Lobos foto

Lobos: primero la Patria chica

Nuestra ciudad cumple su aniversario número 213 y nuestro columnista de Ayer nomás, anticipa: “Lo celebro e invito a un viaje por su historia o, al menos, por una parte de ella”. A ver…

“No te olvides del pago si te vas pa´ la ciudad/ cuantimás lejos te vayas, más te tenés que acordar…” (Alfredo Zitarrosa)

Por Mauricio Villafañe

Su fundación, en el marco del Virreinato del Río de La Plata, a principios del siglo XIX, se da en la etapa considerada inmediatamente anterior a la revolución de mayo de 1810. O sea, nacemos parte de una colonia, en su última etapa. Nace Lobos y toma su nombre de las nutrias (“lobos de agua”) que poblaban su laguna. Al respecto, un acta del Cabildo de Buenos Aires fechada en 1752 viene a ser el documento más antiguo que denomina “de los Lobos” a la laguna, tomando tal nombre la Guardia de avanzada (del indio) primero, el fortín (contra el indio) más tarde y el pueblo por último.

Su ubicación geográfica (centro- sur de la provincia de Buenos Aires) era considerada, en la época, estratégica para el control del territorio circundante a la ciudad de Buenos Aires, ya un puerto importante del comercio (ilegal y delictual) y futura capital del Virreinato que los reyes de España, amos y señores de estas tierras en ese entonces, establecieron en 1776.

Nuestro “nacimiento” fue parte de una misión “civilizadora” entendida como la expansión territorial de la colonia a expensas del indio y de su defensa a partir del fortín levantado en la ribera este de la laguna en 1779, que actuará como uno de los factores que va a ir concentrando población a su alrededor. El acta de ese “nacimiento” tiene como fecha al 2 de junio de 1802: el virrey Vértiz dona tierras para colonizar a José Salgado y Pascuala Rivas de Salgado. He aquí la espinosa cuestión de la fundación: los bronces de esta pareja pionera se hallan actualmente faltos de brillo. La versión oficial viene siendo sometida a cuestionamientos que revisan el papel de Salgado.

Nuevas versiones (de eso se trata, una verdad que se reconstruye mediante interpretaciones, no pudiéndose pretender una única, monolítica y eterna versión) hablan del fundador oficial como un férreo opositor al trazado del pueblo “San Salvador de los Lobos” que el virrey encomienda en 1804. Su oposición era a que se abran calles en lo que él consideraba su propiedad. En realidad, como ya se dijo, eran una donación para colonizar y poblar, no para su apropiación. Sí es innegable e históricamente comprobado que fue él el fundador de la primera capilla (otro de los factores aglutinantes) bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen.

Más allá de los grandes nombres que la historia recuerda debemos atender a los anónimos de nombre e historia pero parte de la historia también. Aquí me referiré a los primeros lobenses, chacareros de profesión, hombres y mujeres que vivían del trabajo de la tierra. Eran humildes migrantes internos (los “cabecitas negras” del siglo XX), provenientes en su mayoría, según estudios del historiador local José Guindani en base a datos censales y libros de matrimonio, de lo que en la actualidad es Santiago del Estero. Seguramente algunos de sus hijos llegaron a concurrir a la primer escuela, en 1832, dirigida por el célebre Coronel Domingo Soriano Arévalo, soldado de la Patria y hombre del General Belgrano.

Este pretende ser un recorrido por los orígenes de nuestra historia local, historia a la que no conviene olvidar por el sólo hecho de saber de dónde se viene. El origen no se negocia ni se elige. Personalmente, celebro a la distancia mi condición de lobense y lo comparto en esta columna.

Lobos es la tierra en que crecí. La tierra regada con la sangre del gaucho Juan Moreira, asesinado a traición en 1874. La tierra que le regaló a nuestro país, y es un orgullo decirlo, en 1895 a un hombre elegido constitucionalmente, en elecciones libres y sin proscripciones, en tres ocasiones como Presidente de la Nación. Su nombre, vaya casualidad, también es Juan. Las fechas que hacen a los aniversarios son buenas ocasiones para re- vivir el pasado: objetivo primordial de la historia, que sale de los archivos de lo que ya fue para volver a ser y vivirse hoy.