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Oesterheld: un personaje, la historia

Esta noche en la tv Pública se estrena “Germán, últimas viñetas”, donde se repasarán los días del guionista de historietas Germán Oesterheld en paralelo con nuestra historia.

GERMAN 1

La serie ficción va de martes a jueves por la tv Pública.

Serán un total de trece capítulos que irán por el canal público desde las 22.30 hs., donde la vida del escritor de El Eternauta y Ernie Pike, se desarrolla en paralelo a la vida artística/cultural/política de la Argentina.

En su regreso a la ficción local, Miguel Ángel Solá (62) desde España expresó a Télam su labor en la serie: “Me hago cargo solamente de recordarles, a todos, desde una pantalla, que hubo un señor de características extraordinarias, considerado entre los cinco mejores guionistas de la historia del mundo de la historieta, que nació, vivió y creó en Argentina; y que, desaparecido físicamente, sin tumba que lo recuerde, nos plantea el interrogante del valor de los actos en vida”.

La entrega contó con el apoyo del INCAA y está dirigida por Cristian Bernard, Flavio Nardini y Federico Sosa, y con un guión de Luciano Saracino. Solá, es el actor que mejor representó films en donde la historia argentina revive, entre ellas, “No habrá más penas ni olvido”, “El exilio de Gardel”, “Sur”, “Una sombra ya pronto serás” y “Asesinato en el Senado de la Nación”. En teatro, en obras como “El diario privado de Adán y Eva”, “Camino negro”, “El hombre elefante” y “Por el placer de volver a verla”.

La sinopsis oficial de “Germán, últimas viñetas”, cuenta: “Corren los años 70, Héctor Germán Oesterheld comienza a trabajar para la editorial más prolífica de la Argentina. Allí abundan las historias de género con la particularidad de que los malos siempre son los indios… los cubanos… los “otros”. La llegada de Germán provoca una revolución en la editorial. Escritores y dibujantes se sienten atraídos y celosos por su presencia. Así, y desde sus últimas viñetas, el maestro modificará la vida de quienes allí lo rodean”.

La serie comienza el 30 de abril a las 22.30 hs., va de martes a jueves por la tv Pública.

Mirá el tráiler de la serie acá.

Moisés

Crónica de viaje: Moisés

Por Juan Ignacio Babino

Moisés

Moisés, por J.I Babino. Bolivia 2011.

¿Hay lugares donde descanse la ciudad?¿Las ciudades, descansan?¿Esa mole enorme de concreto y techos rojizos que hacen perder la vista de manera vertical, que es La Paz, descansa en algún lado, en algún momento, en algún rincón de su urbana vastedad? La respuesta no está soplando en el aire, pero quizás algo de ello se encuentre en el Mercado de Brujería de La Paz, a metros del mercado Lanza.

Allí, al fondo de un pasillo de una de las tantas galerías que tienen su entrada casi bloqueada debido a los tejidos y aguayos y remeras bolsos mantas gorros bolsillos hojas de coca que hay allí; está Moisés. Sentado está Moisés. Sentado está Moisés casi contra una esquina de su pequeño local, detrás de un derruido escritorio de madera y tiene sobre las piernas una concertina. O mejor dicho, parte de una de las tantas concertinas que arregla. Moisés está sentado y es luthier. Y músico. “Pero no recibido, ah… Sólo autodidacta, porque allá en el pueblito donde nací, nadie…”

Nadie. Nadie había que enseñase, dijo Moisés, sentado así, como encojido, como abrazando la parte de la concertina que tenía encima. Moisés tiene la piel marrón oscura, el pelo negro y corto y dedos gordos y largos. Uñas largas también tiene Moisés y curtidas y ennegrecidas de tanto lijar y arreglar, con la sabiduría y paciencia de un pez viejo, concertinas y demás instrumentos. “A mí me gusta más el bandoneón, pero bueno, aquí en Bolivia no se toca el bandoneón, sólo la concertina… Una vez sola conocí a un viejito que…”

A un viejito que tocaba el bandoneón, dice Moisés, que lo invitó a tocar. Unos tangos dice que se tocaron. Moisés tiene, además y sobre todo, dientes enormes, apenas amarillos, como si fueran las teclas de marfil de un piano viejo. El local tiene muchos instrumentos colgados de las paredes, tiene instrumentos sobre el piso; por caso una concertina, por caso un bandoneón, por caso otra concertina, aunque mas vieja que aquella. “Son siete letras, viste en la música… Y todo lo que se puede hacer, ya… ¿No?” dice Moisés, mientras mueve sus enormes dedos con envidiable parsimonia sobre esa especie de rejilla de madera que va cada lado de la concertina. Las lija, les pasa la palma de la mano para limpiar, les echa encima un poco de La Gotita y vuelve a agarrar la lija. Las lija. Las acaricia. Sí, sobre todo, las acaricia.

Por momentos deja sus enormes manos quietas y habla. Y dice. Y lo hace siempre desde ese punto en el mundo mostrando sus dientes de marfil, como de piano viejo pero para nada desafinado. Y Moisés, sentado así con ese sucio y viejo delantal que le cubre desde el pecho hacia abajo, con esa concertina sobre sus muslos, con esa mirada que oculta ante cada encarada de la cámara, es un punto en el mundo, un punto de silencio, un manto mínimo de tresxcuatro donde la ciudad descansa. O eso parece.

(Un punto en La Paz, Bolivia, Sudamérica).

(de la edición Nº 18, abril 2013)

INFLADOR 1

El inflador según Eva

Por René Catto

—No me hagas comer la manzana, mujer.
—Dale, probá. Tenés que comer fruta, Adán.
—No insistas, Eva, por favor, ya es demasiado. No pequemos de golosos.

Adán estaba atemorizado en la sobremesa y Eva, su esposa, no paraba de querer hacerle hacer lo que él no quería hacer. Levantó los platos, los acomodó en la mesada y miró por la ventana. Su mujer le observó cada paso con la vista arbitral de una directora gorda y mala. Antes de que le diga algo, abrió la canilla de agua caliente, se colocó los guantes como un veterinario antes de operar y embardunó la esponja con un detergente color verde botella de Sprite.

—Adán, acá te quedó la fuente de las albóndigas ¿no pensás comer ninguna fruta? Guardá la canasta. Me hacés comprar mucha fruta. Con lo cara que está la fruta.
—Es que no me gustan las frutas.
—Ahora el señor dice que no le gusta la fruta. Lo cara que está la fruta.

Adán prefirió pasar esa mano y se quedó en el molde esperando la próxima protesta, comentario y/o opinión en su contra de su mujer, solo por deporte. Escurrió la rejilla, miró la pila de platos, cubiertos y ollas. Acomodó mentalmente cada objeto y fue hasta el segundo cajón de la mesada para tomar el repasador con el dibujo de una puerta con la leyenda “welcome” y tres gansos de la granja como salidos de un cuadro de Van Gogh. Secó el primero y lo pasó al rincón de la mesa sin migas ni servilletas de papel hechas bollo.

—¿Es necesario que hagas tanta espuma en la pileta cada vez que lavás los platos?
—Siempre.
—¿Siempre qué?
—Que siempre yo lavo los platos.
—¿Y quién cocina, eh?, ¿quién se quema las pestañas?

Una vez secados cuatro platos, tres tenedores, dos vasos y una olla Adán se secó las manos en los bolsillos del Wrangler claro gastado. Suspiró y pensó en el diario, en leer el diario tranquilo, en el baño de afuera, con un pucho y en libertad.

—Después llevarás la ropa a la lavendería. Estoy podrida de fregar en esos bolsillos percudidos.
—Eva, este pantalón tiene más de quince años. Me lo compraste cuando pasé a Mar del Plata en sapo. Segundo puesto el tipo…en el hotel me saludaban hasta las mucamas.

La miró como diciendo ahora estoy libre, hizo un ademán de “me retiro, señora” y se dirigió a la habitación de los libros y colecciones de revistas. Hacía unos días que quería llegar a ese dato que lo tenía desvelado y pensante. Encendió el velador de pie, sopló el polvo sobre el cenicero de vidrio amurado en el rincón y sintonizó la radio. Escuchó una entrevista bien de domingo, de una señora mayor —que imaginó canosa y arrugada— que contaba el desmadre sobre el ferrocarril en Argentina antes de las privatizaciones.

Cerró los ojos y se acordó de la tapa de Clarín cuando a Pino Solanas lo hirieron de bala y hablaba desde una camilla. Después, puso la caja de “diarios viejos” en la mesa del centro de la habitación. Sin querer cabeceó el foco y las sombras en las paredes del cuarto se parecieron al de un sueño alucinógeno: con amarillo, negro y dando vueltas. Apartó la pila de los que ya había revisado y siguió con los otros: El hombre llegó a la luna; ¿Quién es Guevara?; Se viene el Mundial, Finalizó la guerra y la tapa de Y Labruna volvió para ser campeón. Lo encontró y sonrió. Coincidía todo y Adán había estado ahí. Sonó la puerta. Abrió.

—¿Cuándo va a ser el día que arregles el inflador?
—Ahora no, Eva. Ahora no puedo.
—Listo, lo tiro a la basura. La bici seguirá desinflada.
—No, esperá. No lo tires.
—¿Qué no? Vas a ver cómo lo tiro.
—Está bien, tiralo. Si para inflarme las bolas estás vos, Eva. Siempre estás vos.

(de la edición Nº 18, abril 2013)

13-EXPRESO E 1

En el Tanque

Por Mauricio Villafañe y Nicolás Bernal

El paso del tiempo, a uno, lo fue poniendo en otros lugares y en otros viajes, en otros colectivos (porque no es ni bondi ni micro, es colectivo). La vida está hecha de lo que fuimos y/o de lo que hicimos: la infancia y la primera juventud quedan como marcas indelebles en la vida de todos y todas. Y ahí aparece la imagen de nuestras calles de tierra, de los paisajes de nuestros barrios (la vía, el Tanque de agua…).

Ahí uno se pone a pasar las noches de verano sentado en la vereda, patea sapos, comparte el mate primero, la cerveza y algún cigarrillo pionero luego, aprende, dándose mil palos, a andar en bici… Era un espectáculo aparte sentarse en la Arévalo a ver el desfile de jinetes bien montados para el día de la Tradición, familias enteras. Los baldíos circundantes eran nuestros, eran el mundo a explorar, a conquistar: frondosos árboles, pequeños reinos de pertenencia, las fogatas a los santos, fulbitos con buzos que hacían de arcos y sin limites precisos ya que no eran necesarios. Yendo al tema que me ocupa, el colectivo a Empalme pasaba por la Arévalo.

Mi barrio, mi lugar en el cruel mundo, la Patria de mi cuadra, se encuentra en una etapa de transición entre Lobos y Empalme, más cerca del Cruce, eso sí. Eso lo reconozco y muchos lo saben, vivo en la 221, a dos cuadras de la Güemes. ¿Ahí arrancaría la “zona de influencia” de Empalme? ¿O más adelante?

Esto es materia de discusión aún entre lobenses y empalmeños. Mi condición transitoria me pone en la responsabilidad de decir que tanto unos como otros somos amigos, parientes, novios/as, etc… La fuerte identidad empalmeña debe ser reconocida por los lobensistas extremos, ahorrando enfrentamientos y discusiones.

Esos hoy pintorescos colectivos empalmeños fueron, desde la primaria, el móvil predilecto (antes y después de la bici o de ir a pata, más allá del auto de papá) para ir al Centro o moverse hasta lo de un amigo, lobense o empalmeño él. Ese colectivo ha permitido más tarde traernos desde el Centro después del boliche, ya en pedo, habiendo dejado de ser un inocente niño en guardapolvo.

La experiencia de ese viaje hace a mil imágenes: el boleto a mano, las monedas, sentarse o bancársela de parado. Las charlas con los amigos. Bajarse por adelante (“en el Tanque” decía yo), rompiendo la regla sagrada del “descienda por atrás”: nunca entendí esa directiva. Un espacio de sociabilidad en movimiento. Su existencia hacía desplegar toda una serie de sentimientos: la ansiedad por su llegada, la esperanza de que sea pronto porque se hacía tarde o llovía y la garita frente al FONAVI se copaba fácilmente. Ese ir desde casa hasta la esquina rogando que no aparezca para no dejarnos a pata y con lluvia, peor. Las monedas en el bolsillo del guardapolvo: primer atisbo del ahorro y de la racionalidad económica. El conocer palmo a palmo el viaje, el aprender su ciudad mas allá de su cuadra y de su barrio. Saberse las informales paradas, aprender las convenciones, como la de darle el asientos a los viejos y viejas del pueblo y del timbre para bajar.

Mi propia situación de viaje, traída ahora desordenamente a la memoria, tenía un punto de inflexión: llegar al semáforo de Amanecer, en Cardoner y Olavarrieta: ahí veía llegar a casa aunque aun faltara. De ahí doblaba y llega a la Angueira, costeando la vía por un par de cuadras hasta la Irigoyen, cruzaba las vías y le metía hasta el Cruce. Ahí emerge otro momento clave; listo, el semáforo dobla a la izquierda por la Arévalo y seguro paraba en la garita histórica del Cruce. Ahí me tenia que parar y decirle al colectivero: “en el Tanque”. Bajaba, llegué. Cruzo la Arévalo, corro media cuadra hasta casa, abro la “tranquerita” sigo corriendo bajo la parra…

Mi expreso que no es café

Otra vez me expreso sobre el gran expreso, a pensar las cuadras que nos faltan todavía, a rogar que el colectivero tenga un buen día, a rogar que maneje ese gordito simpaticón. Otra vez me subo al gran colectivo, pasan los años y los caminos se hacen más largos, a mirar por la ventana esquivando las ramas, a dejar el asiento para las viejas que vienen con flores. Otra vez corriendo por colgado, observando si viaja algún conocido, a pagar con diez pesos que igual te da cambio, a pensar quien vive en Lobos o quien en Empalme.

Otra vez el olor a tierra que bien que me cae, en la Arévalo mirando el galpón de Provincial, a jugar con un chiquito que se da vuelta, a buscar un capicúa que traiga buena suerte. Otra vez la madrugada empieza esperándote, en la puerta de una casa o en la estación, a intentar no vomitar para no quedar mal, a rescatarse y no dormirse para bajarse bien. Otra vez te puteo en esta lluvia y no venís mas, pasan los años menos veinte o y diez siempre es igual, a leer en los respaldos aguante el Comercial, a buscar el martillo de emergencias que nunca apareció.

Otra vez otra novia que visita a su novio empalmeño lo hace en colectivo y este la espera en la garita donde le parte la boca de un beso, el colectivo tantas veces amigo pensativo, en combates contras duras decisiones, único testigo, de tu cabeza y esos viajes, de situaciones acertadas y otras en lamento, en el mismo viaje en colectivo, que bueno el colectivo, que hace un recorrido por todos los escenarios que hacen tu historia, la de los primeros pelotazos, los primeros ring raje, los primeros besos, los primeros cigarrillos, las primeras caminatas, los primeros bailes. Que grande el colectivo, el gran expreso bipolar de Empalme a Lobos, de Lobos a Empalme.

¿Y la Aguada? Sobre tu cuerpo Aguada, me desespero, Aguada…

(de la edición Nº 18, abril 2013)

Jardines 4

Rodando Jardines de silencio

El primer video clip de Protoplasma es una de las canciones que da respiro a Energía invisible. Una balada en estilo rock que despliega imágenes, paisajes que flotan en movimiento y magia a través de poco más de tres minutos de música.

Jardines 3

Rodaje en la Casa de la Cultura.

Carolina Vinay de Dominga?! (estudiante de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido en la FADU, UBA), contó los detalles de la producción. Al cierre de esta edición el clip sumaba más de 2 mil visitas en You Tube. 

¿Cómo comenzó el guión para Jardines de silencio?

La primera idea fue hacer algo en stop motion, para narrar desde esa técnica. Después fue escuchar el tema muchas veces para ir agregando más ideas. También sabíamos que la queríamos a Belén Gatti (ver viaje Nº 5, marzo 2012) actuando. Usamos, aproximadamente entre 5 mil y 6 mil fotos. Así fue.

¿Cuántos días de rodaje les llevó?

Fueron ocho nueve días de rodaje, repartidos en los fines de semana de agosto y julio de 2011. Un mes antes, fuimos apuntando el guión, todo lo que es preproducción: locaciones, vestuario, lo necesario para llegar al rodaje completos.

El clip transcurre en algunos lugares de Lobos…

Los lugares de filmación, fueron: la Casa de la Cultura, la plaza Tucumán, el playón de la ex estación de servicio en Salgado y Alsina, en la esquina de la panadería de Vilano y en una casa.

¿Cómo viviste el lanzamiento?

A mí me sorprendió, porque al momento de lanzarlo no sabíamos qué reacción iban a tener los que lo vieran, qué apreciarían del trabajo o qué repercusión tendría algo que costó mucho trabajo. Todos los que colaboramos quedamos muy contentos.

(Entrevista realizada en el Mono Tremendo el 7/12/12)

(de la edición Nº 18, abril 2013)

Por Nico B Mansilla

Toda la vida las mismas calles

Ciertos aspectos de la vida, al parecer, cambian poco o no cambian nada. Sin embargo, hay otras cuestiones más mundanas que se resisten al cambio. Por ejemplo, los nombres de las calles de Lobos. Por Mauricio Villafañe*

Por Nico B Mansilla

Calle Buenos Aires, la más céntrica, por NBM.

El tiempo pasa, la historia va escribiendo nuevos capítulos. La vida es, necesariamente, cambio. Pero hay ciertos aspectos de ella que, al parecer, cambian poco o no cambian nada. La larga duración y la continuidad con pretensiones de eternidad pueden derivar en estancamiento y conservadurismo. Eso es ilustrado por la concepción de que “todo tiempo, por pasado, fue mejor” (“¡Mañana es mejor!” nos enseña el Flaco Spinetta). Sin embargo, hay otras cuestiones más mundanas que se resisten al cambio. Por ejemplo, los nombres de las calles de Lobos. La vida pasa y seguimos caminando las mismas calles.

“La historia escrita por vencedores no pudo hacer callar a los tambores”

Nuestro país, en sus líneas maestras, fue trazado, en todos los órdenes, por el proyecto liberal que se impone a principios de la década del 50 del siglo XIX, más precisamente después de la batalla de Caseros. Tras ella, se sientan las bases organizacionales fundamentales del moderno Estado argentino mediante la Constitución Nacional. Buenos Aires, negada a compartir los ingresos del puerto, resiste su articulación con todo el territorio nacional: se separa de la Confederación hasta que Mitre (el del billete de 2 mangos, el militar, presidente, historiador y pionero empresario periodístico, fundador del diario La Nación) se impone en Pavón.

Se pone inicio a la “organización nacional”, según la perspectiva liberal porteña. Este pretendido manto de uniformidad (“organización nacional”) frente a un proceso tan lleno de vaivenes como de infames crímenes (el de los líderes populares del Interior, el de nuestros hermanos originarios, el del pueblo paraguayo en la Guerra del Paraguay) es la estrategia seguida por el aparato cultural que los vencedores de Caseros y Pavón imponen.
Una de las formas de acción de tal aparato es la historia.

Ésta, escrita y difundida por los vencedores, viene a legitimar el proyecto liberal porteño a expensas del resto del país, haciendo pasar sus triunfos como los del conjunto de la Nación. Se acomete la tergiversación y el ocultamiento de la lucha y resistencia de la Argentina profunda ante la opresión “civilizadora” de esa pequeña porción de Europa que los liberales nos hicieron creer que era la porteña Buenos Aires.

Se configura, como corolario, un país con una “cabeza” grande y rica (alimentada por los recursos de las diversas regiones) y un “cuerpo” desnutrido, expoliado, pobre. Un país que mira para afuera, agroexportador, con un trazado de vías que se concentra en la región pampeana- porteña, desintegrando al resto. Todo perfectamente orquestado por el imperialismo británico al cual nos sometió Mitre y sus herederos políticos e ideológicos.

Y todo esto ¿qué tendrá que ver con los nombres de las calles de Lobos? Es una buena pregunta. Se dijo, más arriba, que la historia la escriben los que ganan. Pero también eso quiere decir que hay otra historia (“…la verdadera historia/ quien quiera oír que oiga…”). Bien, los vencedores impusieron su línea histórica y, en la enorme tarea de legitimación que llevaron y llevan adelante, nos impusieron los nombres de las calles, las plazas y los monumentos. Se pusieron ellos mismos y sus amigos. Lo que no pensaron es que nos íbamos a dar cuenta.

En Lobos, las calles tienen nombres propios. Muchos de ellos refieren a diferentes y destacadas figuras lobenses, de todo orden y tiempo. Hay, asimismo, importantes arterias que refieren a fechas históricas indiscutibles como el 25 de Mayo o 9 de Julio. En la llamada “periferia” (respecto al centro) las calles sólo son llamadas por su numeración.

También hay nombres de localidades, fundamentalmente de la provincia de Buenos Aires, y conceptos como Libertad, Independencia o Constitución. Se dan nombres de provincias (Salta, La Rioja, Entre Ríos) en Villa Cattoni, Empalme Lobos. Se advierten nombres de intelectuales (José Ingenieros, Ricardo Levene), científicos (Bernardo Houssay) y próceres históricos de la talla de José de San Martín, Manuel Belgrano, Juan José Castelli y Mariano Moreno.

Tardíamente se logró nombrar a un tramo de la calle Buenos Aires Juan Domingo Perón, lobense y tres veces presidente constitucional de la República Argentina. Están, reivindicados, nuestros soldados de Malvinas… Tras esta descripción, algunas reflexiones urgentes.

La calle Moreno, en referencia al secretario de la Primera Junta y líder patriota, halla continuidad en la calle Rivadavia, un agente del imperialismo inglés e instigador del crimen de Manuel Dorrego.

En nuestra traza urbana está la calle Bartolomé Mitre, responsable de la matanza que significó Guerra del Paraguay, una infame alianza con el imperio brasileño para sofocar al desarrollo paraguayo que no se subordinaba a los dictados del imperio británico.
Domingo Faustino Sarmiento, ya abordado en esta columna hace unos meses, padre de la zoncera “civilización o barbarie”, un personaje que vertía su odio antipopular por efecto de la fascinación por lo estadounidense que tenía.

Rauch, en homenaje a Federico, un militar carnicero alemán, asesino de nuestros hermanos, los indios.
Virrey Vértiz, una calle con el nombre de un virrey, personero del régimen colonial de explotación al cual fue sometida nuestra región por siglos.
Ahora bien, ¿qué hacen estos nombres en nuestras calles? ¿Qué hacen junto a calles como Suipacha, Martín Miguel de Güemes, Almafuerte, Homero César del Buono, Lisandro de la Torre, Dorrego, Ayacucho y Chacabuco entre otras?

Por último, algunos nombres en forma de sugerencias y deseos, abriendo la participación a todos y a todas los y las que viajan mes a mes. Son preguntas abiertas, que buscan sumar.

¿No nos están faltando mujeres como Juana Azurduy, Eva Perón o Juanita Troiano? ¿Qué pasa que no están los nombres de Juan Manuel Fangio o Diego Maradona? Me gustaría caminar por la Padre Carlos Múgica, por la Arturo Jaureteche, por la Rodolfo Walsh, por la Juan Manuel de Rosas, por la Raúl Alfonsín, por la Arturo Illia, por la Néstor Kirchner o por la Che Guevara tal vez. Demócratas, patriotas, ídolos y militantes populares. ¿Para cuándo una avenida llamada Madres y Abuelas de Plaza de Mayo? ¿Y una calle, cortita al menos, con el nombre de Soberanía Nacional o Fragata Libertad? O por qué no por una llamada Patria Grande… ¿No faltan artistas como Leonardo Favio o Mercedes Sosa? ¿Dónde quedaría la calle Comedor Padre Lorenzo Mazza o la Bomberos Voluntarios?

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

Foto de portada: Nico B Mansilla

Cuando que

Cuando que

Por Oscar Gozho

Cuando miraron para el pub, vieron como mucha gente que se destapa la primer cerveza ya está pensando en el sándwich de enfrente. Cuando miraron para la iglesia, no distinguían a jóvenes católicos si eran hermanos o pareja. Cuando miraron al colegio privado, se dieron cuenta que había más plata en el colegio público. Cuando miraron a una mujer en una esquina oscura, la miraron dos veces para ver si era un travesti. Cuando conocieron una mujer, la misma los dejó por irse con un joven que salía de fiesta jueves, viernes, sábados y domingos. Cuando conocieron un amor, se preguntaron cómo iban a olvidarse. Cuando conocieron La Laguna, les pareció una mierda con sentido la pesca deportiva. Cuando conocieron la traición, no supieron si seguirían siendo amigos.

Cuando juntaron un par de pesos se compraron un FluChurry para usarlo sin crédito. Cuando juntaron a los egresados, se reían de los mismos de siempre. Cuando juntaron un par de votos, la cagaron con el Pro. Cuando juntaron todas las firmas, la tragedia ya pasó.
Cuando llegaron a la plaza, se creyeron que era un encuentro de motos. Cuando llegaron al hospital, tuvieron que volver al otro día. Cuando llegaron al cementerio, no fueron a ningún lado más. Cuando llegaron al cielo, no mentira, no existe.

La última vez que están

Están los que el azar los choca contra un árbol y están los que un tumor de mierda les rompe las pelotas. Están los que de viejos se quisieron morir joven y están los que un chuchillo les revuelve las entrañas. Están los que le fallan al amague suicida y están los que mueren solitarios en el tiempo del olvido. Están los que durmiendo se despiden en un sueño y están los que ni alcanzan atarse los cordones. Están las que se van cuando dejan otra vida y están los que se mueren solo para que les prendan una vela. Están los que las balas le revientan todo el pecho y están lo que se pasan de sustancias salvadoras. Están los que el hambre se los come a ellos mismos y están los que empachados dejan herencia a boludonas. Están los que ya saben y te dejan una cartita y están los que acompañan al amor que se les fue. Están los que se atragantan con el hueso de un pollo y están los que se ahogan por alejarse de la orilla. Están los que encerrados prefirieron morir libres y están los que votan hace tiempo enterrados. Están los que bien vivos parecen bien muertos y están los que muertos recordamos como vivos.

(de la edición Nº 18, abril 2013)

Litto Nebbia, la semilla del rock nacional.

La muerte y la brújula del rock

Nadie puede dejar de escuchar los discos del padre del rock nacional Litto Nebbia. En Alma de baúl un traspaso por Muerte en la Catedral del año 1973, perfil nostálgico de uno de los pilares fundamentales de nuestro rock. Por Mauro Basiuk*

A lo que hemos llegado

Cuando el publicista vio las altas torres de la catedral, a lo lejos, sintió ganas de llorar.
—Si tan solo —dijo— fueran una propaganda de condimento Beefo, tan sabroso, tan nutritivo,
pruébalo en tu sopa, a las mujeres les encanta…
(Microficción de Lord Dunsany, 1878-1957)

Portada de Muerte En La Catedral (1973).

Portada de Muerte En La Catedral (1973).

Dicen que ayer alguien murió en la catedral. Suena a novela de misterio. Sin embargo se trata de una frase incluida en el cuarto disco solista de Litto Nebbia. Tenía 23 años nomás, en una carrera musical que se había iniciado en 1965 con Los Gatos Salvajes para seguir hasta 1970 con Los Gatos, banda de la tríada fundacional del rock nativo, junto a Almendra y Manal.

En el mismo año que Artaud y el gol de Bochini a Juventus, este LP sería el primer álbum que Nebbia grabaría en formato trío junto a Jorge González en contrabajo y Néstor Astarita en batería. Encargado de la guitarra, el piano y el canto, lo acompañaron viejos compañeros de ruta como Ciro Fogliatta y Oscar Moro (ex Gatos), en órgano y batería, respectivamente. Por si fuera poco, además tocan Roque Narvaja, Gustavo Moretto y Bernardo Baraj.
Con arte de tapa original realizado por el célebre artista Pérez Celis, la placa original constaba de nueve canciones (luego se agregó Señora vida, como bonus track). Fueron grabadas en, aproximadamente, cuarenta horas de estudios RCA, entre mayo y junio del ‘73, con un sonido marcadamente potente y jazzero. De algún modo, preanunciaban la corriente musical que, a fines de esa década, inundaría los escenarios.

Otro puntal que aparece es la colaboración de la poetisa Mirtha De Filpo, en letras como la acústica La operación es simple (Esta serpiente siempre/muerde su cola/ y juega cara y ceca/muy melancólica) y Mendigo de la luna, con cierto aire pop. Esta sociedad creativa llegaría a su punto más alto en Melopea, otro disco clave en la carrera del rosarino, editado un año después.

Aquí ya se ve al joven autor de canciones que empezaba a ser adulto en el tema que abre el disco, Vals de mi hogar: He planeado viajes sobre una mesa/he planeado amores sobre la cama/necesito pronto alguien que me quiera /pero al mismo tiempo que yo lo hago.

Aquí también aparece El otro cambio (los que se fueron), con arreglos de Rodolfo Alchourron (el mismo de Laura va), un alegato resignificado por las tragedias posteriores, que mezcla con nostalgia los chistes del Gordo Saverio con el cine de Chaplin en un Buenos Aires que dejaba de ser.

En el inmenso abanico musical de Nebbia queda tiempo para un buen rock que, escuchado a volumen alto deja sin aliento a más de uno: Dios en más. Mención de honor, para el tema que da nombre al disco. Una suerte de suite de ocho minutos con cierto aire épico: “La gente protege su vida siempre en nombre de dios/ Y el pájaro negro anuncia en su vuelo un tiempo de tormenta”.

“Gracias a todo aquel que en cualquier aspecto hizo posible esta obra” dice la línea interna final del disco. Una obra clave que fuera ubicada en el lugar 75 cuando la revista Rolling Stone armó el canon de los cien discos de rock argentino de todos los tiempos (su disquera Melopea, figura en el puesto 48º).
“Algo muy avant-garde, pero lo raro era que tocábamos en lugares populares y, para la pendejada que cantaba y bailaba, eso que era un quilombo de arreglos y cambios de ritmos”, sintetizó Nebbia para dicha publicación, la propuesta de Muerte en la catedral. Obra que lejos de ser una propaganda es tan real y movilizante como las altas cumbres de la arquitectura gótica.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCS de la UNLP, columnista radial, coleccionista.

(de la edición Nº 18, abril 2013)

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Ya está en las calles la edición Nº18 de el viaje

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Portada el viaje Nº 18, abril 2013.

Abril nos presenta dos nuevas producciones locales: Protoplasma con Energía invisible, su primer disco de estudio y Media hora de felicidad, el segundo libro de Mariano Contrera. Buscala.

Conseguila en…

Lobos: Colombo diarios (H. Yrigoyen y Arevalo). HJ Electricidad (H. Yrigoyen 57). Pericles (9 de Julio). Gráfica Arias (Berro 381). Mirar Cultura Lobos (Rauch 155). Stihl Concesionaria (H. Yrigoyen 983). Scotti Seguros (Moreno y Laprida). Fábrica de pastas Sol de Marga (Necochea 487). Pastas Biló (Perón 344). Pintureria Barbieri (Alberdi 120). Custom Shop (Bs. As y Almafuerte). Canal Cuatro (Bs. As), Biroccio Molinos (Olavarrieta 332), Andale Wey (Ayacucho 30), Soc. Rural (Las Heras 87), Casa Cultura de Lobos (Salgado 585). Paradise (9 de Julio 63). Peluquería Cousin´s (Moreno 539).

En Salvador María: Ferreteria Don Atilio (Av. 10 Jerónimo Topa). Heladería Don José (Av. 19 J.T). Autoservicio La Armonía (Av. 10 J.T). Autoservicio Canis (calle 5 y 16 Nº 123). Forrajeria Los Pastizales (calle Nº 166).

En La Laguna: Restaurant Parrilla Un Lugar (Club de Pesca Lobos).

Facebook: Revistaelviaje Sumacultura

LUIS CABRERA 1

Anécdotas del gordo Luis

Por Félix Mansilla

Todos los santos días de la secundaria Luis nos esperaba en la puerta del Comercial. Nunca cara de dormido, jamás con mala avidez, siempre con ese humor de mañana recién despierta. Era la postal diaria. El gordo ahí, con las manos apretadas en el medio de su panza, inclinado como un oso que sonríe a los más pequeños. Las manos blancas, gordas, frotadas en el invierno, la boca que dice pero no habla, no hace nada, espera justo en el rincón delante de la puerta abierta. Los rulos negros, los cachetes inflados.

El rincón era el lugar desde donde Luis manejaba términos y saludos proclives a una repetición de sana costumbre. Eran en total comunicaciones de menos de medio minuto y los diálogos a las 7.39 am eran como el eco que se repite al provocar el encendido del aparato humano. La voz de Luis era una señal.

—Ahí viene la gente de Salvador María —nos decía como un pregonero—. ¿Es verdad que en invierno, en La Laguna de Lobos, los pejerreyes andan con bufanda? ¿es verdad eso? ¿o me macaneó Pedrotti? —se reía sin parar sobre un compañero de batalla. Andá a saber en qué sobremesa conversaron de qué.

Así, con otras frases o preguntas. Siempre, cada mañana. A ninguno nos molestaba, porque —entre muchas cosas— la mejor era cagarse de risa menos de un minuto y entrar al templo educacional, que a las ocho en invierno hacía más frío que en ultratumba.

Cada 2 abril, Luis izaba la bandera, contaba alguna anécdota de la guerra con brevedad. Esos actos eran algo así como escuchar la historia, sentirla, tan lejana que a veces esas palabras se volaban con el tiempo, porque nunca nos re cagamos de frío, ni nos maltrataron, ni nos dieron un fusil, así como alguien entrega el balde para vaciar el bote. Por eso, por la pubertad y muchas de las cosas que nos hicieron olvidar o no ver o no analizar.

(Dedicado a la memoria del ex combatiente Luis Cabrera).

(de la edición Nº 18, abril 2013)