que hoy se opone al matrimonio igualitario o a una ley de aborto; la misma que tuvo silencio para las Madres y Abuelas desesperadas que pedían por sus hijos y sus nietos; la que hoy nos sigue castigando con más silencio, tan alejada de los Padres Palotinos y del Padre Carlos Mugica. La Junta Militar, liderada por Videla, Massera y Agosti, dirigió un duro golpe a la “columna vertebral” del país. Dicho golpe fue previamente calculado (fue un plan sistemático de tortura y saqueo, sin vacilar). Desde el principio los objetivos fueron claros al buscar obtenerse el control de los dos planos que conforman dicha columna: el político y el cultural**. Para poder imponer sus políticas, el gobierno dictatorial inició una sangrienta persecución contra todos aquellos que se oponían a ellas.

“No habrá flores en la tumba del pasado”

“Las fronteras de la memoria. La masacre de las Fosas Ardeatinas. Historia, mito, rituales y símbolos” se llama el texto del historiador italiano Alessandro Portelli, publicado en la revista Sociohistórica. En él muestra una discrepancia entre el conocimiento histórico con todas sus herramientas y la memoria y/o el sentido común. El tema del trabajo es un acontecimiento que se da en Italia el 24 de marzo de 1944: la masacre de las fosas Ardeatinas. Sin entrar en detalles: las fuerzas de ocupación nazis asesinan a “335 personas, rehenes o, simplemente, personas tomadas al azar en la calle”, en “represalia por un ataque partisano” ocurrido el día anterior. Los registros británicos llaman a este crimen “atentado” donde habían muerto 32 soldados alemanes. Estas 335 personas fueron secuestradas y fusiladas sin juicio previo y arrojadas en fosas. Unos años después, el autor realizó una serie de entrevistas a distintos protagonistas (distintos ciudadanos italianos; todos ellos de alguna u otra manera protagonistas). De ellas se pueden desprender los distintos mitos que se fueron generando detrás de este suceso; los más inocentes, esos que nacen del miedo y del manto que cubre los ojos de los que no eligieron bien de dónde o cómo informarse o posicionarse y también los que se crearon de manera tendenciosa, casi cómplice. Este texto logra poner en vista la cara más sistemática, la más planeada, y, quizás por ello, la más siniestra del nazismo: el exterminio planificado de seres humanos. Característica que comparte, casualmente… con la última dictadura argentina.

“¿Te digo quiénes son los argentinos y las argentinas? Los que se llevaron a ninguna parte o a las Malvinas”

La construcción de mitos que justificó los crímenes de las fosas Ardeatinas (“Los partisanos arrojaron una bomba; por eso merecen ser castigados”) también le sirvió a la dictadura para encubrir el plan de tortura y desaparición contra la amenaza “subversiva” (“Pato Lacoste quería poner una bomba en el Nacional/ quería llevar armas a Chile”). La misma lógica. Ambas acciones, imposibles de comprobar y que no soportan el más mínimo análisis histórico, fueron marcadas a fuego en la memoria colectiva a través de estereotipos creados por esos mismos medios de comunicación que fogonearon la búsqueda de un culpable que hiciera más “liviana” la conciencia de su complicidad (“algo habrá/n hecho…”); la revista Gente bajo la dirección de Chiche (Gelblung) es un buen ejemplo de ello.

La figura de Pato coincidía con los estereotipos planteados. Este hombre se “atrevió” a ir a la Cuba de Fidel o al Chile de Allende y volvió a su ciudad a traer ideas ¿nuevas?, “peligrosas”. Este hombre se atrevió a alentar no solo a la lectura sino también a la edición de autores locales y es recordado por sus ex alumnos como un excelente profesor. Si así ellos lo recuerdan: ¿Qué nos importan entonces las construcciones mitológicas que pudieron y puedan crear alrededor de su figura?

Tenemos la obligación de recordar primero, como argentinos, a todos los desaparecidos, 30.000 o más, y segundo, como lobenses, a Luis Oscar Pato Lacoste, nuestro propio desaparecido, por su apertura mental y por la acción llevada a cabo del modo más leal a sus alumnos, a sus convicciones y a su profesión, la de profesor de una escuela pública. Por suerte, un nuevo resurgir cultural, posiblemente legado de Pato, aparece como contrapartida al olvido en el que estuvimos durmiendo por tanto tiempo.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.
**Léase el trabajo de Villafañe, Mauricio. “El problema del pueblo. La represión cultural durante la última dictadura: El caso del profesor Luis Oscar Pato Lacoste”.

(de la edición Nº 12, octubre 2012)

Corre, limpia y barre. Imagen tomada en mayo de 1976, Grupo de Artillería 1 General Iriarte.

Relato de los años de plomo

Durante el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, Alberto Mansilla estaba haciendo la colimba en Ciudadela. A 37 años de aquel episodio, lo recuerda como una experiencia vacía: “Lo único que podés aprender es que si te roban, tenés que robarle al otro”.

Corre, limpia y barre. Imagen tomada en mayo de 1976, Grupo de Artillería 1 General Iriarte.

Corre, limpia y barre. Imagen tomada en mayo de 1976, Grupo de Artillería 1 General Iriarte.

Por Félix Mansilla

En el año 1976, Alberto (58) tenía veinte años. Nunca había salido lejos de su casa y le tocó hacer el servicio militar. Luego de tres meses de una dura estadía en el Grupo de Artillería 1 General Iriarte, en Ciudadela, la tarde del 23 de marzo no fue igual. Él lo cuenta así: “Ya hacía más de veinte días que no salíamos de franco normalmente, estábamos acuartelados y ninguno de los superiores nos informó de nada, era todo aparentemente ‘normal´”.

Ese mismo día, los hicieron cenar alrededor de las siete de la tarde, antes de lo habitual. Después de la cena, se acostaron también temprano. Algo empezó a sospechar junto con sus compañeros. “Nos habían provisto de una bolsa llena de colchonetas inflables, carpa, utensilios para comida. A esa altura, todos sospechábamos que algo iba a pasar, pero nada parecido a un golpe de Estado. A las diez de la noche, nos llamaron a todos y alrededor de las once y media, nos hicieron agarrar todo el equipo y formar en el playón central del cuartel”.

Ya un tanto desconcertados por tanta incógnita, escucharon las palabras del capellán del cuartel que los hizo rezar algunas oraciones. “Después llegó un teniente coronel y nos informó que a partir de ese momento el Ejército se iba a hacer cargo del gobierno del país. Nos cargaron a todos en los camiones. Nosotros no sabíamos ni a dónde íbamos. Fuimos a parar a Escobar, dónde manejaban toda la zona de Zárate y Campana, para hacer operativos en la ruta durante día y noche, pidiendo documentación. Cortando la Panamericana, querían impedir que los guerrilleros escaparan para el lado de Zárate, donde podían fugarse en lancha hacia Paraguay, Uruguay por el Río Paraná, ya que tiene muchas salidas. De noche, los operativos los hacían los oficiales y suboficiales de mayor rango. Regresamos al cuartel cerca de un mes después”.

A esa altura, mediante la información proveniente de los diarios, en su mayoría afines o censurados, Alberto y todos los jóvenes colimbas no estaban muy al tanto de lo que realmente pasaba. El clima social parecía estar a favor de la toma del poder a partir de las armas. “La gente en ese momento se mostraba contenta, por todo el caos que fue el gobierno de Isabel Perón, los atentados, las bombas y que le echaban la culpa a los guerrilleros. A nosotros, que éramos soldados rasos, nos traían comida y cigarrillos. Existió la complicidad civil y estuvieron de acuerdo con que el Ejército tomara el mando”, explica Alberto, y continúa: “Mientras estuve adentro, no me di cuenta. Después cuando salí, varios años más tarde, leí el ‘Nunca más’ y me enteré de todas las atrocidades que cometieron los milicos en ese momento”.

Ante la pregunta de cómo vivió esa etapa de su vida, recuerda: “La viví mal, porque sin querer nosotros éramos parte del Ejército, al ser soldado y estar bajo bandera, pertenecí al Ejército. Nosotros nunca hicimos nada grave, lo único cuando nos mandaban a un campo de instrucción a hacer pozos, comúnmente llamados pozos de zorro, que es donde los soldados se meten adentro ante una posible guerra, nos hacían practicar luchas cuerpo a cuerpo y cavar esas fosas para ‘práctica’, decían, pero es muy posible que las hayan hecho para luego enterrar gente”.

Acerca de los mandamientos de los militares para con los colimbas, narra que la consigna era: “‘Tirar, después preguntar’, y no al revés. Lo bueno es que ni a mí ni a todos nos daba para tirar, por suerte. Lo peor, es que si yo mataba a un tipo no pasaba absolutamente nada, eso indica el grado de impunidad que ejercían”.

¿Cómo describiría a un militar?

Como en todo hay buenos y otros flor de hijos de puta. A mí me tuvieron quince días en el calabozo de campaña, que es como estar debajo de una cama, pero al aire libre con el paño de la carpa en la punta de la naríz, como estaqueado. Fue por no haber estado al momento en que tomaban la asistencia. No me escapé, sino que me tomé como un franco por mi cuenta, se dieron cuenta y tuve que pagar por eso, aunque eso estuviese prohibido por varias convenciones internacionales de DD.HH. Pero ellos se cagaron en todo eso. Era insoportable vivir ahí; detestaba la ropa, la comida, a los milicos, todo.

¿Hay algo que pueda rescatar como positivo de esa experiencia?

Lo único que puedo rescatar en limpio, fue la amistad con cuatro compañeros con los que mantenemos una relación hasta la actualidad. Lo único, porque no aprendí nada. Lo único que podés aprender con los milicos es que si te roban tenés que robarle al otro y siempre tratar de procurarte la comida: robar un poquito de azúcar, yerba, unos panes para tener reservas, como un instinto de supervivencia, nada más.

(de la edición Nº 5, marzo 2012)

1-Acerca de nuestra H

Acerca de nuestra historia reciente

El 24 de marzo es una fecha que condensa cientos de significados, una fecha que tiene una enorme potencia para los tiempos de hoy, que nos toca vivir y protagonizar. Aquí la antesala, el desarrollo y final de uno de los episodios más triste de nuestro país.

2-Madres

Por Mauricio Villafañe*

En una acción inédita, las Fuerzas Armadas en conjunto llevan adelante un golpe de Estado, torturador y desaparecedor, que se autoproclamará “Proceso de Reorganización Nacional”. Pero no estaban solos los milicos: dictaban letra, por abajo y por atrás, los grandes medios de comunicación, la cúpula de la Iglesia Católica, la gran burguesía agraria e industrial a través de sus corporaciones, sectores políticos varios e importantes sectores sociales que en su imaginario y ante situaciones de “caos” veían bien o necesaria la intervención militar.

El “caos” se refiere a los dos años previos al golpe: la muerte del General Perón marca el quiebre definitivo entre un momento de esperanzas y transformaciones caracterizado por la lucha popular contra la dictadura que había nacido en 1966 y una oscura etapa signada por el accionar criminal de bandas parapoliciales y grupos derechistas contra la militancia o disidencia, sea peronista o no.

La incapacidad manifiesta de Isabel Martínez sumada a la influencia de José López Rega, el autor intelectual de la Triple A, junto a la aceleración de la puja tanto distributiva en lo económico como política en la disputa por el poder van generando el terreno propicio para el accionar militar: el Operativo Independencia, en Tucumán, es una suerte de antesala de lo que se vendrá ya que el Ejército, autorizado por un gobierno constitucional, pone en marcha todo un plan sistemático de represión y aniquilamiento frente al foco guerrillero que venía desarrollando la Compañía del Monte del ERP en la provincia.

Así desde mediados y fines de 1975 el golpe era poco mas que un secreto a voces: se discutía por lo bajo (y no tanto) al tiempo que se buscaba la mejor posibilidad y condición de darlo. La lucha, oposición y resistencia del campo popular y revolucionario, ante tal escenario, se sigue dando, exacerbando la violencia de la derecha y el golpismo. Pero ¿Quedaba otra opción para los miles de militantes que combatieron por años la violencia golpista y la proscripción de los sectores dominantes? ¿La estrategia de lucha armada no quedaba desfasada ya después de mayo de 1973 con la vuelta de la democracia? Son un par de preguntas que pueden hallar muchas respuestas provisorias o absolutas o por ahí no, pero quedan acá planteadas.

A fines de marzo, entonces, la Junta Militar conformada por el general Videla, el almirante Massera y el brigadier Agosti (en representación de las 3 armas de las Fuerzas: Ejército, Marina y Fuerza Aérea), usurpan el poder, derrocando a un gobierno del cual ellos, institucionalmente, eran parte. El economista José Martínez de Hoz, descendiente del fundador de la Sociedad Rural que financió el genocidio de nuestros pueblos originarios mediante la llamada “Campaña al Desierto”, será el paradigma de la participación civil, no ya cómplice sino activa, de la política de la dictadura. Estará años frente al Ministerio de Economía destruyendo el aparato productivo nacional, vía ajuste y apertura al mercado internacional, como bien lo dictaba el recetario neoliberal.

Se extiende toda una red de campos de concentración por el país que sirven para evitar la condena internacional frente al accionar criminal de los dictadores y aplicar así la pena de muerte masivamente, previa tortura. La picana eléctrica, ideada por el comisario Lugones en los infames años ‘30, recorría los cuerpos desnudos de los/as detenidos/as- desaparecidos/as. Se “cobraba” así por ser “zurdo, bolche, monto, judío, puto”: la “máquina” se aplicaba hasta la muerte o a veces los milicos no creían necesario llegar hasta ahí: cuerpos de miles, aún con vida, fueron lanzados en los “vuelos de la muerte” al Río de la Plata.

Importantes sectores de la cultura y la intelectualidad fueron perseguidos, exiliados, tachados de “sospechosos”, asesinados, desaparecidos. La “reorganización” que se impuso por la fuerza en marzo de 1976 buscó abarcar todo. A tal fin se intervinieron las Universidades y todo el sistema educativo, decidiendo sobre contenidos de materias e incluso sobre carreras. Se cerraron comedores, fábricas. Se impuso el individualismo, el “sálvese quien pueda”, el “algo habrán hecho…”; se demonizó y clausuró la participación política y la militancia, se rompieron lazos sociales, familias, grupos de pertenencia.

3-Malvinas

El miedo y la magnitud represiva posibilitó el funcionamiento de un plan terrorista desde el aparato del Estado como el que se aplicó en nuestro país. El miedo pervivió largos años, de lucha aislada, de resistencia al mínimo de las posibilidades, de leyes nefastas, de indultos e impunidad. Pero ese miedo de mierda que teníamos, ese horror que nos paralizaba, esa incerteza que no llevaba a nada más que a la resignación, fueron pasando. De la lucha de Madres, marchando y marchando cientos de jueves en la Plaza de Mayo, y de Abuelas, recuperando nietos robados, de los pibes de Hijos, escarchando milicos sueltos, aprendimos.

Empezó a cambiar la historia: un flaco desgarbado y medio bizco, de apellido raro, tomó una medida, simbólica pero vital: ordenó bajar los cuadros de Videla y Galtieri del Colegio Militar. Y se anularon las leyes de la impunidad y se impulsaron e impulsan causas y juicios contra militares y civiles responsables de la imprescriptible violación a los derechos humanos durante la última dictadura cívico- militar. Se puso en marcha, hace pocos días, un juicio histórico para esclarecer lo que fue el Plan Cóndor, una “coordinación” regional entre las dictaduras latinoamericanas de los ‘70 y ‘80 para la captura de sospechosos.

Lo que se viene es la democratización del Poder Judicial como una de las patas del Estado de derecho, sacando de él a los jueces cómplices y/o parte de la dictadura genocida del ‘76.

No nos reconciliamos, no perdonamos ni olvidamos; exigimos verdad, justicia y memoria por nuestros/as compañeros/as para así poder aspirar a una sociedad democrática y comprometida con lo que pasó y con lo que pasa, siempre con la perspectiva de un futuro más digno y justo.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP. 

(de la edición Nº 17, marzo 2013)