Un oso en el subte 2

Un oso en el subte

Por René Catto

La ciudad los encontró transpirados y pegoteados. Era un viernes intranquilo en Capital Federal. Después de caminar varias cuadras por Corrientes, cruzaron el obelisco y compra de agua mineral mediante, decidieron bajar a tomar el subte que los dejara cerca del estadio. Pasaron los molinetes y se quedaron debajo del resplandor aéreo de un ventilador con colores Pro. Se miraron como diciendo qué locura esta jungla de cemento y sintieron el ruido atronador de la máquina que se acercaba con prisa. Al parar, toda la masa humana desesperada corrió a pasos cortos dentro de un embudo que se repitió en cada puerta. Se separaron. El mayor logró entrar.

Apretado intentó girar para ver a su compañero, pero el sonido de la chicharra lo desconcentró y pensó en el problema que se meterían si perdía ese viaje: encontrarse entre la muchedumbre, indicar la vuelta, estación, esquina, calle, avenida y altura. Volvió de pronto y respiró insatisfecho, hasta que sintió un empujón y otro y ya se parecía un scrown lento, tomado por sorpresa. Se miró con la chica que tenía a un centímetro de su hombro y entre los dos no encontraron explicación.

Sonó la tercera chicharra y fue ahí donde a modo de avalancha, la masa avanzó poco más de un metro por persona en un vagón de seis por tres. El calor se condensó como una ola y la puerta se cerró. Le sonrió despreocupado y su compañero le devolvió el gesto mientras miraba el escote de una señora de no más de cuarenta y cinco, bien cuidada —coqueta como diría una prima— que lo pechaba sin remedio.

Diez estaciones más tarde, se unieron. El mayor le palmeó una rodilla y le habló despacio mientras se peinada en la ventanilla de enfrente. En el pasillo, un cantor de tangos sumaba monedas de reconocimiento.

—Ya estamos. En media hora estamos entrando, manso nomás.
—Si, pueda ser —respondió el compañero acomodando su celular por encima del pantalón.

La última parada pareció eterna, no llegaba más. El calor era una constante soportable dos metros abajo, pero nada esperanzaba la pendiente en un ascent interminable. Cuando subieron las escaleras continuas al paisaje de la avenida Congreso de Tucumán, el cielo estaba un poco más cerca y anormal, grisáceo. Ruidos de autos, motos y colectivos. Gente caminando apurada y un pucho como excusa de una entrada a boxes para cambiar oxígeno.

—Ya falta menos, oso.
—Sí, no doy más te juro.
—Un caos la ciudad un viernes en hora pico. Imagínate el mismo trayecto todos los santos días de tu vida, después de ocho horas de laburo, con ganas de llegar y un calor que te raja al medio de insoportable. Te la querés cortar, oso. Decí la verdad, hermano. Vos te derretís como un bubbaloo a las tres horas, escúchame. In-vivible esta ciudad de mierda. Todo el mundo con cara de orto. Te empujan, no preguntan, manguean.
—Sí. Un quilombo el subte, cabeza.
—Claro. Imposible relajar el momento de llegar a casa. Y en invierno, te la querés cortar. Cómo puede ser que haya miles de tipos que sueñan con patear estas calles.
—Sí. Mucho calor y todos apretados. Sí. Un frío…
—¿Viste en el subte? empujaron de lo lindo, eh. No sé qué eran, esos osos.
—Fui yo, cabeza. Fui yo.

(de la edición Nº 19, mayo 2013)