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Hasta pronto, viajero de la luz

A 15 meses de su ausencia…Un reguero de lágrimas, rabia y tristeza, fue lo que dejó la partida física de Luis Alberto Spinetta; gigantesca alma de la música y la cultura de acá. Quizás tus canciones, viejo pillo, enseñen a salvar esta distancia, la de saberse un poco huérfanos de vos. Porque hay “algo que se fue, sin totalmente desaparecer”.

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Spinetta versión Socios del Desierto.

Por Nacho Babino

A la vera de alguna ruta uruguaya, a metros nomás del Río de La Plata, la lluvia avisa insoportable, pega en la cara primero y luego empapa hasta el alma. Pero la decodificación de ese aviso encubierto de la naturaleza tarda un poco, claro, en advertirse. Dicen que Spinetta murió y ni siquiera el cielo se bancó tanta cosa. La lluvia sigue y ya lloramos todos. ¿Y ahora pues? Cómo se amanece de este dolor, con toda la tristeza que hace afuera, cómo evitar que todo ese torrente de lágrimas cruce la jeta y cómo no buscar refugio en algún dulce regazo cercano, en posición fetal como queriendo volver, salir nuevamente a la vida después de que se confirma que Spinetta murió.

Tal vez ni siquiera el primitivo acto de regar una planta alcance o mirar el cielo o servirse un vaso con cerveza y beberlo hasta el fin, callados, sin la vergüenza de llorar como sonsos delante de quién sea, de nuestra compañera, de nuestros viejos, de nuestros hijos, de nuestras mascotas, solos frente al espejo, corriendo urgentes a poner en el mp3, en la computadora, en el winco, donde carajo sea alguna canción tuya, algún acto reflejo que nos lleve hacia vos, que vuelvas a entrar una y otra vez en nosotros. Flaco… mierda!!! Dicen que te moriste…

Si hay algo que Luis Alberto Spinetta ha rebatido a lo largo de todo este tiempo, es ese viejo axioma –devenido luego máxima peronista- de que “La única verdad es la realidad”, porque entrar en el universo, en el cosmos Spinetta es por momentos entrar a un universo de sensibilidad paralelo, casi infinito, de seguro, único.

 

Nacido en el barrio Bajo Belgrano de Capital Federal, confeso hincha de River Plate, tuvo algunas fugaces agrupaciones musicales como Los Larkings, Los Mods o The Masters, antes de conformar Almendra junto a Emilio del Guercio, Rodolfo García y Edelmiro Molinari. Y es tan grande la obra de Spinetta que si por desgracia hubiera grabado solamente este primer Lp homónimo de 1969, junto con sus compañeros de entonces, ya bastaba. Si bien al rock en castellano lo parieron Manal, Nebbia y los hermanos Fattorusso de Uruguay, es con Spinetta que le nacen alas y empieza a volar.

Ese primer disco alcanza para dejar culo para arriba a la música rock en castellano, para volarle la bocha a más de uno, tanto como se la volaron Los Beatles a él. En el libro Martropía de Juan Carlos Diez, Spinetta dice: “(…) Cuando los escucho, me da la sensación de que ellos han hecho el sonido en un mural, en una piedra, o en algo que el tiempo no perturba (…) Lo que hicieron es muy perfecto, en el sentido que contiene las imprecisiones del alma”.

Los nombres propios de las agrupaciones que formó son varias, a saber y en orden cronológico: Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Spinetta Jade, Banda Spinetta, Los Socios del Desierto. Entre medio y repartidos a lo largo de toda su carrera quedan sus discos solistas, desde Spinettalandia y sus amigos, pasando por Artaud -aunque en la tapa figure Pescado Rabioso y mas allá de algunas colaboraciones, es un disco solista- hasta su última producción de estudio, Un mañana.

En el medio quedan también el disco doble grabado junto a Páez, el proyecto trunco de sacar un disco a dúo con García, Only love can sustain, financiado por Guillermo Vilas, la banda de sonido para la película Fuego Gris, una mínima incursión el cine en Balada para un Kaiser Carabela, una ópera rock con Almendra que nunca llegó a realizarse, el libro de poemas Guitarra Negra, la bellísima Bagualerita, canción regalada a Liliana Herrero que forma parte del último disco de la intérprete entrerriana y también el Manifiesto llamado Rock: música dura.

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La suicidada por la sociedad que repartió durante los conciertos de presentación de Artaud, donde escribió entre otras tantísimas cosas: “En todo caso, cierta estereotipación en los gustos de los músicos debería liberarse y alcanzar otra luz. El instinto muere en la muerte, repito. El Rock es el instinto de vivir y en ese descaro y en ese compromiso. Si se habla de muerte se habla de muerte, si se habla de vivir, VIDA”. Como colofón puede citarse el recital de diciembre de 2009, donde reunió a todas las bandas en un recital que duró ¡cinco horas! y durante el cual hizo de fino anfitrión. Salvo unos pocos ausentes, esa noche casi todos dieron el presente y formaron parte de una clase magistral de cómo tocar e interpretar música rock.

La universalidad poética, armónica y musical de Spinetta resulta inabordable para quien la quiera someter a un mero análisis, pero en el cosmos de este músico cabe tanto una canción como Me gusta ese tajo o Cheques como también Ave seca donde canta: “Gigante sin ojos, tu vulva, delgada gema, llaga que al secarse besa los pétalos, psicosis de savia, en las ramas esperan moverse con tus párpados”.

Y fuera de toda solemnidad que muchos le atribuyen a Spinetta, que la tiene claro, están esos momentos de comicidad e ironía spinetteana. Por ejemplo: al inicio del show de Vélez en una parte de Tu vuelo al fin, parodia a Pomelo de Capusotto diciendo “Nenenanaaa”, o cuando le dice a Mercedes Sosa mientras están grabando parte del disco Cantora, que está saliendo con Britney Spears, o en aquel recital en el Coliseo de La Plata cuando del público le gritaron “¡Sexo!”, dejó de afinar su infaltable Strato roja y blanca y contestó: “No podemos, estamos tocando”, sabiendo que ese grito hacía referencia a un tema del disco Los niños que escriben en el cielo o en el video de La montaña –tema de Pelusón of milk- en el que se ve a una familia subiendo a la terraza y celebrar a los saltos por la llegada de una heladera mientras se escucha el final de la canción que dice: “Suban a los techos, ya llega la aurora…”

De todas formas, si cierto es que “la modernidad está en los orígenes”, no cabe duda alguna del destino que le tocaba en la historia de la cultura y de la música a alguien que a los diecisiete años compone una canción como Barro tal vez (“y es que esta es mi corteza donde el hacha golpeará donde el río secará para callar/ya me apuran los momentos ya mi sien es un lamento /mi cerebro escupe ya el final del historial del comienzo que tal vez reemprenderá/ si quiero me toco el alma pues mi carne ya no es nada he de fusionar mi resto con el despertar aunque se pudra mi boca por callar”) y que decide repartirlo entre sus compañeros de clase, hecho por el cual es sancionado por estorbar.

Lo sorpresivo de la partida física de Spinetta es justamente que él era un ser hecho de luz y magia y música y poesía, que históricamente se mantuvo alejado del stablishment rockero y no pululó por los medios ni estuvo con Susana Giménez ni se tiró del noveno piso de algún hotel y mucho menos fue un cultor del reviente más allá de afirmar que en algún momento tomó ácidos o esnifó.

Acaso no ven cuánta vida hay en esa beatífica foto de los cuatro integrantes de Almendra, con el torso desnudo todos, abrazados entre sí, como anudados a un instante mágico e inmortalizado para siempre o cuánta vida y luminosidad hay en sus ojos en esas fotos en las que está levemente inclinado, con su guitarra cruzada y viste camisa negra y corbata roja o cuánto amor y celebración por ella hay en alguien que a sus últimos discos decide titularlos Para los árboles, Pan y el ya citado, Un mañana. Cómo dudar de su optimismo si -y en esta historia no entran los que forman parte de lo que el mismo llamó “prensa buitre” porque se sabe que las moscas y la mierda bien se llevan entre ellos, cretinos- en esa última carta cerca de la navidad pidió que “no paniqueen” y que no beban si van a conducir.

Y se dijo al principio que la naturaleza avisa y tan así es que mientras Pedro Aznar, a los poquísimos días de la partida de Luis, lo homenajeaba cantando Ella también, una estrella fugaz se paseó por el cielo justo detrás del escenario.

Ya encontraremos a quién equivocadamente metió mano en el despacho de Dios mientras este estornudaba y no podía evitar cerrar los ojos y fue justó en ese instante que te llamaron, pero todos sabemos que vos no cabés Luis, en ese bolsodios que vos nos dijiste que se guardan todas las cosas. Quedamos nosotros acá sí, oyendo como ciegos frente al mar, tratando de oír definitivamente alguna vez el crepitar de la hojarasca y trataremos también de no reprimir al niño, de darle tibia leche claro, y de cuidarlo de drogas y ojalá las lluvias borren toda la maldad, porque vos dijiste una vez que “Deberás crear si quieres ver a tu tierra en paz y deberás amar amar, amar hasta morir/ y deberás crecer sabiendo reír y llorar/la lluvia borra la maldad y lava todas las heridas de tu alma/de tí saldrá la luz tan sólo así serás feliz y deberás luchar si quieres descubrir la fe (…) y esto será siempre así, quedándote o yéndote.”

Mierda Flaquito, te vamos a extrañar mano, viejo pillo y bien que lo sabés. Aunque como vos cantaste en La verdad de las grullas: “Y si la esperanza se agota al fin, cuando vuelva el río con sus manos nos reunirá”.

(de la edición Nº 5, marzo 2012)

Los espacios

En los espacios

Nos acostumbramos. Nos dejamos llevar. Recibimos y es poco lo que damos. Decidimos y nos olvidamos. Compartimos y esperamos. Nos enseñan y no dudamos. Nos atraviesan y nos dañamos. Nos trasladamos y buscamos. No nos dejan e intentamos.
Son muchos y nos asustamos. Son pocos y los extrañamos. Son respiros sin cuidado. Son sombras sin un costado. Son paredes sin colores. Son abismos nublados. Son caminos atravesados. Son espacios no pisados.

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