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Buscándote

Por Nicolás Bernal

En las fotos del pasado, en consuelos optimistas, en historias a mi favor donde sé que no te encuentro. En algunas desconocidas, en los viajes postergados, en los días de lluvia donde sé que ya no estás. En mi cabeza aplastada, en el vaso de cerveza, en la casa de tu amiga donde sé que nunca vas.

En consejos a un vecino, en la guía telefónica, en la sombra de tus penas donde sé que no exististe. En las que se te parecen de atrás, en olores de perfumes, en los sueños no soñados donde sé que estás dormida. En la viejas avenidas y las nuevas diagonales, en la misma soledad, en lo cierto de mentira donde sé que no jugás.

En los recuerdos que no se borran, en las palabras con miradas, en los humos no fumados donde ya no delirás. En las fechas de festejos, en las cartas escondidas, en los barrios caminados donde sé que te perdiste.

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Víctima en las alturas

Por Nicolás Bernal

Ya cansado de caminar, de andar y de andar. El equilibrio no siempre aparece después de una perturbación. Las palabras en cada lluvia, en cada desaparición. Hoy estoy cansado y es de verdad. Ya no dudo, ya no juego y no amago al volar. Lo que se deja en el tiempo son recuerdos que algún día en la nostalgia de volver atrás siempre van a estar. Hoy estoy cansado de tanto rodar, de golpearme entre los besos, los suspiros, los abrazos que nunca supe dar.

Ya miro las cosas y disfruto lo sencillo, de emborracharme con extraños y que no los vuelva a ver. Qué pena tantos años caminando en la ceguera, de dejar las risas y las buenas compañías, que por loco pero bueno, deje en la melancolía de estas flores de febrero. Los eternos que conocen el camino anestesiado, ya no nutren estimulantes para seguir hablando con la pared. Estoy cansado y no miento, hoy no voy a estar en tu cabeza.

Entonces, lo que fue no está, lo que dejó se fue y lo que queda es la realidad. Dos extraños que siempre se conocieron se dicen en los ojos: esos días que no volverán. Si el fuego es de a dos, el fuego se apagó y las cenizas se volaron en el viejo ventanal. Cómo pasa el tiempo en tantos momentos, cómo pasa tu vida en tantos lamentos. Dos que ya no son dos, uno que se queda en los bares y el otro que se queda en las alturas. Juegos de reducción en transformación de víctima sentimental.

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Picasso. La familia Soler

El cuadro del futuro

Por Alejandro Castel

El estampido de un relámpago, un trueno, quizás el momento acordado para dar comienzo a la participación de la lluvia. Sus gotas lo mojan todo, o tal vez sólo imponen su poder los colores, ya viejos, incapaces de moverse, pero desafiando siempre a los ojos. En la casa, en un rincón de la sala, los cuatro miembros de la familia dejaban ir la noche. El cielo raso marrón, un ropero del mismo color sostenía sobre su cabeza una canasta de mimbre y una vasija de arcilla que mucho había costado conseguir. La luz era escasa. Un almanaque colgaba del ropero. Dos paredes formaban el rincón donde las palabras rebotaban, contra su blanco pálido, una camisa colgaba limpia. Sobre los peldaños verdes que, fuera de lo normal, enormes lindaban con la pared, un hombre sentado en el escalón superior, pensativo, vestía en forma cortés, dejaba que su sombra se desparramara por la pared. Ésta intimidaba un gato panzón recostado cerca del hombre. Un escalón más abajo el niño dormía sentado, descalzo tal vez aburrido por las palabras que circundaban en la sala, o tal vez sólo porque el sueño lo alejaba.

Afuera la lluvia no se decidía. La tarde aletargaba su marcha, hacia el final, con esfuerzo. En la sala, las frases leídas llevaban los oídos. Sobre una silla de madera, una niña con sus manos unidas y los ojos en busca de otro lugar, trataba de encontrar una explicación para ese espacio de silencio que había causado la voz de otra joven sentada en otra silla, que sostenía en sus pequeñas manos un libro pesado, casi tan grande como su caja torácica, casi tan viejo como el sentimiento. Las letras habían hecho en su rostro de luna una hipnosis contagiosa. En el suelo, cuatro zapatos lucían aliviados.

El tiempo no parecía pasar, tampoco la tormenta y sus rezongos cabrones. Todo estaba derretido. La claridad era débil. En el rincón de la sala el hombre, un pequeño, la niña y la joven que leía, estaban como atrapados por esas palabras y por cada movimiento de hoja que el libro brindaba. Eran días en los cuales el mal tiempo encerraba a las personas dentro de sus casas, para burlarse tal vez, o para disfrutar de la soledad. Este era un día especial: el libro era leído por la joven, la familia escuchaba cada palabra que el libro albergaba de antiguos soles, cuando el viento era un Dios y los bosques fieles soldados de los misterios. Allí, ese día en la sala, en el rincón sobre la pared, el reloj ya no emitía sonido alguno, su tic-tac estaba solo en el recuerdo de la familia, se había marchado una tarde de primavera, atraído por el aroma a libertad y a verdaderos trinos, dejando la casa a merced de cualquier tiempo.

Mientras afuera, la tormenta arrinconaba de muerte a la tarde. Su color pizarrón, mezclado con el sonido grave y las insistentes víboras que acechaban entre las nubes, daba por segura la entrada de la noche al lugar. La joven mujer, sin quitar la vista del libro, devoraba hoja por hoja convirtiendo a cada integrante de la familia en un ser diferente. Al hombre se lo notaba pensativo, con cara de resignación, esperando el bastón que lo acompañaría a esa vida ya nombrada por la joven, una vida sin luz, con un cuerpo curvado donde las arrugas reirían al sol, donde la voz casi sería un agónico aliento, que con esperanza, se aferraría sin dudar a la muerte. También el niño dormido tenía su futuro enredado en los jardines del sueño, un sueño de palabras que lo hacía descansar, antes de que la claridad del día se arrodillara ante la tormenta y su alboroto. Las gotas empezaban a caer contra el techo. El estampido en lo alto era más de lo que se esperaba, la débil claridad se vestía de negro. El libro, cómodo en la falda de la joven, mostraba su esplendor de letras. La niña de la silla seguía perdida en otro lugar, el frío abrazaba su vestido largo. La sombra de los árboles tropezaba con su silencio, corría pisando hojas secas de un bosque interminable, no sabía el por qué de la desesperación, pero no se detenía a averiguar. Detrás una voz, y esas palabras que se incrustaban en su mente como espinas invisibles.

Trataba de esforzarse en detener su absurda carrera, pero era inútil, su cuerpo era una pluma arrastrada por un viento de frases misteriosas. La lluvia ya mostraba su peso, algunas gotas se colaban por unas grietas, el viento silbaba en el filo del techo. La oscuridad ya era casi inevitable en el lugar, la joven seguía sosteniendo el libro y pronunciando cada palabra escrita en otros tiempos, revelaba un futuro con dura claridad. La joven siguió leyendo durante toda la noche, el hombre del escalón la escuchaba atento, debajo, el pequeño dormía plácidamente, soñaba, pero solo con un sueño del pasado. La niña no podía detener su carrera por el bosque aunque estaba en la sala, junto al libro, su mente se encontraba en aquel otro lugar. La joven, que no encontraba palabras para su futuro, seguía poseída por la lectura.

Era extraño aquel libro, su contenido, su apariencia de sabio, su soledad, su temor, su maldad. Formaba un triángulo con el gato y con el reloj. Éstos dos últimos, parecían ser los únicos que entendían lo que pasaba a su alrededor, con aquel futuro que mostraba el libro. La noche se despejaba de las horas rumbo al amanecer lánguida y penosamente, como quien deshoja una margarita silvestre. Fue por la mañana que las palabras le revelaron a la joven mujer cuál era el destino de las próximas horas. Luego de que el hombre escuchara que su vida se alargaría más que un recuerdo, que el pequeño dormido jamás volvería a ver la luz, salvo en sueños eternos, que la niña siempre intentaría detener su absurda carrera por los bosques, pero que nunca lo lograría. Fue después de todo eso, que la joven encontró las palabras para ella.

Seguía lloviendo, más fuerte aún, la casa dudaba de su resistencia frente a tanta agua y tanto viento. Empezaban las hojas finales del libro, la joven notó caer desde el cielo raso gotas marrones que ensuciaron su vestido. Sentada, veía de reojo las hojas que la separaban del final. Se dio cuenta de que el futuro ya estaba encima. Prosiguió hasta las últimas páginas. La tormenta enseñaba toda su fuerza humedeciendo los colores ya opacos por las frases del libro.

En el rincón de la sala los cuatro miembros de la familia encontraban el final y un mundo líquido que sus hojas no querían aceptar. En la sala ya habían sido vencidos por un silencio, esperando que flotara entre el reloj y el gato las frases de un libro que el tiempo no había podido retener, que marcaron el final de un cuadro infectado por palabras, dejando débil es esqueleto rectangular hacia un destino en el olvido. Un relámpago entre la lluvia mostró un libro, un reloj y un gato sobre la loma, en un lugar donde todo había cambiado y de otro tiempo no quedaba nada, nada.

Arte de portada “La familia Soler” de Picasso.

(de la edición Nº 20, junio 2013)