Las violetas 1

Las violetas

Por FPM

Ahora es el momento de empezar. Nunca es demasiado tarde si uno pelea por esos pases del cariño y piensa con el ojo en el techo y reza sin pedirle nada a dios. Son los deseos. Esta noche de domingo me tiene mal dormido y te pienso cruzando una calle, eligiendo ropa en tu espejo, ordenando discos, leyendo revistas, bufando por cosas que no pasaron y detalles así, los mismos que proyecto en una noche distante y las ganas de volverte a tocar.

Ese es mi problema: volver a ese oscuro pasillo de temores más que a la muerte, para no volver a esas madrugadas de frío y soledades para que el olvido se encargue de curar. Quizá la inminente herida, quizás porque me frena el temor, ése temor que se esconde en un rincón de mí, sin paciencia, luchando por no llorar y abrazar lo mismo que el aire.

La noche me deja pensarte como te deseo: hablando con besos repartidos y enfoques estrafalarios de las cosas como deberían ser y todo a lo que siempre volvemos. Es temprano para quererte, pero tarde para olvidar porque ya entraste en mi casa de piel, con venas rojas de un majestuoso hilo de sombras y un bosque de violetas, esas que pediste conocer. La excusa perfecta para llegar a una plaza, conversar y los besos. Esos besos. Te quiero contar.

Estabas en la barra con cara de aburrida, como reposada en un desgano típico. Posabas elegante y tu pelo corto nuevo me atrajo de una manera rara, algo así como si todo su potencial de seducción finalizara en ese cuello descubierto en el medio de una fiesta de vampiros. Sentí las calles de Pensilvania —pasillos oscuros, luces en lo alto— pero volví al instante. No dejé de observarte entre el ruido.

No tomabas cerveza ni seguías el ritmo y mirabas como bufando a todo el mundo. En el techo las gotas de humedad de la enardecida marea de trenes surcados entre bailarines se parecían a una hoja de trébol inspeccionada con microscopio: constantes capas de rocío humano, tempestuoso y ruin. Igual, te dejabas ver plena de luz y el paisaje latoso fue el marco más especial y abrasivo de toda la región en esta parte del mundo.

Estabas ahí sin esperarme. Fui para el baño y te crucé; ese rewind separó aquello del presente, pero los dos coincidimos en que debíamos partir. La noche nos tomó por sorpresa y de la mano, mientras el frío apuró los abrazos de una plaza vacía, con luces de chupetín naranja y rocío natural. Diste vueltas pero nos dimos un beso cuando la charla se gastó en palabras y el pucho falleció junto a unos grillos orquestales.

Después me pediste que te llevara a conocer las violetas. Fuimos por sendas con neblina hablando de cualquier cosa, hasta que nos caminamos con atajos a la plaza menos recordada. Seguimos conversando y me mordiste un labio, bien a propósito. Te reíste, nos reímos y los demás besos callaron lo que no servía mencionar. Hace tres años de esa noche de perros sin ladrar, nada es igual.

(de la edición Nº 22, agosto 2013)