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Esperando el impacto

Hace un año, el más excéntrico de los Pink Floyd brindó nueve shows en River con el espectáculo mundial The Wall Live. Aquí, crónica e impresiones de una noche de estrellas, vuelos y estallidos sonoros.

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Por Félix Mansilla

The Wall Live no es un concierto de rock, es una ópera rock y un amplio conjunto de construcciones simbólicas de la historia reciente. Más allá de las posteriores dudas acerca de los detalles que hacen al show en su conjunto (sonido nítido, imágenes en alta definición, agregados varios y hasta leves sospechas de playback) cada momento es único e irrepetible por su magnitud abarcadora de sentidos a lo largo de más de dos horas de una función dedicada a las Madres de Plaza de Mayo.

La tarde de ese domingo 18 en River se presentó calurosa, pesada. Faltaban más de cuatro horas y la espera en las colas a cuatro cuadras del Monumental sobre la avenida Udaondo, residían impacientes pero a la vez con una tranquilidad con sabor a llegada. Sin cacheos policiales de por medio ni láser a las entradas, el ingreso hizo transpirar a los ansiosos. Dos horas y media después, con la noche entre las cabezas, el show The Wall se veía ahí, cercano. A los diez minutos de show, ya estaba cubierto el precio de cada entrada, tanto para los de las más baratas ($160) como para la de las plateas más caras que ascendían los $ 2 mil.

Al momento del hit “Another brick in the Wall” todo el público ya había visto y sentido la banda sonora de una contienda, la caída de un avión estrellado contra el muro, fuegos de artificio y la penetración sonora espacial con una sincronización envolvente que deja una sensación de aturdimiento gustoso, interiorización de una ejecución con audio de otros lares.

En la puesta en escena desplegada en la pared, que abarca de un costado a otro el arco que da a Figueroa Alcorta y que a lo largo del show se va construyendo sin que los espectadores puedan percibirlo de manera consciente, transcurren un sinfín de proyecciones que se desarrollan sin respiro.

El espectáculo está basado en los conceptos del disco The Wall del año 1979, con pasajes de la película que se estrenó en 1982 bajo la dirección de Alan Parker y ciertas percepciones de esta época, como las imágenes del conflicto de Medio Oriente, los hostigamientos hacia la mujer y la injusticia social. Si bien el efecto visual y sonoro hacen de The Wall un retrato pasajero de la vida de Waters, hijo de un soldado caído en la Segunda Guerra, se puede apreciar el deseo medio de cualquier persona que añora la paz y un mundo un poco mejor, “desenmascarando” a los siempre culpables.

Las imágenes de la segunda guerra se mezclan con gritos y ruido chillante de aviones y bombas que trasladan —al menos a la distancia— a un paisaje hostil de balas y sangre derramada. El acierto en cada tramo del show, reside en las metáforas que se deslizan contra la guerra, el poder político, la violencia policial y la educación como eje central de dominación. Así, cada interpretación de Waters va tomando forma al momento de emanar mensajes —“no queremos más” o “el miedo construye muros”—.

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La temática planteada para la gira 2011, que ya estuvo en Chile, Argentina, Brasil y continuará en Asia, también recoge pinceladas de padecimientos mundiales como la paranoia generada a través de las cámaras de seguridad (símil el Gran Hermano de George Orwell en la novela 1984) o las luces de faros que buscan gente en campos de concentración o espacios preparados para la guerra.

Por eso, entre otros de los guiños de sometimiento capitalista actual, aparecen símbolos en los que se representan diferentes tipos de marcas comerciales (Shell, Mercedes Benz) y políticas, como el haz y el martillo comunista, arrojados desde un avión de guerra sobre ríos de lava, como para dar idea de fin a tanta simulación comercial. Ese parece ser el constante mensaje del bajista, que se reparte entre voz principal y líder de una parodia real de la vida de todos los días, pero muy alejado de ser sólo un concierto de rock.

Tras la finalización del disco uno, la obra cuenta con un descanso de poco más de diez minutos y en la pared se proyectan retratos de personas fallecidas por diferentes motivos relacionados a la búsqueda de la paz. Con “Hey you” abre la segunda etapa de la obra, un poco más relajada que la primera, y así, con el muro casi finalizado, el espectáculo mantiene una delgada línea de contacto con el público debido a lo íntimo de cada uno de los temas. El golpe más bajo, después de muchos golpes bajos (como la inspiración al miedo, la paranoia y la persecución) se da cuando Roger Waters, ya convertido en el Pink más delirante y con alegorías de un líder fascista, arremete a la platea con una ametralladora. No hacía falta tanta realidad, si bien la parodia se transforma por momentos en una contexto muy parecido a episodios que día a día se relatan y construyen en la TV.

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A modo de cierre y tocando la trompeta en Outside The Wall, Waters se despide con todas las luces del estadio prendidas y en una clima de respiro tras tanta imaginería musical y teatral. El final, fue la experiencia de haber vivido una banda de rock interpretando un disco conceptual y rupturista del siglo XX y un auto homenaje que Waters desarrolla dejando literalmente detrás de la pared la historia que conformaron los otros músicos de la banda: David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright.

Después de una larga estadía en la Argentina, con coqueteos políticos con Cristina Fernández —dónde no omitió opiniones sobre el conflicto Malvinas— y con Mauricio Macri, a quien lo felicitó por “sus aportes a la educación”, el ex Pink Floyd se despidió ante más de 400 mil personas que vieron lo que alguna vez soñaron y descansaron luego de tanta realidad asumida.

(de la edición Nº 6, abril 2012)

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El arte de la mentira

“Las historias tienen que ser buenas. Si son verdaderas, mejor”. Siguiendo este precepto, la anécdota a continuación dejará ver posibles verdades gastadas o los cuentos encantados. Todo ocurrió en Grecia. Tomaron nota al escuchar las palabras del profesor.

Cada historia esconde datos imperfectos, lugares inexistentes, personajes inventados. Todas dejan algo para pensar.
—¿En qué parte del cementerio están las lápidas? —le preguntó el turista una tarde antes de que abriera la taberna.
—Por ahí, al fondo las va a encontrar. Todo el mundo las visita —repitió Giorgio, el tabernero, con el rostro serio.
—Ya lo recorrí todo y nos la encontré —se ofuscó el turista.

Quien contó la anécdota estuvo en la isla Corfú, al norte de Grecia, a principios de la década del ´80, cuando todavía no había desembarcado la industria turística y la diversión no se vendía en paquetes con fotos en la Web. Los nativos le contaron que Ulises, en la Odisea de Homero, naufragó sobre sus playas, y que durante la segunda guerra, esta parte del mapa fue un refugio alemán, estratégico en la invasión nazi a los países del sur de Europa.

En medio de la guerra fría fue el escenario de enfrentamientos entre facciones comunistas. Desde fines de los ´70, los lugareños comenzaron a vivir de la cosecha de olivares, venta de piedras y troncos de pino. En 1982, Corfú era una bahía de no más de tres kilómetros con una montaña en el extremo, de donde se veían las costas al otro lado del mar. Sobre los acantilados estaba el pueblo, de no más de doscientos habitantes, casas de piedra, un cementerio, calles sin entrada para autos y la taberna Giorgio´s. Por las noches, cuando el contingente concurría a escuchar las historias del viejo Giorgio Bardís, el propietario, muchas barcas contrabandeaban perfumes y jabones que luego vendían en la costa de Albania, a sólo 15 kilómetros mar mediante, para obtener queso y tabaco. Por ese entonces, en Corfú no había hoteles ni campings. Los turistas afortunados, podían conseguir hospedaje en la casa de algún pueblerino que por pocas monedas retiraba a su familia a la casa de un pariente para obtener mínimas ganancias. La mayoría acampaba sobre los montes cercanos a las playas o en sus camionetas 4×4, sin más.

La taberna Giorgio´s estaba cien metros sobre el nivel de la playa. Su construcción era rústica, típica del lugar: paredes de piedra, vigas con troncos de olivo, techo de cañas y algunas tejas grises por la sal del mar. El interior, de no más de seis metros de largo, contenía lo esencial en un local de estas latitudes: barra y mesas de piedra, butacas altas, y un ventanal con vista a la bahía.

Según el número de concurrentes, Giorgio junto a su esposa María, trabajaban de jueves a sábados, desde la partida del sol hasta que se retiraba el último turista en las madrugadas estrelladas. La oferta para cenar no era muy variada: mousaka (una mezcla de berenjenas con queso), algunas ensaladas y pulpo griego (untado con mucha sal y aceite), y para beber: vino blanco de patras, houyo, redsina (vino añejado en barriles de madera de pino), Coca-Cola y café griego (igual a cualquier café, pero servido en Grecia).

A media noche comenzaba el espectáculo de la isla Corfú. Giorgio tocaba un par de temas suaves con su guitarra española, acompañado de su voz ronca y gastada. Mientras, su esposa María despachaba las bebidas y apagaba las luces hasta dejar el local en sombras. Comenzaba el cuento: “Les voy a contar la triste historia de Mikis y Ebridike. Yo los conocí. Los vi nacer y correr entre la playa y los olivares. Desde pequeños se amaron siempre. Yo sabía que iban a morir juntos. Hace pocos días se cumplió un aniversario más de la tragedia”. El sonido de las olas que entraba desde la ventana, hacía de escenario perfecto mientras Giorgio narraba que los enamorados habían crecido en dos familias queridas y humildes del pueblo. Cuando Mikis cumplió dieciocho, decidió “hacer la América” en los Estados Unidos y poder, tres años después, regresar con dinero y casarse con su amada Ebridike. Antes de partir, le dijo: “Prepara el vestido. A la vuelta nos casaremos”.

En los primeros seis meses llegaban a la isla las cartas de Mikis que Ebridike respondía llena de ternura, recuerdos y amor. A los nueve, no recibía tantas como al principio y al año de la partida ya no llegaban. Ebridike estuvo más de un año y medio escribiéndole a su amado lejano sin recibir respuestas. Todos los sobres volvían con el sello NO ENTREGADO. Un año y medio después, a veinte días de que se cumplieran los tres años prometidos, Ebridike decidió arrojarse al mar con el vestido de novia que nunca estrenó. Las olas devolvieron el cuerpo y sus padres y parientes la enterraron en el cementerio del pueblo, donde todos los vecinos fueron a despedirla con pequeños ramos de flores recogidos en los bosques de la isla. A esta altura del relato, Giorgio apagaba su voz y más de un turista se secaba las lágrimas de tantas tristezas de amor y empinaba su vaso de redsina tibia. María servía los tragos con el rostro fatigado y amargado sin dejar de oír la historia. Miki regresó, se enteró la penosa noticia y explicó que tras trabajar de lavacopas en bares de Estados Unidos, decidió cruzar a Canadá para obtener una mejor paga en la tala de bosques.

Desde allí, le fue imposible enviar cartas a su futura esposa. Quince días después del regreso, entristecido, pasó las noches emborrachándose y llorando sus penas. Al igual que Ebridike, decidió terminar con su vida arrojándose al mar. En la lápida, junto a la de su novia, grabaron: “Novios en la vida, esposos en la muerte”. Al finalizar la historia, Giorgio comentaba que los pescadores los veían caminando por la arena, abrazados en las noches. Al pronunciar estas palabras giraba su mirada al ventanal que daba en la bahía. Los turistas miraban curiosos. “Por estos días se cumplen un aniversario más de lo que sucedió”, repetía a cada momento. Terminada la historia, proponía un brindis en memoria de Mikis y Ebridike.

Quien contó la historia de Giorgio, pasó unas largas vacaciones en la isla. Llegó a tener una relación amistosa e intima con el tabernero. Tras escuchar muchas veces la historia, comenzó con las preguntas para desentramar los episodios que no le cerraban. Cada tarde bebían juntos tirados en la playa. Antes de su partida, Giorgio confesó la verdad de la mentira.

(de la edición Nº2, diciembre 2011)