sexo

La cara de Dios

Por Juan Barberis*

A mediados de los años ’50, Elvis revoleaba su pelvis a niveles desconocidos y miles de adolescentes lo admiraban con fascinación, deseo y calentura. En esos movimientos todavía algo ingenuos, el Rey de Memphis empezaba a traducir la histeria sexual contenida tras siglos de hipocresía, doble moral e ignorancia. El sexo, por primera vez, encontraba en el rock un aliado batallador; un conducto llamativamente similar por el cual se podía llegar a compartir, expresar y cuestionar lo establecido.

En diciembre de 1953, un tipo como Hugh Hefner lanzaba el primer número de Playboy –¡con Marilyn Monroe en tapa!– y abría un nuevo espacio de ruptura y provocación ante el espanto de viejas y mojigatos. En 1960 se aprobaba el uso de la píldora anticonceptiva y Helen Gurley Brown le daba forma a Cosmopolitan, un manifiesto feminista de divulgación e información sexual. El sexo ya no parecía sólo reducirse a un mero acto de reproducción: ahora era también el destape contenido de varias generaciones.

Con la Guerra Fría en ebullición, el movimiento pacifista hizo del hippismo su carta más visible, llevando la revolución a un segundo nivel. El mundo que habían enseñado, descripto y delimitado los adultos, se ahogaba en charcos de sangre y el sexo libre se transformaba no sólo en una forma de satisfacer el deseo sino también en un modo joven de expresión, rebeldía y transgresión. Woodstock, la congregación más memorable de la historia del rock, fue el lugar perfecto para llevarlo a los ojos del mundo: chicos y chicas hicieron el amor y no la guerra, intercambiando fluidos con naturalidad animal.

Mientras tanto, en la Argentina de 1970, Moris apostaba a la diversidad. “Ustedes dicen macho, varón y qué sé yo, me meten en un molde como si fuera un flan”, cantaba en Escuchame entre el ruido y planteaba un debate prematuro. Entre raptos de culto al cuerpo, pornografía casera y las habituales culpas cristianas, el fin del mundo nos encuentra todavía intentando demoler paredes (la última victoria fue en julio de 2010, con la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario).

Ya sin ser parte de una minoría que batalla (y con la tríada de “sexo, drogas y rock and roll” que parece algo sacada de contexto), hoy el sexo es mercancía con espacio de prime-time en la TV y brota con fuerza desmedida desde la PC con sólo un golpe de mouse. Suficiente como para observar, por ejemplo, a la adorable de Silvina Luna acariciarse en HD y tirar cachonda: “La tengo peludita, ¿ves?”.

*Director del diario de rock DeGarage, de la ciudad de La Plata, cronista de Rolling Stone y amigo de revista el viaje. Nota publicada en el suplemento NO de Página/12 el 29 de diciembre de 2011.

(de la edición Nº 3, enero 2012)

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“La primera vez que regalé un retrato, lloré”

María Magdalena Adanczyk tiene más de veinte cuadros pintados. A sus 17 años asegura que jamás vendería una creación y que el paso del tiempo hizo que ahora tenga una mirada más crítica de las pinturas de otros artistas.

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Ilad, por M. M. Adanczyk.

María comenzó a tutearse con el arte desde chica, en el jardín y siempre le gustó dibujar. Empezó a disfrutar más de la pintura en quinto grado cuando participó en el concurso de pintura “Agua fuente de vida”, representando a la escuela Manuel Belgrano de Salvador María. Superó la etapa local, el dibujo viajó a Buenos Aires donde participó junto a 25.312 pinturas y entre esos, obtuvo una mención. Eso la impulsó: “Fue el detonante”, explica. Ganó una beca de pintura y tomó clases durante dos años. Hoy asegura que hacer un cuadro “es un ochenta por ciento de trabajo y veinte de placer”.

¿Cómo fueron tus primeras creaciones artísticas?

Al principio era pasar a un plano todo lo que veía. Así empecé a perfeccionarme un poco, a regalarlos, porque vender nunca voy a vender. También dibujaba rostros de personas importantes en mi vida. Siempre me interesó que a la persona le signifique algo ver ese cuadro, que lo mueva.

¿Te acordás del primero que hiciste?

Recuerdo que la dibujé a mi madrina Ophelia, de cuando era bebé. El primer rostro que hice fue el de mi abuela Frida, en el año 2007 y fue la primera vez que me animé y plasmé en grande una imagen de ella cuando era joven. Se lo regalé en un cumpleaños. Ese día lloré, fue muy emocionante. Ella también, se vio joven. Hoy lo veo y le encuentro errores en el trazo y las sombras, pero el recuerdo es ése.

¿Revisás las obras de otros artístas?

Sí. Me interesa saber la persona que lo hizo y el por qué lo hizo. No tanto el significado sino el por qué. Desde chica me enseñaron que a partir del conocimiento iba a mirar una obra y algo le iba a encontrar que no me gustara o que se notaran los trazos del pincel o el lápiz. Es como que el ojo se va adaptando y vas viendo cómo se armó. Hay obras que son re importantes, que más allá de que midan un centímetro impresionan.

¿Qué artistas de la pintura te interesan?

Tengo muchas colecciones de pintura de suplementos de diarios y los aprovecho para inspirarme. Me gusta saber mucho de pintores y artistas argentinos; con qué te podés encontrar de obras realizadas de gente de nuestro país.

¿Cuáles son los que te ayudan a crear e inventar?

Los que más me inspiran son Salvador Dalí, por la fuerza que tiene, más allá de su ego, porque era así. Me conmueve el amor y la fuerza que tiene por el arte. El otro es Pablo Piccaso, que tiene la humildad que le falta a Dalí. La fuerza y el impacto son lo que me gusta de ellos.

A la hora de pararte frente al inicio de una obra: ¿qué cuestiones tenés en cuenta?

Que hacer un cuadro es un ochenta por ciento de trabajo y veinte de placer. No hay que hacerlo forzado, la idea no es estar toda una tarde dibujando, sino empezar a bocetar, hacer una raya y que de la raya te salga un árbol, y de ese árbol salga un paisaje y así. Por ahí, no queda como lo pensaste, pero se va formando un buen producto y te convence.

¿Cuántos cuadros tenés firmados?

Contando aquellos que quedaron en los concursos en los que participé, serán unos veinte entre retratos y pinturas. Allí, la firma no puede molestar, entonces uno la hace en donde no distraiga la mirada. Es la manera de sellar tu impronta. Es tuya y tiene que estar.

(de la edición Nº 2, diciembre 2011)