Mariano presentación 6-4 NB

Media hora de felicidad

La nueva producción literaria de Mariano Contrera narra historias,  se hunde en la ficción de lo cotidiano y va al grano. Fue presentado el sábado en la biblioteca Capponi, donde además, sonó la música con las canciones en formato acústico de la banda Conflictivos. 

Media hora de felicidad, 100 Km (2013).

Media hora de felicidad, 100 Km (2013).

Media hora de felicidad, lanzado por Editorial Cien Km del historietista lobense Alan Dimaro, fue presentado el sábado 6 en la biblioteca Capponi. En sus relatos, Contrera refleja eso que alguna vez vimos o pensamos al observar el paso de las horas, los años, los paisajes, con personajes inolvidables e historias que describen paisajes y calles de Lobos y la zona.

En 2010, lanzó La idea fija, donde acentuó su prosa dentro de temáticas sumidas en el humor al estilo de Roberto Fontanarrosa, con historias de lo cotidiano, haciendo hincapié en las relaciones personales. En su nueva producción, va más allá, poniendo el acento en relatos desde un costado tragicómico.

Entre las producciones más destacadas de Media hora de felicidad, se encuentran A la sombra, Pink Freud, Un puchero con Don Juan Manuel de Rosas, Central Disco, Limpieza profunda, La playa y Media horita, que inspira el título del libro.

Antes de la presentación, Contrera habló con el viaje para adelantar de qué viene Media hora de felicidad, donde destacó que “está compuesto por quince cuentos, con historias de amor, de relaciones personales, reflexiones. Hay un cuento de un director de cine que está medio desquiciado, que transcurre en Mar del Plata. Él quería que la película de su vida transcurriera allí, quiso que su vida fuera una película. En La playa, me pasó de intentar incluir el humor pero desde un lugar más tragicómico”, amplió.

Media hora de felicidad se consigue en Colombo diarios y revistas (H. Yrigoyen y Arévalo), Biblioteca Capponi (Rivadavia 36) y en Librería Estilo (Perón 174). 187 páginas. $45.

Foto: Niko Battista

Saturno 22

Viejo matador de Saturno

Por Félix Mansilla

El plan venganza se inició una tarde de sábado de invierno lluvioso, allá a mediados del año noventa y ocho, cuando teníamos entre diez y catorce años. Apenas nos habíamos juntado seis o siete del grupo en el patio de la casa de Pollito y Maycoco. Era una época del año dura debido al frío y todos nos frotábamos las manos y hacíamos aros en el aire con el aliento tibio para amenguar el aburrimiento entre cigarrillos y bicicleta a todos lados.

Por esos años, nuestra diversión pasaba por hacer achurías: apedrear techos, lonjear perros ladradores, guerras de barro, pero nada vinculado al vandalismo vengativo. El objetivo de la revuelta, vino del lado del dueño y amo de uno de los tantos perros envenenados del pueblo por esos años.

—A Saturno lo envenenaron —dijo el Turco y todos apretamos los dientes sin preguntar nada. Con las cabezas mirando el piso, mostramos nuestra repulsión al caso. El can perdicero ya no estaba entre nosotros—. Ése fue el viejo choto. Seguro que Saturno le volteó la perra y le pisó la quinta —dijo el como buscando complicidad en la banda.

—¿Cómo sabés que fue él? —interrogó Pollito, pariente lejano del supuesto envenenador.

—Y…porque ya le envenenó el coli a Marta y al barbucho de Daniela lo cagó con carne con vidrios. Mató a todos los perros que no jodían a nadie, viejo puto —arrojó indignado.

Con rabia, cada uno se quedó en silencio a su manera. Don Atilio, bajando el tabaco de sus Marloboro box 10, Maycoco, comiéndose la uña del menique derecho, Verduncito, sacando punta a una varilla de paraíso, Maxi, acomodando su gorra de polo, George, rascándose la panza, Pollito, de manos cruzadas y yo, acomodando el remolino de mi casco cabelludo.

No supimos qué decir, aunque sabíamos que quieto no nos podíamos quedar. El Turco, una vez convencido todo el grupo, sentenció: —Esto no va a quedar así, viejo de mierda. Al perro que me regaló Susana, nadie lo mata y menos un viejo forro.

Pese a la parentela lejana, Pollito usó la contundencia que lo caracteriza hasta los días de hoy:

—Hagamos algo, Turco. Si vos decís que fue el viejo, hagámosle algo. No sé, rompámosle las pelotas, algo. Algo que le duela. Me chupa un huevo que sea tío abuelo o lo que mierda fuese.

—Tenés razón, Pollo —asintió el Turco y la ronda se abrió.

Esa noche después de jugar algunas partidas de pool en el club, nos apartamos como disimulados y cada uno dijo hasta mañana haciéndose el boludo como perro que tiró la olla. A dos cuadras del hogar del viejo, nos juntamos como refugiados en la sombra de la noche. Mientras fumábamos esperando las directivas, el Turco se paró, abrió las manos como un cura y tiró:

—Ya pensé todo, muchachos —se acomodó la bufanda escocesa—. Ustedes encárguense de los cascotes. Verduncito, por favor no vayas a tirar antes de que estemos preparados.

—Sí, no vas a ser tan pelotudo. Siempre hace lo mismo este tipo —arrojó a los demás Don Atilio, que chiquito y todo, estaba caliente como una pipa.

—¿Todos listos? —expresó casi susurrando el Turco y un sí silencioso hizo que emprendiéramos la partida.

Cuando llegamos a la esquina de la calle cinco, todos nos detuvimos y el Turco se adelantó. Agachó la cabeza, levantó arenilla de la calle y la dejó caer entre las manos. Los demás lo miramos y nos acercamos. Un auto todo oxidado pasó sin luces y dejando una estela de humo. Ni nos vio.

—¿Estás listo, Turco? —preguntó George, como para darle manija y dar fin al plan venganza.

—Vamos. Pero esperen —el Turco empezó a escribir la pared de la casa del viejo, pero las sombras de las plantas no nos dejaron ver la proclama. —Ahora.

Así, una decena de cascotes impactaron en las chapas del techo del viejo envenenador y los perros de la cuadra empezaron a ladrar asustados. Se prendió una luz adentro que salió entrecortada por los postigos de la ventana de la habitación del viejo. Empezamos a correr como gato quemado y nos perdimos en la oscuridad. Tras la retirada, estábamos todos a media cuadra de la esquina atacada, cuando entre llanto y bronca, el Turco repitió a gritos las palabras que garabateó en la pared. El sonido desgarrado retumbó en cada monte que serpentea los límites del pueblo entero.

—Tomá, viejo matador de Saturno.

(de la edición Nº 4, febrero de 2012)