Pulpito 1

Bien expulsado

Por Thomas Gianandrea*

Era su momento, y lo sabía. Era su oportunidad, la tenía que aprovechar, tantas otras veces intentó y no pudo. Era la hora de la siesta, la hora en que parece que el pueblo casi fantasma, casi desierto en el que vive, aunque él esté convencido que cuándo sea profesional se convertirá en “La ciudad” turística veraniega y la pancheria de Pepe será el restaurante preferido de todos los chicos, queda vacío. Todos dormían, hasta su abuela Nelly -una gallega bastante terca- , que jamás dormía, ¡Hoy si! , hasta el loro de Don Agustín, su vecino amante de los pájaros, se encontraba callado, parecía que también dormía. Era su momento. Era su oportunidad. Estaba más que claro.

Salió al patio y respiró profundo, siento la brisa húmeda mezclada con ese aire fresco que avisa que va a llover sapos de colores, siento a su vez como que el universo mismo se había detenido para él, y sintió también que había que comenzar con la obra, antes que todo se le trunque como solía ocurrirle; antes de que su abuela se despierte y lo llame para tomar el té con leche y mirar a El Chavo del 8, antes que el loro empieza a hablar o cantar y lo desconcentre de su cometido, porque la verdad que canta bárbaro el loro ese, y antes que caigan sapos de colores, vio por ahí ocurre.

Puso cuatro macetas, todas seleccionadas previamente del jardín de su madre, que tenia para dos horas más de siesta y ni se iba a enterar de lo ocurrido, excepto que el loro lo viera y lo buchoneara. Colocó una delante de la otra, como queriendo imitar aquella defensa de cuatro de aquel Boca del ‘98 que tanto envidió. Las colocó a una distancia razonable para que su obra fuese más espectacular, y tardara unos segundos más, tuviese un poco más de suspenso y emotividad. Fue hasta la peluquería de su madre –que quedaba comunicada por adentro de la casa- agarró unas pelucas y se las colocó a las macetas para que la cosa fuese tomando color. Había una maceta alta y con las patas separadas, ideal para tirarle un caño, algo que en su obra era como… la frutilla del postre. Una delicia.

Detrás de los defensores había puesto la manguera verde que usaba su viejo para laburar, que abarcaba casi tres metros de ancho, menos mal que de patio tenía una pradera más o menos. Era allí donde comenzaba el área, donde ya nadie lo podía tocar, donde se acaban los codazos, los agarrones -porque el árbitro es muy severo, ve todo y lo cobra- , las patadas de mala leche, allí él creaba, firuleteaba, engañaba con el ojo inquieto, con la mirada y la frente alta, iba y volvía, la mostraba y la sacaba, dibujaba. Era allí donde su obra comenzaría a despedirse. Un poco más atrás estaba el arco, la cucha del Boby, -el principal frustrador de sueños-, pequeña, un poco baja pero ideal para colgar la pulpito de un ángulo. El perro ya estaba avisado que esta vez, va siempre estaba avisado y no obedecía, no debía interferir en la jugada, pero para eso todavía faltaba mucho.

Luisito Tartaguello, calzó la pulpito a rayas blancas, la puso al costado de su pie derecho, como el Bocha según él y se lanzó a toda velocidad contra las macetas. Se encontró con el primer obstáculo, con el primer defensor. La tiró larga y lo dejó parado, parecía un pájaro en pleno vuelo. Ahí nomás, enseguida, se la frenó al segundo y con un quiebre de cintura al mejor estilo Orteguita lo dejó de lado, no me animaría a confirmarlo pero creo que una de las patas de la maceta en el intento de seguirlo se rompió. Luego vino el turno del que tenía la peluca colorada, se la puso para diferenciarla y acordarse, y el caño estaba cantado. A Luisito sólo le faltaba enfrentar al último defensor, a esa maceta más que alta que toda su infancia junto al Boby le frustraron el sueño. Esta vez Luisito por fin se apioló y los engañó a todos.

Metió bicicleta y pasó. Pero un imprevisto parecía truncarle nuevamente el sueño al Luis, que pisó la manguera y cayó. Por suerte estaba en uno de sus mejores días y se avivó. Penal, penal, penal, comenzó a pedir mientras rezongaba en el suelo. Penal a Luisito. Penal al pibe que se iba derechito al gol. La escoba que miraba desde lejos apoyada junto a la parrilla tomó la iniciativa de referí y falló a favor de Luisito. Claro penal. Grande pibe, grande. Se autodenominaba.

Acomodó la pelota y tomó dos, tres, cuatro pasos de carrera, se fue hasta cerca de la medianera de la casa del loro, se corrió el pelo de la cara y comenzó a rezar para que su perro que hasta ese momento había permanecido inmóvil, se acordara de lo hablado y no interfiriera en la jugada. El perro fue obediente y se colocó detrás de Luisito, como para salir corriendo y festejar junto a su amigo fiel aquella obra, aquel sueño, aquel gol.

Ambas manos en la cintura, imploró mirando al cielo. Pensó. La tiro abajo, la tiro arriba. Le pego fuerte, la coloco, ¿y si la pico?, No, mejor no, se dijo, capaz que la gente piensa que estoy sobrando el partido y después me abuchea…y pasó todo muy rápido. Va Luisito, uno, dos, tres… y el Boby que sale corriendo de atrás y se le enreda entre los pies y Luis que cae al suelo una vez más, con una bronca que le invade todo el cuerpo y mientras insultaba en 200 idiomas distintos al pobre perro – que ahora jugueteaba con la pulpito y le dejaba los dientes marcados- miró a la escoba que seguía en su lugar, y le exclamó de corrido y sin respirar ¡Lo viste vos, eh! ¡Lo tenés que echar! ¡Es para roja!

La escoba que miraba todo desde la parrilla hizo caso por segunda vez a los pedidos de Luisito y le mostró la tarjeta colorada al pobre Boby, que no le quedó más opción que agachar su cabeza y con una cara de fue sin querer y te juro que la próxima no vuelve a ocurrir, se metió en su cucha.

*Lobense, periodista deportivo recibido en DeporTEA.

(de la edición Nº 10, agosto 2012)