LUIS CABRERA 1

Anécdotas del gordo Luis

Por Félix Mansilla

Todos los santos días de la secundaria Luis nos esperaba en la puerta del Comercial. Nunca cara de dormido, jamás con mala avidez, siempre con ese humor de mañana recién despierta. Era la postal diaria. El gordo ahí, con las manos apretadas en el medio de su panza, inclinado como un oso que sonríe a los más pequeños. Las manos blancas, gordas, frotadas en el invierno, la boca que dice pero no habla, no hace nada, espera justo en el rincón delante de la puerta abierta. Los rulos negros, los cachetes inflados.

El rincón era el lugar desde donde Luis manejaba términos y saludos proclives a una repetición de sana costumbre. Eran en total comunicaciones de menos de medio minuto y los diálogos a las 7.39 am eran como el eco que se repite al provocar el encendido del aparato humano. La voz de Luis era una señal.

—Ahí viene la gente de Salvador María —nos decía como un pregonero—. ¿Es verdad que en invierno, en La Laguna de Lobos, los pejerreyes andan con bufanda? ¿es verdad eso? ¿o me macaneó Pedrotti? —se reía sin parar sobre un compañero de batalla. Andá a saber en qué sobremesa conversaron de qué.

Así, con otras frases o preguntas. Siempre, cada mañana. A ninguno nos molestaba, porque —entre muchas cosas— la mejor era cagarse de risa menos de un minuto y entrar al templo educacional, que a las ocho en invierno hacía más frío que en ultratumba.

Cada 2 abril, Luis izaba la bandera, contaba alguna anécdota de la guerra con brevedad. Esos actos eran algo así como escuchar la historia, sentirla, tan lejana que a veces esas palabras se volaban con el tiempo, porque nunca nos re cagamos de frío, ni nos maltrataron, ni nos dieron un fusil, así como alguien entrega el balde para vaciar el bote. Por eso, por la pubertad y muchas de las cosas que nos hicieron olvidar o no ver o no analizar.

(Dedicado a la memoria del ex combatiente Luis Cabrera).

(de la edición Nº 18, abril 2013)