Cotidiano

Cotidiano

Por Félix Mansilla

Ella estaba en la mesada apurando una carne picada —futuras albóndigas con arroz— mientras yo fumaba esperando encontrar paz después de tanta semana. Destapé un vino, lo serví con dos hielos y preferí olvidar todo eso que desde el martes al viernes fue una pesadilla con ojos de huevo hervido y un cielo raso azul. Ella seguía en lo suyo y los aromas de la cocina con música de fondo era lo más parecido a un futuro compartido con hijos y calor de familia. Tomó un sorbo chiquito, despreciado, nunca le gustó el vino. No me miró. Mientras olía, recordé el pasado con múltiples formas: en plazas, en La Laguna, en la ruta y en los colectivos. Todo muy diferente, todo muy igual. Me metí en ese monte que forman los árboles de talas en la vía de atrás de la casa de mis viejos, las primeras fotos en sepia y el tren que siempre pasaba de noche y mi vieja gritando en el patio de verano.

—¡Alberto, pasa el tren!
—Ahí voy, gorda —repetía el viejo y los dos se quedaban como tiesos ante el gigante pata de fierro que se distinguía a doscientos metros, con sus ventanillas iluminadas y esa gente que mira sin mirar y espera llegar o no volver.

En el mismo espejo de recuerdos, un perro miraba el atardecer y nosotros planeábamos hacer un cortometraje lleno de paisajes cotidianos. Era la idea. Ahora todo olía a cocina, a ella, a sus fusiones gastronómicas de siempre, tan brindada. Fui al baño, oriné y lavé mis manos observando los cambios en mi rostro joven. El mismo corte de pelo de hace quince, alguna que otra patilla inventada y ojos marrones como los de mi abuelo, pero sin el fondo verdoso y triste. Entonces pensé en mi hijo, en su futuro, mis dilemas, los de ella y todo lo vinculante a algo que sólo uno imagina cuando se lava la cara o en las noches sin poder con el sueño.

Respiré profundo y sin darme cuenta. Volví a enjabonar mis manos, enjuagué la espuma y ya no me vi igual. Estaba agotado, con ojos cansados y la barba mal mantenida. Me asusté, cerré los ojos y esperé en silencio mental. Volví a enjuagarme —esta vez sin jabón— como para interpretar más rápido eso que segundos atrás fue un temor escurrido en los rincones de un cuerpo nervioso y relajado. No lo quise creer, era un reflejo. Sentí sus pasos detrás de la puerta. Comenzó a preguntar.

—¿Estás bien?
—Estoy bien, amor ¿por qué preguntás? —dije con el mejor tono que me salió.
—Y…estás meta abrir el agua caliente y me quedo sin presión en la cocina ¿Podés venir? Te necesito —mandó con un tono en apuros. Desde el baño sentí olor quemado. Me sequé las manos y corrí.
—¿Qué pasó, qué hiciste? —pronuncié a los gritos mientras veía como se estaba sacando el delantal para apagar el siniestro.
—Vení y ayudame —volvió a mandar como a un empleado recién ingresado al mundo de la cocina weekend.

En menos de treinta segundos reloj —con un repasador mojado— apagamos el fuego. Fue agua en el aceite que quemó la cebolla en un sartén de calce bajo, eso fue lo que inventó el siniestro. Nada que impidiera empinar nuevamente el vino, que disfrute de verla a mi lado, de espaldas como inventando algo para impresionar o esperar mi respuesta luego. A esa altura, la sangre de cristo se parecía más a una bombacha violeta desteñida en agua fría. Cenamos en silencio, con la tele bajita y las agujas del reloj cortando el bache entre ambos. Estaba enojada. Con ella, conmigo, con el aceite, con todos. Miraba el mantel con bronca y a mí con rabia. La invité a pegarnos una ducha. Hizo que no con la cabeza, pero supe que aceptaba. Breve sobremesa. Fuimos.

Acomodé mis ojotas al filo de la manta para los pies y observé en la sombra del bidet que se estaba desnudando. No supe cómo hacer para salirme del laberinto entre esa cara mía en un futuro y el reflejo que no dejaba de molestarme con el pasado. Entré y nos duchamos. Después de después de, tuve ganas de dormir. Relajarme y dormir y soñé lo que ahora siento despierto. «Quiero que se llame Julián. Para hacernos crecer, para enseñarnos todo, para no pensar en banalidades y hacernos el tiempo, para verlo en su camino, en el nuestro, en el de todos los días. Quiero que se llame Julián, llevarlo a la cancha, brindarle la vida en modo de devolución de todo lo aprendido, todo aquello que deseamos ser. Quiero que se llame Julián. Si aquello que alguna vez soñamos —juntos o por separado— puede hacerse real, con el tiempo, con los planes, con la intención de dar, creo que ya nada va a importar tanto como llegar a casa, verlo pasar, verlo venir. No me planteo cumplir esos deseos personales sin antes poder abrazarlo, sin antes verle su cara pequeña, su mar de risas, sus dudas, nuestras dudas. No quiero apresurarme, pero quiero que algún día corran con la noticia de que ya no interesa lo que siempre está de más. No quiero que llegar a fin de mes sea una frase más de las hechas, sino una lucha. No quiero que sienta la vida como es, sino poder enseñarle a caminar, a hablar, a nadar, a ser gentil, a ser alguien que está, nunca de menos, siempre por más.

Hace más de diez años que lo pienso todos los días un rato. No me cuesta, me fascina. No sé por qué pero imagino que el primero va a ser Julián. Un deseo: que elija en libertad, que sepa que lo vamos a bancar, que no haga las cosas que no quiera hacer, que aprenda a esperar. Que diga “mamá”, que diga “papá”, que nos conduzca a ser más. Que se llame Julián, que elija en libertad, pero que aprenda de las cosas mínimas: los amigos, el calor familiar, las fiestas y los que vienen y van. Que nos ayude a crear un mundo mejor, que silbe canciones de liberación, que entienda los sonidos del temor, pero sin prisa, con calor. Que llene nuestras mañanas con caca, que las alegre con sus pasos, que seamos tres para multiplicar en dientes por llegar. Que nos dé la alegría de llegar, de estar. En invierno en el sillón, en verano en el pasto con el sol. En otoño en la plaza, en primavera listo para festejar. Que sea nuestro, que pueda contemplar lo que le queremos dar. Que sepa analizar, que piense en mejorar. Que nos enseñe a valorar. Quiero que se llame Julián. Quiero que nos venga a rescatar». Volver, empezar. Soñar, soñar.

(de la edición Nº 20, junio 2013)