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Los infiltrados

Por Félix Mansilla

El cielo se venía abajo y los estruendos de las bombas rebotaban en los galpones que se veían a cincuenta metros. Entre la niebla y el olor a pólvora, los hermanos luchaban y planeaban su devenir heroico. De a poco, los silbidos de los aviones se redujeron a cero y sólo se sentían los ataques a los puestos detrás montados detrás de las fábricas.

En medio de tanto ruido, la paz de un viento sur húmedo despidió la banda sonora de una contienda reñida entre bicicletas. Los soldados se dedicaron a sus cosas. Así, el tiempo tomaba velocidad de cámara lenta. Un rato después, su madre los llamó a los gritos y ellos no respondieron y siguieron en su trinchera. La imaginación estaba alimentada por una colección de revistas sobre la guerra de Malvinas que su padre había heredado de un tío borracho y conservador de boina roja a todos lados.

Sus armas estaban hechas con caños de plástico a las que camuflaban con ramas de árboles bajos. Su madre volvió a llamar, esta vez amenazando con que no quería rodillas percudidas. Se escaparon al tanque de agua a la vuelta del terreno baldío ubicado en la parte de atrás de ese patio que cada vez les quedaba más chico para sus aventuras.

—Son dos, cubrime –dijo el menor con cara de perro malo.
—Ok. Te sigo. Tranquilo que nos van a ver.

Ya en el cole se separaron y decidieron que después llevarían a cabo el ataque para la recuperación de los juguetes que les habían arrebatado del galponcito de chapas. En el recreo, el mayor se le acercó y con un codazo suave le dijo con los ojos: -Vamos.
El menor fue y esperó. En un boceto de una hoja rayada de un Gloria tapa naranja, estaba el plan.

—Leelo, memorizalo y tiralo.
—Ok. Andá que un toque vienen.

Cada uno en su clase pensaba en el ataque. El menor tenía un dato clave sobre los hermanos descarriados que habían revendido la F100 Durabit a tres pesos/dólares. Cuando el mayor se enteró, dijo: —Manga de forros. Encima vienen a pedir azúcar. Dejalos, no se la esperan.

En el segundo recreo, el menor dijo no a las escondidas, mientras que el mayor intentaba dejar de mirar a esa chica que lo volvía loco desde primer grado. Rostro moreno, ojos redondos miel y una figura que ya se acercaba más a un caminar expectante y televisivo. Su amigo se dio cuenta y el mayor chistó y se fue. Se encontraron.

—No puedo, no puedo.
—Dale. Si ella está comentando eso de que la llevaste en el volante hasta su casa y que se dieron un medio beso.
—Sí, pero creo que ella gusta de uno de los de noveno. Uno de los vecinos.
—Yo sé que vos te vas a quedar con ella. Ese flaco está en la pavada.

Estaba todo listo. Los infiltrados se acercaban a concretar el golpe. Aquellos vecinos sin código se habían quedado con los, hasta el momento, juguetes perdidos. Los otros hermanos no se esperaban nada de la vida y ni siquiera jugaban con el tesoro. El mayor golpeó las manos. Salió el menor de los otros.

—Devuélvannos los jueguetes.
—No, no. Pará ¿qué juguetes?
—Los que nos afanaron.
—Ah…esperá. Ey, vení, vení. Los vecinos quieren que les devolvamos sus juguetes.

El mayor llegó así de pesado y se rió porque no le quedaba otra. Hizo un par de preguntas con tono de sorete intocable y los hermanos se fueron en silencio. Por la noche, el menor seguía rabioso y a la espera. Cuando el mayor llegó se puso mejor, pero estaba impaciente.

—¿Y?
—Nada. Somos novios. Boludo, no lo puedo creer.
—Bien, bien ¿viste? se te dio. Que se queden con los juguetes los otros. Le robaste una muñeca.

El mayor rió y humeando el aliento expuesto al frío, caminaron rumbo a su casa. Sabían que esa noche no podrían dormir.