RODOLFO WALSH

Ficciones

“La realidad no solo es apasionante, es casi incontable”. (Rodolfo Walsh) 

Muchas veces nos preguntan si las cosas que publicamos en el viaje son ciertas, si en realidad les pasó a sus protagonistas. La respuesta afable dice que ‘tal vez sí, o tal vez no’, pero no es lo valioso del asunto. Una salida certera es desvincularse de esa historia en el punto que podamos para que la imaginación fluya, dejemos que la subjetividad perviva, y que las sensaciones sean. De modo imperfecto, siempre son las cosas escritas las que mejor reflejan (o no) esos relatos o versos que deseamos transmitir, contar, reflejar, despejar. La incógnita es la que de forma más perfecta traspasa el lado donde la memoria reside.

En El Retrato de Dorian Gray (1890), Oscar Wilde se embulle en dicha senda al afirmar que “el artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte. El crítico es el que puede traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las cosas bellas”. Basados en la cita, podemos traslucir que en parte de un todo —artista y obra— se expanden como un solo mensaje, que a su vez se enmaraña con el contexto, las cosas dichas y el momento de recepción. Wilde, sigue: “La más elevada, así como la más baja de las formas de crítica, son una manera de autobiografía. Los que encuentran intenciones feas en cosas bellas, están corrompidos sin ser encantadores. Esto es un defecto. Los que encuentran bellas intenciones en cosas bellas, son cultos. A éstos les queda la esperanza. Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan únicamente belleza”.

Entonces el análisis. Eso que criticamos dice quiénes somos, qué sentimos, que vemos, qué resignificamos de las cosas que se nos presentan como parte y arte de lo cotidiano y adverso. Dónde, en qué lugares se fuga la verdad. A eso aspiramos, pero para qué, deseos que contemplamos como valorables en su desarrollo. Esa espina gustosa —bien llamada belleza— no proviene sólo de lo que es bello, lo que consideramos bello. Por eso, la belleza se despierta en las percepciones solitarias que se complementan con las más generales y aceptadas. El tiempo es por definición la clave de los cambios o el campo en el cual todos los embarques nadan como arrojados al azar.

Cada cual tiene el acceso: buscado, caído de arriba o establecido como complemento sine qua non, prueba que descifra y moldea los gustos. Dentro de la función de observancia y de recepción de eso que llega desde el arte, nos podemos sumergir de múltiples maneras y excusas. La idea es viajar, dejarse llevar. Poco importa si es real o es ficción. Es. Nos vamos con Wilde: “Todo arte es, a la vez, superficie y símbolo. Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo. Los que intentan descifrar el símbolo, lo hacen también a su propio riesgo. Es al espectador, y no la vida, a quien refleja realmente el arte”.

Los que hacemos el viaje

(editorial de la edición Nº 15, enero 2013)