Niño y paloma

Rosa claro-Rosa oscuro

Por Ivana Barbis

Se levanta. Se mira apetitosamente frente al espejo.
Recorre las calles de la ciudad en su coche lujoso.
Llega a su destino. Una infinidad de voces recorren su rutina.

Horarios inamovibles. Almuerzos indiferentes.
Siestas muertas. Compañeros incompetentes.
Salida gloriosa.

Algún susurro malicioso insinúa una copa.
El bar de la Estación suena como refugio de pasiones.
El ser se transforma en una paloma, en un colibrí,
en La baba del Diablo o el Arcángel Gabriel.

Y de repente, uno puede pensar si pertenece a un sueño.
Un sueño que alguna vez soñó subconsciente popular,
desde el lado rosa oscuro.

(de la edición Nº 9, julio 2012)

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“Llena de preguntas, como una nena. Ya no tengo dudas, lo que vos quieras”

Por Sarcastic Mr. Know It All 

Por la beatificación de nuestra señora de las flores, quien realizo incansables esfuerzos por escapar del encierro de patios, rincones, y balcones; para llevarnos la luz y la esperanza en cada flor. Ultrajada muchas veces por novios olvidadizos, galanes oportunistas y amantes ocasionales, fue arrancada, maltratada, pero con la fuerza del amor volvió a brotar y mostrar que la luz siempre prevalece a la oscuridad. Hoy en tu día, te saludamos Santa Rita y te dedicamos una oración ¡Qué así sea!

Querida Santa Rita, cuántos hijos y nietos han visto en tus flores la expresión mas bella para decirle a una madre o una abuela, que muy a pesar de los problemas y preocupaciones todavía conservamos como tesoros los consejos heredados por nuestros abuelos. Que sentados en bares donde los tiempos no corren y el café conserva su aroma, nos indicaron mirándonos profundamente a los ojos, para que su consejo se clave como una semilla en nuestro ser:

—A las mujeres hay que hacerlas reinas, toda mujer es una reina, y como tal, debe estar llena de flores hermosas que acaricien su piel como seda y la bañen de perfume ¿Entendiste, pibe? Ahora andá y llevale un ramo de flores a tu mamá, y no te hagas el piola y traeme el vuelto. Que este café no se paga solo y acá Don Juan no me fía más. Desde que cambiaron los dueños, parece que se olvidaron quién es uno ¡Lo único que falta es que pongan un televisor para que la gente deje de conversar! La pucha digo, ya me hicieron renegar.

Y así como jóvenes intrépidos, con la plata del abuelo nos compramos los primeros vinilos del Flaco, buscamos esa nota imposible en lo alto que nos vio derrumbarnos y toser sin más remedio que la humillación de saber que nunca llegaríamos al cielo cantando. Robamos un racimo de nuestra querida Santa, y se lo entregamos a nuestra madre, que a pesar de saber que provenía de la vecina, que con motivos de sobra nos odia, nos miró con los ojos llenos de amor y nos lanzó una mentira inundada de amor incondicional: —Hijo, te acordaste de tu madre. Están hermosas.

Así fue que, a riesgo de padecer tremenda sensibilidad, aprendimos que con una flor basta. El abuelo nos aconsejó bien, nosotros aprendimos mejor: no debemos de caer jamás en la tentación de regalarle la misma a nuestra madre que a esa vecina de la esquina que cuando camina hacia el almacén recorre la vereda de casa con sus zapatillas rojas a tono con su vestido y yo -qué le voy a hacer- no puedo ni respirar, queriendo que la vereda se transforme en un campo lleno de flores, y que el viento le despeine el vestido y nos regale un rayo de sol. Jamás. Sería como dedicarle la misma canción a dos amores distintos, una traición a nuestra propia dicha.

A ella le daría jazmines, de esos violentas y blancos, para que sepa que no sólo hay belleza cuando pasa fugaz; adentro también está el color y el aroma. Para que vea, con qué ojos la miro.

A la abuela, en cambio, una madre selva. Así, con ese nombre tan cargado, casi denso de simbología ¿Quién si no una abuela merecería tal flor, simple y hermosa, que conforta tanto si te acercás a olerla como cuando la abuela te hace la sopa en invierno con fideítos de letras?
Reflexiono y pienso: si esto no es sabiduría ¿qué es? En las flores se oculta el secreto, ese que los árboles custodian desde lo alto, aquel que las madres riegan en silencio cada mañana. Si hay más en otro lado no sé si quiero enterarme; ahora sé que en cualquier jardín, vereda, maceta, fuente, incluso pava en desuso, hay un mundo de posibilidades y homenajes para las mujeres amadas. Estamos salvados. Le debo una al abuelo, otra más.

(de la edición Nº 8, junio 2012)