polvera 1

La polvera

Por Álvaro Nigro

Chile-4 de Febrero

Miraba su polvera cada vez que lograba su cometido; se acomodaba el pelo, se pintaba los labios, se polvoreaba las mejillas y seguía su camino, sin mirar el cuerpo que dejaba detrás de ella. No podía vivir sin ese objeto, que había sido un regalo de su madre antes de morir. En el lecho de muerte le había dicho:

-Tomá, hijita querida, que te sirva en tu vida y te acompañe siempre. No te olvides que sos una mujer hermosa y que tenés que estar bien arreglada en toda ocasión.

Desde aquel día no dejó de llevarlo en la cartera y lo usaba cada 10 minutos, se convirtió en su obsesión. Poco a poco sus amigas se fueron alejando y su vida fue cada vez más solitaria. No tenía familia, su pariente más cercano era un primo que vivía en Suiza. No salía de su casa y sus amores la visitaban, pero jamás lograban sacarla afuera. En pocas palabras, pero muy importantes; no le importaba vivir, le daba igual estar en este mundo, hasta que un día encontró la razón de su existencia. Y nadie supo porqué, pero: hombre que enamoraba, hombre que asesinaba. Alguna vez ella escuchó a alguien decir en broma: “¿Por qué alguien no puede matar? Si de todas maneras vamos a morir”.Y esa frase siempre la tuvo rondando por su cabeza.

Cuando mató por primera vez, tenía tan sólo 20 años, y lo primero que hizo luego de asesinar, fue usar la polvera de su madre, que tenía uno de los vidrios rotos y que sus amigas le decían que le traería mala suerte, pero ella nunca creyó en esas cosas. Se paseaba por las calles de Santiago de Chile con gracia y sensualidad, su cuerpo y su seducción eran su arma letal, así atraía a sus víctimas.

La policía nunca pudo agarrarla, porque viajaba de ciudad en ciudad y no dejaba rastros; era la asesina serial más buscada del país, pero de la que no tenían ni la más mínima pista. No cometía ningún error. Sus planes no fallaban; todos eran premeditados y calculados. Sus víctimas predilectas eran cincuentones que estaban en crisis de identidad y querían volver a ser adolescentes. Otro blanco fácil eran los jóvenes de entre 15 y 17 años, que buscaban en una mujer mayor, experiencia y madurez.

El 4 de Febrero la víctima número 20 y la última de su vida fue un ex, con el cual había pasado 3 años y que le había robado su época dorada, cuando ella era el deseo de todo hombre. Fue en el Puente Centenario; ella lo había citado para decirle algo importante y él había aceptado, total no perdía nada con verse con un viejo amor. Le habló amablemente y con cariño, como si el tiempo no hubiera pasado y ellos seguirían de novios:

-Querido, que hermoso que te ves. Estás mejor que cuando éramos novios.
-Bueno, gracias. Vos tampoco te quedás atrás –le dijo y ella se le acercó.
-Y decime, ¿hay alguien en tu vida? ¿Alguien es dueño de ese cuerpo? ¿Alguien duerme todas las noches en tu cama? –el hombre vaciló, se sorprendió con las preguntas y no pudo responder con claridad.
-Sí, tengo esposa y soy muy afortunado de tenerla conmigo.
-Apuesto que sí. Ella también lo es –le dijo guiñándole un ojo y acercándose más a su blanco. Los separaban centímetros.
-¿Y nunca pensaste en mí, bebote? –y al decirle esto, le agarró las manos. Él primero quiso soltarse, pero ella no lo dejó.
-Puede ser…pero hace mucho tiempo de eso.
-Yo pienso todas las noches en vos papito… tengo sueños muy eróticos con vos, con nosotros.
-Pero…si hace muchos años que nos separamos –se le dificultaba hablarle y no sabía que decirle, no esperaba que el encuentro se diera de esa manera.
-Nunca te olvidé, siempre estuviste en mi mente –afirmó ella y con su mano izquierda tomó la nunca del hombre. Acercó sus labios contra los de él. Le dio un beso, el cual su blanco no pudo detener a pesar de intentarlo.

Luego le dio otro, y cada vez eran más fogosos. Finalmente no pudo oponer más resistencia y se entregó a ella; se entrelazaron en candorosos besos. Efectivamente, nadie se podía resistir a semejante mujer. Así estuvieron durante unos minutos; en donde las manos iban y venían, sus cuerpos sudaban y se rozaban, querían desnudarse ahí nomás pero no lo hicieron:

-Vamos a otro lado, conozco un hotel por acá –dijo la víctima mientras posaba su mano en una de las nalgas de la mujer.
-No puedo…tengo algo que hacer –mintió ella.
-¿Me vas a dejar así? –respondió el hombre.
-Tenés esposa.
-Es tarde para arrepentirse. Vamos, dale –suplicó y la agarró con brusquedad y comenzó a besarla nuevamente. En medio de la pasión desenfrenada, ella le susurró al oído, tomándolo por sorpresa:
-Gracias por hacerme desperdiciar los mejores años de mi vida –y sacó un cuchillo de la cartera, el cual tomó con su mano izquierda y atravesó el corazón del hombre, que luego de proferir un grito desgarrador, con sus últimas fuerzas y como acto reflejo, alcanzó a manotear el brazo derecho de ella que sostenía la polvera, la cual ya estaba sacando para arreglarse, y salió despedida y cayó desde el puente.

El grito desgarrador ahora fue de ella, que miró caer a su objeto favorito, y con lágrimas en los ojos lo escuchó tocar el agua. En ese instante fue lo primero que llegó al fondo del río, pero no lo último. Y en el aire, mientras sentía el frío en su piel, pensaba en que feliz iba a ser de recuperar su polvera.

(este cuento forma parte del libro Un año en el mundo).