hiperhumor

Aquel humor de las dos orillas

Puestos a decidir, en esta edición viajera, abrimos el Baúl para recordar a la troupe de humoristas uruguayos que deleitó a más de una familia con una forma diferente de hacer reír.

Por Mauro Basiuk*

Parafraseando al escritor estadounidense Raymond Carver, quien, a su vez, fuera citado por Andrés Calamaro, diremos: ¿De qué hablamos cuando hablamos de humor? Claro que se trata del “tipo de expresión o postura que exalta el lado cómico o risueño de diversas situaciones”, pero hilando fino encontramos humores: más trabajados, finos, con salidas rápidas, chabacano, humor blanco, de salón, picaresco, inteligente, absurdo.

El humor de “los uruguayos” se caracterizó por la sátira inteligente, con una pizca de “humor intelectual”, capacidad para evitar la repetición fácil y por la diversidad de intérpretes en el repertorio, diferencia con la preponderancia del capocómico que hace orbitar a su elenco. Nombres propios, como: Enrique Almada, Ricardo Espalter (“la cara que habla”), junto a Eduardo D’Angelo (“el hombre de las mil voces”), Andrés Redondo, Gabriela Acher, los músicos Julio Frade y un joven Berugo Carámbula, entre otros. A lo largo de tres décadas, la marca de fábrica fueron programas corales, con una clásica estructura de sketches de tres o cuatro minutos que hasta podían prescindir del diálogo. Un humor visual, con actuaciones basadas en los gestos y en el manejo del cuerpo.

La primera aparición televisiva en nuestro país data de 1963 y se tituló Telecataplum. Fue Blackie, quien luego de verlos actuar en Montevideo, los recomendó a la dirección de Canal 13. Después de grabar el piloto, el programa comenzó a emitirse en enero de ese año, con dirección del reconocido David Stivel. Por aquel entonces, en radio La Revista Dislocada se llevaba las preferencias del público local, mientras que Pepe Biondi y Juan Verdaguer tenían las miradas de la audiencia televisiva.

Al humor refinado, en blanco y negro de Telecataplum, lo sucedió por Teleonce, Jaujarana (1969, nombre que también usaron como trío, con gran suceso en Chile) y Hupomorpo (1974, libros de Juan Carlos Mesa y Jorge Basurto). En ese momento, en cine, se hicieron fuertes en Los irrompibles (1975), una especie de western argento con dirección de Emilio Vieyra y protagonizado por la pareja estelar en el momento: Jorge Martínez y Graciela Alfano.

Luego llegó Comicolor (1979), donde se destacaban El hombre del doblaje (una idea brillante de D’Angelo, luego explotada hasta el hartazgo por Tinelli) y Veladas paquetas. Mención especial para la consagración del Toto Panigua (duelo Almada-Espalter, como profesor enseñando buenos modales a un alumno), que tuvo su correlato en la pantalla grande, con Pedro Orgambide como director.

En 1984 comenzó Hiperhumor por Canal 9, el de la palomita, administrado por Alejandro Romay. La disquería (de nuevo, el duelo efectivo entre Espalter y Almada, como vendedor acosado en la cabina de escucha por un cliente), La farmacia, Las Rivarola y El payador Gabino. En este ciclo, hubo mayor predominio del doble sentido y, a sugerencia de Romay, tuvo la incorporación de actrices-vedettes, como Noemí Alán (quien prometía sacarse la tanguita después de la tandita) y Amalia “Yuyito” González.

Luego de la trágica muerte de Alberto Olmedo, el staff de Hiperhumor fue unido al elenco huérfano de No toca botón. En la temporada 1988 se estrenó Shopping center (libros de Hugo Sofovich), en el horario vacante de los viernes a las 22. Con más pena que gloria, en 1989, volvió Hiperhumor, sólo por ese año. En el ‘95, el intento de revivir aquel espíritu se llamó Rompenueces (libros de Mesa), pero ya no tuvo la frescura de antaño. En tanto, en la TV charrúa, el espacio por excelencia para el humor, Decalegrón, se mantuvo hasta 2002.

Las muertes de Almada en 1990 y la de Redondo en 1993, marcarían el cierre de una etapa de oro en el humor. A ello, se sumaron, en 2004, el mal de Parkinson diagnosticado a Berugo Carámbula que lo alejó de los escenarios y la muerte de Espalter, en Maldonado, a los 82 años. “Teníamos fama de intelectuales, pero muchas veces las cosas intelectuales se daban por accidente”, recordó el propio Berugo en un especial televisivo. Ahora sólo que nostalgia, para recordar a aquel humor de las dos orillas, rioplatense, novedoso, con sutilezas, absurdo, con buen gusto. De todo eso intentamos hablar en esta página mensual.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación de la FPyCC de la UNLP, columnista radial, coleccionista.

(de la edición Nº 19, mayo 2013)