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Los 63 del Gitano

Aquí, un viaje por las calles de Banfield donde una muchedumbre se reunió como cada año para saludar al más popular de los cantantes de la movida beat romántica de la Argentina.

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Sandro pop, por Miguel Rep.

Por Mauro Basiuk*

Fue un martes de 2008. Era agosto, frío, nublado. Sandro cumplía 63 años y un tono cobrizo impregnaba la calle Berutti al 200 de Banfield, a tres cuadras de la estación de trenes.
Los árboles secos se sucedían uno tras otro. Detrás del inmenso paredón de granito a modo de fortaleza se alzaban, estoicos, unos pinos. Sobre el pavimento, de un extremo a otro, pasacalles con saludos y deseos: la palabra, el amor, la fe y el milagro son la luz de tus ojos, Feliz cumple Roberto. Guitarras y copas de brindis acompañaban las letras, variables de amarillo a rojo.

Esa era la primera señal de festejo, junto a la música. Un popurrí de canciones incesantes que salían de la consola del móvil del programa radial A todo Sandro. En las veredas, cerca de setenta personas, desde mujeres seguidoras de la primera hora hasta alguna que otra joven y un par de hombres. Sin contar a los curiosos y a dos o tres imitadores.

Durante las primeras horas de la tarde el interrogante fue si saldría a saludar o no, pese a que la respuesta ya se conocía de antemano por lo precario de su estado físico.

—Nosotras mismas no queremos que salga, lo amamos demasiado— decía Liliana, integrante del Club de Fans Simplemente Sandro, de Sáenz Peña. Otra de las “nenas” era Cristina. De su cuello colgaba una toalla que tenía desde los veinte años, cuando asistió al último show que su ídolo hizo con Los de Fuego en el club San Miguel.

—No sé porque me puso ‘Mercedes’, se ve que habrá pensado que soy mercenaria, que sé yo. Se la voy a dejar hoy para que me ponga mi nombre verdadero— decía tocando la toalla, un poco embarrada, que decía Merce.

Cuando los bafles dejaron de pasar Dame el fuego de tu amor, terminó un mini pogo entre las seguidoras, adornadas con vinchas y distintivos. El encargado de programar la lista de temas aprovechó para hacer un alto e invitar:

—Ahora vamos a pasar un tema ‘Mi amigo el Puma’…— Interrumpen alaridos y pequeños gritos de éxtasis— … pero en la parte que dice ‘ese es mi amigo el puma’ nosotros vamos a decir ‘ese es mi amigo Sandro’.

La propuesta fue aceptada con aplausos y las palmas “de todas las mujeres que sueñan con su amor” acompañaron el inicio de la canción. Luego una pareja de gitanos se despachó con un tango en homenaje a Roberto Sánchez, nuestro gran amigo. Alguien golpeó una pandereta y empezaron a oírse los primeros acordes de El choclo.

Después el bullicio se hizo silencio. Un hombre serio intentaba cortar la expectativa creada en torno al portero eléctrico. Los periodistas apiñados sobre la pequeña puerta permanecían estoicos aguardando las palabras mágicas. Cerca de los parlantes, usina musical, tres personas manipulaban en un reporter un cassette TDK. Alejados del murmullo expectante la cinta patinaba por la imprudencia de un canoso.

—Shhh, por favor silencio-, pedía Robertito, el imitador de diez años vestido de bata roja que minutos antes se había despachado con un repertorio de canciones. Silencio.

—Bueno, hoy, 18:10 de la tarde, Berutti 251, martes 19 de agosto de 2008, un día muy especial para mí, 63 años…—dijo la cinta con la voz de Sandro, tono cansado, lento y midiendo cada palabra.

De golpe, cambió su tono para saludar a las nenas y ensayar un ándale en agradecimiento a los mariachis de la noche previa. Confirmó que no pudo bajar por tener prohibido el contacto con la gente por los gérmenes o virus o cosas que andan en el aire, que como ustedes sabían su salud pende de un hilo, que quien hablaba era Sandro, que por ahí pensaban que era Cacho Castaña. Como una marca de fábrica, su risa ahogada característica se mezclaba con suspiros conmovidos.

El buen humor acostumbrado en Sandro estimula el aplauso final, enseguida convertido en lágrimas. El vendedor del merchandising del ídolo, posters, almanaques y tazas, iba levantando la frazada que hizo las veces de mantel. Algunas de las láminas con firmas y saludos, sujetas a la pared, amagaban con caerse al piso.

Un año después, llegó a cumplir los 64. 64 como encuentro con aquella canción de Los Beatles “When i’m sixty four” (cuando tenga sesenta y cuatro). Una vieja canción de fines de los sesenta, tiempo en el cual un muchacho de Valentín Alsina ni imaginaba el lugar que le sería asignado en esa galería de la idolatría tan cara al argentino.

*Estudiante de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.

(de la edición Nº 5, marzo 2012)