Comentarios en la web

Bardeame que me gusta

Los comentarios en las notas de los medios digitales en internet se han convertido en un arma de seducción para los portales y en un punto importante para publicar lo impublicable ¿Debate de ideas, histeria web o un refugio de opinión de los pasivos en la comunicación?

Tras leer la información: ¿Las opiniones de los lectores son otra opción para continuar entretenido, informado y descargado? Una posible respuesta, es que todo depende del medio y los intereses que por ellos corre a la hora de la edición y selección de dichas opiniones. Muchas veces, lo allí expuesto no se condice con la información puntual y se expanden los insultos/choques entre usuarios. Esto deja entrever a las claras que se trata de un espacio que protegido bajo el manto de la noticia/información, desarrolla un flujo que se cobija con al menos dos argumentos: como un espacio que da importancia a las opiniones de sus lectores y como un lugar donde se plantea un debate de ideas que aporta al feedback entre el medio y sus consumidores.

Pero en realidad, muy escasamente lo que allí se comenta se refiere al punto central y sólo se trata de un campo donde las idas y vueltas de los foristas se convierten en ataques mutuos, prejuiciosos y con puntos ideológicos esparcidos y generalizados, con los conceptos básicos de cada rama política.
Así, la red transmuta en una gran cantidad de expresiones que no contienen suficiente sustento argumentativo. Claro que cuando los comentarios giran en modo opuesto, sirven como un canal donde corren las diversas veredas de opinión y de algún modo, conducen a seguir formando opinión, porque la mirada cuantitativa tiene cierto grado de seducción en aumento.

Es muy probable entonces que esto sí funcione en modo positivo, por tratar de atraer al lector a analizar el contenido periodístico. El sentido contrario se da cuando el medio difunde los resultados de las opiniones y dichas participaciones no superan las doscientas. Así, las referencias sólo apuntan a ser acaparadoras de perfiles acaparadores de lo que piensa y analiza cierta porción de la sociedad que cuenta como un todo absoluto.

A partir de los comentarios, los informes seducen mejor en la portada y la estrategia se reparte en un buen título, la infaltable foto que ilustra y la cantidad de opiniones, lo que hace suponer que quien hojee la nota lo hace por el derecho e interés de informarse, desquitarse o el sólo hecho de “formar parte” de los medios. Esto, lleva implicado el deber de que cada individuo sepa interpretar la información de modo que lo que se diga de ella y sobre ella, no sean agresiones u opiniones que no hacen a lo concreto.

Infinidad de medios, construyen las noticias a partir de “lo que dice la gente”, y así, con no más de cinco opiniones, se funda la realidad y el medio difunde eso que presume pero calla.

(de la edición Nº 2, diciembre 2011)

FLACO RIVER 1

Spinetta, River y un amor eterno

Reflexiones, mitos y verdades sobre Luis Alberto Spinetta y River Plate. Desde los goles de Alonso o Francescoli a los oscuros días del club para leer y entender por qué este hombre defendió siempre un estilo.

Por Ariel Boffelli*

Me acuerdo cuando Luis Alberto Spinetta se fue. Tirado en un sillón, reflexionando las vacaciones, en una tarde calurosa de febrero, con una revista El Gráfico de 1986 en la mano, en medio de un zapping apareció la placa roja de Crónica, que fiel a su estilo, me vomitó en la cara: “Murió Spinetta”. Me sentí mal a pesar de que nunca fui un devoto de lo que hacía, aunque debo admitir que Pescado Rabioso, según los entendidos, su etapa más pesada y, supuestamente, “agresiva”, me gusta. Pero algo más me puso triste aquel domingo, y no era más que una misma pasión que nos unía: River Plate. El Flaco fue un reconocido hincha del club millonario. La famosa foto con una camiseta del múltiple campeón argentino circuló aquel día junto a otras tantas imágenes por los canales de televisión reflejando que su vida y la de River siempre estuvieron juntas.

Muchos hablan del “Anillo del Capitán Beto”, tema que Invisible popularizó, se relacionó a la zurda mágica de Norberto “Beto” Alonso, aquel exquisito número 10 que jugó en Núñez y hoy mancha su historia con declaraciones absurdas en los medios. Pero él no habría sido la musa inspiradora para aquel tema aunque bien hubiera gritado los goles de aquel capitán que llevó a River a la cima mundial.

El amor entre Spinetta y su equipo no terminó en aquella anécdota, porque fue un hincha, al igual que su estilo, sobrio y elegante, que recordó siempre la historia que todo riverplatense respeta. En una entrevista al desaparecido diario Crítica, en 2008, cuando la debacle institucional comenzaba a tomar forma, advirtió que el juego de River es diferente a todo porque cuando gana, lo “hace con todo”.

“Si juega bien, me encanta, porque River cuando gana, no gana de pedo. Gana porque juega bien. De pedo, a veces, le han ganado. River cuando gana, gana con todo. Lo único que falta es que nos caguemos también en eso”, dejaba escapar, quizá, adivinando lo que iba a pasar 3 años después y, pesar de esa visión, que terminó siendo realidad, Spinetta dejó algo más.

De un flaco a otro

No es casual que su fanatismo traspasó los días y el tiempo. Su muerte, el 8 de febrero de 2012, dio una señal más de ser, como decía, un “Gallina de ley”. Esa fecha no es una más para el mundo River. Veintiseis años antes, con igual elegancia y frialdad, Enzo Francescoli realizaba una obra artística-deportiva, que daba la vuelta al globo, para sumar un capítulo más a la novela que lo convertiría en un ídolo eterno. Algo así como de Flaco a Flaco. Pocos equipos en la historia vencieron a una selección europea como lo hizo River el 8 de febrero de 1986, el mismo día que Spinetta dejó este mundo. Un inolvidable 5 a 4 a Polonia, definido por una chilena magistral en tiempo de descuento, hacía delirar a un estadio José María Minella de Mar del Plata y a todo un país que quedaba con la boca abierta.

Ese triunfo, con el golazo de Enzo, era un anticipo de la gloria que alcanzarían los dirigidos por el Bambino Veira. Primero, la ansiada Copa Libertadores (nunca se había obtenido hasta entonces) y, como plus, el título mundial en Japón ante los rumanos del Steaua de Bucarest definido con un gol de otro uruguayo, Antonio Alzamendi, ese rápido número 7 asistido por la zurda mágica del (¿otro?) “Beto”: Alonso.

¿Casualidad? Eso queda para los supersticiosos. Spinetta fue un hombre que siempre se identificó con River Plate y, de cierta forma, lo plasmó en su vida. Aquella imagen que giraba en los canales lo confirmaba al igual que su hijo Dante, en el propio Monumental, le agradecía a la institución el reconocimiento a su padre.

“Todavía recuerdo el último partido que vimos juntos en el hospital. A pesar de que mi viejo estaba muy mal, me pidió la camiseta y la tuvo arriba de él para mirar el partido. Estuvo con River hasta el final”. Las palabras sobran. River y Spinetta, hasta el último día, un amor eterno.

*Entrerriano, periodista deportivo, estudiante de Periodismo y Comunicación de la UNLP. Productor de radio, cronista del sitio Letra P (La Plata).

(de la edición Nº 16 “Todo Spinetta”, febrero 2012)

Stella & Pato color

Conversaciones con Stella

El 24 de marzo no es un día más como dice el tango. Es un mes para recordar, reflexionar, volver e intentar. Stella Culela (69), cuenta acerca del después de la desaparición de su esposo por aquel entonces, para que Pato Lacoste no desaparezca nunca más.

Pato b-N

Por Félix Mansilla

Pato seguro era un apasionado. Volver a pensarlo hace que aquello que dejó se vuelva un tanto mejor, que no se ancle, que vuele desde los sentidos de aquella época. Ahora como que está todo inventado y en las escuelas no se montan obras de teatro, como si el arte audiovisual hubiese dicho “dejen, no sirve”, o las maestras se hubiesen puesto de acuerdo para decir que no o que el presente se piense desde la virtualidad de individualizar todo. Hoy vivimos en lo que J.P Feinmman y muchos intelectuales leen y demarcan como “la era del imposibilismo”, donde residen la resignación y el juzgamiento hacia aquello que nos resulta lejano que criticados desde el ahora, todos se equivocan. En un artículo del año 2007, Feinmann utiliza como ejemplo dos figuras fundamentales para pensar la política de la Argentina de los setenta: a Evita y al Che. A la señora se la comió el cáncer, quiso vencer pero se fue deprisa, vivió, luchó, se fue víctima de una muerte joven.

En cambio el Che, fue más allá aunque en el presente exista la idea que dicta que ya no se puede cambiar nada. El recordado se equivocó, no pudo desarrollar la lucha armada para llevar a cabo la revolución, cambiar el mundo para que sea justo, más igual para todos. “Estaba loco”, se oye siempre o fue un héroe (para decir que perdió) ése que desde la vara del diario de hoy es harto fácil de problematizar. Cómo se explica eso, si ahora no hay nada nuevo bajo el sol, la política —partidaria— es sucia, no sirve. Éste es el legado en general, con lo dolorosa que es la herencia que llega por sola imposición del tiempo, de generaciones, de los resultados sin el mientras tanto.

En ese entonces inmediato, lo que sobrevive —de alguna o muchas formas— es el arte, que corta esa pared al medio porque en el trascurrir no se debilita, sólo que puede parecer confuso, lejano o simplemente raro. Pero con un momento flash back deja de parecerlo. El gran acertijo de la historia es poder ver, en todo caso, el evento detenido, contextualizado, dinamizado en su desarrollo, analizado con datos coherentes. La forma de atravesar el tiempo a través del arte no deja espacios a confusiones; cada obra representa ese acontecer —despierto-consiente-dormido— para que en ese espacio flote eterno en su conjunción. La plasticidad del arte compacto (específico, real) se escapa a su propio día a día, aunque de alguna forma sobreviva cada vez que es pensado, amplificado en el atreverse a volver. Nada de liviano, pasatista, fue para Lacoste exponer en 1969 junto a sus alumnos “El Principito” (de Saint Exupery) y en 1970 “Alicia en el reino del revés”, una local adaptación de la obra de Lewis Carroll “Alicia en el país de las maravillas”.

Al comienzo de la charla (“sin grabar, por favor”) Stella cuenta que Pato también hizo obras de teatro como “Rebelión en la trastienda. La Palabra” del Negro Homero César del Buono (editada por la editorial Santamarina en 1975, con ilustraciones de Osvaldo Di Santo y prólogo de Lacoste) musicalizada por Eduardo Pachamé. Hoy, recuerda que después de esos estrenos un amigo que tenía una casa en el campo, en Lobos, le recomendó a Pato que se fuera para allá, porque se hablaba mal acá de esa obra y que muchos padres del colegio Nacional —donde Pato dio clases de Lengua a partir de 1968— se habían quejado porque contenía ‘malas palabras’ y cartones por el estilo. “Pero Pato no quiso, decía que no, que no se iba a ir. Bueno…”. La sonrisa con mentón inquieto revuelve a Stella. En los ojos bronca. En el pasado lo injusto. “Todo fue porque Pato estaba en la Educación, era alguien con mucho conocimiento”.

En medio de esos volveres, se puede pensar en la resignificación actual, en cómo casi cuarenta años después la lectura de aquello y el sentir son otros (¿tan otros?). En “Memorias y representaciones” de Daniel Feirstein, el autor sugiere pensar en las ideas que el presente derrama sobre la historia, donde “el genocidio transforma las identidades de todos los miembros de la sociedad y que el terror afecta al conjunto social”. En dicho terreno, “el dolor es un alerta para la acción, pero si la acción es imposible el dolor se vuelve inútil”, amplía.

En ese sentido, lo expuesto puede sugerirnos re-pensar el significado de la desaparición de Pato Lacoste: el símbolo impreso en una acción aleccionadora desde el punto de vista testimonial (como en un boca a boca infinito en los años) donde la noticia se apodera del después y de la sumatoria de los días. Feirstein, explica que el paso de los años divide de algún modo “las tres grandes construcciones de sentido alrededor del ‘terror’ que hemos sufrido como sociedad”. Estos son los que “lo conciben como ‘guerra’, como ‘crímenes de lesa humanidad’ y como ‘genocidio’. (…) El discurso de la ‘guerra’ piensa en clave binaria, de bandos. Una división social que opone dos identidades y grupos. Otro riesgo es la teoría de los dos demonios (…) que plantea la idea de una ajenidad del conjunto social, de dos grupos marginales” (Página/12, 3 de marzo de 2013). En esa ubicación atemporal, podemos situar ésas señales propias de la época. Como reafirma Mauricio Villafañe sobre el doble mensaje en el accionar del terrorismo de Estado: “Es el objetivo del ‘orden’, atento a un proyecto cultural y social reaccionario y represivo, el que llevó a la desaparición de Pato” (Yo no puedo librarme a lo que te debo como ilusión. el viaje Nº 12, octubre 2012).

Sufrir, continuar, rehacer

“El origen de todo empezó por la Educación. Tenía una mirada distinta. Él era peronista, pero no militaba. Eso fue cuando estuvo en la facultad”, aclara Stella connotando esa caracterización del significado —amplío/confuso/determinante— que representa en Argentina “ser peronista”.
El sol se percibe como en un casi otoño en la piel. Entra tibio por los ventanales que dan a la calle, en una esquina de antaño en la ciudad. Stella habla de Pato, pero sin nombrarlo. Cuenta con frases cortas como si ya hubiese dicho todo lo que tenía para contar. Comienza a enumerar un sinfín de razones por las que ya no cree en casi nada. En la política, en los que “lucran con los Derechos Humanos”, en los que antes iban a la plaza, luchaban, ponían el pecho desde cualquier lugar y hoy “viven” del Estado. Sus palabras hacen que la conversación sea como un repaso de su mirada de estos días, para permitirse regresar al pasado, para saber qué parte le toca hoy.

En medio de sus argumentos entre ese rebobinar la memoria de ayer anclada en ‘este’ después —que entre tanto es el recorrido del camino actual— mueve apenas el mentón de nuevo y cierra los ojos dos segundos. Apoya sus manos en el mostrador, observa el movimiento de los chicos que recién entraron a jugar en el Pelotero, ese lugar en el que siempre hay niños jugando.

Después de finalizar sus estudios secundarios en el Colegio de Hermanas, comenzó a estudiar Ciencias de la Educación para ser Asistente Social. Dio clases en Marcos Paz y en Merlo. Antes de todo aquello, conoció a Pato a sus dieciséis años. En los ojos le aparece el reflejo, suelta una sonrisa al pronunciar y narra, breve: “Nuestros encuentros eran en la plaza 1810. Él iba al Nacional, yo al de Hermanas. Nos veíamos ahí, en la plaza”. Hace una pausa. Sale el silencio a flote. Le pregunto qué era lo que la enamoró de Pato, que fue lo que le atrajo de su personalidad. Ella piensa en cómo armar la frase y dice que “muchas cosas”. Ríe apenas y cuenta: “A él le gustaba escribir. Escribía mucho. Poemas, relatos. Cuando pasó todo esto, estaba terminando de escribir una novela. Pero bue…”, da a entender calma Stella.

“Recuerdo que le enseñó a hablar en castellano a los hijos de una pareja de amigos italianos que vivieron en Estados Unidos y tuvieron hijos allá. Cuando vinieron, él les daba clases de particular de castellano. En señal de agradecimiento hacia aquel gesto de Pato, le regalaron un dólar de plata, que fue una de las pocas cosas que me quedaron de él. Pero en el segundo allanamiento que hicieron después de que Pato desapareció, los milicos se lo robaron”.

Luego de vender una ficha de pool a un pibe de no más de doce, cambia de tema, dice “él era un gran lector”. Calla y le pregunto si después de la noche del 15 de octubre cuando el grupo de tareas lo arrancó de su casa, pensó en volver a verlo. Asiente con la cabeza y larga que “yo sabía que no iba a aparecer. Buscamos un tiempo, gracias a la ayuda de amigos de verdad que nos prestaron autos para hallarlo. Hasta que un día llegó la señal. A mí me hizo caer del Buono, que leyó en Clarín que no sé en qué zona, no recuerdo bien si por Tandil, era un lugar del interior de la provincia, habían encontrado muerto a un tal ‘Tato’, que era guerrillero. Esa eran las señales que nos mandaban los milicos para que dejemos de buscarlo. Era Pato. Para mí eso fue. Pausa breve, final: “Ahí perdí toda esperanza y como pude con el tiempo salí. Me costó mucho, pero salí. Rehíce mi vida”.

(de la edición Nº 17, marzo 2013)

Asesinos en 3 Motorock por Majito

Puro rock en Lobos

Asesinos en 3 Motorock por Majito

Asesinos del Pentagrama, por Majito.

El sábado fue distinto en el campo del Acuyai. La razón fue el desarrollo del 3º Motorock Lobos, donde ocho bandas de rock & roll inundaron la jornada.

Cerca de un doscientas personas se acercaron para escuchar rock, encontrarse con amigos y hacerle frente al frío.
En el escenario montado por el sonidista Ramiro Vega, sonaron bandas de toda la zona: Asesinos del Pentagrama y Furión de Lobos, Sin Embrague y Bloody Mary de San Miguel del Monte, Grand Routier de Navarro, Cementerio Blanco de Mercedes, Power Blues desde “los suburbios” de La Plata y Mojo.

Asesinos del Pentagrama

La banda integrada por Franco Regino (voz y guitarra), Sangui (bajo) y Gera (batería) brindó un show en el que repasaron muchas canciones de su disco Muerto o entero, grabado en los estudios El Lucero Records de Lobos, lanzado en diciembre de 2012. Entre ellas, pasaron “El rugir del motor”, “Sobre las tablas”, “Muerto o entero”, “Bailando el rock local”, “Fernet”, “Destino” y “3 CV”.

Con un gran marco de fans de la banda cerca del escenario montado en el centro del campo de doma, los Asesinos del Pentagrama cerraron su set llegada la medianoche, donde incluyeron covers de Pappo´s Blues (Ruta 66) y La Renga (Rebelde).
Luego del corte de luz que padeció la ciudad cerca de la 1 AM, el cierre del encuentro estuvo a cargo de la banda mercedina Cementerio Blanco.

(foto de portada por Majito)

desaparecidos

Yo no puedo librarme a lo que te debo como ilusión

A modo de ensayo histórico, nuestro columnista repasa los hechos desde el presente y apunta que en la historia reciente local no queda otra que disputarle el sentido de lo ocurrido al olvido, luchando por la memoria, la verdad y la justicia. Por Mauricio Villafañe*

En octubre de 1976 fue secuestrado y desaparecido por un grupo de tareas, en el marco de la última dictadura cívico- militar, el profesor lobense de Lengua y Literatura Luis Oscar Pato Lacoste. A 36 años de este doloroso punto de inflexión en nuestra historia reciente local no queda otra que disputarle el sentido de lo ocurrido al olvido, luchando por la memoria, la verdad y la justicia.

Al respecto, asistimos a un contexto propicio para la profundización de la discusión en torno a las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas en nuestro país, ayer nomás. Este contexto es tanto el resultado de la voluntad política de avanzar en tal sentido a partir del 2003 como de los largos años de lucha de los organismos de DDHH y de los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado. No hay chances de olvido, perdón o reconciliación pero tampoco debe caber la venganza sino la justicia constitucional que repare, al menos en parte, el dolor causado por los criminales que se creyeron dueños de la vida y de la muerte de miles de compatriotas. En eso estamos.

Volviendo a lo que se dijo al comienzo: ¿Qué es lo que le disputamos al olvido? Arrastramos, como sociedad, el peso de una de las herencias de la dictadura: la expresión “Algo habrán hecho…” como exculpatoria y el “acá no ha pasado nada” como mecanismo que niega lo ocurrido. Ante ese peso insoportable que nos legaron los torturadores, nos rebelamos. Ellos son hoy ancianos, cobardes, cínicos, puestos ante el accionar de la Justicia a pesar de la patética simulación de senilidad que mal termina encubriendo su orgullo por el “triunfo” en la llamada “guerra contra la subversión”. Su “cruzada” no fue otra cosa que una acción represiva y criminal inédita contra la organización popular. Se los está acusando, juzgando y condenando por sus crímenes contra la humanidad.

Ahora, ¿Por qué la desaparición de un docente en Lobos? Hay, en primer lugar, un dato que merece destacarse: en el año 2009, un grupo de estudiantes del Colegio Nacional, del cual Pato era docente, realizaron un pequeño pero valioso documental sobre él. Consta de una serie de entrevistas que hablan de él como docente y referente cultural, abordando así también su desaparición. Es una necesaria reflexión sobre lo que nos ocurrió como sociedad, que se vuelve más valiosa aún al estar impulsada por estudiantes secundarios de nuestra ciudad.

Entonces, una primera respuesta a la pregunta planteada: fue desaparecido por lo que significaba, por ser una referencia cultural e intelectual en la ciudad. Una de las entrevistadas en el documental, su esposa, destaca la existencia de una denuncia contra Pato de parte de un “grupo de padres”: ¡Atención, señores y señoras, su papel ante la historia y ante su pueblo es haber “liberado” a sus hijos del terrible “peligro” de un docente!
Yendo a lo más general, el secuestro y la “doble” desaparición (corporal y cultural) de Pato Lacoste son acciones “ejemplificadoras” y significan el cierre de la dinámica cultural precedente y antagónica al tiempo de “orden” que corría para 1976. Su “ausencia” sacaba de la escena al mejor y mayor exponente local de esa dinámica, poniendo en aviso a los que quedaban: “Ojo, Lacoste algo habrá hecho, no se metan…”. Terrorismo desde el aparato de Estado, engranaje de un plan sistemático de reestructuración y disciplinamiento social basado en la tortura, el robo de identidad, la represión y la desaparición forzada entre otros rasgos “distintivos”.

Es el objetivo del “orden”, atento a un proyecto cultural y social reaccionario y represivo, el que lleva a la desaparición de Pato. Su accionar, como docente y referente, era propio del contexto social, político y cultural previo a la imposición de los militares y aliados civiles en 1976. Pato transitó Filosofía y Letras en la UBA de mediados de los ‘60, años de resistencia a los “bastones largos” del golpe de 1966; vivió y se formó a la par que el pueblo argentino fue despertando de este letargo golpista, Cordobazo mediante.

Es testigo y parte de todo un estado de movilización inédito a escala global: la descolonización de África, el movimiento hippie y la oposición a la guerra yanqui contra Vietnam, la desestalinización en el mundo soviético, el Mayo francés, la Revolución cubana, el triunfo de Salvador Allende y la Unidad Popular en Chile, el Concilio Vaticano II y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, la opción por la lucha armada por parte de las organizaciones populares latinoamericanas para enfrentar a la violencia golpista desde arriba… Más cerca e inmediato, se corona en nuestro país la lucha de la mayoría del pueblo argentino por hacer retornar, tras 18 años de bombas, fusilamientos, traiciones y proscripciones, al peronismo al poder.

La imposición del proyecto cultural dictatorial frenaba y demolía todo un estado de cosas, en nombre de proteger la esencia del “ser argentino”. La cultura era entendida como un “campo de batalla” más, volviéndose una preocupación central. Por tal motivo, había que controlarla: de acuerdo con este objetivo, se recurrió a “listas negras”, políticas de censura rayanas a lo absurdo, exilios forzados, desapariciones y quemas públicas de libros como la que el genocida Luciano Benjamín Menéndez realizó en Córdoba. Esta práctica persecutoria y represiva estaba orientada a los llamados “ideólogos” de los “subversivos” (entendidos éstos como militantes y activistas de organizaciones sindicales, político- armadas, etc.): intelectuales, artistas y…docentes. Sí, docentes: el 5.7 % de los desaparecidos, según declaraciones recogidas por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), eran/son docentes. Y Pato Lacoste es uno de ellos.

Con este tipo particular de represión se lograba no sólo la desaparición física sino también la representacional (obras, prácticas y discursos). A la desaparición del cuerpo como forma de “gestión” del poder en regímenes autoritarios (la aplicación de la pena de muerte en forma masiva, por ejemplo) se le corresponde la desaparición referencial; está desaparecido su cuerpo pero también lo que éste significaba intelectual y culturalmente. De esta forma, la estrategia de la dictadura en este terreno se volvía complementaria respecto al terrorismo estatal como plan de desarticulación y disciplinamiento de la organización popular.

Esta estrategia tiene, como uno de sus campos de acción, a la escuela. En ella estaba la “fuente” de la “subversión”, que “intoxicaba” a los jóvenes argentinos con ideas extrañas al “ser nacional”. La “intoxicación” podía darse en el tipo de materias dictadas y en sus contenidos, en los vocablos empleados como en el aliento a ciertas formas de trabajo en el aula o en las tareas y los comportamientos. La labor de “control ideológico” llevada a cabo por los defensores del orden dictatorial venía a atacar todo una dinámica cultural previa: militancia y compromiso político, activa sindicalización (centros de estudiantes) y un espíritu general de apertura y discusión.

La respuesta represiva comienza con la limitación del rol docente, quedando como un mero transmisor de contenidos para continuar con absurdas reglamentaciones en la vestimenta y en el comportamiento, el control de contenidos y de la dinámica institucional y áulica, la censura de libros y materiales, la vigilancia sobre actividades escolares y extraescolares, sanciones (suspensiones, expulsiones) y persecuciones. La más drástica de las medidas era el secuestro y la desaparición, como a Pato. Su materia, Lengua y Literatura, era sospechosa de favorecer el “adoctrinamiento subversivo”, la “marca de época” de lo absurdo de la política educativa dictatorial.

A fin de cuentas, el hecho de que Pato sea parte de una dinámica cultural que alentaba una propuesta educativa convocante (estimulando el trabajo en grupo y la discusión sobre lo que sucedía en la actualidad, como se destaca en el documental), en articulación con un proyecto cultural innovador y hasta revolucionario en una ciudad como Lobos (editor de obras de autores locales, director teatral) hace que se convierta en una figura “peligrosa” para las aspiraciones reaccionarias, ya que su acción era protagónica y estratégica en la formación, transmisión y generación cultural lobense.

Este modesto viaje va terminando con la certeza de buscar no sólo la reivindicación de Pato Lacoste sino también de intentar ligarse a un mandato que la memoria impone: frente al acto criminal de su secuestro y desaparición, frente al olvido y al “acá no ha pasado nada…”, recomponer lo negado y desaparecido, simbólicamente hablando. Pero esta restitución no puede ser nunca una aspiración individual sino una tarea colectiva consciente. De esta forma, en Lobos, hay en el aire una inquietud y un muy auspicioso renacer cultural.

Los diferentes espacios y muy buenos artistas locales y sus expresiones, los proyectos concretados y los que se vendrán hablan de la reconstitución de los lazos sociales negados por tanto tiempo y de la recuperación de la confianza, de las ganas y del compromiso aparte del talento, la capacidad y las condiciones. De esta forma creo que todos y todas estamos menos solos y solas, haciendo un poco por restituir lo que nos han negado, recuperando en lo concreto obras, prácticas y discursos clausurados por la herencia cultural del ‘76, ese viejo manual de instrucciones y toda su “enseñanza” de individualismo y de “no te metás”. Recuperando esto vamos a disputarle el sentido de la historia al maldito olvido, a generar memoria luchando por la justicia para los que ya no están y a trabajar por la esperanza de vivir y hacer un mundo mejor.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 12, octubre 2012)

La memoria siempre funda el mañana (S.I. Marcos)

Dame un momento más con mi memoria

A través de explicativos conceptos sobre la memoria, el olvido y todos los presentes, este ensayo analítico intenta atravesar esos mares de construcciones de mitos, mentiras y prejuicios para justificar la muerte de todos los que no están. Por Emiliano Maglione*

Estableciendo comunicación

Me surgen algunas preguntas que vienen a dejar bien marcado el campo entre los “reivindicadores” de la última dictadura, y por tanto CÓMPLICES, y las “víctimas” del plan realizado por ésta, basado en el terror y la desinformación. Supongamos que nuestro país se encontraba en “peligro” de sufrir “atentados terroristas” de parte de grupos armados. ¿Puede o debe el Estado de ese país ¨salir a cazarlos”?, ¿Puede o debe salir a “cazar” y, encima, desaparecer civiles?, ¿Sin juicio previo? Digo, Ellos, bajo su punto de vista sobre lo que está bien y lo que está mal, consideran “culpable” a alguien y sin juicio previo se lo ejecuta ¿Tiene eso alguna lógica?, ¿Usted cree que podemos manejarnos así en la vida?, ¿Cree usted que un gobierno, que no lo eligió nadie, debe poder, a su juicio, fusilar personas y desaparecerlas?, ¿Cree usted que la familia de estas personas deben vivir esperando un hijo que de un día para el otro se “fue” y encima no deben hacerse ninguna pregunta?, ¿Cree que estas madres o abuelas deben entregarse al olvido o al perdón?, ¿Realmente usted cree que se puede hacer esto?

Supongamos que los 30.000 desaparecidos fueran culpables de algo ¿Se los debe desaparecer? Supongamos que no son 30.000; supongamos que son 8.000 ó 10 ó 1 ¿Cree usted que la familia de este único desaparecido (por parte del Estado) no debe preguntarse nada, debe enterrar el pasado y entregarse a la no-justicia porque ese gobierno que nadie eligió así lo dispone? Nunca se pudo probar que haya existido ese tan agitado peligro “comunista”; fue la gran excusa para la desaparición forzada de miles de compatriotas. Lo que sí está probado, vale decir, son las más de 100 restituciones (y las 400 que aún faltan) de identidad de nietos por Abuelas de Plaza de Mayo. El gobierno de facto (junto a los medios de comunicación que lo apoyaron) se encargó de inventar “enfrentamientos” para justificar el fusilamiento de las víctimas y de generar estereotipos que “ayudaban” a las personas a identificar a un “subversivo”.

“Yo nunca voy a decir que todo tiempo, por pasado, fue mejor…”

A mediados de la década del ‘70 se impone una dictadura cívico-militar. ¿Por qué “cívico”? A partir del consenso obtenido en importantes pero minoritarios sectores beneficiados por el nuevo orden y sus políticas económicas. Más aún: este apoyo activo se basó en medios masivos de comunicación que lograron su cometido al llevar a cada rincón del país un poco más de desinformación y ocultamiento. Vale la pena también recordar la complicidad de la cúpula de la Iglesia Católica, la misma que hoy se opone al matrimonio igualitario o a una ley de aborto; la misma que tuvo silencio para las Madres y Abuelas desesperadas que pedían por sus hijos y sus nietos; la que hoy nos sigue castigando con más silencio, tan alejada de los Padres Palotinos y del Padre Carlos Mugica. La Junta Militar, liderada por Videla, Massera y Agosti, dirigió un duro golpe a la “columna vertebral” del país. Dicho golpe fue previamente calculado (fue un plan sistemático de tortura y saqueo, sin vacilar). Desde el principio los objetivos fueron claros al buscar obtenerse el control de los dos planos que conforman dicha columna: el político y el cultural**. Para poder imponer sus políticas, el gobierno dictatorial inició una sangrienta persecución contra todos aquellos que se oponían a ellas.

“No habrá flores en la tumba del pasado”

“Las fronteras de la memoria. La masacre de las Fosas Ardeatinas. Historia, mito, rituales y símbolos” se llama el texto del historiador italiano Alessandro Portelli, publicado en la revista Sociohistórica. En él muestra una discrepancia entre el conocimiento histórico con todas sus herramientas y la memoria y/o el sentido común. El tema del trabajo es un acontecimiento que se da en Italia el 24 de marzo de 1944: la masacre de las fosas Ardeatinas. Sin entrar en detalles: las fuerzas de ocupación nazis asesinan a “335 personas, rehenes o, simplemente, personas tomadas al azar en la calle”, en “represalia por un ataque partisano” ocurrido el día anterior. Los registros británicos llaman a este crimen “atentado” donde habían muerto 32 soldados alemanes. Estas 335 personas fueron secuestradas y fusiladas sin juicio previo y arrojadas en fosas. Unos años después, el autor realizó una serie de entrevistas a distintos protagonistas (distintos ciudadanos italianos; todos ellos de alguna u otra manera protagonistas). De ellas se pueden desprender los distintos mitos que se fueron generando detrás de este suceso; los más inocentes, esos que nacen del miedo y del manto que cubre los ojos de los que no eligieron bien de dónde o cómo informarse o posicionarse y también los que se crearon de manera tendenciosa, casi cómplice. Este texto logra poner en vista la cara más sistemática, la más planeada, y, quizás por ello, la más siniestra del nazismo: el exterminio planificado de seres humanos. Característica que comparte, casualmente… con la última dictadura argentina.

“¿Te digo quiénes son los argentinos y las argentinas? Los que se llevaron a ninguna parte o a las Malvinas”

La construcción de mitos que justificó los crímenes de las fosas Ardeatinas (“Los partisanos arrojaron una bomba; por eso merecen ser castigados”) también le sirvió a la dictadura para encubrir el plan de tortura y desaparición contra la amenaza “subversiva” (“Pato Lacoste quería poner una bomba en el Nacional/ quería llevar armas a Chile”). La misma lógica. Ambas acciones, imposibles de comprobar y que no soportan el más mínimo análisis histórico, fueron marcadas a fuego en la memoria colectiva a través de estereotipos creados por esos mismos medios de comunicación que fogonearon la búsqueda de un culpable que hiciera más “liviana” la conciencia de su complicidad (“algo habrá/n hecho…”); la revista Gente bajo la dirección de Chiche (Gelblung) es un buen ejemplo de ello.

La figura de Pato coincidía con los estereotipos planteados. Este hombre se “atrevió” a ir a la Cuba de Fidel o al Chile de Allende y volvió a su ciudad a traer ideas ¿nuevas?, “peligrosas”. Este hombre se atrevió a alentar no solo a la lectura sino también a la edición de autores locales y es recordado por sus ex alumnos como un excelente profesor. Si así ellos lo recuerdan: ¿Qué nos importan entonces las construcciones mitológicas que pudieron y puedan crear alrededor de su figura?

Tenemos la obligación de recordar primero, como argentinos, a todos los desaparecidos, 30.000 o más, y segundo, como lobenses, a Luis Oscar Pato Lacoste, nuestro propio desaparecido, por su apertura mental y por la acción llevada a cabo del modo más leal a sus alumnos, a sus convicciones y a su profesión, la de profesor de una escuela pública. Por suerte, un nuevo resurgir cultural, posiblemente legado de Pato, aparece como contrapartida al olvido en el que estuvimos durmiendo por tanto tiempo.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.
**Léase el trabajo de Villafañe, Mauricio. “El problema del pueblo. La represión cultural durante la última dictadura: El caso del profesor Luis Oscar Pato Lacoste”.

(de la edición Nº 12, octubre 2012)

Corre, limpia y barre. Imagen tomada en mayo de 1976, Grupo de Artillería 1 General Iriarte.

Relato de los años de plomo

Durante el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, Alberto Mansilla estaba haciendo la colimba en Ciudadela. A 37 años de aquel episodio, lo recuerda como una experiencia vacía: “Lo único que podés aprender es que si te roban, tenés que robarle al otro”.

Corre, limpia y barre. Imagen tomada en mayo de 1976, Grupo de Artillería 1 General Iriarte.

Corre, limpia y barre. Imagen tomada en mayo de 1976, Grupo de Artillería 1 General Iriarte.

Por Félix Mansilla

En el año 1976, Alberto (58) tenía veinte años. Nunca había salido lejos de su casa y le tocó hacer el servicio militar. Luego de tres meses de una dura estadía en el Grupo de Artillería 1 General Iriarte, en Ciudadela, la tarde del 23 de marzo no fue igual. Él lo cuenta así: “Ya hacía más de veinte días que no salíamos de franco normalmente, estábamos acuartelados y ninguno de los superiores nos informó de nada, era todo aparentemente ‘normal´”.

Ese mismo día, los hicieron cenar alrededor de las siete de la tarde, antes de lo habitual. Después de la cena, se acostaron también temprano. Algo empezó a sospechar junto con sus compañeros. “Nos habían provisto de una bolsa llena de colchonetas inflables, carpa, utensilios para comida. A esa altura, todos sospechábamos que algo iba a pasar, pero nada parecido a un golpe de Estado. A las diez de la noche, nos llamaron a todos y alrededor de las once y media, nos hicieron agarrar todo el equipo y formar en el playón central del cuartel”.

Ya un tanto desconcertados por tanta incógnita, escucharon las palabras del capellán del cuartel que los hizo rezar algunas oraciones. “Después llegó un teniente coronel y nos informó que a partir de ese momento el Ejército se iba a hacer cargo del gobierno del país. Nos cargaron a todos en los camiones. Nosotros no sabíamos ni a dónde íbamos. Fuimos a parar a Escobar, dónde manejaban toda la zona de Zárate y Campana, para hacer operativos en la ruta durante día y noche, pidiendo documentación. Cortando la Panamericana, querían impedir que los guerrilleros escaparan para el lado de Zárate, donde podían fugarse en lancha hacia Paraguay, Uruguay por el Río Paraná, ya que tiene muchas salidas. De noche, los operativos los hacían los oficiales y suboficiales de mayor rango. Regresamos al cuartel cerca de un mes después”.

A esa altura, mediante la información proveniente de los diarios, en su mayoría afines o censurados, Alberto y todos los jóvenes colimbas no estaban muy al tanto de lo que realmente pasaba. El clima social parecía estar a favor de la toma del poder a partir de las armas. “La gente en ese momento se mostraba contenta, por todo el caos que fue el gobierno de Isabel Perón, los atentados, las bombas y que le echaban la culpa a los guerrilleros. A nosotros, que éramos soldados rasos, nos traían comida y cigarrillos. Existió la complicidad civil y estuvieron de acuerdo con que el Ejército tomara el mando”, explica Alberto, y continúa: “Mientras estuve adentro, no me di cuenta. Después cuando salí, varios años más tarde, leí el ‘Nunca más’ y me enteré de todas las atrocidades que cometieron los milicos en ese momento”.

Ante la pregunta de cómo vivió esa etapa de su vida, recuerda: “La viví mal, porque sin querer nosotros éramos parte del Ejército, al ser soldado y estar bajo bandera, pertenecí al Ejército. Nosotros nunca hicimos nada grave, lo único cuando nos mandaban a un campo de instrucción a hacer pozos, comúnmente llamados pozos de zorro, que es donde los soldados se meten adentro ante una posible guerra, nos hacían practicar luchas cuerpo a cuerpo y cavar esas fosas para ‘práctica’, decían, pero es muy posible que las hayan hecho para luego enterrar gente”.

Acerca de los mandamientos de los militares para con los colimbas, narra que la consigna era: “‘Tirar, después preguntar’, y no al revés. Lo bueno es que ni a mí ni a todos nos daba para tirar, por suerte. Lo peor, es que si yo mataba a un tipo no pasaba absolutamente nada, eso indica el grado de impunidad que ejercían”.

¿Cómo describiría a un militar?

Como en todo hay buenos y otros flor de hijos de puta. A mí me tuvieron quince días en el calabozo de campaña, que es como estar debajo de una cama, pero al aire libre con el paño de la carpa en la punta de la naríz, como estaqueado. Fue por no haber estado al momento en que tomaban la asistencia. No me escapé, sino que me tomé como un franco por mi cuenta, se dieron cuenta y tuve que pagar por eso, aunque eso estuviese prohibido por varias convenciones internacionales de DD.HH. Pero ellos se cagaron en todo eso. Era insoportable vivir ahí; detestaba la ropa, la comida, a los milicos, todo.

¿Hay algo que pueda rescatar como positivo de esa experiencia?

Lo único que puedo rescatar en limpio, fue la amistad con cuatro compañeros con los que mantenemos una relación hasta la actualidad. Lo único, porque no aprendí nada. Lo único que podés aprender con los milicos es que si te roban tenés que robarle al otro y siempre tratar de procurarte la comida: robar un poquito de azúcar, yerba, unos panes para tener reservas, como un instinto de supervivencia, nada más.

(de la edición Nº 5, marzo 2012)

1-Acerca de nuestra H

Acerca de nuestra historia reciente

El 24 de marzo es una fecha que condensa cientos de significados, una fecha que tiene una enorme potencia para los tiempos de hoy, que nos toca vivir y protagonizar. Aquí la antesala, el desarrollo y final de uno de los episodios más triste de nuestro país.

2-Madres

Por Mauricio Villafañe*

En una acción inédita, las Fuerzas Armadas en conjunto llevan adelante un golpe de Estado, torturador y desaparecedor, que se autoproclamará “Proceso de Reorganización Nacional”. Pero no estaban solos los milicos: dictaban letra, por abajo y por atrás, los grandes medios de comunicación, la cúpula de la Iglesia Católica, la gran burguesía agraria e industrial a través de sus corporaciones, sectores políticos varios e importantes sectores sociales que en su imaginario y ante situaciones de “caos” veían bien o necesaria la intervención militar.

El “caos” se refiere a los dos años previos al golpe: la muerte del General Perón marca el quiebre definitivo entre un momento de esperanzas y transformaciones caracterizado por la lucha popular contra la dictadura que había nacido en 1966 y una oscura etapa signada por el accionar criminal de bandas parapoliciales y grupos derechistas contra la militancia o disidencia, sea peronista o no.

La incapacidad manifiesta de Isabel Martínez sumada a la influencia de José López Rega, el autor intelectual de la Triple A, junto a la aceleración de la puja tanto distributiva en lo económico como política en la disputa por el poder van generando el terreno propicio para el accionar militar: el Operativo Independencia, en Tucumán, es una suerte de antesala de lo que se vendrá ya que el Ejército, autorizado por un gobierno constitucional, pone en marcha todo un plan sistemático de represión y aniquilamiento frente al foco guerrillero que venía desarrollando la Compañía del Monte del ERP en la provincia.

Así desde mediados y fines de 1975 el golpe era poco mas que un secreto a voces: se discutía por lo bajo (y no tanto) al tiempo que se buscaba la mejor posibilidad y condición de darlo. La lucha, oposición y resistencia del campo popular y revolucionario, ante tal escenario, se sigue dando, exacerbando la violencia de la derecha y el golpismo. Pero ¿Quedaba otra opción para los miles de militantes que combatieron por años la violencia golpista y la proscripción de los sectores dominantes? ¿La estrategia de lucha armada no quedaba desfasada ya después de mayo de 1973 con la vuelta de la democracia? Son un par de preguntas que pueden hallar muchas respuestas provisorias o absolutas o por ahí no, pero quedan acá planteadas.

A fines de marzo, entonces, la Junta Militar conformada por el general Videla, el almirante Massera y el brigadier Agosti (en representación de las 3 armas de las Fuerzas: Ejército, Marina y Fuerza Aérea), usurpan el poder, derrocando a un gobierno del cual ellos, institucionalmente, eran parte. El economista José Martínez de Hoz, descendiente del fundador de la Sociedad Rural que financió el genocidio de nuestros pueblos originarios mediante la llamada “Campaña al Desierto”, será el paradigma de la participación civil, no ya cómplice sino activa, de la política de la dictadura. Estará años frente al Ministerio de Economía destruyendo el aparato productivo nacional, vía ajuste y apertura al mercado internacional, como bien lo dictaba el recetario neoliberal.

Se extiende toda una red de campos de concentración por el país que sirven para evitar la condena internacional frente al accionar criminal de los dictadores y aplicar así la pena de muerte masivamente, previa tortura. La picana eléctrica, ideada por el comisario Lugones en los infames años ‘30, recorría los cuerpos desnudos de los/as detenidos/as- desaparecidos/as. Se “cobraba” así por ser “zurdo, bolche, monto, judío, puto”: la “máquina” se aplicaba hasta la muerte o a veces los milicos no creían necesario llegar hasta ahí: cuerpos de miles, aún con vida, fueron lanzados en los “vuelos de la muerte” al Río de la Plata.

Importantes sectores de la cultura y la intelectualidad fueron perseguidos, exiliados, tachados de “sospechosos”, asesinados, desaparecidos. La “reorganización” que se impuso por la fuerza en marzo de 1976 buscó abarcar todo. A tal fin se intervinieron las Universidades y todo el sistema educativo, decidiendo sobre contenidos de materias e incluso sobre carreras. Se cerraron comedores, fábricas. Se impuso el individualismo, el “sálvese quien pueda”, el “algo habrán hecho…”; se demonizó y clausuró la participación política y la militancia, se rompieron lazos sociales, familias, grupos de pertenencia.

3-Malvinas

El miedo y la magnitud represiva posibilitó el funcionamiento de un plan terrorista desde el aparato del Estado como el que se aplicó en nuestro país. El miedo pervivió largos años, de lucha aislada, de resistencia al mínimo de las posibilidades, de leyes nefastas, de indultos e impunidad. Pero ese miedo de mierda que teníamos, ese horror que nos paralizaba, esa incerteza que no llevaba a nada más que a la resignación, fueron pasando. De la lucha de Madres, marchando y marchando cientos de jueves en la Plaza de Mayo, y de Abuelas, recuperando nietos robados, de los pibes de Hijos, escarchando milicos sueltos, aprendimos.

Empezó a cambiar la historia: un flaco desgarbado y medio bizco, de apellido raro, tomó una medida, simbólica pero vital: ordenó bajar los cuadros de Videla y Galtieri del Colegio Militar. Y se anularon las leyes de la impunidad y se impulsaron e impulsan causas y juicios contra militares y civiles responsables de la imprescriptible violación a los derechos humanos durante la última dictadura cívico- militar. Se puso en marcha, hace pocos días, un juicio histórico para esclarecer lo que fue el Plan Cóndor, una “coordinación” regional entre las dictaduras latinoamericanas de los ‘70 y ‘80 para la captura de sospechosos.

Lo que se viene es la democratización del Poder Judicial como una de las patas del Estado de derecho, sacando de él a los jueces cómplices y/o parte de la dictadura genocida del ‘76.

No nos reconciliamos, no perdonamos ni olvidamos; exigimos verdad, justicia y memoria por nuestros/as compañeros/as para así poder aspirar a una sociedad democrática y comprometida con lo que pasó y con lo que pasa, siempre con la perspectiva de un futuro más digno y justo.

*Estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP. 

(de la edición Nº 17, marzo 2013)

El abogado de los sobrevivientes

El abogado de los sobrevivientes

Por Félix Mansilla

En los últimos años de la década del ´80 Al Zío era el único café de El Cairo en donde se podía disfrutar de la lectura, jugar un partido de dominó y leer el diario. No había más locales de ese estilo. Estaba ubicado a dos cuadras del Mercado de las Flores, cerca del cruce de las avenidas Talat Harb y 26 de julio. Era un lugar tranquilo, con mesas de lata, paredes con cuadros de clásicos de la pintura, aromas dulces y largas partidas de dominó. El anís, el té con menta y la “shisha” (narguila: pipa de agua), eran productos especiales de Al Zío. Por esos años, no acudían tantos turistas.

Un argentino hacía más de dos semanas que esperaba allí. Los parroquianos del Al Zío le habían contado que Naguib Mahfuz, el único egipcio premio Nobel de literatura, acudía allí a beber café y a leer. Por eso, este turista iba todas las mañanas a Al Zío para encontrarlo. Un día descubrió que un hombre de edad avanzada, con aspecto de occidental —chaleco, corbata y traje marrón— leía el ejemplar de un diario inglés mientras tomaba café egipcio. Era el tercer día que lo veía. El argentino esperó a que terminase la lectura y le pidió prestado el ejemplar. El hombre accedió. Tras aclarar que no era musulmán, sino un cristiano menonita. Comenzaron a charlar.

—¿De dónde viene, usted? —su tono amable hizo que el argentino se sintiera más cómodo.
—De Argentina —respondió elevando la pera como desesperado por saber si conocía a su país.
—Argentina, Buenos Aires —hizo un silencio. -¿Cree en dios? –el argentino asintió. El hombre hizo señas al mozo. Luego comentó que era un abogado jubilado que actualmente vivía en El Cairo. Era viudo y padre de dos hijas. El argentino comentó que estaba de viaje por Egipto y que hacía algunas semanas que recorría este lugar. Anteriormente explicó que había estado en Marsa Matruh. En ese momento el hombre se sorprendió. Sus facciones se iluminaron.
—Marsa Matruh, ¿Por qué fue a Marsa Matruh? No hay demasiado para disfrutar de ese lugar. Es pequeño —dijo y una sonrisa triste se desplazó en su rostro marrón. El argentino comentó que era la segunda vuelta que daba por el país y que su objetivo era fotografiar cada lugar.
—¿Usted, cree en el destino? Permítame que le cuente una historia —se acomodó en su silla y tosió. El argentino se acodó en la mesa y prendió un cigarrillo. –Yo era un abogado en Alejandría. En el año 1962, volví de un viaje por toda Europa y decidí abrir un estudio jurídico en el pueblo vecino Marsu Matruh. No había allí mucho trabajo para un abogado, así que en las primeras semanas sólo leía el diario por la mañana y esperaba a que llegue algún cliente. Después de unos días tocaron el timbre. Me puse nervioso. Era el dueño de una cadena de hoteles de Alejandría junto a dos hombres vestidos de cura. El hombre me dijo que “no entiendiá lo que decían” y que me pagaría por ayudarlos. Acepté.
—¿De dónde eran? —dijo el argentino con una expresión de ojos bien abiertos.
—Eran alemanes y hablaban bien el inglés. Uno de ellos comentó su problema. Estuvieron en la segunda batalla de El Alamein en 1942. En el bombardeo de los Aliados se encontraban en una trinchera. Allí juraron hacerse franciscanos en caso de salvarse —el hombre hizo una pausa. —Tenían diecinueve años, el noventa por ciento de sus compañeros murieron allí y ellos quedaron prisioneros. Pronto los devolvieron. En Italia cuando estaban formándose, prometieron que veinticinco años después del día de esa batalla, regresarían al cementerio para saludar a sus compañeros. Necesitaban que les indique dónde quedaba ese lugar —suspiró.
—Toda una historia —pronunció el argentino con tono leve.
—¿Usted cree en el destino? —interrogó nuevamente. El argentino asintió. —Les indiqué como llegar —sus ojos parpadearon lento. —Al otro día, a veinticinco años de aquella batalla, fueron al lugar en donde habían luchado —su rostro entristeció. —Pisaron un mina que los mató a los dos —hizo una larga pausa. —Fíjese lo que es el destino. Todos juntos otra vez.

(de la edición Nº 3, enero 2012)

DSC_0764

Editorial marzo: Sobre Conversaciones con Stella

Después del número de octubre donde tratamos de —como expresó en su ensayo Mauricio Villafañe en aquella oportunidad— “hacer memoria para disputar el olvido”. Una vez que la edición con el recuerdo de Pato Lacoste salió a las calles, supimos de la importancia de “ese” hacer que la memoria regrese en cada línea para que así deje de ser sólo un pasado. La entrevista con Mariano (hermano de Pato) hizo que lo conozcamos en su infancia a través de anécdotas de su juventud, su camino en la docencia, en el relato del final, la búsqueda y la esperanza. En medio de esa misión, supimos que nos faltaba al menos una parte. Por eso, marzo sigue siendo un motivo para existir, ser parte, contar. 

Ahora que los tiempos son otros, que las expresiones fluyen sin más, en ese encuentro con el pasado —y todos los pasados— podemos dar a conocer esas partes de la historia que no nos contaron poco, o nos contaron mal con la perspectiva que perdura sin renovarse. Como quedó en octubre —pese a esas voces que dicen “dejen de joder con los desaparecidos”— la misión continúa para los que hacemos este viaje. Sí, lo creemos necesario. Pensamos en los puentes —necesarios/posibles— para que el retrato de ésta nuestra época comience como desafío, se proyecte con alas, se prepare para seguir y se instale entre esos abismos que existen entre lo idealizado como real y aquel que se impone cuando viajamos al leer, al dejarnos llevar.

En Conversaciones con Stella (págs. 10 y 11), vamos un poco más allá de ese pasado, sabiendo que lo interesante es cómo “se vive” este hoy después de aquel ayer. Los datos serán aquellos que se rearmen para lograr entramar —si eso se puede casi cuarenta años después—un contexto próximo al recuerdo.

En los pasajes del encuentro, Stella habla como resignada, cansada, a veces descreída, pero sobre todo recuerda, vuelve al presente, cuenta sus días, rememora pero no se permite no recordar.

A veces volver es necesario para proyectar. El presente se vuelve inabarcable a partir de esa imposibilidad de leerlo solo como algo que vive en el ahora. No es fácil hacerlo, el intento arremete, pero —así como sucede con la historia— es menester que sea analizado como un “post-“ acontecimiento. Eso no frena, y deja que las ideas se sumen a eso que nos pasa que posiblemente no almacenemos en los archivos de lo importante. Igual, la prueba es el papel, ese material por donde depuramos esa manera de leernos anclados en la era de la boludez.
Apelemos a ser consecuentes, a pronunciar las ideas que se puedan ejecutar, que puedan ser reales. La apuesta debe ser entre todos, social, trascendente, pero desde el individuo hacia afuera. Los adentros exteriorizados funcionarán en cuanto el compromiso sea eficaz, ejecutado, valorado y reproducido en el tiempo. No basta con pronunciar olvidando eso que se dice. “Vamos a purificar en el juego aquel viejo manual de instrucciones y todas esas cosas que nos esclavizan”. Es la tarea.

Sobre el día mundial de la Mujer

Se vieron muchos saludos, muchos ‘feliz día a todas’ en los medios, en las redes. Es momento de ver qué hacemos como sociedad ante los índices de las diferencias que acentúan cada vez más una realidad dispar a esos mensajes conmemorativos (¿de qué?). Por ejemplo, en lo laboral un informe del Centro de Estudios Mujeres y Trabajo de la Argentina (Cemyt), destaca que “el importante crecimiento de la oferta laboral femenina experimentado en los últimos años no se ha traducido en una mejora equivalente del lugar que ocupan dentro del mercado de trabajo”. Dicha brecha, se explica porque “las mujeres trabajan menos horas que los varones, limitadas por la carga de las tareas domésticas. Al mismo tiempo, los varones se insertan mayoritariamente en actividades donde los salarios son más elevados y que a la vez tienen alto grado de formalización, mientras que las mujeres lo hacen en los sectores donde los salarios son menores y es mayor la precarización laboral”. ¿Sólo ganan menos por ser madres, por tener a cargo un hogar? ¿No se trata de un problema insertado en la cultura laboral? Para pensar.

Ángeles y demonios: ¿Habemus papa, Barba?

Ojalá algún día se sepa por qué demonios renunció Benedicto XVI a su papado, aquel que comenzó después de la muerte de Juan Pablo II. Todo se parece a las películas que retratan el oscurantismo de las paredes que encierran los templos religiosos de ese país lejano —¿auto-mantenido?— al que conocemos como el Vaticano. Al igual que en el film protagonizado por Tom Hanks, los viejos de sotana esconden un montón de cosas bajo la alfombra o el cementerio/subsuelo de la Santa Sede. De allí todas las persecuciones e intentos de poner mantos sobre acontecimientos que dejan mal parada a la iglesia católica (mafia, pedofilia, red de curas homosexuales, largo etc.).

El cambio con el nuevo Papa —Jorge Bergoglio— no será en vano. Desde la cúpula de cardenales deberán ocurrir cambios, al menos aquellos que se cuentan para la tribuna. Al menos en nuestra ciudad, deben refrescar los pensamientos aquellos que se comen los santos, cuando salen a decir que los gays no son personas normales y menos que los preservativos no previenen embarazos ni nos cuidan de enfermedades como el SIDA, como alguna vez pronunció un necio con acento provinciano.

Chau Chávez

¿Será el mismo el rumbo ahora que se fue uno de los referentes de esta parte de América? Para la derecha un dictador, un autoritario, un populista. Para los de bien al Sur, un visionario, ese que emprendió batalla al imperio. No sobran.

-Imagen de portada por Nico B Mansilla.

(Editorial Nº 17, marzo 2013)