INFLADOR 1

El inflador según Eva

Por René Catto

—No me hagas comer la manzana, mujer.
—Dale, probá. Tenés que comer fruta, Adán.
—No insistas, Eva, por favor, ya es demasiado. No pequemos de golosos.

Adán estaba atemorizado en la sobremesa y Eva, su esposa, no paraba de querer hacerle hacer lo que él no quería hacer. Levantó los platos, los acomodó en la mesada y miró por la ventana. Su mujer le observó cada paso con la vista arbitral de una directora gorda y mala. Antes de que le diga algo, abrió la canilla de agua caliente, se colocó los guantes como un veterinario antes de operar y embardunó la esponja con un detergente color verde botella de Sprite.

—Adán, acá te quedó la fuente de las albóndigas ¿no pensás comer ninguna fruta? Guardá la canasta. Me hacés comprar mucha fruta. Con lo cara que está la fruta.
—Es que no me gustan las frutas.
—Ahora el señor dice que no le gusta la fruta. Lo cara que está la fruta.

Adán prefirió pasar esa mano y se quedó en el molde esperando la próxima protesta, comentario y/o opinión en su contra de su mujer, solo por deporte. Escurrió la rejilla, miró la pila de platos, cubiertos y ollas. Acomodó mentalmente cada objeto y fue hasta el segundo cajón de la mesada para tomar el repasador con el dibujo de una puerta con la leyenda “welcome” y tres gansos de la granja como salidos de un cuadro de Van Gogh. Secó el primero y lo pasó al rincón de la mesa sin migas ni servilletas de papel hechas bollo.

—¿Es necesario que hagas tanta espuma en la pileta cada vez que lavás los platos?
—Siempre.
—¿Siempre qué?
—Que siempre yo lavo los platos.
—¿Y quién cocina, eh?, ¿quién se quema las pestañas?

Una vez secados cuatro platos, tres tenedores, dos vasos y una olla Adán se secó las manos en los bolsillos del Wrangler claro gastado. Suspiró y pensó en el diario, en leer el diario tranquilo, en el baño de afuera, con un pucho y en libertad.

—Después llevarás la ropa a la lavendería. Estoy podrida de fregar en esos bolsillos percudidos.
—Eva, este pantalón tiene más de quince años. Me lo compraste cuando pasé a Mar del Plata en sapo. Segundo puesto el tipo…en el hotel me saludaban hasta las mucamas.

La miró como diciendo ahora estoy libre, hizo un ademán de “me retiro, señora” y se dirigió a la habitación de los libros y colecciones de revistas. Hacía unos días que quería llegar a ese dato que lo tenía desvelado y pensante. Encendió el velador de pie, sopló el polvo sobre el cenicero de vidrio amurado en el rincón y sintonizó la radio. Escuchó una entrevista bien de domingo, de una señora mayor —que imaginó canosa y arrugada— que contaba el desmadre sobre el ferrocarril en Argentina antes de las privatizaciones.

Cerró los ojos y se acordó de la tapa de Clarín cuando a Pino Solanas lo hirieron de bala y hablaba desde una camilla. Después, puso la caja de “diarios viejos” en la mesa del centro de la habitación. Sin querer cabeceó el foco y las sombras en las paredes del cuarto se parecieron al de un sueño alucinógeno: con amarillo, negro y dando vueltas. Apartó la pila de los que ya había revisado y siguió con los otros: El hombre llegó a la luna; ¿Quién es Guevara?; Se viene el Mundial, Finalizó la guerra y la tapa de Y Labruna volvió para ser campeón. Lo encontró y sonrió. Coincidía todo y Adán había estado ahí. Sonó la puerta. Abrió.

—¿Cuándo va a ser el día que arregles el inflador?
—Ahora no, Eva. Ahora no puedo.
—Listo, lo tiro a la basura. La bici seguirá desinflada.
—No, esperá. No lo tires.
—¿Qué no? Vas a ver cómo lo tiro.
—Está bien, tiralo. Si para inflarme las bolas estás vos, Eva. Siempre estás vos.

(de la edición Nº 18, abril 2013)