GORDO 1

Gordo con orto: gol

Por René Catto

La cosa fue que los grandulones desafiaron al trío Gordo-Corto-Mayco a un picado en el área grande del arco, ese que daba a la casa de la vecina que siempre alcanzaba las pelotas con una sonrisa de oreja a oreja y —cuando no— se cruzaba a patear unos penales en los entrenamientos de las inferiores. Junto a Poyo, estaban Croto y Burge, que retaron así como de pesados. El trío aceptó sin dudas ni mariconadas. Eran no más de las seis de la tarde y las luces de la noche como que comenzaban a caer para la gestación de jugadas con infrarrojo total. Armaron los arcos con buzos y gorras, corrieron sus ciclomotores: una Juki 50 y dos Zanellas del mismo calce. A la del Poyo le decían La Harley y hasta en eso querían parecer pesados. Pero el trío les hizo tomar la sopa. Con la pelota amasada con la derecha, Poyo ofició de organizador.

—Jugamos a diez. Por la cerveza.
—Dale, joya. Empezá —apuró el Corto que ya empezaba a dar saltitos para renovar el oxígeno.
—Daselás, Poyo. Empiecen ustedes —agitó el Burge con las manos en pose taza y pecas de muñeca pepona.

El encuentro empezó y el equipo del Gordo tuvo que soportar dos goles perreados de los tres que hizo Croto por arriba de los buzos. El Gordo, pensó: “Este muerto, siempre se chocó los tobillos. Burge, tiene menos trote que un gusano. El Poyo, aunque bruto y todo, siempre demostró más actitud que juego y más esmero que talento, pero no nos pueden ganar”, se convenció y metió un centro llovido sobre lo que en una cancha rayada sería el área chica. Mayco le dio de puntín —un especialista para el sorteo de ejecuciones redondas— pero Burge se la chocó y dio rebote.

El Corto la paró en seco y dio un pase al vacío para la llegada del Gordo, que frenó, la pisó tranquilizando y apuntó a la olla para que Mayco distraiga la marca de Poyo y vaya el Corto a ponerla despacito como robando de una heladera en la noche. Tres a uno y se les vino el cagaso a los grandotes. Croto desoxigenado y los ojos grandes como luz alta, Burge con más sed que antes del almuerzo en año nuevo y el Poyo con una pasta blanca en las comisuras que se secaba con el palo derecho, un buzo de Croto.

Juego en el medio de la cancha, pases nulos, un contragolpe del Corto para poner las cosas tres a dos. Los grandotes hicieron el cuarto, pero sin merecer nada con tanta irrespetuosidad deportiva. Vino el cuatro a tres después de un penal grande como el chichón tatuado en la canilla de Mayco, que le dejó la pena máxima a el Corto. Iguales en cuatro y el asunto se puso espeso con la caída de la noche.

—Burge, largala —retaba el Poyo con dos grados menos para el punto hervor.
—Decíle a este inútil también —atacó muñeca pepona señalando a Croto que tenía los ojos como sartenazo en la nuca.

Descuidos de Mayco en la defensa, el Gordo que no le daba la nafta para bajar y el Corto que meaba tres horas sin parar, hicieron que el partido vaya caducando en un ocho a cinco peleadísimo. Pero el trámite no acabó ahí: nueve a siete y no había forma de hacer que la Tango rasposa entrara en ese arco que cada vez era más chico. Nadie dijo nada, pero era cantado que había sido Burge el que lo redujo como a uno de cricket, un mulero de aquellos. Poyo ya no quería lola y la reventó casi hasta el otro arco, sin saber que había cometido el mayor error de sus últimos treinta minutos de vida. El trío Gordo-Corto-Mayco, se juntó a resolver la ecuación.

—Juguemos al piso, si están muertos —dijo el Gordo abrazando al Corto.
—Desbordo y tiro el centro bajo —anunció el petiso mirando a Mayco.
—Ok, ok —tranquilizó el urso espigado con un gesto de “no hay drama”.

Fue así que se le terminó la caminata eterna y confiada al Poyo de América, que retó a Pedro y a Burge como por obligación diciendo “vamos”, queriendo decir “vamos que ya ganamos”. Nada de eso, señores: el trío G-C-M se puso nueve a ocho y las papas quemaban del lado de los grandotes. Burge mostró de nuevo el cagaso con un cobarde “gol gana”. Fue ahí donde vino la magia del Corto que tiró el centro bajo para que Mayco ponga el marcador en un luchado nueve a nueve. Los grandotes continuaban llegando y llorando, pero no se hablaban ni miraban, como con vergüenza.

Pelota afuera y sacó Mayco shoteando en la que sería la última jugada, para darle un pase al Gordo que estaba en el medio y le puso un pase en lo alto al Corto que tiró como venía a una altura como para desnucar un víbora asomada en la cueva. Dio nuevamente en Burge y se fue al córner. No daban más del cagaso y la bronca en el momento que el petiso tiró el centro que Mayco acompañó haciendo que el esférico retrase su velocidad aérea.

Dos cabezazos en el área es gol y fue así nomás, como en una palomita eterna el Gordo frenteó la Tango que entró como viboreando en el aire de un arco desvirgado en seco. Mini avioncitos en la noche victoriosa y los grandotes supieron de la justicia con ese magistral punto final de una historia que hoy se recuerda gloriosa. Prendieron sus motos de morondanga y se escaparon como rabiosos perdedores, marcando toda la cancha con huellas de huida en la derrota. Al día de hoy, Poyo no puede creer y reconocer su fracaso ante el trío imbatible. Y siempre dice lo mismo, en presente:

—No puede tener tanto ojete este Gordo.

(de la edición Nº 1o, agosto 2012)

NUBES 11

El título es secreto

Le ofrezco a usted lector una pista, un enigma que quizás atrape su atención y lo retenga por solo unas líneas, en esto que llamaremos: La dualidad del ser, la condena del geminiano. Por Mujer Montaña

En el día de hoy, Fernando Pessoa. “Solo esta libertad nos conceden los dioses: someternos a su dominio por voluntad nuestra. Más vale que así lo hagamos porque solo en la ilusión de la libertad, la libertad existe”. Más, agrega: “Primero sé libre; después pide la libertad”.

Hay algo de sinónimo entre la libertad y el geminiano, entre la libertad y cualquier espíritu inquieto como Pessoa. Esos mandatos, preceptos y demás cuestiones ya incorporadas como humanidad nos tienden a hacer creer que cualquier dualidad y cuestión que altere el curso normal de las cosas está mal, es dañino, es algo a arreglar.

Tomo el desafío de, para variar, contrariar eso: libre es quien se pregunta, quien mira más allá del mantel, quien tiene ese dejo de desconfianza en la punta de las pestañas, quien ya no quiere definirse. Es cierto que esto acarrea más de un dolor de cabeza hasta que se comprende, poniendo curitas en los porrazos de la vida, que el ser libre es correr (aparentes) riesgos. Que uno, aunque se quisiera, no podría ser de otra manera. No podríamos levantarnos todas las mañanas como robot sin mirar por la ventana antes, no podríamos dejar de hacerle culto a cosas tan chiquitas (para nosotros fundamentales) como hacer pan o pispiar con admiración cómo duerme el gato.

Pensar en la libertad como un estado supremo al cual solo algunos hombres pueden llegar, es quizás uno de los engaños más instaurados por nuestras mentes, la liberación parte de un estado mental, de comprender que decidir es liberarse. Herman Hesse, nos advierte en “Pequeñas Alegrías”, nos alerta contra la hiperactividad y el frenesí de la prisa, como principales enemigos de la felicidad. Como nos han instaurado la ansiedad en el logro y consecución de cosas ajenas a nuestro ser, alejándonos de nosotros mismos hasta volvernos completos extraños, y así homogeneizarnos en segmentos de mercado y catalogarnos como un producto más.

Con todo esto quiero decirles, amables amigos, que como buenos porfiados hay que empezar a buscarle la vuelta al asunto, que ya no nos pese tener múltiples personalidades dentro sino saber y hacerse cargo que somos uno con ellas y uno con los que viven afuera nuestro también. Que la libertad está ahí, cerquita, esperando que dejemos de dormir en una vida de rutina que sabemos ajena. Que encontremos felicidad en cada cosa que hacemos, dedicándole el tiempo que merece, contemplación de los sucesos que nos rodean, de la maravilla que implica un amanecer, el nacimiento del día, y como todo cobra vida. Respiremos hondo, que cuantos más mejor.

Libre es quien cuestiona; cuestiona el insatisfecho, el incómodo, el que no acepta un mandato. Así se establece un nuevo orden, un nuevo paradigma. Y quien lo hace se libera a sí mismo y libera al resto, los eleva.
Es curioso pensar que las líneas son todas rectas, eso sólo sucede en el infinito. La recta, o línea recta, es la sucesión continua e indefinida de puntos en una sola dimensión; está compuesta de infinitos segmentos. Así como también podemos afirmar que todas las líneas paralelas se cortan en el infinito, generando un punto de unión.

He aquí la cuestión, por más separados que corran nuestros caminos, y que parezcan muy disimiles entre sí, en el infinito somos uno. Todos somos el mar, el mar de algún lugar. No pierda el tiempo en buscar entender al otro, entiéndase usted mismo y así logrará aceptar como tal al prójimo, a su hermano.
Pessoa logró congraciarse con todos sus yo, y logró ser uno y todos a la vez. Algunas personas viven la vida con tanta intensidad que no se puede leerlos sin parpadear, y quien se atreva, es seguro que se enciende. “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

(de la edición Nº 10, agosto 2012)