Asesinos en 3 Motorock por Majito

Puro rock en Lobos

Asesinos en 3 Motorock por Majito

Asesinos del Pentagrama, por Majito.

El sábado fue distinto en el campo del Acuyai. La razón fue el desarrollo del 3º Motorock Lobos, donde ocho bandas de rock & roll inundaron la jornada.

Cerca de un doscientas personas se acercaron para escuchar rock, encontrarse con amigos y hacerle frente al frío.
En el escenario montado por el sonidista Ramiro Vega, sonaron bandas de toda la zona: Asesinos del Pentagrama y Furión de Lobos, Sin Embrague y Bloody Mary de San Miguel del Monte, Grand Routier de Navarro, Cementerio Blanco de Mercedes, Power Blues desde “los suburbios” de La Plata y Mojo.

Asesinos del Pentagrama

La banda integrada por Franco Regino (voz y guitarra), Sangui (bajo) y Gera (batería) brindó un show en el que repasaron muchas canciones de su disco Muerto o entero, grabado en los estudios El Lucero Records de Lobos, lanzado en diciembre de 2012. Entre ellas, pasaron “El rugir del motor”, “Sobre las tablas”, “Muerto o entero”, “Bailando el rock local”, “Fernet”, “Destino” y “3 CV”.

Con un gran marco de fans de la banda cerca del escenario montado en el centro del campo de doma, los Asesinos del Pentagrama cerraron su set llegada la medianoche, donde incluyeron covers de Pappo´s Blues (Ruta 66) y La Renga (Rebelde).
Luego del corte de luz que padeció la ciudad cerca de la 1 AM, el cierre del encuentro estuvo a cargo de la banda mercedina Cementerio Blanco.

(foto de portada por Majito)

desaparecidos

Yo no puedo librarme a lo que te debo como ilusión

A modo de ensayo histórico, nuestro columnista repasa los hechos desde el presente y apunta que en la historia reciente local no queda otra que disputarle el sentido de lo ocurrido al olvido, luchando por la memoria, la verdad y la justicia. Por Mauricio Villafañe*

En octubre de 1976 fue secuestrado y desaparecido por un grupo de tareas, en el marco de la última dictadura cívico- militar, el profesor lobense de Lengua y Literatura Luis Oscar Pato Lacoste. A 36 años de este doloroso punto de inflexión en nuestra historia reciente local no queda otra que disputarle el sentido de lo ocurrido al olvido, luchando por la memoria, la verdad y la justicia.

Al respecto, asistimos a un contexto propicio para la profundización de la discusión en torno a las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas en nuestro país, ayer nomás. Este contexto es tanto el resultado de la voluntad política de avanzar en tal sentido a partir del 2003 como de los largos años de lucha de los organismos de DDHH y de los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado. No hay chances de olvido, perdón o reconciliación pero tampoco debe caber la venganza sino la justicia constitucional que repare, al menos en parte, el dolor causado por los criminales que se creyeron dueños de la vida y de la muerte de miles de compatriotas. En eso estamos.

Volviendo a lo que se dijo al comienzo: ¿Qué es lo que le disputamos al olvido? Arrastramos, como sociedad, el peso de una de las herencias de la dictadura: la expresión “Algo habrán hecho…” como exculpatoria y el “acá no ha pasado nada” como mecanismo que niega lo ocurrido. Ante ese peso insoportable que nos legaron los torturadores, nos rebelamos. Ellos son hoy ancianos, cobardes, cínicos, puestos ante el accionar de la Justicia a pesar de la patética simulación de senilidad que mal termina encubriendo su orgullo por el “triunfo” en la llamada “guerra contra la subversión”. Su “cruzada” no fue otra cosa que una acción represiva y criminal inédita contra la organización popular. Se los está acusando, juzgando y condenando por sus crímenes contra la humanidad.

Ahora, ¿Por qué la desaparición de un docente en Lobos? Hay, en primer lugar, un dato que merece destacarse: en el año 2009, un grupo de estudiantes del Colegio Nacional, del cual Pato era docente, realizaron un pequeño pero valioso documental sobre él. Consta de una serie de entrevistas que hablan de él como docente y referente cultural, abordando así también su desaparición. Es una necesaria reflexión sobre lo que nos ocurrió como sociedad, que se vuelve más valiosa aún al estar impulsada por estudiantes secundarios de nuestra ciudad.

Entonces, una primera respuesta a la pregunta planteada: fue desaparecido por lo que significaba, por ser una referencia cultural e intelectual en la ciudad. Una de las entrevistadas en el documental, su esposa, destaca la existencia de una denuncia contra Pato de parte de un “grupo de padres”: ¡Atención, señores y señoras, su papel ante la historia y ante su pueblo es haber “liberado” a sus hijos del terrible “peligro” de un docente!
Yendo a lo más general, el secuestro y la “doble” desaparición (corporal y cultural) de Pato Lacoste son acciones “ejemplificadoras” y significan el cierre de la dinámica cultural precedente y antagónica al tiempo de “orden” que corría para 1976. Su “ausencia” sacaba de la escena al mejor y mayor exponente local de esa dinámica, poniendo en aviso a los que quedaban: “Ojo, Lacoste algo habrá hecho, no se metan…”. Terrorismo desde el aparato de Estado, engranaje de un plan sistemático de reestructuración y disciplinamiento social basado en la tortura, el robo de identidad, la represión y la desaparición forzada entre otros rasgos “distintivos”.

Es el objetivo del “orden”, atento a un proyecto cultural y social reaccionario y represivo, el que lleva a la desaparición de Pato. Su accionar, como docente y referente, era propio del contexto social, político y cultural previo a la imposición de los militares y aliados civiles en 1976. Pato transitó Filosofía y Letras en la UBA de mediados de los ‘60, años de resistencia a los “bastones largos” del golpe de 1966; vivió y se formó a la par que el pueblo argentino fue despertando de este letargo golpista, Cordobazo mediante.

Es testigo y parte de todo un estado de movilización inédito a escala global: la descolonización de África, el movimiento hippie y la oposición a la guerra yanqui contra Vietnam, la desestalinización en el mundo soviético, el Mayo francés, la Revolución cubana, el triunfo de Salvador Allende y la Unidad Popular en Chile, el Concilio Vaticano II y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, la opción por la lucha armada por parte de las organizaciones populares latinoamericanas para enfrentar a la violencia golpista desde arriba… Más cerca e inmediato, se corona en nuestro país la lucha de la mayoría del pueblo argentino por hacer retornar, tras 18 años de bombas, fusilamientos, traiciones y proscripciones, al peronismo al poder.

La imposición del proyecto cultural dictatorial frenaba y demolía todo un estado de cosas, en nombre de proteger la esencia del “ser argentino”. La cultura era entendida como un “campo de batalla” más, volviéndose una preocupación central. Por tal motivo, había que controlarla: de acuerdo con este objetivo, se recurrió a “listas negras”, políticas de censura rayanas a lo absurdo, exilios forzados, desapariciones y quemas públicas de libros como la que el genocida Luciano Benjamín Menéndez realizó en Córdoba. Esta práctica persecutoria y represiva estaba orientada a los llamados “ideólogos” de los “subversivos” (entendidos éstos como militantes y activistas de organizaciones sindicales, político- armadas, etc.): intelectuales, artistas y…docentes. Sí, docentes: el 5.7 % de los desaparecidos, según declaraciones recogidas por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), eran/son docentes. Y Pato Lacoste es uno de ellos.

Con este tipo particular de represión se lograba no sólo la desaparición física sino también la representacional (obras, prácticas y discursos). A la desaparición del cuerpo como forma de “gestión” del poder en regímenes autoritarios (la aplicación de la pena de muerte en forma masiva, por ejemplo) se le corresponde la desaparición referencial; está desaparecido su cuerpo pero también lo que éste significaba intelectual y culturalmente. De esta forma, la estrategia de la dictadura en este terreno se volvía complementaria respecto al terrorismo estatal como plan de desarticulación y disciplinamiento de la organización popular.

Esta estrategia tiene, como uno de sus campos de acción, a la escuela. En ella estaba la “fuente” de la “subversión”, que “intoxicaba” a los jóvenes argentinos con ideas extrañas al “ser nacional”. La “intoxicación” podía darse en el tipo de materias dictadas y en sus contenidos, en los vocablos empleados como en el aliento a ciertas formas de trabajo en el aula o en las tareas y los comportamientos. La labor de “control ideológico” llevada a cabo por los defensores del orden dictatorial venía a atacar todo una dinámica cultural previa: militancia y compromiso político, activa sindicalización (centros de estudiantes) y un espíritu general de apertura y discusión.

La respuesta represiva comienza con la limitación del rol docente, quedando como un mero transmisor de contenidos para continuar con absurdas reglamentaciones en la vestimenta y en el comportamiento, el control de contenidos y de la dinámica institucional y áulica, la censura de libros y materiales, la vigilancia sobre actividades escolares y extraescolares, sanciones (suspensiones, expulsiones) y persecuciones. La más drástica de las medidas era el secuestro y la desaparición, como a Pato. Su materia, Lengua y Literatura, era sospechosa de favorecer el “adoctrinamiento subversivo”, la “marca de época” de lo absurdo de la política educativa dictatorial.

A fin de cuentas, el hecho de que Pato sea parte de una dinámica cultural que alentaba una propuesta educativa convocante (estimulando el trabajo en grupo y la discusión sobre lo que sucedía en la actualidad, como se destaca en el documental), en articulación con un proyecto cultural innovador y hasta revolucionario en una ciudad como Lobos (editor de obras de autores locales, director teatral) hace que se convierta en una figura “peligrosa” para las aspiraciones reaccionarias, ya que su acción era protagónica y estratégica en la formación, transmisión y generación cultural lobense.

Este modesto viaje va terminando con la certeza de buscar no sólo la reivindicación de Pato Lacoste sino también de intentar ligarse a un mandato que la memoria impone: frente al acto criminal de su secuestro y desaparición, frente al olvido y al “acá no ha pasado nada…”, recomponer lo negado y desaparecido, simbólicamente hablando. Pero esta restitución no puede ser nunca una aspiración individual sino una tarea colectiva consciente. De esta forma, en Lobos, hay en el aire una inquietud y un muy auspicioso renacer cultural.

Los diferentes espacios y muy buenos artistas locales y sus expresiones, los proyectos concretados y los que se vendrán hablan de la reconstitución de los lazos sociales negados por tanto tiempo y de la recuperación de la confianza, de las ganas y del compromiso aparte del talento, la capacidad y las condiciones. De esta forma creo que todos y todas estamos menos solos y solas, haciendo un poco por restituir lo que nos han negado, recuperando en lo concreto obras, prácticas y discursos clausurados por la herencia cultural del ‘76, ese viejo manual de instrucciones y toda su “enseñanza” de individualismo y de “no te metás”. Recuperando esto vamos a disputarle el sentido de la historia al maldito olvido, a generar memoria luchando por la justicia para los que ya no están y a trabajar por la esperanza de vivir y hacer un mundo mejor.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 12, octubre 2012)