Comentarios en la web

Bardeame que me gusta

Los comentarios en las notas de los medios digitales en internet se han convertido en un arma de seducción para los portales y en un punto importante para publicar lo impublicable ¿Debate de ideas, histeria web o un refugio de opinión de los pasivos en la comunicación?

Tras leer la información: ¿Las opiniones de los lectores son otra opción para continuar entretenido, informado y descargado? Una posible respuesta, es que todo depende del medio y los intereses que por ellos corre a la hora de la edición y selección de dichas opiniones. Muchas veces, lo allí expuesto no se condice con la información puntual y se expanden los insultos/choques entre usuarios. Esto deja entrever a las claras que se trata de un espacio que protegido bajo el manto de la noticia/información, desarrolla un flujo que se cobija con al menos dos argumentos: como un espacio que da importancia a las opiniones de sus lectores y como un lugar donde se plantea un debate de ideas que aporta al feedback entre el medio y sus consumidores.

Pero en realidad, muy escasamente lo que allí se comenta se refiere al punto central y sólo se trata de un campo donde las idas y vueltas de los foristas se convierten en ataques mutuos, prejuiciosos y con puntos ideológicos esparcidos y generalizados, con los conceptos básicos de cada rama política.
Así, la red transmuta en una gran cantidad de expresiones que no contienen suficiente sustento argumentativo. Claro que cuando los comentarios giran en modo opuesto, sirven como un canal donde corren las diversas veredas de opinión y de algún modo, conducen a seguir formando opinión, porque la mirada cuantitativa tiene cierto grado de seducción en aumento.

Es muy probable entonces que esto sí funcione en modo positivo, por tratar de atraer al lector a analizar el contenido periodístico. El sentido contrario se da cuando el medio difunde los resultados de las opiniones y dichas participaciones no superan las doscientas. Así, las referencias sólo apuntan a ser acaparadoras de perfiles acaparadores de lo que piensa y analiza cierta porción de la sociedad que cuenta como un todo absoluto.

A partir de los comentarios, los informes seducen mejor en la portada y la estrategia se reparte en un buen título, la infaltable foto que ilustra y la cantidad de opiniones, lo que hace suponer que quien hojee la nota lo hace por el derecho e interés de informarse, desquitarse o el sólo hecho de “formar parte” de los medios. Esto, lleva implicado el deber de que cada individuo sepa interpretar la información de modo que lo que se diga de ella y sobre ella, no sean agresiones u opiniones que no hacen a lo concreto.

Infinidad de medios, construyen las noticias a partir de “lo que dice la gente”, y así, con no más de cinco opiniones, se funda la realidad y el medio difunde eso que presume pero calla.

(de la edición Nº 2, diciembre 2011)

FLACO RIVER 1

Spinetta, River y un amor eterno

Reflexiones, mitos y verdades sobre Luis Alberto Spinetta y River Plate. Desde los goles de Alonso o Francescoli a los oscuros días del club para leer y entender por qué este hombre defendió siempre un estilo.

Por Ariel Boffelli*

Me acuerdo cuando Luis Alberto Spinetta se fue. Tirado en un sillón, reflexionando las vacaciones, en una tarde calurosa de febrero, con una revista El Gráfico de 1986 en la mano, en medio de un zapping apareció la placa roja de Crónica, que fiel a su estilo, me vomitó en la cara: “Murió Spinetta”. Me sentí mal a pesar de que nunca fui un devoto de lo que hacía, aunque debo admitir que Pescado Rabioso, según los entendidos, su etapa más pesada y, supuestamente, “agresiva”, me gusta. Pero algo más me puso triste aquel domingo, y no era más que una misma pasión que nos unía: River Plate. El Flaco fue un reconocido hincha del club millonario. La famosa foto con una camiseta del múltiple campeón argentino circuló aquel día junto a otras tantas imágenes por los canales de televisión reflejando que su vida y la de River siempre estuvieron juntas.

Muchos hablan del “Anillo del Capitán Beto”, tema que Invisible popularizó, se relacionó a la zurda mágica de Norberto “Beto” Alonso, aquel exquisito número 10 que jugó en Núñez y hoy mancha su historia con declaraciones absurdas en los medios. Pero él no habría sido la musa inspiradora para aquel tema aunque bien hubiera gritado los goles de aquel capitán que llevó a River a la cima mundial.

El amor entre Spinetta y su equipo no terminó en aquella anécdota, porque fue un hincha, al igual que su estilo, sobrio y elegante, que recordó siempre la historia que todo riverplatense respeta. En una entrevista al desaparecido diario Crítica, en 2008, cuando la debacle institucional comenzaba a tomar forma, advirtió que el juego de River es diferente a todo porque cuando gana, lo “hace con todo”.

“Si juega bien, me encanta, porque River cuando gana, no gana de pedo. Gana porque juega bien. De pedo, a veces, le han ganado. River cuando gana, gana con todo. Lo único que falta es que nos caguemos también en eso”, dejaba escapar, quizá, adivinando lo que iba a pasar 3 años después y, pesar de esa visión, que terminó siendo realidad, Spinetta dejó algo más.

De un flaco a otro

No es casual que su fanatismo traspasó los días y el tiempo. Su muerte, el 8 de febrero de 2012, dio una señal más de ser, como decía, un “Gallina de ley”. Esa fecha no es una más para el mundo River. Veintiseis años antes, con igual elegancia y frialdad, Enzo Francescoli realizaba una obra artística-deportiva, que daba la vuelta al globo, para sumar un capítulo más a la novela que lo convertiría en un ídolo eterno. Algo así como de Flaco a Flaco. Pocos equipos en la historia vencieron a una selección europea como lo hizo River el 8 de febrero de 1986, el mismo día que Spinetta dejó este mundo. Un inolvidable 5 a 4 a Polonia, definido por una chilena magistral en tiempo de descuento, hacía delirar a un estadio José María Minella de Mar del Plata y a todo un país que quedaba con la boca abierta.

Ese triunfo, con el golazo de Enzo, era un anticipo de la gloria que alcanzarían los dirigidos por el Bambino Veira. Primero, la ansiada Copa Libertadores (nunca se había obtenido hasta entonces) y, como plus, el título mundial en Japón ante los rumanos del Steaua de Bucarest definido con un gol de otro uruguayo, Antonio Alzamendi, ese rápido número 7 asistido por la zurda mágica del (¿otro?) “Beto”: Alonso.

¿Casualidad? Eso queda para los supersticiosos. Spinetta fue un hombre que siempre se identificó con River Plate y, de cierta forma, lo plasmó en su vida. Aquella imagen que giraba en los canales lo confirmaba al igual que su hijo Dante, en el propio Monumental, le agradecía a la institución el reconocimiento a su padre.

“Todavía recuerdo el último partido que vimos juntos en el hospital. A pesar de que mi viejo estaba muy mal, me pidió la camiseta y la tuvo arriba de él para mirar el partido. Estuvo con River hasta el final”. Las palabras sobran. River y Spinetta, hasta el último día, un amor eterno.

*Entrerriano, periodista deportivo, estudiante de Periodismo y Comunicación de la UNLP. Productor de radio, cronista del sitio Letra P (La Plata).

(de la edición Nº 16 “Todo Spinetta”, febrero 2012)

Stella & Pato color

Conversaciones con Stella

El 24 de marzo no es un día más como dice el tango. Es un mes para recordar, reflexionar, volver e intentar. Stella Culela (69), cuenta acerca del después de la desaparición de su esposo por aquel entonces, para que Pato Lacoste no desaparezca nunca más.

Pato b-N

Por Félix Mansilla

Pato seguro era un apasionado. Volver a pensarlo hace que aquello que dejó se vuelva un tanto mejor, que no se ancle, que vuele desde los sentidos de aquella época. Ahora como que está todo inventado y en las escuelas no se montan obras de teatro, como si el arte audiovisual hubiese dicho “dejen, no sirve”, o las maestras se hubiesen puesto de acuerdo para decir que no o que el presente se piense desde la virtualidad de individualizar todo. Hoy vivimos en lo que J.P Feinmman y muchos intelectuales leen y demarcan como “la era del imposibilismo”, donde residen la resignación y el juzgamiento hacia aquello que nos resulta lejano que criticados desde el ahora, todos se equivocan. En un artículo del año 2007, Feinmann utiliza como ejemplo dos figuras fundamentales para pensar la política de la Argentina de los setenta: a Evita y al Che. A la señora se la comió el cáncer, quiso vencer pero se fue deprisa, vivió, luchó, se fue víctima de una muerte joven.

En cambio el Che, fue más allá aunque en el presente exista la idea que dicta que ya no se puede cambiar nada. El recordado se equivocó, no pudo desarrollar la lucha armada para llevar a cabo la revolución, cambiar el mundo para que sea justo, más igual para todos. “Estaba loco”, se oye siempre o fue un héroe (para decir que perdió) ése que desde la vara del diario de hoy es harto fácil de problematizar. Cómo se explica eso, si ahora no hay nada nuevo bajo el sol, la política —partidaria— es sucia, no sirve. Éste es el legado en general, con lo dolorosa que es la herencia que llega por sola imposición del tiempo, de generaciones, de los resultados sin el mientras tanto.

En ese entonces inmediato, lo que sobrevive —de alguna o muchas formas— es el arte, que corta esa pared al medio porque en el trascurrir no se debilita, sólo que puede parecer confuso, lejano o simplemente raro. Pero con un momento flash back deja de parecerlo. El gran acertijo de la historia es poder ver, en todo caso, el evento detenido, contextualizado, dinamizado en su desarrollo, analizado con datos coherentes. La forma de atravesar el tiempo a través del arte no deja espacios a confusiones; cada obra representa ese acontecer —despierto-consiente-dormido— para que en ese espacio flote eterno en su conjunción. La plasticidad del arte compacto (específico, real) se escapa a su propio día a día, aunque de alguna forma sobreviva cada vez que es pensado, amplificado en el atreverse a volver. Nada de liviano, pasatista, fue para Lacoste exponer en 1969 junto a sus alumnos “El Principito” (de Saint Exupery) y en 1970 “Alicia en el reino del revés”, una local adaptación de la obra de Lewis Carroll “Alicia en el país de las maravillas”.

Al comienzo de la charla (“sin grabar, por favor”) Stella cuenta que Pato también hizo obras de teatro como “Rebelión en la trastienda. La Palabra” del Negro Homero César del Buono (editada por la editorial Santamarina en 1975, con ilustraciones de Osvaldo Di Santo y prólogo de Lacoste) musicalizada por Eduardo Pachamé. Hoy, recuerda que después de esos estrenos un amigo que tenía una casa en el campo, en Lobos, le recomendó a Pato que se fuera para allá, porque se hablaba mal acá de esa obra y que muchos padres del colegio Nacional —donde Pato dio clases de Lengua a partir de 1968— se habían quejado porque contenía ‘malas palabras’ y cartones por el estilo. “Pero Pato no quiso, decía que no, que no se iba a ir. Bueno…”. La sonrisa con mentón inquieto revuelve a Stella. En los ojos bronca. En el pasado lo injusto. “Todo fue porque Pato estaba en la Educación, era alguien con mucho conocimiento”.

En medio de esos volveres, se puede pensar en la resignificación actual, en cómo casi cuarenta años después la lectura de aquello y el sentir son otros (¿tan otros?). En “Memorias y representaciones” de Daniel Feirstein, el autor sugiere pensar en las ideas que el presente derrama sobre la historia, donde “el genocidio transforma las identidades de todos los miembros de la sociedad y que el terror afecta al conjunto social”. En dicho terreno, “el dolor es un alerta para la acción, pero si la acción es imposible el dolor se vuelve inútil”, amplía.

En ese sentido, lo expuesto puede sugerirnos re-pensar el significado de la desaparición de Pato Lacoste: el símbolo impreso en una acción aleccionadora desde el punto de vista testimonial (como en un boca a boca infinito en los años) donde la noticia se apodera del después y de la sumatoria de los días. Feirstein, explica que el paso de los años divide de algún modo “las tres grandes construcciones de sentido alrededor del ‘terror’ que hemos sufrido como sociedad”. Estos son los que “lo conciben como ‘guerra’, como ‘crímenes de lesa humanidad’ y como ‘genocidio’. (…) El discurso de la ‘guerra’ piensa en clave binaria, de bandos. Una división social que opone dos identidades y grupos. Otro riesgo es la teoría de los dos demonios (…) que plantea la idea de una ajenidad del conjunto social, de dos grupos marginales” (Página/12, 3 de marzo de 2013). En esa ubicación atemporal, podemos situar ésas señales propias de la época. Como reafirma Mauricio Villafañe sobre el doble mensaje en el accionar del terrorismo de Estado: “Es el objetivo del ‘orden’, atento a un proyecto cultural y social reaccionario y represivo, el que llevó a la desaparición de Pato” (Yo no puedo librarme a lo que te debo como ilusión. el viaje Nº 12, octubre 2012).

Sufrir, continuar, rehacer

“El origen de todo empezó por la Educación. Tenía una mirada distinta. Él era peronista, pero no militaba. Eso fue cuando estuvo en la facultad”, aclara Stella connotando esa caracterización del significado —amplío/confuso/determinante— que representa en Argentina “ser peronista”.
El sol se percibe como en un casi otoño en la piel. Entra tibio por los ventanales que dan a la calle, en una esquina de antaño en la ciudad. Stella habla de Pato, pero sin nombrarlo. Cuenta con frases cortas como si ya hubiese dicho todo lo que tenía para contar. Comienza a enumerar un sinfín de razones por las que ya no cree en casi nada. En la política, en los que “lucran con los Derechos Humanos”, en los que antes iban a la plaza, luchaban, ponían el pecho desde cualquier lugar y hoy “viven” del Estado. Sus palabras hacen que la conversación sea como un repaso de su mirada de estos días, para permitirse regresar al pasado, para saber qué parte le toca hoy.

En medio de sus argumentos entre ese rebobinar la memoria de ayer anclada en ‘este’ después —que entre tanto es el recorrido del camino actual— mueve apenas el mentón de nuevo y cierra los ojos dos segundos. Apoya sus manos en el mostrador, observa el movimiento de los chicos que recién entraron a jugar en el Pelotero, ese lugar en el que siempre hay niños jugando.

Después de finalizar sus estudios secundarios en el Colegio de Hermanas, comenzó a estudiar Ciencias de la Educación para ser Asistente Social. Dio clases en Marcos Paz y en Merlo. Antes de todo aquello, conoció a Pato a sus dieciséis años. En los ojos le aparece el reflejo, suelta una sonrisa al pronunciar y narra, breve: “Nuestros encuentros eran en la plaza 1810. Él iba al Nacional, yo al de Hermanas. Nos veíamos ahí, en la plaza”. Hace una pausa. Sale el silencio a flote. Le pregunto qué era lo que la enamoró de Pato, que fue lo que le atrajo de su personalidad. Ella piensa en cómo armar la frase y dice que “muchas cosas”. Ríe apenas y cuenta: “A él le gustaba escribir. Escribía mucho. Poemas, relatos. Cuando pasó todo esto, estaba terminando de escribir una novela. Pero bue…”, da a entender calma Stella.

“Recuerdo que le enseñó a hablar en castellano a los hijos de una pareja de amigos italianos que vivieron en Estados Unidos y tuvieron hijos allá. Cuando vinieron, él les daba clases de particular de castellano. En señal de agradecimiento hacia aquel gesto de Pato, le regalaron un dólar de plata, que fue una de las pocas cosas que me quedaron de él. Pero en el segundo allanamiento que hicieron después de que Pato desapareció, los milicos se lo robaron”.

Luego de vender una ficha de pool a un pibe de no más de doce, cambia de tema, dice “él era un gran lector”. Calla y le pregunto si después de la noche del 15 de octubre cuando el grupo de tareas lo arrancó de su casa, pensó en volver a verlo. Asiente con la cabeza y larga que “yo sabía que no iba a aparecer. Buscamos un tiempo, gracias a la ayuda de amigos de verdad que nos prestaron autos para hallarlo. Hasta que un día llegó la señal. A mí me hizo caer del Buono, que leyó en Clarín que no sé en qué zona, no recuerdo bien si por Tandil, era un lugar del interior de la provincia, habían encontrado muerto a un tal ‘Tato’, que era guerrillero. Esa eran las señales que nos mandaban los milicos para que dejemos de buscarlo. Era Pato. Para mí eso fue. Pausa breve, final: “Ahí perdí toda esperanza y como pude con el tiempo salí. Me costó mucho, pero salí. Rehíce mi vida”.

(de la edición Nº 17, marzo 2013)