Segundo compilado del sello Mandioca (1970).

Todos rockeros ¿triunfaremos?

En marzo de 1973, un odontólogo radicado en la localidad bonaerense de San Andrés de Giles y posterior delegado personal de Juan Domingo Perón apodado El tío, ganaba las elecciones nacionales, representando al líder proscripto. Es historia conocida, pero vale el recuerdo.

Por Mauro Basiuk*

En ese entonces, la consigna Cámpora al Gobierno, Perón al Poder podía verse en paredes u oírse al ser cantada por jóvenes y no tan jóvenes. Era el momento en que se entusiasmaban con el regreso de la Democracia, la idea de un camino al socialismo y/o de un país cuyo Estado recuperase los niveles de bienestar de finales de la década del cuarenta. La victoria de la fórmula del FREJULI, Héctor J. Cámpora- Vicente Solano Lima con el 49,76% de los votos fue festejada, entre otros actos, a través del llamado Festival del triunfo peronista. Con la invitación de la Brigada Juventud Peronista, en el programa aparecían reunidos “conjuntos de Música Moderna” como Billy Bond y la Pesada, Pappo’s Blues, Pescado Rabioso, Sui Generis, Vivencia, La Banda del Oeste y otros.

Además de intérpretes como Lito Nebbia (sic), León Gieccco (sic), Ruben Porchieto (sic), Pajarito Zaguri y un tal “Juan Domingo”. “Joven argentino te esperamos en el estadio de Argentinos Juniors” convocaba el afiche con día, 31 de marzo, y fecha, 16:30. Semejante propuesta, sin embargo, quedó trunca por múltiples problemas técnicos sumados a una lluvia torrencial. Sesenta minutos después de la hora prevista, luego de leer un sin fin de adhesiones, La Pesada hizo dos temas (la formación: Kubero Díaz, Alejandro Medina, Jorge Pinchevsky, Isa Portugheis y Charly García en piano).
Seguido, La Banda del Oeste pidió un minuto de silencio en memoria de Eva Perón.

Al momento de iniciar su set, llegó el vice Solano Lima quien cantó el himno y arengó a la juventud. Después la banda, cuyo punto cardinal remitía a sus sitios de ensayo (una fábrica de aluminio en Villa del Parque y el garaje de Fletes Once), se dispuso a tocar pero los desperfectos lo impidieron. “Antes de que subiera La Pesada, unos monos me empujaron y tomaron el escenario para que el vice de la fórmula diera un discurso sobre la reforma agraria mientras nuestro público, que eran villeros, firestones, estrellas e intelectuales del rock, lo silbaba. Ese día se murió La Banda”, rememoró al periodista Pablo Schanton del suplemento Sí, Diego Villanueva, baterista del grupo.

El nexo para el accidentado festival había sido Jorge Álvarez, histórico editor de libros (Manuel Puig, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, apenas tres autores que publicó su sello en los 60’s) y creador del Sello Mandioca (La madre de los chicos, como decían). Miguel Grinberg contó a Federico Scigliano y Diego Sánchez del suplemento joven de Tiempo Argentino, que “se formó entre nosotros un consenso de que esa era una buena oportunidad para que, en cierta medida, el rock argentino sacara carta de ciudadanía en un momento donde, según mi interpretación, más que el triunfo peronista se celebraba el cierre de un ciclo militar”.

Otro nombre clave de aquel encuentro, Billy Bond, consigna otra frase de aquel momento histórico: “Éramos todos peronistas y Jorge Álvarez especialmente. Por eso la tapa de Pidamos peras a Mandioca es una gran pera… es un Perón”. En No Toquen. Músicos Populares, Gobierno y Sociedad/ Utopías, Persecución y Listas Negras en la Argentina 1960-1983, de Dario Marchini, se describe una escena ilustrativa con el propio Bond: “‘Antes de cantar tenés que hacer alguna mención a Evita’, fue la primera recomendación. ‘Tenés que decir algo de Isabel’, le sugirió otro. ‘Ni se te ocurra hablar de Isabelita, sólo de Perón y el Tío Cámpora’, le previno un tercero. ‘Únicamente podés hablar de Perón’ fue la última directiva, ya en tono de orden. ‘Pónganse de acuerdo muchachos, esto así va a terminar mal!’ protestó el cantante, quien a esa altura seguramente ignoraba el carácter profético que terminaría cobrando su queja…”

Esa misma tarde y fiel a la costumbre, la policía se encargó de detener a “hombres de cabello largo y barba”. Una moneda corriente desde los tiempos de Juan Carlos Onganía que se intensificaría de modo trágico a la vuelta de la esquina.

A cuarenta años de aquel intento de acercamiento entre la flamante música de rock y la política en clave organizada dejamos las reflexiones sesudas de lado. Aquellas que siguen y seguirán hablando, discutiendo sobre el valor de la obra de un artista cuando está influido por la coyuntura política. Sin darle más vueltas, nos aventuramos a situarlo, provisoriamente, dentro de un mal romance, necesario, con sus desengaños e histerias, aunque no exento de pasión.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCC de la UNLP, columnista radial, coleccionista.

(de la edición Nº 17, marzo 2013)

Gente sin swing

Gente sin swing

Por René Catto

Cagones S.A

Odio a las personas que no esperan nada. Cuando voy por la calle muchos me preguntan: “¿Cuándo volvés a publicar tus reflexiones, René?”. Mis respuestas son del tipo: ‘volveré’ o ‘ya falta poco’ —o una que dice poco y mucho—: ‘Vamos a ver’, cuando en realidad el viejo Catto piensa (sin decir): “Cuando se me cante”. Igual, cuando las preguntas vienen de buena leche, se nota. Quizá les guste, porque no se animan o no saben o no intentan o la van de espectadores. Pero, lo peor de todo, es que esta clase de gente que siempre espera el tren, cuando les llega dejan pasar al que le sigue en la cola. Les da miedo embarcarse. Me pasó con una mina: no se animaba, le daba cosa, se pensaba incapaz. Le dije: “Hacelo y después criticate, flaca”. Por eso, me agarro el izquierdo cuando me cruzo gente sin swing, porque no dicen lo que piensan ni siquiera con un filtro. Entonces, pienso (aunque no se los digo, que se caguen): “Salí, hermano, animate, dejá de llorar la baby y a la gorra de su perro viejo”.

Piloto automático

No sirve. Antes de apretar el botón, pegate un tiro. No sirve hacer las cosas como por costumbre. No se puede garchar en automático, amar en automático, vivir en automático. Otro de los especímenes que me sacan son los viejos chotos a los que le falta imaginación y clavan el automatic. Hace poco, en una clase para formar docentes se hablaba en cómo encarar una clase ante pibes que están llenos de problemas, con problemas en la casa y en la escuela. Su nombre, no podía ser otro: Roberto. Gordo, alto, pelado, barba candado y… abogado (NdR.: se fue hace poco, es posta). Ante la presencia de más de ochenta personas —potenciales profesores— el tipo dijo: “Yo puedo entender que los pibes tengan problemas, que se los debe incluir y demás. Pero yo soy un abogado devenido en profesor, no un cura”. Menos mal, querido Roberto. Los pibes no necesitan un cura, eso está más que cantado, pero sí alguien que sea contenedor, que puede hacer caso a ese mensaje que transmiten con su cara, sus pelos y sus granos. Si vas a dar clase para comprarte una heladera nueva o cambiar el auto, dedicate a hacer cosas de abogator, maestro. Además, un aire acondicionado en doce cuotas, tampoco es una locura. No gastes el tiempo tuyo y el de los pibes.

Otra de Robertito (de manual). El tipo comenzó a decir por qué hoy el mundo estaba como estaba. Saltó que en los sesenta los hippies y el rock. Y ahí sí, se me subió la mostaza y me dio ganas de darle un chute en el orto a la voz de: “Dedicate a otra cosa y dejá de leer las columnas de Enrique Pinti en La Nación, pelado sorete”. Para Dr. Robert todo el bardo de ahora es culpa de los hippies y el rock. Una cosa son los documentales, maestro, y otra muy distante es tu lectura cabeza de la cultura. Tenés la misma edad que Ozzy Osbourne pero la tirás como Juan José Sebrelli (“Sebrelli, vos andá al arco”). Me jodió que la resumiera tanto. Además, no se puede vivir con tanto veneno inculto y decir pelotudeces —reales pelotudeces— en un espacio donde la idea es sumar y no levantar la mano (o la garra, en el caso de Roberto) para pronunciar cosas como: “Esto no lo vamos a cambiar nosotros (los futuros profesores)”. Claro que no, pero podemos dejar algo. Mejor no le digas nada a los pibes, porque si se lo decís como un cura volvemos a las cavernas, padre. Falta que tiren un avioncito con una Rivadavia rayada y le hagas rezar dos padrenuestro y dieciocho avemarías (por el capuchón en la punta y la leyenda “Roberto, viejo choto” en el fuselaje).

Por ahí estoy siendo muy duro con el difunto, pero qué ganas de hacer catarsis delante de setenta y cinco minas y doce flacos, encima, con los que nunca cruzaste ni un buen día. Qué mal, porque les miraste el orto a todas, eh. Claro, ¿qué penitencia te cabe? Ninguna. No soy botón, pero ni un buen día dijiste. Otra. Te condenó decir con honestidad bruta que hacías el curso para dar clases y tener una ‘entradita más’ a fin de mes. QEPD.

Chicaneros y simplistas

Una cosa es criticar cuando analizaste todo el producto, ya sea un libro, una obra, un disco, un programa, una revista, una situación, un hecho, un cumpleaños. La cuestión reside en los tipos que a falta del diario del lunes, comentan sobre breves lapsos de revisión. Es decir, sin análisis no se puede llegar a buenos caminos, maestro, pero sí caer en los mismos lugares comunes. A ver, así como Roberto recortó la historia posmoderna de hippies a alumnos sin ganas, puedo decir que esta clase de gente —la que critica, habla y habla y no hace— se diseminó lo mismo que semillas sembradas desde un avión. Si me vas a boicotear mis columnas, ponele, preparate una lista de al menos tres razones. Porqué: si venís con términos como “es malo”, “no se entiende” o peor aún, “es un maleducado”, te la doy con una bombucha en la oreja. La historia de la humanidad está repleta de críticos de lo que otros hacen —bien, mal, más o menos pero hacen— y quedan. La onda sería que dejes el camino corto que tomó Caperucita para que sientas que para llegar se necesita patear y mover las tetis. Antes de decir para perjudicar, callá para no pudrirla y venite con argumentos y si cobraste el aguinaldo, pagate una birra por lo menos. Si te digo rock, no me digas ‘cosa de faloperos’, porque sería lo mismo que repetir que los que escribían letras de tango son todos alcohólicos y cornudos. Si vas a criticar, ponele onda.

Sé vos, nomás

Si estás leyendo Historias duras sin ganas o con las cejas en señal de duda, ponete a hacer otra cosa porque me senté con el culo prendido fuego. Basta con comentarios con la escoba, de excusas de papel, de frases gastadas y toda la mierda que tira para atrás. Es el momento de empezar y dejar de decir no como una niña virgen. Mejor que blablablá como una vieja viuda o un viudo frente al vino, es dejar hacer y asistir —ver/acompañar/estar/ser— para que esto no sea una fiesta suspendida, que iba a ser y apagaron los freezers. No necesitamos mala onda, necesitamos gente que piense y que antes de quedarse mirando Fantino salga a disfrutar. Ah, otra cosa. No me vengan con esa de “me dijeron que estuvo flojo” o esa película es mala.

—¿Qué, fuiste al cine?”.
—No, me contaron.
Así no. Ponele onda, viejo.

Trazo grueso

Afuera llueve. Desde la ventana de la habitación puedo percibir que el día está empapado y las hojas de los árboles flacos lloran y se caen. No es un día más. Es lunes, triste. Nada de lo que no haya pasado alguna vez: lluvia, desamor, silencio, luz cortada. Hay que encontrarle el lado positivo y, si la memoria no me falla, todo se parece a esos cuentos en los que la invasión del temor se asocia a un clima hostil, plagados de nubes grises y rayos que cortan el cielo y las transmisiones. Qué hacer. Bueno, lo lógico indica dejar volar la imaginación y postrarse en la cama a leer algún libro, pero no. Es imposible no leer y sentir la humedad. Encima con la luz cortada y el cielo negro, no se lee un sorete a la vela, como diría mi madre en tales ocasiones. No es lo mismo escribir con lapicera que tipear párrafos prontos a ser borrados en la pantalla del ordenador. Ordenar: libros, papeles, recibos, facturas. Para qué. Eso me pregunto: para qué mierda guardo tanto papel pintado.

Para qué carajo ese pase de subte, para qué. Si ni para anotar números al voleo sirven. Hoy, la fantasía se resume en pixeles, las agendas encuadernadas son un estorbo en las mochilas y las lapiceras nunca andan. Cuánto hace que alguien no presta su espalda para que otro anote en letra trazo grueso la consigna del tepé para entregar vía mail. Eso. Nada más hipócrita que el cumplimiento vía red. “No me llegó el mensaje” o el típico: “por ahí fue a parar al spam”. No jodan, viejo. Los correos electrónicos llegan, los sms también. No repitas y gastes frases con eso de “no me llegó nada”. Hacete cargo, cagón. Si te colgaste en responder o sólo te chupó un huevo poner ‘recibido’, decílo. Nadie te va a mandar en cana. Pero no, sigue esa puta costumbre de “se me complicó responderte, no me mates”.

Nadie te va a matar, enfermo. Te matás solo, si no tenés huevos para decirle a un amigo: “Te fallé, vieja”. Entonces a la mierda con la tecnología y la comunicación. Qué comunicación, si cuando necesitamos el servicio PRESTA al 773, la línea está congestionada o no hay señal y la minita de trampa no tenía saldo. Dejame de joder. Lindo sería antes esperar una carta, oler la tinta en el papel, adivinar los tachones y ese tipo de cosas que nos cuentan los viejos. Qué quilombo y qué ansiedad, pero qué documento de la vida. Hoy, la propia tecnología obliga a estar “conectados”. Conectados de qué, ¿me pueden explicar?. Si el uso de la tecnología se percibe como un acortar los caminos que luego se vuelven intransitables por nosotros mismos. Dale, mensaje de mierda entregate que necesito una respuesta.

No tendrá señal, la puta que me re parió. Bueno, ya fue. Mejor me quedo con esa foto. Qué foto. No existe más esa foto. Hay miles de fotos y ni un solo aura. Claro, el aura se pierde a la segunda imagen, si reproducen toda la secuencia: En la playa. Pareja abrazada con fondo de mar y cuatro viejos arrugados como pasas que juegan al tejo con un viento que les despeina hasta el ojete. En la otra imagen, gatilla ella –siempre apretados porque ya no existe más pedir ese favor de que te saquen una foto- y la onda es sacarse solos. Así, desapareció el rol del fotógrafo de turno y ya nadie reclama: “Che, yo no salí en la foto”.

Venía con eso del aura. Cada foto es única si se tiene en cuenta que el retrato no se parece a ningún otro, siempre y cuando se dé que la secuencia no es la continuación de la continuación de la continuación, cuando el partido de tejo de viejos chotos ya se terminó y el que mide las jugadas es el que perdió el partido y la marea está dos centímetros (en la décimo cuarta foto) más arriba que hace…siete minutos atrás.

Hablando de tiempo. Qué choto es hacer colas: en la cancha, en los recitales, en la heladería, entre otros. Y más cuando se trata de pagar alguna cuota del seguro del auto o la factura de luz atrasada. Con esto de la tecnología se acabó eso de decirle al de al lado: “Esto viene para rato” y así comenzar una amistad impositiva. Claro, si en el mp3 tenés tus discos preferidos o con la fresa negra podés publicar: “Alta cola para pagar”. Dejame de joder. Qué manera de escribir el tiempo y de hacer creer que la vida es eso que decimos en la pantalla y que leen miles de boludos como uno. Nadie está triste en las redes.

Las fotos desbordan de sonrisas y están los mensajes subliminales hacia ciertas personas. Así los mensajes se reconfiguran y significan. Una vez me re calenté. Una canción de moda que cuenta la revancha de una mina a un tipo al que ahora lo señalan como cornudo, continuó lo escrito, reproduciendo: “Ahora vas a saber lo que es ir por ahí y que te hagan la seña con los dedos así (cuernitos)”. Para qué los paréntesis, si el que la escuchó sabe bien que la mina que lo que cagó seguramente lo hizo en son de revancha. Qué renegado que estoy. Es por darle peso a las miles de pelotudeces que hacen al momento de mostrar un sentimiento en la red. Dejenmé de joder.

Me quedo con lo de antes, eso de andar con los pitucones con un verde que hacía putear a las viejas con el cepillo gastado o con el temor de contar jugando a las escondidas porque era el más chico y no alcanzaba ni al que volvía de una lesión con la pata enyesada y las muletas a la rastra. Antes, si te cortabas el pelo esperabas que alguno de tus amigos o amigas o maestra, te dijera “qué lindo te quedó”. Ahora, vuelven de la peluquería, se sacan una foto, la suben al muro y ponen (como si fuéramos ciegos): “Nuevo corte. Espero opiniones”. La cosa es así: si los comentarios exceden las expectativas, sos un capo y con new look. Ni hablar si recibiste muchos Me gusta. No me gusta nada.

(de la edición Nº 14, diciembre 2012)