potrero

Sonrisas

Por Félix Mansilla

Sin el equipo posando, el paisaje sería un arco sin red, oxidado y sin fin. Una fila de pinos, sin viento. Pero hay allí diez niños: seis parados, cuatro agachados. El mayor, serio confiado, mira el lente recio, mandón, seguro. Todos sonríen, están con la expresión “whisky”. Uno sobresale.

La sonrisa, los dientes marfil, tez blanca y la camiseta azulrojoblanco. Su equipo recién ascendido. Tres generaciones. Una resignación, mucha espera y pasado dolor. Llegada, final transpirada, alegría compartida. Una pantalla en el estadio, los once allá en lo lejos, un respiro contenido. Festejo, gritos, tristezas quizás. Un abuelo llorando, un padre explicando y una madre que no descansó. Así fue; no se lo contaron.

El orgullo en el pecho, tres colores en el corazón, las canciones en la cancha, el patio y la escuela. Llora su abuela, no entienden los vecinos. Boca abajo, resistido, empujados y la prisa. No se empañan y laten: es de un niño. Una sonrisa.

(dedicado al tatengue compañero/amigo Francisco Clavenzani)