Blanco 1

Blanco

Por FPM

El flaco estaba re pasado. Zarpado en todo un ambiente siniestro, turbio y con falsedad en todos sus alrededores. Estaba sacado, lo acompañaba una mina que de amor no tenía nada. Era la que le daba cuando le faltaba, entonces, el flaco se calmaba, se enfriaba. Se tiraba en el sillón a ver la tele como sin mirar y con el día en todo el lomo, pensaba sin re-pensar.

La mina lo vivía, quería de él la guita que se ganaba en una empresa de transporte en cincuenta horas semanales. Faltaba que ella lo haga entrar en su juego para que vuelva a caer, insípido, irreflexivo y fuera. Después de hacer el amor, gastado, le pidió más. Quería más y temblar. Después se limpió y la echó de su casa. Todo comenzó a ser mejor y ya no medía el sueldo en blanco. Cambió y volvió.

—¿Qué hacés tanto tiempo, chabón?
—Decidí volver, loco, no podía más. Esta mina…
—Ahora vas a parar acá. Quedate, volvé.

Después de un tiempo, el tiempo se enredó dentro suyo y con el gusto ese de darse un gusto y volar y meterse en historias más profundas que las de su pasado en blanco. Tomó el tren que lo acercó y en dos bolsos de mano contuvo sus pocas ropas. Lo cerró y corrió hasta la estación. En el viaje, charló con una señora grande que le contó el secreto de cómo curarse los hongos a través de un conjuro milenario: primera orina de la mañana, mojar y enjuagar.

El flaco hizo gesto de ajá y dos paradas más tarde, pensó en el frío y dónde parar. Cuando llegó a la estación final, las luces del empalme le recordaron el amanecer esperando apedrear el tren cuando un niño. La máquina se alejó y el invierno lo abrazó. Buscó luces de almacén. Fue. Compró dos latas de paté, pan y cigarrillos y una tarjeta de celular.

Fumó y escribió en su cuaderno: “Martes 17. Llegada con frío. Espero que la noche me espere. La frazada es corta”. Después, en la madrugada, anotó: “Amanecer naranja. Mate cocido en lata. No sé si caer tan temprano. Decidido en volver, volví”.

Resolvió guardar todas sus cosas en un solo bolso de mano liviano y salió del galpón. La mañana se presentaba húmeda y después de saludar al empleado ferroviario y asegurarse de que no pasara el tren, se subió a las vías para el viaje que lo veía regresar. Fumó escondido bajo un tala gris, esperó y escribió: “Estoy de nuevo en la ciudad ¿Paso?”.

Esperó, sonrió y siguió el trayecto. Estaba limpio. Borró a la mujer y cuando pisó la vereda de la casa de su amigo, lloró. Se esperó y golpeó. Dijo buenas y entró.

(de la edición Nº 22, agosto 2013)