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Producción industrial de alimentos vs. Soberanía alimentaria

Es grande la posibilidad que no tengamos una cabal idea de lo que significa esta cuestión. Es muy posible que nuestras generaciones, no estén siendo conscientes del impacto que los cambios tendrán sobre muchas vidas y sobre el hogar que a todos nos resguarda. 

Por Federico Montero*

El medio donde vivimos fue tomando forma a lo largo de más de 4.000 millones de años. Lo casual o deliberado que resultó ser la posición de la Tierra, relativa al sol permitió el estado líquido del agua y la formación de la atmósfera entre otras cuestiones elementales para la existencia de la vida, la cual la humanidad conoce tan sólo hace 200.000 años. La primer gran revolución en la humanidad fue precisamente de la mano de la agricultura, o sea, de la relación del hombre con el lugar que lo cobija, le da alimento y le permite tener progenie. Hace tan solo 10.000 años el hombre pudo domesticar animales y controlar los cereales multiplicando sus variedades, permitiendo excedentes de producción, lo que dio paso a la fundación de las primeras civilizaciones y ciudades.

Hoy día, la agricultura sigue siendo el principal oficio de la humanidad empleando a la mitad de la misma. Sin embargo, resulta notorio el cambio drástico que venimos llevando a cabo sobre nuestros suelos, aire, agua y la biodiversidad en los últimos 100 ó 200 años, apenas. Si bien la utilización de combustibles fósiles tuvo mucho que ver, más impactante resulta tomar conciencia de la poca prudencia que notoriamente se demuestra en el manejo agropecuario de las últimas décadas.

La llamada Revolución Verde en la agricultura, es parte del proceso por el cual el capital fue consolidándose y globalizándose exponencialmente luego de la década del ‘60, puede leerse como un copy-paste de lo que significó el pasaje a la producción fordista/taylorista en la industria, pero esta vez aplicado a la producción alimentaria mundial. Una vez más, acompañado particularmente a condicionar el desarrollo de las economías de producción primaria, en favor de las economías centrales. Así también dentro de cada mercado: concentrando la generación de valor en cada vez menos manos. Fuimos dejando atrás los paisajes de producción heterogénea.

Formatos productivos que hacia el interior se podían ver, plasmar en la postal de la familia abocada al trabajo agropecuario, asentada en el ámbito rural, criando sus animales, cultivando sus tierras y vendiendo sus excedentes. El plan diseñado fronteras afuera, en los centros de poder mundial tenía ya una clara dirección en pos de apropiarse y mantener dentro de sus fronteras la generación primaria de valor en esta cadena productiva. Una vez más, gracias a la concentración biotecnológica y a la formulación, diseño y producción de agroquímicos, las economías centrales logran dominar el nuevo formato de producción que fue cambiando totalmente nuestras vidas en las últimas décadas. Apenas diez corporaciones concentran la producción biotecnología de semillas, fertilizantes y herbicidas.

Hoy no sabemos, e incluso nos resulta muy difícil poder discernir sobre cómo se producen realmente los alimentos que llegan a nuestra mesa y cuáles son los efectos que este tipo de producción tiene sobre nuestra vida y sobre las de los que aún están por venir al mundo.

La información no abunda, pero la urgencia sí

En 1996 comenzó la masiva utilización de los patentamientos de Monsanto en los cultivos en base a modificaciones genéticas de las semillas de soja, maíz y algodón en Estados Unidos. Argentina resultó pionera en la materia, otorgando también en 1996 la licencia a Monsanto para comercializar la soja RR. Pasaron casi 20 años y en contraste, aun la Comunidad Europea no se atrevió a avanzar en este sentido habida cuenta de la falta de investigaciones concluyentes en varios aspectos críticos que hacen a la adopción de una tecnología que tiene impacto directo sobre la vida y alimentación humana.

Existe una deliberada forma de mantener dispersas y ocultas las verdaderas causas por la cual la gran parte de los países y gobiernos del mundo aun guardan recelo y desconfianza con este modelo tecnológico.

Pueden enumerarse gran cantidad de hechos significativos que fueron ocurriendo durante los últimos 30 ó 40 años desde que comenzó esta transformación:

1-Fue aumentado progresivamente la aplicación de herbicidas que finalmente fueron prohibidos por sus probados efectos nocivos sobre la vida (El caso del endosulfan por ejemplo).

2-Se documento exhaustivamente la relación directa entre las fumigaciones y el aumento de diagnósticos de cáncer. (caso Ituzaingo, Cordoba).

3-Se documentaron también defectos de nacimiento en recién nacidos en áreas fumigadas del Chaco argentino y en el Paraguay.

4-Mientras la cantidad de herbicida que se aplico en cada cultivo se duplico desde 1996, ya se contabilizan un total de 23 hierbas que lograron generar resistencia al glifosato.

5-En 2011 Dow Agrosciences reporta al USDA que aproximadamente 2/3 de la superficie destinada a soja y ½ de la de maíz ya están infectadas con una hierba resistente al glifosato.

6-En 2012 el USDA (Departamento de Agricultura de EEUU) estima que entre ½ y 1/3 de la superficie total destinada a cultivos ya se encuentra afectada por una o más hierbas que han generado resistencia al glifosato desde que comenzó a aplicarse masivamente en 1996.

7-Numerosas investigaciones documentan aumentos de susceptibilidad ante hongos e insectos por parte de los cultivos genéticamente modificados. Susceptibilidades que no presentan sus antecesores no modificados.

Seguramente no será la primera vez que se crea la enfermedad, para luego vender el remedio. El modelo productivo que se montó a escala global, es decir, países productores abasteciendo de granos para engorde de ganado en los países centrales, tiene impacto directo en las economías locales y particularmente en nuestros hogares

¿Podemos decir que la carne, las hortalizas y las frutas que llevamos a nuestra mesa, tienen mucho que ver con la que nuestros padres o abuelos llevaban a la suya? ¿Sabemos cómo la producen o si lo que comemos puede tener efectos sobre nuestra salud? ¿O sobre nuestros genes o la capacidad y calidad reproductiva de las generaciones venideras? ¿Conocemos realmente las consecuencias sociales, ambientales y territoriales que genera el modo en que producen nuestros alimentos?

Una de las cuestiones más importantes es quizá que esta no es una discusión que deba darse exclusivamente en ámbitos urbanos como se viene dando. Trabajando desde muy chicos, con enorme esfuerzo, típico de pequeños agricultores familiares de aquel entonces, mi abuela de casi ochenta años nació y se crío en campos de Durazno, Uruguay.

El año pasado, al fallecer mi abuelo, la traje a Tilita a pasar unos días en la chacra, ocasión que dio paso a sucesos interesantes que quisiera compartir. Me ayudó a dejar la quinta en mejor condición de la que podía imaginar, supo dar pautas de manejo que ni el INTA está en condiciones de dar. Ayudó también con las ovejas, dándome consejos de práctica que solo alguien tan criado a capón de oveja como mi abuela podía conocer.

Fue en esos días que se dio la ocasión que tenía que pasar por un feed-lot vecino para entrevistarme con su dueño. Fui acompañado por mi abuela en esos diez tortuosos minutos donde el olor y todas las consecuencias lógicas del encierre no eran el problema. El drama pasaba por ver el llanto y la plena bronca de su indignación. Criada ella en la pobreza, no podía soportar la cruda realidad de cómo estaban siendo criados esos animales en esta época tan abundante en comparación. Justo a ella que poco máas de 70 años atrás mientras las yuntas de bueyes eran llevadas por sus hermanos varones en la labranza diaria, a ella le mostraron como se crían sanos los animales, manejando los pastos y labrando los cultivos de hortalizas.

Sus imágenes atesoradas de las vacas y novillos comiendo en pastizales y bosques naturales cerca de los arroyos o en los montes en las lomas de Durazno, se vieron enfrentadas a la convivencia de la materia fecal con la carne que engorda y se cría para consumo humano. Resultó notoria su sensibilidad al respecto de cómo debe vivir un ser vivo que al fin y al cabo significa el alimento que ella, sus hijos y nietos consumirán.

Su testimonio, su pensamiento y sus lecciones son de gran importancia y valor para que nosotros podamos discernir frente al discurso homogéneo de los tecnócratas de turno que suelen escupir el paupérrimo argumento: ¿Y cómo le vamos a dar de comer a 6 mil millones de personas en el mundo?

Cada vez son más quienes reclaman a viva voz que se respete la calidad de los alimentos con los que abastecemos la mesa en la que servimos a nuestros hijos y es uno entre varios reclamos urgentes que se están poniendo sobre la mesa.

No son reclamos que puedan enmarcarse en el “ambientalismo” ya que es nuestro carácter humano el que está en juego y resulta una obligación perentoria para las generaciones concurrentes el hacer algo al respecto en pos de la simple pero compleja tarea de animarse a intentar dejar un mejor futuro a nuestros hijos. Debemos recordar que no somos la última generación que habita la Tierra.

*Encargado de Cabaña Los Teros de Las Chacras.

(de la edición Nº 19, mayo 2013)