Hacer la cola

Hacer la cola

Por René Catto

El que busca mierda, la encuentra. Las pruebas no dejan espacio a las dudas. Era una mañana de miércoles, en un marzo donde todo el mundo parecía estar apurado como en los días regresivos a una navidad o un domingo de elecciones presidenciales. Tenía que renovar el carnet de conducir y me faltaban pocos días para que caduque y tuve la intención de hacer las cosas bien, con tiempo. Ese día me levanté exaltado y fui casi corriendo a la municipalidad. Al entrar, encontré la postal típica de los edificios estatales: el portero que da vueltas al pedo y charla con quien se le cruce.

—Eh, qué grande el Rojo, cincomentarios —gritó a otro casi jubilado, seguramente bostero, que pasó en bici por la calle Salgado. El Tecla les había clavado tres en la Bombonera y el tipo chocho.

Ya inmerso en un edificio de tales magnitudes, vi a la vieja que está en la mesa de entrada, con su cargado maquillaje y ese trajecito que le hizo su prima modista. Le pregunté dónde se hacía la cola para renovar el registro y con su dedo garra de carancho y la muñeca arrugada que sonó junto al trinar de unas alhajas viejas, señaló una fila interminable.

Tenía para más de una hora, seguro, y puteé para mis adentros que si me escuchaba el Jesús de la cruz de la capilla Nuestra Señora del Carmen, hubiese cancelado celestialmente la renovación para conducir. Enseguida me apresté a ser el último en la fila, pero al toque se acercó una mina joven, medio rubia, ojos celestes, que me empezó a contar que tenía el permiso vencido desde febrero, que se colgó y que era la tercera vez que venía y como la cola siempre era larga se iba para regresar días más tarde. Mis respuestas fueron las que se emplean en este tipo de casos: monosílabos que no contradicen y apoyan la cuestión. A saber: obvio, tal cual, ni hablar, y sí, claro, y una lista de palabras por el estilo que nunca fallan.

Al rato, se acercó un viejo y ella le contó la misma historia. La única diferencia fue que el hombre empardó su problema: que lo había renovado hacía poco, pero que cuando lo paró “la caminera” en Camino de Cintura no tenía especificado que podía manejar camiones y que se comió una multa que la empresa donde labura le hizo pagar entera.

—Imaginate, nena mi situación. Sin comerla ni beberla —dijo y casi se me piantó un lagrimón.

Cuando pasó la secretaria que hace los papeles para la renovación, el hombre desplegó nuevamente la gris historia, a lo que la flaca de rulos y tono de pucho, contestó con amabilidad pública y estatal: —Está bien, haga la cola que cuando le toque, vemos qué podemos hacer.

Para mis adentros, medité: “Este viejo se pensó que con una historia tan pelotuda se iba a ahorrar la cola. Que espere, por qué no se fijó cuando le renovaron el carnet”.

Para esto, ya había vichado a todas las secretarias de los boxes de cobros. Todas jóvenes, muy buenas estaban, todas. Entonces me imaginé cómo habría sido el momento de la selección y quién había sido el hijo de puta que las contrató, porque todas están buenas. Andá a saber qué les preguntó el quía para justificar el puesto, porque no puede ser que todas las que laburan ahí sean jóvenes y estén tan pero tan buenas.

Como para decirle: ‘qué tanto vuelva la semana que viene, vamos a tomar algo a Cañuelas donde no nos vea nadie, cachorra’. Así de una, como zorrino al tren. Después, seguí con la cocreta y pensé que el que contrató a la morocha de escote pulenta y labios gordos, seguro fue otro viejo verde que la hizo transpirar al principio de la entrevista y después la llamó haciéndose el héroe para comunicarle: “Vení el lunes, querida, el puesto es tuyo”. Siempre hay de esa clase de alcahuetes que le dan un cargo, se creen Pancho Dotto pero caminan como Minguito.

No había pasado más de media hora y la rubia de atrás mío le contaba su cuelgue a otra mina que estaba a cuatro puestos del viejo de la multa. Adelante mío tenía ahora a cuatro personas. Miraba el reloj de la pared que da al frente de la plaza y calculaba cuánto faltaba para que llegue mi turno, si cada uno que pasaba tardaba como siete minutos —no sabía por qué tanta mierda— era casi media hora y ya me estaba entrando ese hambre que se te anticipa al mediodía y al costado de la cola, en el sucucho de Rentas, un oportunista quería tramitar el “terrenito” de un pariente lejano.

Mentía y decía que el viejo se lo quería dejar a él y a su familia porque son lo único que tiene, pobre, mientras la señora que lo atendía le explicaba que si apareciese uno de los hijos o alguien más cercano, podía que no le tocara ni cortar el pasto. Bien hecho me dije, el míster le pagó los impuestos para recibir el tesoro antes de que el viejardo se enfríe. Mal tipo y encima de garca, viene con una historieta que si googleás ‘cómo quedarme con el terreno de un pobre viejo’, dice: ‘decir que fueron, vos y tu familia, los únicos que los cuidaron en vida y pagaron los impuestos’. Pelotudo, se hubiese preparado algo mejor, como un ‘si es mío, le paso una comisión, señora’, algo así, más de frente. Para qué tanta lágrima, campeón.

Quedaba que pasara una mina que estaba muy buena, con jeans ajustados y un escote que le hacía zafar la caripela con granos, pero antes de que pasara llegó el marido y no la juné más. Ingresar todos los datos, tocando el piano incluido, le llevó no más de cinco minutos. Después descubrí el porqué de la tardanza.

El oficinista, gordo cara de naipe, camisa a cuadros bien planchada y pelo ondulado tipo Pelé, escribía como un milico nuevo y mirando la pantalla con este ritmo: teclado, monitor, teclado, monitor. Ni hablar si pifiaba un apellido como Mariascurrena o Kusnetzoff, que acá por suerte no hay. A la semana siguiente me dieron el registro renovado. Y no es que uno se queje de la circunstancia, pasa que tanta papeleo me jode un poco las pelotas.

(de la edición Nº 6, abril 2012)