Tute

Regreso y abuelo Pepe

Por Félix Mansilla

Fue un 26 de junio, inolvidable. Una semana asexuado, con dolor de cabeza, casi resignado, con las bolas por el piso. Todos anunciaron lo peor. Sucedió, sucedió. No tenía que pasar. En casa nos la queríamos cortar.

—Cambiá, haceme el favor. Poné que se armó quilombo —dije sin remedio tras una calada honda a un pucho apretado que apagué en un cenicero que desbordó en nerviosos noventa minutos.
—¿Qué querés ver? Ya está, querido —gritó mi viejo sin aire. En la pantalla sólo divisé que se trataba de un documental en Animal Planet.

Era no querer ver, asumirse derrotados. En las afueras del Monumental volaron más proyectiles que en las escenas del Eternauta, y no podía ser real. El lunes amanecí en la radio y con Matías descargamos contra las tapas de Olé. Carroñeros, mentirosos. No se habló de otra cosa en todo el mundo. Estaba agotado de tanto gil hablando. No podía esquivar a nadie. Menos el pasado.

8 de junio de 1987. El primer regalo de mi abuelo Pepe fue una camiseta con la banda. No recuerdo otros regalos de él, salvo ese que está por pura memoria familiar y en una foto en la que estoy abrazado con un primo de Río Negro. Él tenía doce años y nuestras cabezas aparentaban la misma sombra.

Navidad de 1994. Fue en el patio de atrás de la primera casa en la que vivió mi tío Jorge, un vendido con pasado millonario que hoy niega su historia, pese a que las pruebas quedaron en sus cuadernos del colegio con jugadores pintados rojo y blanco. Fue la segunda camiseta, la trajo Papa Noel. La compró en la juguetería de Albanessi, en ese entonces, un palacio de vicios infantiles. Tenía la publicidad de Sanyo. En algún rincón del ropero de la casa de mis viejos, espera arrugada. Jamás dejé que mi vieja la regale. Me sentía el Burrito Ortega.

El Gráfico. Son dos las tapas que recuerdo. Una del clásico 3 a 0 a Boca en la Bombonera con dos goles del Burrito y otro del Enzo. Después, la de la Libertadores 1996, que trajo de regalo un póster de el Enzo que tendí con cinta en la pared: “Cuidado al colgarlo que empieza a tirar paredes”. Qué recuerdos. Qué pendejo: me encantaba releer, marcar, volver siempre a esas hojas finas a color.

La tercera. Como casi siempre, la guita para este tipo de gustos me la dio mi abuela Nené, muy a pesar de la opinión de mi abuelo Lalo. El billete era de cincuenta y quedaron cinco. Casaca de Adidas con la publicidad de Quilmes, manga larga. La estrené en la comida que organizaron después de la Copa en la cancha de bochas del club Defensores. En esa estábamos Luquitas, mi hermano Nico y Eugenio (que no sé si era del Rojo por ese entonces). Esas comidas las frecuentábamos bastante seguido. Pero…

Siglo gallina. Terminamos el siglo siendo los más ganadores. En el 2000, falleció Pepe. Mis recuerdos para con él están mezclados con River en la radio y una figurita de Trotta que me explicó cortante, como era él.

—¿Qué es Roberto Recortar?
—No. Trotta, el de Vélez —dijo en seco apoyado en la estufa hogar del primer rincón de esa casa avejentada. Hoy vuelvo a ese pasado, cuando decía que no se quemaba con el fuego porque tenía ‘piel de sapo’. Antes de que se vaya, mi viejo pasó por el bajo de atrás de su casa y con la cabeza gacha me contó: —Todo esto que ves, lo hizo él, a pala. Por eso quedó tan bajo.

Imparable la banda. Esto sucedió en esos tiempos que River empezaba abajo los partidos y terminaba con dos arriba. Uno para el infarto fue por radio. Empezamos a escucharlo en Barrientos y nos terminamos de transpirar en la Laguna. Fue un 4 a 4 con Banfield. La época en que no ganábamos partidos, sino campeonatos.

Después del amor. Sin Ramón, con un Tolo ganador pero conserva y el primer amor, el fútbol por la tele quedó a un costado en aquellos días de efervescencia púber, nuevo el sexo y Los Beatles. Mucha guitarrita, primeros puchos y el comienzo de la secundaria. En el último año, festejé el regreso a la gloria con el Negro Astrada como DT. Con Nacho, compañero del Comercial, repasamos todas las tapas de Olé de ese campeonato. Parece que fue ayer el gol de Cavenaghi en la Bombonera de cabeza. Ya cursaba la era Aguila(r). Pronto, el desencuentro del camino acostumbrado.

Unos ladrillos. 2005 lo considero el peor año de mi vida junto a River. La primera vez que fuimos con mi viejo y Nico al Monumental, San Lorenzo ganó 2 a 1 con gol de Zabaleta y Romagnoli, que dejaron opaco el tanto de Lucho González apenas comenzado el score. Después, semifinal afuera. Ese mismo año, trabajé como peón de albañil junto a cinco bosteros insoportables. Sí, insoportables como un megáfono y pasó de todo: agónico final frente a Banfield desde la Belgrano alta con Nacho y salida de la Copa frente a San Pablo, con Nico en la Centenario. Corridas, policía, viaje interminable. Tristeza. Al otro día, sólo me dijeron buen día los muy hijos de puta. Coco, comentó algo del partido y después nada. Hervía callado. Todavía estoy preparando la venganza. Uno de ellos ya fue notificado del gran golpe revancha. Será terrible y con perfume de mujer.

La Plata-Retiro-Monumental. Cuando empecé a estudiar en la ciudad del cuadrado con diagonales, fui bastante a la cancha. En la pensión éramos tres los gallinas —Facha y Ariel, que era como de la casa— y Peter, el hombre que más sabe de números, estadísticas riverplatenses y uñas comidas. Cuando el mango no alcanzaba, nos íbamos al bar de Aníbal, que es lo más parecido al inframundo: burros, alcohol, putas, bolsas, pero empanadas de J y Q de re-chupete y Coca en botella de vidrio. River y eso, hacían impagable el placer de un gol del Burrito a Saja de tres cuartos de cancha en el arco que da a Lugones, con sombrero incluido y una lluvia que hizo especial al Monumental. A ella la extrañaba. Volvía por esas veredas tan grises a los libros, el mate y esperando volver, siempre.

8 de junio, 2 AM. Un deseo de cumpleaños: ‘que ascienda River y el título’. La risa de algún obsecuente xeneize de semifinales no me hizo mella.
23 de junio de 2012. Mi habitación llena de humo. Radio en la previa. Nervios, confianza, primer tiempo en cero. Cortinas cerradas. Después los goles y tres piñas al escritorio. Reventó la lamparita del velador y los vecinos nerviosos desaforados. Final con lágrimas en la almohada. Teléfono.

—¿Lo viste? Qué grande, cabeza —tembló mi viejo y después supe por Nico que se le cayeron unos lagrimones en el sillón.

Como repitió el Flaco: “Un año de semejante historia, no opaca el presente”. Y desde el cielo Pepe nos miró inconcluso, arrugado. Bien pero bien de River, eso no le sacó el retobo, pero avisó el respeto.

(de la edición Nº , julio 2012)