una mierda de boliche

Una mierda de Boliche

Por Nicolás Bernal

De los tragos ida y vuelta, una mirada pervertida, se descubre entre el humo, esas ganas de besarse. Mientras pasa ese flaco pelotudo que se cree una bestia por apoyar el culito donde antes vos cagabas. Gente de “etiqueta más que ropa” súper careta, discuten ese premio al cerebro más idiota. A la vuelta están los físico culturistas con miradas superficiales, están duros por la coca y se acabaron el fernet.

Una reina que vagaba en tu cabeza, se creía que eras bufón y ahora ruega en no cruzarte. Los amigos bien borrachos con ojos todos rojos, te preguntan si están un poco locos. Detrás de una barra hay personas sin moverse, que te atienden cuando quieren, haciendo de tu espera una pasarela. Algunos pertenecientes a una generación con cabeza engominada, mastican chicles mientras hacen bailes de mediocridad. Bandidos de gorra creyentes dueños de un territorio, provenientes de la marginalidad son mangueros hipócritas por naturaleza.

Miradas burguesas con desprecio e ironía conscientes de su mentira protagonista de ser las princesas más veneradas. En una punta bien oscura formaron su clan los que corren con la desfortuna de ser lo que les falta o ya tienen. Un grupo que está tan adornado como explotado con cantidades de cerveza que son inimaginables. Como la gente que crece y desconocemos, como los minutos que pasamos en silencio, como los sentimientos de arrepentimiento de haber entrado, inimaginables como las ansias de un ideal de amor, como las veces que fuimos al baño, como los encuentros que prometemos, inimaginables como las veces que escuchamos sin interés, como las veces que renegamos por la música, como las veces que ni nosotros sabemos lo que queremos decir, como las veces que prendimos un cigarro, como las veces que nos fue tan bien, como tan mal.

Más en: www.brevestiemposraros.blogspot.com.ar

(de la edición Nº 11, septiembre 2012)

VIAJAR 1

Viajar

Por Mujer Montaña

Era temprano en la mañana, la calle estaba desierta, las nubes tiritaban escarchas y la niebla espesa caía sobre las calles, humedeciendo las ganas de arrancar. Juan, abrió un solo ojo, suficiente para poner la pava, a la pasada prendió la radio y un tango pintó todo de blanco y negro. Pensó para sus adentros que la tristeza puede ser un motor tremendo, y la música el mejor canal.

Apuró unos amargos, mientras terminaba de buscar su armadura para el frío. El hambre feroz de un comandante sería necesario para salir a conquistar la calle. Un hipopótamo terminó de bostezar sus sueños incompletos, esos que precisarían un rato más para darle un sentido al sinsentido. Al subirse al colectivo se transformarían en ruido de motor y baches; las frenadas apresuradas de mil esquinas los juntaron y apelmazaron ¿Por qué todos soñaremos lo mismo? Saludó al chofer, que no le respondió, insistió y logró captar su atención, en la tercera y vencida, lo puso en órbita y consiguió una respuesta torpe y apurada, digna de una persona que perdió la costumbre. Las buenas costumbres. Se pegó a una ventana, y la colgó mirando los árboles, como todo el mundo que se despertaba para arrancar el día.

¿Habré cerrado con llave? Esa pregunta lo acompañaría todo el día, junto con la certeza de que si alguien entrara no encontraría más que libros y discos desparramados cuidadosamente por cada rincón de la casa, anotaciones en paredes y ventanas. Su casa no era más que un refugio para su imaginación, un refugio lleno de ventanas y puertas que conectaban todo con el todo. Se calzó los auriculares y caminó las calles que le restaban hasta llegar al trabajo. Qué connotación negativa tiene esta palabra, que ocupa la mayor parte de nuestro día y agota nuestras energías. Trabajo, ya implica un esfuerzo. Se conectó con unas grabaciones de Luca desde Córdoba, cada tanto una sonrisa invadía su cara hasta conquistarle una mueca de inmensa felicidad. Cuánta claridad y lucidez. Ahora entendía porqué se fue tan rápido. Para qué vivir más, ¿No?

Día laboral que procuró pasar como si fuera un túnel, procurando ver la luz del final sin detenerse demasiado en la transición. Lo cierto es que Juan no estaba contento con su rutina de trabajo. Aún así lo hacía con amor, porque sabía que de esa manera había que hacer las cosas. Pero entendía, también, que algo más lo esperaba afuera, en ese afuera poco comprensible para muchos pero lleno de esperanza para él. Sólo era cuestión de tomar coraje e ir a buscar lo que le pertenecía desde siempre. Como todavía no se decidía a escaparse de esa rutina, se disponía a pasarla de la mejor manera posible: haciendo bien lo que tenía que hacer y brindándoles a los demás todo lo que sabía. No siempre era algo sencillo, por eso valoraba cuando justo antes del atardecer quedaba libre de obligaciones.

Todo se pintaba de amarillo y rojo y algo se despertaba en él: la chispa de libertad comenzaba a hacer combustión. Ese proceso que se repetía a diario le generaba unas cuantas contradicciones e interrogantes ¿Por qué no seguir a esa chispa, a esa voz interior llena de certezas que le mostraba que había algo más que lo que hacemos? Era de las pocas cosas que lo sacaban de eje. Eje que al rato volvía a su lugar porque a diferencia de muchos, Juan era quien quería ser y eso lo tranquilizaba. No pretendía más que ser una persona tranquila en sus pensamientos y en su corazón, un amigo y un hijo sincero, un amante de las cosas que no se ven.

Foto de portada: Jimena Rodríguez

(de la edición Nº 14, diciembre 2012)