Raúl Alfonsín en 1983.

La democracia que supimos conseguir (parte II)

En vista a los 30 años de democracia ininterrumpida y de acuerdo a una idea de la coordinación de esta honorable publicación, le damos continuidad al tema planteado el mes pasado: la última vuelta de la democracia que nos terminó pariendo.

La figura del líder, símbolo del regreso a la democracia.

La figura del líder, símbolo del regreso a la democracia.

Por Mauricio Villafañe*

El 30 de octubre de 1983 se celebraron elecciones libres que dieron por ganador a Raúl Alfonsín y a la UCR con casi el 52 % de los votos frente al justicialismo, con poco más del 40%. Se cerraba así no sólo la ultima gestión dictatorial sino también el largo ciclo de alternancia (democracia-dictaduras cívico-militares-fraudes-proscripciones-semidemocracias) que sufrió el sistema político argentino durante buena parte del siglo XX. Otro dato no menor es que se le infringe al peronismo su primera derrota electoral. Se explica esto tanto por la capacidad del radicalismo de capitalizar en la campaña las esperanzas en la recuperación democrática como porque el peronismo había perdido a sus mejores hombres y mujeres por la represión sistemática y genocida del ‘76. Esto derivó en que quedaran los peores exponentes del colaboracionismo con la dictadura encarnados en mediocres dirigentes políticos y sindicales.

Se abría así la última y vigente aún etapa democrática: una reconquista nacida de la bronca, la resistencia y la lucha popular dado el hartazgo social que atravesó a buena parte de la sociedad argentina, derivado de los sucesivos y dramáticos fracasos del régimen procesista. Entre ellos, la política económica (recrudecimiento inflacionario; aumento del desempleo; destrucción del aparato productivo; crecimiento exponencial de la deuda externa pública, incrementada aún mas por la estatización de la deuda privada por un tal Domingo Cavallo), el repudio al autoritarismo y conservadurismo social y cultural al tiempo que se descubrían (o resignificaban) los secuestros, desapariciones y torturas que venían siendo denunciados por los organismos de derechos humanos.

La chispa que haría detonar la situación de no retorno y ruptura con el consenso dictatorial será el resultado de la guerra de Malvinas: la rendición argentina, en junio de 1982, revela no sólo lo insensato de ese “monstruo grande” que es la guerra sino también lo absurdo de llevar adelante tan desatinado enfrentamiento con una potencia imperialista como la británica. Así, del fin de la guerra a las elecciones tendremos la avanzada democrática (pasando de la bronca a la exigencia de recuperar la política, la participación y la constitucionalidad) frente a las burdas maniobras militares por condicionar la transición en un escenario donde no había nada que negociar. Los golpistas no estaban en condiciones de exigir ni arreglos ni amnistías; es decir, impunidad y poder de tutela sobre la democracia.

El escenario tras la campaña y las elecciones era un enorme desafío frente al miedo, la desconfianza y el individualismo: una sociedad expectante y ávida de transformaciones y un gobierno legal y legítimo con una enorme responsabilidad histórica (que tal vez no se condijo con la necesaria voluntad política en momentos claves) a la vez que condicionado por la herencia de la dictadura. La “primavera democrática” buscaba florecer en un contexto de liberación frente al lastre de autoritarismo y censura que parecían formar parte de un pasado lejano…pero no tanto.

Diferentes frentes de tormenta se le abrían a la reconquistada democracia, complicando las condiciones de actuación del gobierno. El confrontar con todos ellos, prácticamente a la vez, era una exigencia de la hora pero, a su vez, requería de una voluntad que tal vez faltó. Esto llevó a que las acciones que hacían a un cambio de época sean finalmente desandadas (CONADEP-Juicio a las juntas-leyes de obediencia debida y punto final).

¿En qué consistían estas tormentas en el cielo siempre azul que ansiamos para nuestra democracia? Eran, básicamente, el accionar de sectores tal vez minúsculos pero poderosos en tanto instrumentos de fuerzas corporativas. Iban desde militares “carapintadas” (reclamando impunidad a través de intentos de golpes), la “resaca” sindical (herederos de la burocracia sindical traidora y conciliadora), pasando por la cúpula de la Iglesia Católica (cómplice de la dictadura y férrea opositora de la ley de divorcio) y por los grandes grupos económicos nacionales y trasnacionales junto a los organismos financieros como el FMI.

Éstos fueron los responsables del golpe de mercado (hiperinflación, especulación financiera, corridas bancarias) que anticipa, junto a las consecuencias sociales (saqueos por hambre) y políticas (recorte del margen de maniobra del gobierno), la salida de Alfonsín con el adelantamiento de las elecciones que terminarán consagrando al riojano más famoso. Y si hablamos de corporaciones no podemos olvidar los históricos enfrentamientos del Presidente de todos y todas con el diario de la cornetita y con la Sociedad Rural (¡Oh casualidad! Ambas corporaciones fueron defensoras y cómplices civiles de la dictadura, siempre enemigas de la democracia, sea Raúl Alfonsín o cualquiera el que esté enfrente; lo que importa es el privilegio, el acomodo y la renta a costa de todo el pueblo).

Vamos a quedarnos con el hecho de haber sabido, como sociedad, conquistar y defender la democracia, dando el paso trascendental de haber juzgado a las cúpulas militares por su responsabilidad en la violación a los derechos humanos. Vamos a quedarnos con haber sabido copar las Plazas bancando frente a los intentos golpistas. Vamos a quedarnos con la recuperación que hace Raúl Alfonsín de los conceptos de “democracia participativa” y de “ética de la solidaridad”, trascendiendo los intereses partidarios en nombre de un proyecto nacional frustrado en ese momento pero que, como intento, ha pasado a la historia para ser retomado como bandera para llevarlo a su definitiva concreción ya que no estamos dispuestos, más allá de diferentes valoraciones circunstanciales, a volver atrás.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 20, junio 2013)