Canoa, Ecuador, Sudamérica

Crónica de viaje: Canoa

Por Juan Ignacio Babino

 Sudamérica

Canoa, Ecuador, por JIB.

A eso de las dos,tres de la tarde empiezan a asomar, empiezan a besar la arenosa costa de la ciudad. Aunque en realidad desde un buen rato antes se otean allá a lo lejos; allá, bien contra el horizonte, aunque de cuando en cuando las olas cercanas a la costa las ocultan de la vista. Entonces, a eso de las dos, casi tres de la tarde regresan las lanchas. Bien temprano en la mañana han despuntado de espaldas a la costa, cuando el sol es apenas un ramillo tenue desde el otro extremo; en busca de la pesca, en busca de esa fortuna cotidiana que no sólo será su plato fuerte -¿o acaso el único?- de la noche sino que también, quizás, puedan vender algo y así obtener unos mangos, unos pesos, unos dólares extras, aquí en la ciudad.

Angelito, Willi, Carolina, Los 4 hermanos, Corazón de Jesús. De a una van llegando a la costa. Aquí, en la costa, en la costa de esta ciudad, algunos niños juegan a la pelota. Pero ni ellos se lo creen. Es sólo un pasa tiempo para que mengüe la espera. Se les nota en la jeta, se les nota en el indisimulado desgano con que patean la pelota, se les nota en el fastidioso gesto que escupen cuando alguna amaga a llegar y sigue de largo, para el lado de la bahía o simplemente se va lejos. Se les nota en cada vistazo que echan para el lado de ese gigante, esperanzados en que alguna esté ya bien cerca. Porque ahí, cuando por fin alguna besa la costa, la pelota queda olvidaba por allí, a la sombra de alguna vieja cantina o cevichería y todos se lanzan como si fueran pirañas atacando su mejor presa, a ayudar a acarrear la lancha a tierra firme.

Primero se apaga el motor y con el último envión, los pesqueros hacen girar la pequeña embarcación para que quede proa hacia el horizonte, esperando la próxima partida de cara al mar, que seguramente será mañana por la mañana o a mas tardar, pasado mañana. Cuando ya el envión de las olas no empujan mas a la lancha porque ya apoya demasiado sobre tierra firme, sobre la húmeda arena, dos son los que van y traen un par de largos troncos cilíndricos, como si fueran dos lápices enormes, y los ubican a lo ancho, a ambos extremos de la lancha, para que oficien de ruedas y la embarcación gire sobre ellas. Los niños, a esta altura ya colgados de los bordes de la lancha ayudan a empujar a Willi o Carolina o a Los 4 hermanos o a Corazón de Jesús.

Algunos se animan a ayudar a arrastrar los grandes troncos, otros alcanzan los pescados por aquí o por allá. Cuando empujan todos, juntos parecen hormigas alzando un buen pedazo de miga o de hoja. Los pies de los pescadores, que rápido se mueven para ya acabar con la jornada del día, muestran gruesas las venas, como si se hubieran untado apenas con brea y trazado allí un recorrido singular, como si dibujaran en esas, sus piernas, el destino de los niños que dejaron ya de jugar a la pelota y son por unos segundos, pescadores como sus padres.

(Ecuador, Sudamérica, 2012)

(de la edición Nº 18, abril 2013)