Ameba

La ameba sin alma

Por Luciana Cáncer

A veces me despierto sin forma
entonces quiero correr a ponerme ropa apretada
para sentir los bordes de mi cuerpo.

Es así:

Soy una masa que no es líquida ni dura
(tengo consistencia de mercurio).
Si estoy en un día bueno
Fluyo de la cama al placard
adquiriendo formas como de Dalí
(pero en 3D).
Ahora bien,
si estoy en un día malo soy inseguro y dubitativo.
Me debato entre la urgencia y el miedo.

Pienso en las posibilidades:

Si tardo me vuelvo líquido
y muero absorbido por las sábanas,
el colchón y la madera del piso.
Entonces debo impulsarme a velocidad,
pero el mercurio no sabe correr
(se mueve en redondeces lentas),
si se apura le dan espasmos y,
en el peor de los casos,
convulsiona.

Entonces los ojos se baten
(iris y pupilas se fusionan)
y sobreviene la ceguera.
Tampoco huelo ni escucho
(la no forma estiró todos mis orificios mientras dormía).

Sólo me queda el tacto,
pero si apelo a la sensibilidad de mi piel
corro el peor de los peligros.
Si reptando por el piso de madera,
o rebotando al son del espasmo,
desafortunadamente rasgo mi piel,
entonces se me escapa el alma
(las almas viven en estado gaseoso adentro de los cuerpos),
se mezcla con el aire
y muere en la fusión por falta de anticuerpos.

Entonces pierdo el norte,
los motivos,
la dirección,
me inmovilizo,
no puedo llegar al placard
a ponerme ropa ajustada
para sentir los bordes de mi cuerpo.

Entonces vuelvo a tener forma: la forma de una ameba sin alma.

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